
Leander Swain
Garm
03-03-2025, 05:05 AM
Una figura que había permanecido a lo lejos, observando con una enigmática sonrisa, giró levemente sobre sus talones. Cuando la joven alcanzó la esquina de un callejón, una mano surgió de las sombras y la arrastró hacia dentro, apartándola de la ira de la dependienta, quien había salido tras ella blandiendo un palo con furia.
Aturdida, la muchacha levantó la vista y se encontró con aquel misterioso observador. Era un hombre —o al menos lo parecía— de piel morena y cabello blanco como las perlas del mar. Su sonrisa era cálida y amable, casi como si emanara un calor propio.
— No ha estado mal el intento, pero… — chasqueó la lengua con un dejo de diversión. — debes prestar más atención a tu entorno.
Su mirada descendió hasta el abultado jersey de la joven, donde la forma burda y torpe de la piña delataba su intento de ocultarla. Tras unos segundos de contemplación, dejó escapar una risa baja, afable y ligeramente refinada.
— Si vas a robar en esta calle, ten en cuenta que los mercaderes nunca están solos — comentó, echando un vistazo hacia la salida del callejón. — No desde que jovenzuelos hambrientos como tú les sustraen la mercancía. Hay lugares mejores… y formas más discretas de “obtener” lo que necesitas.
Volvió a mirarla con la misma sonrisa serena antes de inclinar la cabeza en dirección a la taberna cercana.
— Ven, te invito a un chocolate caliente antes de que esa dependienta regrese.— Hizo un gesto para que lo siguiera. — Y más te vale darte prisa, porque no creo que quieras enfrentarte a ella otra vez.
Dicho esto, aquel hombre echó a andar con paso relajado hacia el callejón, donde a lo lejos, una taberna de aspecto destartalado pero acogedor brillaba con la luz de sus faroles. El sol estaba a punto de ponerse, y, dadas las circunstancias, la oferta del desconocido era una de esas que resultaban difíciles de rechazar… por más que viniera de un extraño.
Aturdida, la muchacha levantó la vista y se encontró con aquel misterioso observador. Era un hombre —o al menos lo parecía— de piel morena y cabello blanco como las perlas del mar. Su sonrisa era cálida y amable, casi como si emanara un calor propio.
— No ha estado mal el intento, pero… — chasqueó la lengua con un dejo de diversión. — debes prestar más atención a tu entorno.
Su mirada descendió hasta el abultado jersey de la joven, donde la forma burda y torpe de la piña delataba su intento de ocultarla. Tras unos segundos de contemplación, dejó escapar una risa baja, afable y ligeramente refinada.
— Si vas a robar en esta calle, ten en cuenta que los mercaderes nunca están solos — comentó, echando un vistazo hacia la salida del callejón. — No desde que jovenzuelos hambrientos como tú les sustraen la mercancía. Hay lugares mejores… y formas más discretas de “obtener” lo que necesitas.
Volvió a mirarla con la misma sonrisa serena antes de inclinar la cabeza en dirección a la taberna cercana.
— Ven, te invito a un chocolate caliente antes de que esa dependienta regrese.— Hizo un gesto para que lo siguiera. — Y más te vale darte prisa, porque no creo que quieras enfrentarte a ella otra vez.
Dicho esto, aquel hombre echó a andar con paso relajado hacia el callejón, donde a lo lejos, una taberna de aspecto destartalado pero acogedor brillaba con la luz de sus faroles. El sol estaba a punto de ponerse, y, dadas las circunstancias, la oferta del desconocido era una de esas que resultaban difíciles de rechazar… por más que viniera de un extraño.