¿Sabías que…?
... Eiichiro Oda empezó la serie con la idea de terminarla en 5 años, pero se dio cuenta de que en esos 5 años que la trama ni siquiera llegaba al 50%.
[Aventura] [T5] La nueva generación
Umibozu
El Naufragio
La gruta estaba casi igual que la última, y única hasta ahora, vez que estuve allí. Tan solo un montón de vallas y una lona la diferenciaba de la que había visto días atrás. No me quedaba muy claro si ya estaba reparada o no, pero sí que habían empezado con las obras. Sonreí al pensar que seguramente lo último que habrían imaginado que aparecería por allí era un coloso de casi veinte metros de alto que fuera a derribar la presa. ¿Habrán pensado en ello esta vez?

Conseguí llegar hasta la taberna sin mayores complicaciones. Muchos de los habitantes de Oykot se me quedaban mirando, a lo cual ya estaba acostumbrado, aunque se me hacía extraño dado que había estado allí días antes. Supuse que todavía debía impactar ver a un ser de semejantes dimensiones pasear por las mismas calles en las que te has criado. No los juzgaba; tampoco me molestaba que lo hicieran. Al llegar al punto de reunión todos me saludaron, así que hice lo propio. Instantes más tarde, al sentarme, llegó el último de los integrantes del grupo. Lo hizo a su manera, estrellándose contra el suelo y rodando. Los comentarios de mis compañeros provocaron mi carcajada, especialmente el de Airgir – JAJAJAJAJAJA – reí a pleno pulmón, lanzando el humo que había aspirado al cielo para evitar ahogar al resto. Las membranas comenzaron a expandirse y contraerse como si estuvieran riéndose también del bribón de ojos dorados.

El momento cómico dio paso rápidamente al melancólico – ¡POR TOFUN-LURK! – rugí con la potencia de la profundidad abisal que me caracterizaba. Fue un rugido grave, atronador. No se me ocurría un mejor tributo al alma del grupo que un brindis en la taberna que ahora llevaba su apodo. De no haber sido por Tofun, el grupo jamás se habría reunido. Aunque Rag era el líder incuestionable, Tofun había sido el pegamento que nos había unido, el lazo común de todos. Sentí un gran vacío tras el rugido, como si con él me hubiera deshecho de un gran peso. Quizás este homenaje era cuanto necesitaba para cerrar la herida. Bien sabía que era una que nunca dejaría de doler, pero al menos ya no me desangraría. Tras el brindis apareció un tipo invitándonos a la bebida - ¿Seguro-lurk? – pregunté para hacerme notar. La cuenta tras mis rondas se iba a disparar considerablemente. No es que quisiera rechazar la invitación, a fin de cuentas podía ser honrado y no querer aprovecharme de la gente, pero no era subnormal y sabía que un trago gratis sabía mucho mejor que si lo pagaba tu bolsillo. Miré al tipo con cierto recelo, pues su actitud era excesivamente cercana para ser desconocidos. También me resultó gracioso ver a aquel hombre tratando de abrazarme cuando sus brazos no podían siquiera rodear una de mis uñas.

Volví a aspirar de la pipa. Dejé que el humo caliente inundara los pulmones, aumentando la temperatura ya de por sí excepcionalmente alta ese día. Nuevamente solté el humo al cielo tratando de hacer formas, pero las membranas del cuello cobraron vida y su aleteo generó una pequeña corriente de aire que dispersó el humo levemente, rompiendo las formas. ¿Algún día cesaría o recobraría el control sobre ellas? El grupo entró al local, aceptando la invitación del tipo. La taberna era grande, tanto como para… ¿cabría allí dentro? La ampliación efectuada con la donación de Tofun parecía haber tenido en cuenta a los seres de gran tamaño. Aún así, dudaba que cupiera, al menos no holgadamente. Quizás tuviéramos que hacer otra donación para que ampliasen de nuevo. Tampoco podía reprocharles nada, pues parecía que habían tenido la intención y desde mi última visita había crecido. Seguramente con el tamaño de antes hubiera entrado sin problemas. Otro motivo más por el que prefería el vasto océano. Allí no tenía problemas de espacio, es más, llegaba a sentirme incluso insignificante.

Probé a entrar en El Largo. Lo hice a cuatro patas, igual que había estado caminando por las calles, con la pipa colgando de la boca. Cupe justito, incluso con alguna maniobra para recolocarme y hacer pasar algunas partes sin destrozar la puerta y fachada, pero finalmente lo conseguí. El interior estaba casi vacío. Tan solo un par de tipos bebían en silencio más preocupados por sus jarras que por la persona que tenían al lado. Me coloqué al final de la taberna, dejando el escenario justo en el otro extremo para permitir la visibilidad del concierto. Me senté con tiento, para no destrozar mobiliario y aplastar a alguien. Por suerte el local estaba casi vacío, con excepción de nosotros, el tabernero y los dos tipos que bebían en silencio. Poco después, se empezaron a escuchar las primeras voces. En apenas unos minutos El Largo pasó de estar vacío a estar lleno de gente con aspecto… peculiar. Todos ellos me recordaban terriblemente a peces de roca con sus púas y espinas por todas partes sin ningún tipo de lógica, ni sentido. Esos peces habían desarrollado esa morfología medio amorfa para confundirse con las rocas, esculpidas y moldeadas por el capricho de corrientes y olas. En silencio y sentado, seguí fumando observando el lugar la escena, incluida la escena cariñosa y provocativa de Airgid con Rag.
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#11
Ubben Sangrenegra
Loki
El dolor se mezclaba con la vergüenza, la frustración y un escozor que parecía recorrer cada centímetro del cuerpo del peliblanco mientras rodaba por el suelo. —Estupendo... qué entrada gloriosa— pensó Ubben mientras intentaba recomponerse, aunque el eco de las risas a su alrededor no ayudaba a su intento. Lo peor fue escuchar a Rag, y como en paralelo a la caida del bribón, señalaba que él era el único que faltaba por llegar, seguido de una carcajada al verlo caer como un costal mal lanzado.

Sin embargo, la sirena, con su desparpajo natural, terminó siendo la guinda del pastel. "Y se mató", comentó sin más, lo que desató una risa incontrolable en el adolorido bribón, a pesar del polvo que cubría su rostro y la punzada que sentía en cada movimiento. Entre más reía, más dolía, pero también era imposible detener el ataque de carcajadas que se apoderó de él. La sirena, con una mezcla de compasión y diversión, se acercó para intentar ayudarlo a levantarse, pero su buena intención quedó opacada cuando Airgid soltó un chiste relacionado con las patas. Ubben, que apenas comenzaba a recuperar el aliento, volvió a doblarse de risa, lo que a su vez intensificó su dolor. A un lado, Umi reía con una energía contagiosa, algo que, aunque mortificaba al bribón de tez morena, también le daba una peculiar sensación de calidez.

Te voy a esconder las muletas, eh— bromeó Ubben a la rubia, logrando finalmente ponerse de pie. Sacudió su ropa con algo de torpeza, todavía sintiendo el golpe en cada movimiento. Luego, giró hacia la sirena y, en un gesto deliberadamente molesto, le revolvió el cabello. —Gracias por preocuparte— dijo con una sonrisa burlona, antes de seguir al grupo hacia la taberna. 

Una vez dentro, el ambiente era tan bullicioso como cabría esperar. La palabra “libertadores” resonaba aquí y allá, siempre acompañada de miradas admirativas y sonrisas. Rag, con su facilidad para los discursos y gran elocuencia, se encargó de pronunciar un par de palabras en honor al fallecido tontatta... sin exagerar, fueron un par; aunque para Ubben estas pasaron sin mayor impacto. No conoció al pequeño guerrero lo suficiente como para que aquello le afectara, compartieron un par de días y conversaron una que otra vez, por lo que optó por mantener una actitud respetuosa, aunque distante cuando Rag exclamó "Por Tofun".

Cuando la sirena se apartó del grupo para buscar un lugar donde acomodarse, Ubben, como si fuera una sombra, la siguió. Era evidente que la atención constante del público comenzaba a incomodarla, y el peliblanco no estaba dispuesto a dejar que eso empeorara. Tomó asiento a su lado, estirando las piernas con total soltura, para obstruir la vista hacia la cola de la sirena. —A mí denme ron, por favor, con dos hielos y una rodaja de limón— pidió Ubben, alzando la voz después de que ella solicitara una cerveza. Se acomodó en la silla, sin perder de vista los detalles a su alrededor. Las miradas furtivas hacia la sirena no eran numerosas, pero seguían presentes, y eso bastaba para tensar el ambiente de cierta manera. —Si tienes frío, te paso el abrigo— dijo, inclinando ligeramente la cabeza hacia ella en un gesto que dejaba clara su intención de que usara el abrigo del peliblanco para cubrir su cola si lo deseaba.

Luego, dirigió su atención hacia el escenario, donde parecía que algo importante estaba por suceder. —¿Quiénes son esos Hijos de Leviatán?— preguntó con curiosidad, dejando entrever que no estaba familiarizado con el nombre. Ubben solía frecuentar bares más discretos, donde la música era apenas un ruido de fondo y no el atractivo principal. La respuesta no fue inmediata, pero no la necesitaba para darse cuenta de la popularidad del grupo. La taberna comenzó a llenarse rápidamente hasta estar abarrotada de gente. La cantidad de estímulos visuales y sonoros empezó a presionar los nervios del peliblanco, cuya ansiedad escalaba a pasos agigantados. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió, dando una larga calada para calmar sus pensamientos. Mientras el humo escapaba de sus labios, Ubben llevó una mano a su pecho y la otra a su abdomen, palpando con cuidado en busca de algún indicio de costilla rota. —Solo fue un golpe... nada grave...— pensó, aunque el escozor persistente le decía otra cosa.



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#12
Raiga Gin Ebra
-
La taberna El Largo ha cambiado su atmósfera por completo. Hace apenas un rato, el lugar parecía un refugio de calma tensa, casi vacía, con las mesas esperando a ser ocupadas y el aire impregnado de cierta expectación. Ahora, está llena hasta los topes de jóvenes que parecen haber venido a dejarse la garganta y los oídos en el concierto. El ruido poco a poco pasa a ser ensordecedor incluso antes de que empiece la música. La mezcla de risas, gritos y botellas chocando crea una cacofonía que apenas deja espacio para el pensamiento.

Mientras la banda se prepara en el pequeño escenario, un par de hombres se acercan a vuestra mesa. Ambos rondan los cuarenta, con vestimenta sencilla y podríamos decir que son metaleros intermedios, sin tanto pincho ni cuero, pero siguen pareciendo metaleros en esencia. En sus manos llevan una botella de licor, y unos vasos de chupito apilados que empiezan a repartir en vuestra mesa. Además, llega el camarero con una bandeja con un cubo repleto de hielos pequeños que colocan con cuidado en la mesa.

—¡Libertadores de Oykot! —dice el de la chaqueta, con una sonrisa amplia que deja ver unos dientes algo amarillentos— Sabemos lo que hicisteis por esta isla. Queríamos daros las gracias personalmente.

—Sí, sí, sí... Esto es por vosotros —añade el de la camisa mientras destapa la botella con un gesto exagerado, como si estuviera abriendo un cofre del tesoro.

Os miran con entusiasmo mientras sirven los chupitos uno por uno. Los vasos tintinean al posarse sobre la mesa, el líquido dorado brilla bajo las luces tenues de la taberna, y los hielos esperan pacientes a un lado.

—Un brindis, por favor. Por vosotros y por todo lo que habéis hecho por Oykot. —Levantan sus propios vasos, expectantes, mirándoos como si vuestra aprobación fuera el evento más importante de sus vidas.

Si aceptáis, chocan los vasos con los vuestros con un entusiasmo que casi derrama la bebida, y beben de un solo trago, emitiendo un suspiro profundo de satisfacción. Si decidís no hacerlo, intercambian miradas, encogiéndose de hombros antes de brindar entre ellos, pero siguen dedicándoos palabras de agradecimiento.

—Esto no es nada, comparado con lo que os merecéis —dice el hombre de la chaqueta, colocando otra botella sobre la mesa. Esta, sin embargo, no está fría como la anterior.

—Pero echad un hielo, que así entra mejor —añade su compañero con una sonrisa cómplice mientras se sirven ellos mismos otro chupito.

La botella queda a vuestra disposición, una invitación abierta para disfrutarla como queráis. Ellos, entretanto, se quedan junto a la mesa, intercambiando comentarios sobre los cambios que ha experimentado la isla desde vuestra intervención. Hablan de los balleneros, de cómo la tensión parece haber disminuido, y de lo orgullosos que están de contar con personas como vosotros en su comunidad.

Pero no hay demasiado tiempo para conversaciones. El concierto comenzará un par de minutos después de su ofrecimiento, justo el tiempo que podéis tardar en servir esa botella, echad un par de hielos y tomarla, ¿no? A caballo regalado...



Las guitarras rugen como bestias liberadas, y la taberna se convierte en un hervidero de energía y caos. El grupo, Hijos del Leviatán, no se anda con rodeos. Su música punk es cruda, agresiva y, sobre todo, ruidosa. Los primeros acordes arrancan un rugido colectivo de la multitud, que inmediatamente empieza a moverse como si un torbellino hubiera atrapado el lugar. La batería retumba, el bajo marca un ritmo frenético, y el vocalista grita con toda la rabia contenida que parece haber en la isla.

La gente se vuelve loca. Botellas chocan, algunas se rompen, y el suelo comienza a llenarse de cristales mientras los asistentes se empujan entre ellos, formando círculos de pogo improvisados. Los gritos y carcajadas se mezclan con los acordes de la música, y el ambiente se vuelve tan denso que casi podéis palparlo. En menuda os habéis metido, tú. Yo estoy sufriendo por ti, querida Airgid. Si necesitabas tranquilidad para confesar tus cosillas... No es el sitio, creo que es evidente.

Durante la segunda canción, un evento inesperado toma el escenario por asalto. El guitarrista principal, un tipo delgado con el cabello teñido de azul y una camiseta rasgada, rompe su guitarra en pleno clímax de la pieza. Pero en lugar de hacerlo contra el suelo, lo hace sobre el vocalista, quien cae al suelo con un sonido sordo que se mezcla con los últimos acordes. La multitud enloquece aún más mientras el cantante, sangrando ligeramente por la frente, se levanta como si nada hubiera pasado y sigue gritando al micrófono.

¡Joder! ¡Qué duros! No sé si eso formaba parte del espectáculo o si el guitarrista simplemente ha perdido la cabeza, pero francamente, ha quedado bastante guapo. El guitarrista corre rápidamente hacia el stage a coger otra guitarra mientras el resto de miembros del grupo le cubren con unos adornos.

El ambiente que tenéis ahora mismo en la taberna


El pogo se intensifica. Los empujones pasan a ser golpes, y algunos asistentes comienzan a usar los fragmentos de las botellas rotas como accesorios improvisados para remarcar su agresividad. Aunque el ambiente es caótico, parece haber una especie de entendimiento entre ellos: nadie parece realmente enfadado. Es violencia, sí, pero consentida. Joder, qué rara se me ha hecho esa última frase. Una especie de ritual extraño que acompaña a la música. No tardarán mucho en mirar a los héroes de Oykot. ¿Quién está dispuesto a dar su primera hostia? Hay un tipo enfrente vuestra, delgado, con gafas y enérgico a más no poder en sus saltos, que parece la víctima perfecta. Pero desde esta cuenta de narrador oficial no apoyamos la violencia. Yo solo describo cosas y vosotros tomáis decisiones. Gobierno de... ¿One piece Gaiden?

En fin, volvemos. Entre el tumulto, un grupo de seis o siete chavales destaca. Son claramente menores de edad, probablemente no superan los quince años. Sus rostros llenos de emoción y sus movimientos exagerados delatan que esta es su primera experiencia en un concierto de este tipo. Uno de ellos, un muchacho delgado con el cabello alborotado y una camiseta dos tallas más grande, parece estar liderando al grupo. Se mueven con una energía contagiosa, empujándose y riendo con una intensidad que incluso algunos adultos envidiarían.

A pesar de su entusiasmo, no pasan desapercibidos. Algunos de los asistentes más mayores les echan miradas de desaprobación, mientras que otros se ríen al ver cómo intentan imitar los movimientos más agresivos del pogo. Sin embargo, el líder del grupo parece decidido a demostrar que pueden estar a la altura de los adultos. En un momento dado, se sube a una de las mesas cercanas al escenario y comienza a saltar mientras grita la letra de la canción como si fuera parte de la banda. Desde luego los grupis no entienden de géneros musicales.

La música sigue rugiendo, el público sigue enloqueciendo, y el caos no muestra señales de disminuir. El camarero vuelve a vuestra zona con otra ronda de lo que habéis pedido y os dice si queréis otra ronda de chupitos o si queréis más hielo.

El ambiente, aunque salvaje, tiene un extraño encanto. Encanto que seguro que no todos sabéis ver, claro. Es como si la música y la violencia controlada fueran una forma de purgar tensiones, de liberar todo lo que la gente de Oykot ha guardado dentro durante tanto tiempo.

Y entonces, entre la vorágine, algo parece cambiar. Un grupo de asistentes más corpulentos se acerca al grupo de chavales. No está claro si tienen intenciones amistosas o si han decidido que los menores no deberían estar allí. Las miradas que intercambian son difíciles de interpretar, pero hay algo en la postura de los hombres que os hace pensar que podría escalar rápidamente si nadie interviene.

Mientras tanto, el guitarrista, lanza su instrumento al suelo y se lanza al público, iniciando un crowd surfing improvisado que arrastra consigo a varios asistentes. El vocalista sigue cantando, con la voz casi desgarrada, mientras el resto de la banda mantiene el ritmo frenético. La taberna entera parece al borde del colapso, tanto literal como figuradamente.

El caos bajo los acordes
#13
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
Personaje


El vikingo no tardó en tomar asiento. Qué fácil era olvidar la melancolía cuando te daban de beber o tenías opción de ello. La mano de Airgid recorrió su interminable cuello. Ragn posó una mano en la cadera de la fémina, alargando una brillante sonrisa. — Mano bonita. — Le dijo cariñosamente. La relación entre ambos era perfecta, después de que el destino los volviera a juntar, ahora tenían algo especial, que no era necesario describir con palabras, tan solo vivían el momento como venía. Decía que quería hablar de algo, ¿cuando no? Airgid era una mujer con la energía por las nubes, siempre tenía algo que decir, pero ese era parte de su encanto. Sin embargo le es imposible responder porque dos tipos se interponen. Parecen ser seguidores de los libertadores ... Dos más. Ragn afirmó con la cabeza, intentando que pasaran de el un poco. Agradecía la magnitud del agradecimiento, pero el que mucho abarca, poco aprieta. Y el Buccanner comenzaba a estar hasta las pelotas de que le mencionaran tanto el tema.

Ragn levantó su bebida, en un amago de brindis, pero no bebió, ya que se quedó expectante de lo que Airgid tenía que decir. La verdad es que pensándolo un poco habían tenido pocos momentos de "descanso" desde el Baratie. Por una cosa u otra siempre había algo que hacer y si bien por las noches ambos tenían ciertos encuentros, por el día apenas se veían. ¿Acaso no es eso la relación perfecta? yo sé que sabes que si, lector. De todos modos la fiesta que se estaba dando en la taberna de Tofun comenzó, volviendo imposible que Ragn y Airgid pudieran hablar. Los tipos hablarían de la evolución de Oykot. De cómo ahora las tensiones habían reducido y con ello, aumentado la importancia de la cooperación. El aumento de la música vino de la mano con el descontrol. Hubo un momento que ya no es que no se escuchara nada, es que literalmente molestaba en los oídos. — Vamos. — Le susurró a la rubia, levantándose de su asiento, con la botella que les habían ofrecido en una mano y con la otra sujetando la mano derecha de Airgid.

Unos cuantos pasos después llegaron hasta lo que parecía un baño. Y digo parecía porque tampoco es que el lugar tuviera muy buena iluminación. Ragn dejó la botella encima de un jarrón viejo que estaba a la altura adecuada. Sacó otro trozo de pollo de su bolsillo derecho y le pegó un bocado. Si no fuera por estos tentempiés pequeñines, estaría todo el día muriéndose de hambre, eran muy importantes. — ¿Qué querrrer dessir? — Se inclinó hacia ella, cubriendo con su cuerpo cualquier tipo de escapatoria de la fémina y también, un intento de que no se filtrase tanto el sonido del ambiente.

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#14
Asradi
Völva
Personaje


Definitivamente, había algo raro para ella en aquel ambiente. Quizás eran las miradas, quizás era que no estuviese acostumbrada a estar tan visible en un lugar tan público, mucho menos con la cola al descubierto. Por otro lado, aunque se había apartado, precisamente, por ese tipo de miradas, se sentía igualmente protegida al estar acompañada del resto del grupo. Airgid y Ragn se habían apartado. La sirena notaba un tanto extraña a la rubia durante los últimos días. Y aunque no eran anormales las muestras sutiles de afecto entre ellas, aquel abrazo anterior le había pillado un poco por sorpresa.

Umi estaba acomodado a su manera. Si Asradi miraba hacia arriba, podia ver al grandullón fumando tranquilamente su pipa. Fue un gesto más tierno el que se dibujó en la sonrisa de sus labios. Todavía no había tenido, propiamente, una charla con Umi para conocerse mejor, pero quizás porque ambos pertenecían al mar, que se sentía demasiado afín con él. A gusto, era la expresión adecuada. Y Ubben le había seguido a ella como una sombra protectora. En cierto sentido, se lo agradecía. Y también ella era consciente del posible grado de ansiedad del peliblanco por estar, también, tanto tiempo en público. Asradi recibió no solo la cerveza que había pedido, sino también uno de los chupitos.

Y cuando escuchó el susurro de Ubben...

No, estoy bien así, gracias. — Le sonrió con agradecimiento sincero. Sabía que el peliblanco se lo decía para cubrir su cola.

No vamos a mentir, se lo había pensado, pero... De inmediato el ceño de Asradi se frunció por un par de segundos, y se giró en su silla solo para medio encararse a los que, todavía, seguian mirándole de aquella manera. No sabía discernir si con curiosidad o con otras intenciones, ahora mismo le daba igual.

¿Qué pasa? ¿Nunca habéis visto una cola? ¡Pues acostumbráos a ella! — Exclamó, meneando un poco la susodicha. No quería seguir escondiéndose, estaba cansada de eso. Y era verdad que, ahora mismo, había tenido un ramalazo de valentía. También porque se sentía arropada por los suyos. Pero de estar sola, seguramente hubiese sido mucho más cautelosa.

Acto seguido, se bajó el chupito de una sentada justo cuando el concierto comenzó. La música comenzó a vibrar en el interior de aquel antro mientras los ánimos se enardecían por el ambiente. A Ragn y a Airgid ya los había perdido de vista, pero estaba tranquila. Ese par era fuerte, y más cuando estaban juntos. Hacían buena pareja, las cosas como eran. En momentos así, no podía evitar acordarse de cierta persona con algo de melancolía. Habían salido aquellos carteles de “Se busca”. ¿Habría visto el suyo? ¿Cómo le habría sentado?

La pelinegra soltó un suave suspiro antes de pegar un sorbo a su cerveza. El ambiente continuaba bastante festivo, quizás un poco descontrolado para su gusto. Solo tuvo que mirar de reojo a Ubben, una vez, para pasar una mano por debajo de la mesa y sujetar una de las del bribón de ojos dorados, con suavidad. Un gesto silencioso de apoyo para que su ansiedad fuese mitigada un poco. O, al menos, para intentarlo. Mientras disfrutaba de la música y del espectáculo, a su manera, barría el lugar con la mirada.

Vió la rotura de la guitarra. Menos mal que Lobo no estaba ahí, quizás le hubiese dado un parraque de ver ese trato a un instrumento musical. Pensar en el otro grupo también le hizo acordarse de Alistair, el lunarian con el que había entablado, también, casi una relación de hermandad.

Un grupo de chavalines adolescentes se había colado en todo el percal del concierto. Disfrutando como tenía que ser, como jóvenes entusiasmados sin preocupaciones todavía. Simplemente, disfrutando de la vida. O, al menos, hasta que sus ojos azules atisbaron como un grupo de matones, no estaba segura, parecía acercarse al grupo de muchachos. La espalda de Asradi se envaró, y fue ella misma la que, sin decir nada, se levantó de su lugar, acercándose sin más.

¿Hay algún problema con los chicos? — La sirena se alzó ligeramente más sobre su cola, todo lo alta que era. Y no era mucho, en realidad. Solo medía un metro sesenta. Chiquita pero matona, dirían algunos. Miró primero a los adolescentes, antes de posar su mirada en el grupo de tipos corpulentos, de manera más intensa.

No había visto que los chicos hubiesen hecho algo malo, en realidad.

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Virtudes y Defectos

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#15
Airgid Vanaidiam
Metalhead
El acercamiento de Airgid fue rápidamente correspondido con Ragn, que la rodeó por la cadera con una de sus manos a la vez que le dedicaba aquel mote cariñoso que le puso el día que se encontraron de nuevo, en Kilombo. Joder, era tan adorable, tan... perfecto. Puede que no para otros, pero sí para ella, desde el mismo momento en el que se conocieron. Se mordió suavemente la lengua, pensando en las ganas que tenía de hacerle de todo en ese instante, si tan solo no hubiera tanta gente alrededor. Y es que su relación era sencillamente perfecta, los momentos en los que estaban juntos nunca surgía un solo problema, de hecho, incluso les costaba no estar manoseándose todo el rato, como dos adolescentes. Aprovechó su cercanía para sentarse sobre la pierna del vikingo, ¿para qué necesitar asientos cuando tenías de pareja a un hombre de cinco metros?

Estuvo cerca de decir algo más, pero un par de hombres irrumpen en la amorosa escena con unas cuantas botellas en las manos junto con los vasos de chupitos. Habían invitado a todos los Libertadores de Oykot, pero por dios, Airgid no sabía ya dónde meter la cabeza con tanta invitación a beber alcohol. Menos mal que no tenía ninguna adicción ni nada parecido con dicha bebida, porque sino lo iba a tener jodido, desde luego. En lugar de tomar el vasito, Airgid, con toda la educación que pudo, tomó su vaso de refresco y lo alzó, en un gesto de brindis. — Gracias por la invitación, pero... me encuentro un poco mal, así que prefiero quedarme con el refresco. ¡A vuestra salud! — Mintió, claro, pero solo a medias, pues sí era cierto que llevaba unos días sintiéndose rara. Aunque ya sabía el motivo. Dio un largo trago de su bebida con una buena sonrisa. No terminaba de acostumbrarse aún a tanta hospitalidad, pero aunque le agobiara un poco a ratos, sabía que lo hacían con la mejor de las intenciones, así que procuraba mostrarse siempre agradecida con ellos.

El concierto comenzó, y en parte Airgid se volvió a sentir una vez más como una adolescente, cuando iba a ese tipo de conciertos día sí y día también. Le encantaba, sobretodo, meterse en medio de los pogos y liarse a codazos con cualquier gilipollas que se le cruzara por delante. Qué tiempos... La música, o mejor dicho, el ruido, no le molestaba demasiado, acostumbrada a ese tipo de juergas, pero es cierto que no era el mejor ambiente para tener una conversación. Fue Ragnheidr el que tomó la iniciativa, levantándose del asiento y tomándola de la mano. Airgid se dejó llevar, momento en el que notó un repentino agobio subirle por el estómago. ¿Ahora? ¿Quería que se lo dijera ahora? Vale que había sido ella la que había sacado el tema, pero... no pensó que fuera a darle tanta importancia. Mientras le seguía, pensando en todo lo que se le venía encima, echó un rápido vistazo a sus compañeros; Umibozu sentadito con su pipa, tan agusto que daba envidia, y por otro lado, Asradi y Ubben... ¿ligeramente acaramelados? Ver para creer. Y sintió, al verles, cómo los nervios desaparecían un poco de su cuerpo. Sabía que si estaba con ellos, nada podía salir mal.

Tomó aire cuando Ragnheidr y ella se encerraron en el baño. Por lo menos estaba bastante limpio, y había una pequeña ventana en la pared que Airgid se apresuró a abrir ante la repentina falta de aliento. — Bueno, no es el escenario que había imaginado para decirte esto, pero... que esta taberna sea la de Tofun, ayuda. — Esbozó una sonrisa, tanto Airgid como Ragn estaban muy unidas a él, puede que el vikingo incluso más aún. — Vale, no voy a enrollarme mucho, el caso es que llevaba unos días encontrándome mal, nada de lo que me daba Asradi me funcionaba, así que... — Tomó uno de sus mechones rubios entre sus manos, un claro signo de nerviosismo. Aunque no apartó la mirada de sus ojos azules, tratando de ver cada reacción de Ragn. El corazón le iba a mil por hora, incluso se notaba un poco roja. — Me he hecho una prueba y... — Se dio un mordisco en la lengua, volviendo a abrir la herida que se hizo mientras esperaba al resultado. Aunque lo ignoró por completo, ni siquiera sintió dolor. — Estoy embarazada. — Nada más soltar la bomba, tomó aire de nuevo muy rápidamente, como si su cuerpo se estuviera preparando para soltar la chapa absoluta. — ¡Pero no te preocupes! E-es una decisión de los dos y... estoy igual de impactada que tú seguramente, no sé ni qué pensar aún, así que... si tú no te sientes preparado o simplemente no quieres pues... pues... podemos... no sé, eh... ¿hablarlo? Y buscar una solución, ya sabes... — No sabía ni qué decir.



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#16
Umibozu
El Naufragio
El inicio del concierto marcó un antes y después en el local. Esos instrumentos rugían como reyes marinos furiosos y el vocalista del grupo pretendía imponerse por encima de ellos. El público estalló en un rugido lleno de júbilo y euforia. Yo continuaba sentado al final de la sala, fumando tranquilamente, mientras observaba toda la sala que tenía frente a mis ojos. La altura me daba una perspectiva bastante mejor que la del resto de humanos. Dos tipos se acercaron de nuevo para dejar vasos de chupitos. Ni me molesté en intentarlo. Esos recipientes eran extremadamente pequeños para mí y yo no era la destreza personificada precisamente. Podía ver a Asradi notablemente incómoda con la situación, tanto fue así que tuvo un arrebato de valentía y protestó ante quienes le dedicaban miradas inquisidoras. Sin mediar palabra, aspiré profundamente, tanto como me lo permitieron los pulmones, y eché la bocanada de humo directamente contra aquellos a los que mi compañera había increpado. No dejaba de ser una advertencia, una forma sutil de avisar a los presentes y defender a mi compañera. Los miré desafiantes por si querían protestar por mi acción y los mantuve bajo el radar durante el resto del tiempo. Quizás por miedo, temor o respeto, esas miradas no se posaban en mí. Quizás tan solo fuera que no me daba cuenta, pero como fuera no dejó de sorprenderme que aún tras los acontecimientos de días atrás, todavía hubiera gente que la mirase con suspicacia. Cierto era que no toda la isla la habría visto, pero no habíamos estado ocultos precisamente como para que se perdiera esa especial atención en ella.

Llené el cazo de la pipa nuevamente. Con cuidado prensé ligeramente la hierba nueva, pero con cuidado de no apagar la anterior. El ambiente se estaba descontrolando. Sonreía al pensar en mi buen amigo Tofun y ver que estaría encantado con aquella situación. Él era un maestro en cuanto a fiestas y descontrol se refería. Sin embargo, esa sensación poco a poco fue desapareciendo. El ambiente se fue enrareciendo, creando una tensa calma más que un descontrol frenético. La agresividad empezaba a ganar terreno y la incomodidad a ganar fuerza. Las membranas del cuello aleteaban protestando por el ruido y la tensión. El hecho de estar algo encogido por las dimensiones del local también influía, acumulando tensión e incomodidad. Empecé a plantearme salir y estirarme. Ahora más que nunca comprendía porque estaba a gusto debajo del mar, dónde no tenía restricción de espacio, ni limitación de movimiento. El agua era mi elemento. También empecé a preguntarme como era que esa raza, los mismos individuos que ahora se estaban moliendo a palos frente a mí habían dominado la superficie. ¡Pero si había medusas con más inteligencia! ¿De verdad disfrutaban con todo aquello? El ruido de la música y gritos martilleaban los tímpanos como un martillo en la fragua. Los pececillos a mis pies chocaban entre sí como alevines en un remolino y cuando estaba decidido a marcharme, vi a un grupo de adultos corpulentos buscar encararse a un grupo de alevines desenfrenados. Asradi se levantó rauda para interceder y encarar al grupo de adultos. Rag y Airgid hacía rato que habían desaparecido. No le di mayor importancia porque era habitual en esos dos. Los dos sabían defenderse y, además, seguramente estarían teniendo su propia fiesta privada. Me apresuré a moverme para colocarme justo por encima de la sirena tras haber escupido la pipa a un lado para dejar los dientes bien visibles. Bien parecía ser una bestia domesticada, esperando la orden de su dueña para destrozar a su presa. Y esa era precisamente la apariencia que quería dar. Tan solo una palabra o un gesto por parte de Asradi o un mal movimiento de aquellos tipos haría saltar todo por los aires. No creía que hiciera falta que dijera nada, tan solo mi presencia en actitud hostil debía ser suficiente para intimidar incluso a los más valientes, dejando tan solo margen a los temerarios. A nuestro favor jugaba también la reputación y leyendas sobre nosotros, especialmente en mi caso, pues sobre mis hombros cargaba la proeza de haber derribado la presa de un solo envite. ¿Querrían aquellos tipos escalar la situación y hacer estallar la calma y contención y liberar toda la agresividad y violencia reprimida hasta el momento? Como no, las membranas volvieron a cobrar vida propia, ansiosas de no sabían muy bien qué, pero contagiadas del ambiente.
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Aclaraciones

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#17
Ubben Sangrenegra
Loki
El peliblanco tomó el vaso de ron entre sus dedos, girándolo ligeramente mientras observaba el líquido ámbar, esperando la respuesta de Asradi. Al escuchar su negativa, soltó un suave suspiro, más de alivio que de otra cosa, y comenzó a desabotonarse la chaqueta. Tranquilo la dejó sobre el respaldo de la silla, notando cómo el calor del ambiente empezaba a calar más con cada minuto que pasaba y con la taberna llenándose de gente. El bullicio era incesante, pero no tanto como para ignorar el momento en que la sirena frunció el ceño y encaró sin titubeos a los mirones.

Ubben se quedó inmóvil por unos segundos, sus ojos dorados fijos en el rostro de su amiga. La transformación era evidente; hace no tanto, la había visto casi escondida, disimulando su cola bajo cualquier tela o sombra disponible. Ahora, ahí estaba, enfrentando a los curiosos sin temor y dejando que la luz del lugar resaltara su identidad sin reservas. Una risa baja y genuina escapó de sus labios, y pronto se convirtió en una carcajada. —¡Salud por eso!— exclamó con entusiasmo, golpeando la mesa con la palma abierta antes de alzar su vaso de ron. La sonrisa que adornaba su rostro no era fingida, y su gesto de chocar el vaso con el de Asradi era de verdadero orgullo por la seguridad de su compañera. Dio un largo sorbo, dejando que el calor del licor bajara por su garganta mientras asentía en reconocimiento al descaro recién mostrado por su amiga.

Por unos breves instantes, el ruido de la multitud parecía haberse desvanecido. La música, las conversaciones cruzadas y las risas se disiparon como un eco lejano, permitiéndole disfrutar del momento. Sin embargo, la tranquilidad fue efímera. Pronto, las miradas al rededor, el murmullo constante y el apretado espacio comenzaron a hacer mella en él. Ubben dejó el vaso sobre la mesa y comenzó a tamborilear con los dedos sobre su muslo, para luego comenzar a digitar sus dedos contra el pulgar. Su pierna derecha, rebotando suavemente bajo la mesa, acompañaba el movimiento de sus dedos, siguiendo el compás de la batería que retumbaba desde el escenario. Para cualquiera que lo mirara sin prestar demasiada atención, el bribón parecía simplemente estar disfrutando de la música, pues su ritmo coincidía perfectamente con el ritmo de la música que inundaban el lugar.

Pero quienes lo conocían más de cerca sabían que era otra cosa. Aquellos movimientos, aunque discretos, delataban el constante conflicto interno que lo invadía en situaciones como esa. La sonrisa seguía en su rostro estaba intacta y convincente, pero en su mente, el ruido y la gente apilada se sentían como un peso que presionaba con fuerza. Aunque sabía cómo ocultar esa incomodidad, el brillo casi imperceptible en sus ojos dorados podía ser una pista para los más observadores... Ubben estaba aguantando, pero no disfrutando.

Fue entonces que un tacto cálido sobre su mano tamborileante lo detuvo de golpe, como si hubiera sido desconectado de la electricidad que mantenía su ansiedad en marcha. Sus pupilas se dilataron, la sorpresa iluminando por un momento el oro de sus ojos. Giró la cabeza rápidamente, pero la sorpresa se disipó casi al instante. Reconocía esas manos pequeñas y cálidas al instante. No era la primera vez que las sentía sobre las suyas. La sirena tenía esa constantemente esos detalles con él, detalles que en los primeros momentos le resultaba desconcertante, incluso incómodo, pero al mismo tiempo reconfortante y apaciguante, por más contradictorio que sonara. Aquel gesto era una mezcla de algo que el cínico mundo que había vivido la última década no reconocía como natural... el afecto genuino. Pero había algo más, algo que rompía las barreras que el bribón solía levantar con maestría para mantener a todos a una distancia prudente... el peliblanco no podía negar que ya le había tomado bastante cariño a la sirena.

Era extraño cómo podía ser alguien tan complejo, tan lleno de capas, pero al mismo tiempo alguien que encontraba una paz inesperada en la simpleza de un gesto como ese. Desde que se hicieron amigos, sus reglas habituales no aplicaban con la sirena, y aunque jamás lo admitiría, estaba agradecido por ello. Dejó que el aire escapara de sus labios en un suspiro casi imperceptible y le devolvió una sonrisa. Esta vez, una que no tenía nada de falsedad o cinismo en ella, nacida de ese rincón de su corazón que pocos lograban tocar. Levantó la vista hacia su compañera, y no pudo evitar notar algo en su rostro que lo inquietó. En su mirada danzaba una melancolía sutil... ¿Estaría recordando su pasado?

Sin pensar demasiado, reaccionó como pocas veces hacía. Movió sus dedos hasta entrelazarlos con los de ella, respondiendo al gesto con un apretón ligero, lo justo para transmitir una sensación de presencia y seguridad sin invadir. Sus ojos dorados se suavizaron al mirarla, llenos de una calidez que rara vez mostraba a alguien. Aunque no lo dijo en voz alta, su mirada parecía contener una pregunta muda, un ¿Estás bien?, un ¿Quieres hablar de ello?, dejando en sus manos la decisión de romper el silencio o simplemente dejar que el momento pasara.

En paralelo la banda continuó desatando un caos cada vez más intenso, alimentando el frenesí del público con su estridente sonido. Aunque para Ubben el ruido no era un problema, la combinación de la música, el espacio reducido y el calor creciente comenzaba a ser una tortura. Cada acorde parecía rebotar en las paredes y amplificar la sensación de encierro. El pogo se había convertido en un torbellino de cuerpos, y el peliblanco, aunque lejos de esa zona, sentía el ambiente saturado como si él mismo estuviera en el centro. Fue en ese momento que algo lo congeló durante un par de segundos... la inesperada escena del guitarrista golpeando al vocalista con su instrumento. Su mandíbula se tensó al instante, y el brillo de sus dorados luceros reflejó una mezcla de incredulidad y frustración. No era que le importara en absoluto la suerte del vocalista; su mente no se detenía en la integridad del tipo, sino en la desgracia del instrumento, ahora destrozado. Sentir cómo ese instrumento se destruía le provocó un nudo en el estómago, una especie de empatía hacia el objeto inerte que no supo explicarse del todo.

Desvió la mirada hacia los chicos, quienes parecían disfrutar del espectáculo con energía contagiosa. Ubben les dedicó una rápida mirada, notando que estaban demasiado inmersos en la música como para preocuparse por algo más, pero no les puso mayor atención. No fue sino hasta que la Sirena se levantó y caminó en su dirección que sus ojos se movieron nuevamente en aquella dirección, percatandose de lo que sucedía. Un grupo de individuos, notablemente mayores que los adolescentes, comenzaba a acercarse a ellos, y Ubben no necesitó más para entender que nada bueno saldría de esa proximidad... o quizá solo estaba siendo paranoico como siempre... Su expresión se endureció mientras terminaba de fumar su cigarrillo —Mierda... aquí vamos de nuevo...—  Murmuró. Si la sirena estaba en medio, ésto pasaba a ser proble del Escuadrón, así que no le quedó otra prepararse.

Sin perder tiempo, y de manera discreta, las llevó hacia las cartucheras ocultas en su cinturón, extrayendo varias agujas metálicas. En cuestión de segundos, las había deslizado por las mangas de su camisa, listas para ser lanzadas si la situación lo demandaba. El peliblanco mantenía su postura relajada, pero estaba preparado para intervenir. Activó su Kenbunshoku, y enfocó su percepción en el grupo que se acercaba a los jóvenes, buscando cualquier indicio que confirmara sus sospechas. ¿Eran simples borrachos buscando molestar? ¿O había algo más en sus movimientos?... tendría que deducirlo de sus intenciones.




Resumen
Relevantes
#18
Raiga Gin Ebra
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La música no cede; si acaso, se vuelve más intensa, más caótica. El vocalista, todavía con sangre en la frente por el primer impacto de guitarra, parece seguir adelante con una mezcla de rabia y orgullo. Porque otra cosa no, pero orgullo parece tener un rato. El guitarrista, por su parte, no da señales de calmarse ni un ápice. Apenas vuelve al escenario después del crowd surfing, levanta una nueva guitarra como si fuera un arma ceremonial. La tensión entre ambos músicos es palpable, y el público parece notarlo, rugiendo en anticipación a lo que podría ser una pelea más que un concierto. Desde luego, no habéis pagado entrada y os estáis gozando aquí un dos por uno.

La guitarra baja con fuerza, pero el vocalista esquiva el golpe en el último segundo. No duda en devolver la agresión con un puñetazo directo al rostro del guitarrista, quien retrocede tambaleándose. Esto ya no parece parte del espectáculo. Sin embargo, contra toda lógica, ambos siguen tocando, como si el odio que sienten el uno por el otro alimentara su energía para continuar con la música. Hay gente rara, desde luego.

El público, lejos de asustarse, enloquece aún más. La violencia parece contagiosa. Botellas empiezan a romperse contra las paredes, los vasos vuelan por los aires, y el pogo en el centro de la taberna alcanza niveles que rozan lo salvaje, incluso alguna silla sobrevuela la escena. La sensación de que algo podría estallar en cualquier momento se hace insoportable.

En vuestra mesa, el ambiente no es menos curioso. Los dos hombres que os habían ofrecido licor inicialmente ya no están ahí. Quizá han bebido demasiado, o quizá no se sienten en confianza por vuestra presencia, pero os han dejado una botella medio vacía y unos hielos sobre la mesa. Como regalo no está nada mal.

Pareja, me tenéis loco con vuestro salseo. Que si entro al baño, que si no, que si estoy embarazada, que si me llevo una botella por lo que pueda surgir... Estoy enganchadísimo a esta historia, de verdad. No sé por dónde vais a salir, pero estoy ansioso por leeros.

Habéis hecho bien en apartaros del bullicio. Allí, en el rincón junto al baño, donde el ruido es un poco más soportable la rubia aprovecha el relativo aislamiento para abordar el tema que lleva días rondando por su cabeza. Ragn, has elegido un mal momento para mordisquear un trozo de pollo, espero que no se te atragante con la noticia.

Vikingo, qué pillín. Has decidido llevarte la botella porque... Pues por qué no. Porque te lo mereces y porque, entre tú y yo, te va a hacer falta. Sin embargo, en el culo de la botella hay un pequeño papel pegado, que parece fuera de lugar. Es un detalle menor, pero suficiente para llamar tu atención. ¿Un error de la fábrica? ¿O algo más? Si decides cogerlo, verás que tiene una inscripción un tanto rara, la verdad.

Entretanto, el resto del grupo sigue lidiando con el caos de la taberna. Asradi, estás demostrando que no te falta valentía, te has levantado para enfrentarte a un grupo de hombres corpulentos que parecen haberse fijado en los jóvenes. Después de elevarte con la ayuda de tu cola, proyectando una autoridad que contrasta con tu pequeña estatura, se hace un pequeño silencio. Pequeñita pero matona, di que sí. Tu pregunta, directa y sin titubeos, rompe el aire cargado de la zona.

Antes de que los hombres puedan responder, una sombra colosal se cierne sobre ellos. Umibozu, con su gigantesca presencia, se coloca justo detrás de la sirena, a modo de gyojin guardián. Las membranas de su cuello se expanden y contraen con un sonido que recuerda a velas en una tormenta, añadiendo un toque casi sobrenatural a la escena. Joder, la verdad es que impone usted un poquito, señor Umi. Tu mirada fija y tus dientes visibles bastan para hacer que los tipos reconsideren sus opciones.

—Nada, nada... solo estábamos mirando —dice uno de ellos, levantando las manos en un gesto de rendición. Su compañero, visiblemente más nervioso, da un paso atrás antes de añadir algo parecido.

—No queremos problemas.

Ambos se retiran apresuradamente, lanzando miradas de reojo a Umibozu y cuchicheando entre ellos mientras desaparecen entre la multitud. Los jóvenes, lejos de mostrar gratitud, se encogen de hombros y sonríen con descaro.

—No hacía falta. Podíamos defendernos nosotros solos, vejestorios —dice el líder del grupo, un muchacho con una sonrisa insolente y cabello alborotado.

Los chavales vuelven a su propio caos, saltando y gritando como si nada hubiera pasado. Pero algo en su actitud deja una sensación extraña en el ambiente.

Por tu parte, Ubben, no detectarás una intención ofensiva ni en los jóvenes ni en los tipos que ya se han ido. Quizá os habéis apresurado en ir en su defensa, o puede que no, quién sabe. En cualquier caso, los jóvenes no han recibido ese par de hostias que, por otro lado, parecen merecer.

Sin embargo, la tranquilidad dura poco. Desde vuestra posición, notáis cómo alguien sale del baño haciendo eses. Es un hombre de aspecto desaliñado, con la nariz manchada de lo que parece ser maquillaje blanco… o algo más. Sus movimientos erráticos y su mirada perdida indican que probablemente ha consumido algo más que alcohol. Se mezcla con la multitud, pero no sin dejar una estela de incomodidad a su paso. Recibe varios golpes a medida que se va acercando al escenario, y estos parecen ir llevándole hacia allí. De repente, un golpe más hace que caiga al suelo y empiecen a pisarle.

Mientras todo esto ocurre, el licor que habéis bebido comienza a hacer efecto. No es la típica embriaguez cálida y eufórica; hay algo extraño en la sensación que se extiende por vuestros cuerpos. Un ligero mareo, un calor incómodo en el estómago… quizá solo sea garrafón, pero la necesidad de visitar el baño se vuelve cada vez más urgente para algunos de vosotros. ¿Será solo el efecto del alcohol, o algo más? Por cierto Umi, lo siento pero tú en el baño no entras.

El concierto sigue su curso, una espiral de destrucción y ruido que no muestra signos de detenerse. Las miradas se cruzan entre vosotros, algunos con preocupación, otros con una determinación renovada. Aunque estáis aquí para disfrutar, algo en el ambiente os dice que esta noche aún guarda sorpresas.

Cosas

Contenido Oculto
#19
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker


Estaba muy cerca, demasiado cerca. A sus fosas nasales llegaba ese olor a vainilla que tenía, que desprendía, Airgid solía tener buen olor ... Uno dulce, esa comida que nunca se metía en el cuerpo por que se le iba de la dieta. Olía a pecado, la comida prohibida. La noticia que le iba a dar la rubia sería un antes y un después, la noticia más importante que tendría alguien como Ragnheidr en su vida. La mente del rubio se nubló desde que mencionó algo de Tofun. Sintió el impulso de moverse. La mano de Nosha empujando su espalda. "Prepárate" llegó a su oído. Ella siempre lo sabía todo antes de que sucediera. — Estoy listo para lo que sea. — Quiso responder, pero se guardó el comentario para el mismo, pues a Nosha solo la escuchaba él. Lo que no le quitaba peso en absoluto al valor de sus palabras.

Estoy embarazada.

Los ojos de Ragnheidr se habían cerrado para poder notar el empujón de Nosha, de ese aviso sin motivo aparente. Recordó de manera inmediata su infancia, como un lapsus en el tiempo. Estaba el tirado en una cama, sin poder moverse. Los chamanes llegaban desde todas partes de Elbaf para intentar sanar al niño, pero nadie daba con la tecla. Recordó la mala relación con su padre ... La bondad de su madre, ahora desaparecida. La cálida presencia de Nosha siempre velando por él. Sujetó a Airgid por las caderas y la levantó, obligando a que ella rodeara su cintura con las piernas. Dejó caer los brazos de Airgid sobre su pecho, mientras el mantenía la diestra agarrándola la espalda para que estuviera todo lo cómoda posible. Alejado de una actitud normal en él, el Buccanner comenzó a moverse, como si estuviera bailando. Eran movimientos lentos, con la mirada fija en ella, sin decir nada. Si las miradas hablaran. El sutil bamboleo de aquellos pasos rítmicos les alejaba de la escena en la que estaban, viajando a un lugar a solas.

Sus pies encogían, las ropas estaban más desgastadas. Airgid tenía las dos piernas, era una mujercita sin ambición viviendo en una ciudad de basura. Ragn es otro muchacho, un tipo que no habla el idioma de los humanos, mucho más asalvajado que ahora. Iba descalzo, con un hacha de madera y unos pelos largos que cubrían toda su cara. La escena de ellos conociéndose por primera vez, en Dawn. El viaje a través de los años, topándose en Kilombo sin conocerse. La magia que siempre había entre ambos y que nunca descifraron hasta la guerra en Oykot. La magia que desprendían los momentos que vivían juntos, sin buscarlo, simplemente algo los unía y nadie sabía el porqué. Todas las imágenes, momentos vividos, situaciones difíciles o bonitas, todo pasaba rápido ante sus ojos, eran escenas que se proyectaban en el iris de color miel de aquella rubia por la que daría la vida sin dudarlo ni un solo segundo. Y ahora sería la madre de su hijo. Ragnheidr iba a ser padre. — Voy a ser padre. — Se repitió a el mismo en su cabeza. Levantó a Airgid sin venir a cuento, lanzándola por los aires para recogerla con sus propios brazos. Una sonrisa extensa mostraba la mayor de las alegrías. — Min sjel ... — Susurró en su idioma natal. Era algo muy significativo, algo que Ragnheidr le dijo hace tantos años ... Significaba "mi alma" ese "alguien" que esperas toda la vida y que él creía que representaba Airgid muchos años atrás. De lo que Josis se reía. La creencia era un cuento para niños en su tierra, pero es que de no ser por esos cuentos de dioses antiguos, de cuentos de hadas, de historia de esperanza en encontrar a un igual con el que compartirlo todo no hubiera salido adelante. Ragnheidr fue un niño muy enfermo hasta los dieciséis años, cuando entregó su vida a Nosha y a sus diosas, entes paganos que una noche de desesperación aparecieron por arte de magia en sus sueños.

Ellas lo convirtieron en un creyente de la esperanza, de las ilusiones, de los cuentos, las aventuras. De las leyendas que le contaban sus mayores. Ragnheidr era un soñador y Airgid volvía a contestar a aquellas voces que reían. Les cerraba la boca, una vez más. Una vez más. Hubo un momento que la euforia pasó y un tipo con la nariz empolvada salió abruptamente del baño. Ragn no le presentó especial atención. Tomó la jarra que se llevó y cuando estaba a punto de darle un trago, contempló algo en ella. — ¿Hm? — Se la entregó a Airgid, confuso.

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#20


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