Día 11 de Invierno del año 722
La temperatura descendía acompasada a la puesta de sol. La luz tenue del atardecer iba apagándose mientras se encendían poco a poco las de los hogares. Estaba siendo un día especialmente frío, la humedad calaba a los viandantes y se colaba por su piel hasta llegar a sus huesos. A estas horas ya comenzaban a cerrar los comercios y las buenas gentes de a pie volvían a casa para terminar un día más, pero la noche a penas había comenzado para los que preferían estar activos bajo el amparo de la oscuridad.
Unos zapatos desgastados y rotos a los que casi nos les quedaba suela, avanzaban tiritando por una modesta calle de la parte comercial de Loguetown. La persona que los vestía llevaba tan solo unas calcetas sucias, un camisón hasta las rodillas, y una sudadera que le llegaba casi hasta a la misma altura y en la que cabían al menos tres como ella.
El vaho de su respiración le enturbiaba los pensamientos. "Por qué habré acabado en invierno justo en esta isla. Debo de tener cuidado con eso el año que viene... Bueno, ya estoy aquí y si me cuelo en un barco puede que acabe pasando más frío... Mientras no llame la atención y no haya problemas seguiré aquí. ¡Vamos! A comer algo y a buscar un sitio calentito donde dormir." Y justo delante tenía un puesto de fruta. Había una muchacha recogiendo las frutas del otro lado. "Mi oportunidad." Pensó inmediatamente.
Alargó la mano en un rápido movimiento y cogió una piña grande y dorada que parecía estar madura. Se relamía ya imaginándose lo deliciosa que estaría mientras la ocultaba bajo la sudadera, cuando una voz desde dentro del puesto le gritaba.
- ¡EH! ¡DÉJALO DONDE ESTABA!
Tenía tanto frío y ganas de irse que no había prestado atención a los alrededores. Una mujer estaba agachada al otro lado del puesto.
- Esstooo... - Y señaló por un instante a la muchacha. Mientras las dos dependientas intercambiaban una breve mirada, aprovechó y salió corriendo.