
Arthur Soriz
Gramps
14-03-2025, 10:41 AM
Era un momento de júbilo, digno de ser recordado por muchos años y más aún con la buena compañía que había tenido. Era como si de pronto todo ese peso de mis hombros que había cargado por al menos cincuenta años se fuera desvaneciendo poco a poco. Aunque las lágrimas en cambio comenzaron a caer... impulsado probablemente por las que derramaba Mirage. Recordaba a mi papá, cómo me había inspirado desde pequeño a ser un Marine, a luchar por la justicia que este mundo necesita y se merece en vez de proteger a aquellos que se creen mejores que los demás por su estatus social. ¡Asco que daban!
Inhalé profundo, como quien se traga las lágrimas para luego acariciar suavemente la cabeza de Mirage mientras ella lagrimeaba al terminar de decir sus palabras. El sonido del vidrio estrellándose contra la madera y siendo esta empapada por la champaña era la señal de que por fin... luego de todo el esfuerzo que le había puesto, este barco tenía todo el derecho de surcar los mares como todos los demás.
— De verdad, Mirage... te lo agradezco, has hecho a este viejo uno muy feliz.
Dije algo acongojado o con la garganta cerrada ya que se notaba obviamente que me aguantaba las lágrimas. Fue entonces que... desafortunadamente, las eventualidades de la vida, el destino o simplemente una broma pesada divina cambiaría el ánimo de aquel encuentro hasta hacer un giro de ciento ochenta grados casi inmediato. Como dicho antes, por cosas del destino o la suerte que se ríe de nosotros día a día, una ráfaga de viento costeño lo suficientemente potente revoloteó las cabelleras de todos los presentes... incluyendo la de Mirage. Allí, quizás afortunadamente para ella... solamente yo fui capaz de ver algo que asomó entre las finas hebras de su cabellera azabache.
Una marca que sin lugar a dudas reconocía bien; una marca que odiaba con todo mi ser a pesar de no poder admitirlo abiertamente con descaro. Posé casi de inmediato mi mano en esa zona, tapándola por completo al hacer uso de mis grandes dedos. La palma cubrió entero ese 'tatuaje' hecho a flor de piel, una cicatriz de tiempos crueles y de una vida que seguramente deseaba dejar atrás en lo más oscuro de sus recuerdos para nunca más volver.
Caminé un par de pasos hasta ponerme delante de ella sin soltar su nuca aunque tampoco era un agarre violento ni forzado.
Me arrodillé, y le abracé. Sin decir ni una sola palabra, tan solo le abracé. No era un abrazo de oso, ni mucho menos le apretaba excesivamente contra mi cuerpo. Tan solo la sostuve en mis brazos, encargándome de que en ningún momento aquella zona de su nuca se viera al menos hasta que cesara esa ventisca que se levantó de repente.
Cuando esta pasó, me separé apenas un poco. Aún de rodillas la miré a los ojos, y con una expresión firme y decidida, hablé.
— Desde hoy, hasta el día de mi muerte... juro que protegeré tu felicidad. Protegeré tu sonrisa... Nadie, absolutamente nadie... te arrebatará eso mientras yo viva, Mirage... Te lo prometo. —susurré para que solamente ella fuera capaz de escucharme, porque nadie más que ella se merecía mi promesa. Un juramento que cumpliría aunque me costara la vida, y mi trabajo.
Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y no solamente de felicidad por el barco, pero también de tristeza, de enojo, de frustración. Debí haberlo sabido antes, el por qué se había emocionado por todo aquello. Por qué quería con tanto esmero descubrir el mundo, hacer amigos.
Ser feliz...
Porque hubo infelices que quisieron osar prohibirle ese derecho.
Inhalé profundo, como quien se traga las lágrimas para luego acariciar suavemente la cabeza de Mirage mientras ella lagrimeaba al terminar de decir sus palabras. El sonido del vidrio estrellándose contra la madera y siendo esta empapada por la champaña era la señal de que por fin... luego de todo el esfuerzo que le había puesto, este barco tenía todo el derecho de surcar los mares como todos los demás.
— De verdad, Mirage... te lo agradezco, has hecho a este viejo uno muy feliz.
Dije algo acongojado o con la garganta cerrada ya que se notaba obviamente que me aguantaba las lágrimas. Fue entonces que... desafortunadamente, las eventualidades de la vida, el destino o simplemente una broma pesada divina cambiaría el ánimo de aquel encuentro hasta hacer un giro de ciento ochenta grados casi inmediato. Como dicho antes, por cosas del destino o la suerte que se ríe de nosotros día a día, una ráfaga de viento costeño lo suficientemente potente revoloteó las cabelleras de todos los presentes... incluyendo la de Mirage. Allí, quizás afortunadamente para ella... solamente yo fui capaz de ver algo que asomó entre las finas hebras de su cabellera azabache.
Una marca que sin lugar a dudas reconocía bien; una marca que odiaba con todo mi ser a pesar de no poder admitirlo abiertamente con descaro. Posé casi de inmediato mi mano en esa zona, tapándola por completo al hacer uso de mis grandes dedos. La palma cubrió entero ese 'tatuaje' hecho a flor de piel, una cicatriz de tiempos crueles y de una vida que seguramente deseaba dejar atrás en lo más oscuro de sus recuerdos para nunca más volver.
Caminé un par de pasos hasta ponerme delante de ella sin soltar su nuca aunque tampoco era un agarre violento ni forzado.
Me arrodillé, y le abracé. Sin decir ni una sola palabra, tan solo le abracé. No era un abrazo de oso, ni mucho menos le apretaba excesivamente contra mi cuerpo. Tan solo la sostuve en mis brazos, encargándome de que en ningún momento aquella zona de su nuca se viera al menos hasta que cesara esa ventisca que se levantó de repente.
Cuando esta pasó, me separé apenas un poco. Aún de rodillas la miré a los ojos, y con una expresión firme y decidida, hablé.
— Desde hoy, hasta el día de mi muerte... juro que protegeré tu felicidad. Protegeré tu sonrisa... Nadie, absolutamente nadie... te arrebatará eso mientras yo viva, Mirage... Te lo prometo. —susurré para que solamente ella fuera capaz de escucharme, porque nadie más que ella se merecía mi promesa. Un juramento que cumpliría aunque me costara la vida, y mi trabajo.
Mis ojos estaban llenos de lágrimas, y no solamente de felicidad por el barco, pero también de tristeza, de enojo, de frustración. Debí haberlo sabido antes, el por qué se había emocionado por todo aquello. Por qué quería con tanto esmero descubrir el mundo, hacer amigos.
Ser feliz...
Porque hubo infelices que quisieron osar prohibirle ese derecho.