Hay rumores sobre…
... una plaga de ratas infectadas por un extraño virus en el Refugio de Goat.
[Común] [Pasado] Dancing Dragon Visitando Loguetown
Fon Due
Dancing Dragon
Día 21 de Verano, Año 723
East Blue, Loguetown
8:00am




La brisa salada del mar soplaba con suavidad mientras el pequeño barco mercante atracaba en el bullicioso puerto de Loguetown. Sobre la cubierta, Fon Due se erguía en silencio, observando el paisaje urbano que se desplegaba ante él. Su figura menuda y esbelta contrastaba con la energía desbordante de los humanos que se movían apresuradamente a su alrededor.

Vestía una camisa sin mangas de lino blanco, ligeramente arrugada por el viaje, que dejaba al descubierto su tatuaje de dragón chino. La prenda tenía un cuello amplio que colgaba con descuido, exponiendo su clavícula y parte de su pecho izquierdo. Encima, llevaba una capa corta y ligera de color marrón oscuro, apenas llegando a sus caderas. Unos pantalones de algodón azul ajustados se ceñían a sus piernas, permitiéndole libertad de movimiento, mientras que sus pies estaban protegidos por sandalias de cuero gastadas, adaptadas a su tamaño diminuto pero reforzadas para soportar largas caminatas.

El puerto de Loguetown era un mosaico vibrante de texturas y sonidos. Los muelles de madera estaban marcados por años de uso: tablones desgastados por las botas de marineros y las ruedas de carretas. Cada clavo oxidado en la madera contaba una historia de tormentas y llegadas triunfales. Los barcos anclados variaban desde majestuosos galeones hasta pequeñas embarcaciones como la que había llevado a Fon Due hasta aquí. Las velas ondeaban al viento, algunas blancas y pulcras, otras remendadas con parches de colores que hablaban de largos viajes.

Mientras descendía por la pasarela, sus pies apenas hacían ruido, un reflejo de la gracia natural de su especie. El aire estaba impregnado de un aroma mezclado: salitre, pescado fresco y una pizca de especias exóticas que provenían de un puesto cercano donde un cocinero removía un caldero humeante.

Desde el puerto, Fon Due pudo apreciar los edificios que bordeaban las calles principales. Las estructuras eran de piedra y madera, construidas con la funcionalidad de resistir las duras condiciones marítimas. Muchas de las fachadas estaban pintadas en tonos desgastados de azul, amarillo y verde, con letreros colgando de vigas de madera que anunciaban tabernas, talleres de reparación de barcos y almacenes.

Las ventanas eran pequeñas, con postigos de madera oscura que algunas casas mantenían abiertas, revelando interiores modestos pero bien cuidados. Los techos, inclinados y cubiertos de tejas rojizas, formaban un paisaje escalonado que contrastaba con el cielo despejado. Algunos edificios tenían balcones estrechos, adornados con macetas de flores que luchaban por prosperar en el aire salino.

Fon Due avanzó hacia las calles empedradas, donde las piedras lisas reflejaban la luz del sol matutino. La textura irregular del camino lo obligaba a ajustar su paso, pero esto no le molestaba. Al contrario, disfrutaba del desafío sutil de caminar por un terreno menos predecible.

Al entrar en la avenida principal, el bullicio de Loguetown lo envolvió por completo. Aquí, las tiendas estaban alineadas en perfecta sucesión, cada una con una personalidad única. Una tienda de mapas mostraba en su escaparate un inmenso pergamino dibujado a mano, donde rutas serpenteantes cruzaban vastos mares desconocidos. Al lado, una herrería exhibía espadas, cuchillos y otras armas brillando bajo la luz del día.

Fon Due se detuvo frente a un puesto de frutas donde las naranjas, relucientes como pequeñas joyas, estaban apiladas en pirámides casi perfectas. El vendedor, un hombre robusto con un delantal manchado, no notó su presencia, pero Fon Due no se ofendió. Estaba acostumbrado a pasar desapercibido.

Al tocar ligeramente la piel de una naranja, su textura rugosa le pareció reconfortante, como si le recordara algo familiar. Su mente divagó por un momento: "Qué simples parecen las cosas aquí, pero cada detalle es un mundo en sí mismo," pensó.

El sonido de las campanas de una torre cercana resonó con fuerza, marcando el cambio de hora. Fon Due se dirigió hacia la plaza central, guiado por una mezcla de curiosidad y el ritmo vibrante que emanaba de este punto neurálgico de Loguetown.

OFF ROL
#1
Fon Due
Dancing Dragon
La plaza era un espacio amplio, pavimentado con losas de piedra gris que brillaban bajo el sol. En el centro, una fuente monumental se erguía con una gracia imponente: una figura tallada en mármol representaba a un antiguo navegante con un mapa enrollado en una mano y una brújula en la otra. El agua caía en suaves cascadas, creando un murmullo constante que parecía armonizar con el bullicio de los comerciantes y transeúntes.

Los edificios que rodeaban la plaza eran de dos y tres pisos, construidos con una mezcla de ladrillos y madera. Muchas fachadas tenían carteles colgantes, escritos con caligrafía elegante y decorados con imágenes alusivas: un barril espumante para una taberna, un ancla dorada para una tienda de suministros náuticos. Las ventanas de vidrio estaban bordeadas con cortinas de colores vivos, que ondeaban ligeramente cuando la brisa las alcanzaba.

Fon Due se movía con cuidado entre la multitud. A pesar de su tamaño, no se sentía abrumado. Observaba con fascinación a los músicos callejeros en una esquina, donde un violinista tocaba una melodía alegre acompañado por un percusionista que hacía ritmos con cajas de madera. El Tontatta se detuvo un momento, sus pies respondiendo al compás casi de manera instintiva.

"Cada paso en esta plaza tiene un ritmo, hmm," pensó, inclinándose ligeramente hacia adelante como si quisiera unirse al baile, pero conteniéndose. No era el momento de llamar la atención.

En uno de los extremos de la plaza, un mercado de artesanos desplegaba su abanico de maravillas. Las mesas de madera estaban cubiertas con telas bordadas, joyería hecha a mano, y figurillas talladas en hueso y madera. Fon Due se detuvo frente a un puesto que exhibía pequeñas esculturas de barcos, tan detalladas que cada cuerda y tablón parecían reales.

El vendedor, un hombre mayor con el cabello gris y la piel curtida por el sol, ajustaba cuidadosamente las piezas en exhibición. Fon Due observó una escultura en particular: un barco con las velas desplegadas, con detalles tan precisos que incluso las olas talladas en su base parecían moverse.

Los olores del mercado eran un festín para los sentidos: el cuero recién trabajado de los talabarteros, el dulce aroma de las velas perfumadas, y el picante de las especias molidas en morteros de piedra. Mientras avanzaba, una ráfaga de aire caliente lo envolvió, proveniente de un horno de cerámica donde un alfarero daba forma a un cuenco con movimientos expertos.
#2
Fon Due
Dancing Dragon
Desde la plaza central, Fon Due dejó que su curiosidad lo guiara hacia los callejones más oscuros de Loguetown. Aquí, lejos del bullicio de los mercados legales, el ambiente cambiaba de manera palpable. Las calles estrechas, pavimentadas con adoquines irregulares, estaban flanqueadas por edificios más antiguos, con paredes cubiertas de musgo y ventanas cerradas por pesados postigos de madera.

El Tontatta se movía con sigilo, su pequeña figura fácilmente confundida con las sombras que proyectaban las lámparas de aceite, colgadas en soportes oxidados. Había oído rumores sobre el mercado negro: un lugar donde los límites de la moralidad y la ley eran borrosos, y cualquier cosa podía tener un precio.

Llegó a una puerta de madera pesada, parcialmente oculta tras una cortina de lonas desgastadas. Un símbolo tallado en la puerta llamó su atención: un círculo con una línea diagonal atravesándolo, como una advertencia. "Nada aquí es para los ojos comunes, ¡hm!," pensó Fon Due mientras deslizaba su cuerpo pequeño entre las tablas de una ventana rota.

El espacio dentro era oscuro, iluminado solo por velas colocadas en candelabros de hierro forjado. La atmósfera estaba cargada de un aroma peculiar: incienso quemado, mezclado con el olor metálico de armas y el perfume de especias exóticas. Los puestos estaban dispuestos en filas desordenadas, cada uno atendido por vendedores que hablaban en susurros, vigilando constantemente a su alrededor.

Fon Due observó con atención los artículos en exhibición: dagas con empuñaduras incrustadas de piedras preciosas, pergaminos antiguos que prometían conocimientos prohibidos, y jaulas pequeñas que contenían criaturas extrañas y agitadas. Uno de los puestos tenía frascos con líquidos de colores brillantes; sus etiquetas escritas a mano ofrecían promesas de curación milagrosa o venenos indetectables.

Sus ojos se detuvieron en un vendedor particularmente llamativo, envuelto en un manto oscuro que ocultaba su rostro. Sobre su mesa había piezas de tecnología avanzada: un pequeño Dial Marino y un Den Den Mushi modificado con antenas adicionales. Fon Due se preguntó cuántas de esas cosas podrían haber sido robadas o traficadas desde otras islas.

Al fondo del mercado, un rincón menos transitado llamó su atención. Aquí, las mercancías parecían más ocultas, cubiertas con telas pesadas o guardadas en cofres cerrados con candados. Fon Due se movió sigilosamente, manteniéndose fuera del alcance de los ojos humanos.

En un momento, vio un mapa enrollado parcialmente expuesto en uno de los cofres. Su curiosidad lo llevó a acercarse, y al observarlo más de cerca, notó que estaba marcado con rutas en el Grand Line, algunas de las cuales estaban tachadas.

"Incluso los secretos tienen un precio aquí, hm," pensó mientras continuaba explorando.

El aire en el mercado negro tenía una densidad peculiar. Cada respiración de Fon Due era ligera, casi imperceptible, pero aún así sentía cómo el ambiente pesaba sobre él, como si cada rincón guardara secretos que lo observaban desde las sombras.

Las velas temblorosas proyectaban danzas de luz y oscuridad en las paredes de piedra. Cada movimiento de los mercaderes y compradores se reflejaba en siluetas alargadas, que a veces parecían más vivas que las personas mismas. Fon Due se detuvo un momento para ajustar sus sentidos, afinando el oído para captar los murmullos.

No entendía todas las palabras, pero el tono de las voces hablaba por sí solo. Algunos hablaban con urgencia, como si el tiempo estuviera en su contra. Otros intercambiaban frases con un control calculado, ocultando sus intenciones tras risas falsas o silencios prolongados.

La humedad del ambiente se pegaba a su piel como un sudario invisible, incrementando la sensación de encierro. Aunque el mercado no estaba abarrotado, cada paso que daba parecía acortar las distancias entre los puestos, como si las sombras intentaran envolverlo.

Sus pies ligeros avanzaban sin producir ruido alguno sobre el suelo de piedra, pero cada vez que alguien arrastraba una caja o movía un objeto pesado, el eco resonaba con fuerza en el espacio cerrado. Fon Due notó cómo estos sonidos lo mantenían alerta, su corazón acelerándose levemente ante cada golpe seco o chirrido inesperado.

El olor del incienso parecía crecer con cada rincón que exploraba. Al principio, lo había encontrado exótico, casi agradable, pero ahora notaba un trasfondo amargo que lo hacía fruncir ligeramente el ceño. Una sensación familiar se apoderó de él: no era miedo, pero sí una advertencia silenciosa que lo instaba a no bajar la guardia.

Se detuvo frente a un puesto lleno de pequeños objetos metálicos, herramientas y partes de maquinaria que no lograba identificar. Aunque no tenía interés en ellos, no pudo evitar observar cómo la luz de las velas se reflejaba en las superficies pulidas, creando destellos fugaces. En ese momento, sintió una punzada de fascinación: "Incluso en un lugar tan oscuro, hay destellos de belleza, hmm."

Fon Due sabía que su tamaño era una ventaja, pero en este entorno, también lo hacía sentirse casi inexistente. Mientras los humanos discutían precios o intercambiaban miradas furtivas, nadie parecía notar la diminuta figura que se movía entre ellos como una brisa. Esta invisibilidad le daba libertad, pero también lo aislaba de una manera que no podía ignorar.
#3
Fon Due
Dancing Dragon
El aire cambió apenas cruzó la salida del mercado negro. El olor espeso del incienso y los metales oxidados quedó atrás, reemplazado por una mezcla de aromas frescos: el pan recién horneado, el perfume cítrico de las frutas en los puestos callejeros, y el suave rastro salino del mar que llegaba desde el puerto cercano.

Fon Due se deslizó por una grieta en una vieja pared de ladrillos, apareciendo en un callejón angosto que conectaba con la avenida principal. Sus pies apenas hicieron ruido al pisar los adoquines húmedos, y el contraste de luz al final del callejón lo obligó a entrecerrar los ojos.

Cuando emergió a la calle principal, el cambio de atmósfera lo golpeó como una ola. Los sonidos eran más vivos, una cacofonía de voces, risas, y el martilleo constante de los herreros. La luz del sol, aunque difusa por las nubes, iluminaba las fachadas de los edificios, haciéndolos parecer más vivos que los muros apagados del mercado negro.

De vuelta en la avenida principal, Fon Due se tomó un momento para observar el ritmo frenético de Loguetown. Las calles estaban llenas de un mosaico de vida: mercaderes vociferaban sus ofertas, compradores regateaban con entusiasmo, y viajeros cargados de equipaje buscaban direcciones con la prisa de quien teme perder algo valioso.

Los edificios eran una mezcla de épocas y estilos. Algunos, con fachadas blancas y techos de tejas rojas, mostraban un diseño marinero típico, mientras que otros, más altos y oscuros, lucían una arquitectura gótica, con ventanas arqueadas y decoraciones en hierro forjado. Las puertas de madera maciza de estos últimos estaban decoradas con aldabas en forma de criaturas marinas, como pulpos y peces espada, un guiño a la relación eterna entre Loguetown y el océano.

Fon Due se perdió en los detalles de un balcón que sobresalía de un segundo piso. La barandilla, tallada en madera oscura, estaba adornada con figuras de delfines entrelazados, mientras las plantas colgantes caían como cascadas verdes, con pequeñas flores rojas que se agitaban suavemente con la brisa.

Un carnicero robusto, con un delantal salpicado de sangre fresca, salió de su tienda sosteniendo un gran cuchillo. Lo blandió para cortar un trozo de carne que un cliente señalaba, su voz grave resonando incluso por encima del bullicio general.

Fon Due se desvió hacia un lado, pasando cerca de un puesto de especias. El olor picante de la pimienta negra, mezclado con el aroma dulce del anís estrellado, le llenó los sentidos. Las especias estaban dispuestas en pequeños barriles de madera, etiquetadas con nombres escritos a mano en caligrafía desprolija.

Mientras avanzaba, sus ojos captaron el brillo de unas perlas en un puesto cercano. Una mujer, con el cabello recogido bajo un pañuelo de seda azul, sostenía un collar contra la luz para admirar su calidad. Fon Due se preguntó qué historias llevarían consigo esas perlas: ¿eran un regalo, un recuerdo o simplemente un capricho caro?

Curioso por explorar más, Fon Due giró hacia una calle menos transitada. Aquí, el bullicio se diluía en murmullos, y los edificios mostraban un lado más descuidado. Las paredes tenían grietas que se extendían como raíces, y las ventanas estaban cerradas con tablones. Algunas puertas estaban entreabiertas, revelando patios interiores llenos de ropa colgada en cuerdas.

Un gato callejero pasó junto a él, su pelaje gris moteado luciendo como si hubiera visto demasiados días sin cuidado. Se detuvo para lamerse una pata antes de desaparecer por una alcantarilla.

Fon Due se detuvo junto a una fuente que parecía olvidada. El agua apenas goteaba de la boca de un león tallado en piedra, y el musgo cubría gran parte de la estructura. Sentado en el borde de la fuente, sintió cómo la calma de este rincón contrastaba con la energía de la avenida principal.
#4
Fon Due
Dancing Dragon
Fon Due no podía evitar comparar este bullicio con los recuerdos de su hogar, un lugar tan distinto que parecía pertenecer a otro mundo.

En su mente, la imagen de la Isla Verde (el apodo que su gente daba al pequeño rincón de bosque donde vivían los Tontatta) se presentó con claridad. Allí, los árboles eran tan altos que sus copas formaban un techo natural, filtrando la luz en haces dorados que bailaban sobre el suelo cubierto de hojas. Las casas, diminutas y construidas en armonía con la naturaleza, estaban decoradas con flores frescas que cambiaban según la estación.

"Allí todo tenía un olor más puro," pensó Fon Due mientras pasaba junto a un puesto de hierbas medicinales. Las hojas secas y las raíces expuestas no tenían la vitalidad de las que crecían libres en su isla. Recordó cómo su madre, con sus manos pequeñas pero hábiles, preparaba ungüentos en pequeños cuencos de barro.
Un aroma en particular lo detuvo. Era el olor de una flor amarilla que usaban para curar heridas superficiales. Allí, en Loguetown, la flor estaba seca y descolorida, amarrada en pequeños racimos, pero el olor seguía siendo inconfundible.

"Nunca pensé que encontraría algo tan familiar en un lugar tan distinto," se dijo mientras una ligera sonrisa cruzaba su rostro.

Los habitantes de Loguetown, con sus ropas llenas de colores y texturas, eran una fascinación constante para Fon Due. Un hombre alto y corpulento pasó cerca, llevando un abrigo de lana oscura que parecía diseñado para soportar el viento del mar. Sus botas, de cuero brillante, resonaban en los adoquines, y el cinturón que sostenía su espada tenía detalles de bronce que reflejaban la luz del sol.

Una mujer joven, con un vestido de algodón blanco decorado con bordados en azul, llevaba un cesto lleno de panes dorados que desprendían un aroma cálido y reconfortante. El delantal que llevaba atado a la cintura estaba ligeramente manchado de harina, pero eso solo añadía un toque de autenticidad a su aspecto.
Fon Due observaba estos detalles con atención, contrastándolos con las túnicas ligeras y los pantalones de tela natural que usaban los Tontatta en su hogar. Allí, las prendas eran sencillas y funcionales, diseñadas para no estorbar en los trabajos diarios. Él mismo vestía un conjunto ajustado pero flexible, con una camisa de lino marrón claro y pantalones de un verde musgo, perfectos para moverse sin ser notado. Su cinturón, hecho de una fibra trenzada, sujetaba una pequeña bolsa donde guardaba herramientas y objetos de valor.

"Aquí todo parece más pesado, como si llevaran el peso de sus vidas en sus ropas," reflexionó mientras seguía avanzando.

El olor de las flores medicinales seguía flotando en el aire, casi como un hilo invisible que jalaba a Fon Due hacia sus memorias. Caminó despacio, sumergido en la mezcla de estímulos a su alrededor. Cada paso lo llevaba a un rincón más vivo de Loguetown, pero también lo empujaba más profundamente en el mundo de su infancia.

El mercado al que había llegado ahora era mucho más bullicioso que el anterior. Los puestos estaban abarrotados, formando hileras tan estrechas que apenas había espacio para caminar sin rozar los productos o a las personas. Sin embargo, para alguien de su tamaño, esto no era un problema. Con agilidad y discreción, Fon Due se movía entre las piernas de la multitud, sintiéndose más como en casa entre las sombras y los espacios reducidos.

De vez en cuando, levantaba la vista para observar los rostros de los mercaderes. Sus expresiones estaban marcadas por el esfuerzo: arrugas profundas, sudor en las sienes y una mirada alerta que evaluaba a cada cliente con precisión calculada. A su alrededor, las voces chocaban unas con otras como olas en una tormenta, ofreciendo mercancías de todos los rincones del mundo.

"Hierbas frescas de South Blue."
"Carne salada, perfecta para el mar."
"¡Artesanías de alabastro desde Alabasta!"

Fon Due observó todo, y aunque encontraba fascinantes las ofertas y las exclamaciones, su atención seguía volviendo a un punto central: el olor. Era extraño cómo un simple aroma podía transportarlo a otro tiempo, a otro lugar. Cerró los ojos por un momento, dejando que su mente dibujara la escena.

En su mente, las imágenes de su aldea natal comenzaron a formarse con la claridad de un sueño lúcido. Los Tontatta vivían en lo profundo del bosque, en casas hechas de madera y hojas, perfectamente integradas con la naturaleza. Las ramas de los árboles más viejos formaban pasarelas entre las viviendas, y el suelo estaba cubierto de hierba suave, salpicada de pequeñas flores silvestres.

Recordó cómo el aroma de las hierbas medicinales siempre llenaba el aire. Su madre, con su inagotable paciencia, le enseñaba a reconocer las plantas por su textura y olor, explicándole qué usos tenían y cómo prepararlas. En aquel entonces, Fon Due no entendía completamente la importancia de esas lecciones, pero ahora, en medio de un mercado extraño y ruidoso, se daba cuenta de cuánto había aprendido.

"Mi familia siempre decía que la naturaleza habla si sabes escuchar," pensó, con una punzada de nostalgia.

El recuerdo de su madre se desvaneció lentamente cuando algo frío y húmedo tocó su brazo. Fon Due abrió los ojos y vio que había chocado contra una caja llena de peces frescos. La piel plateada de las criaturas reflejaba la luz del sol, mientras sus ojos vacíos miraban hacia el cielo. El vendedor, un hombre robusto con una barba desaliñada, no pareció notar al pequeño Tontatta, ocupado como estaba gritando sus ofertas a un grupo de pescadores.

Fon Due se limpió el brazo con rapidez y siguió avanzando, dejando atrás el olor a pescado para adentrarse en una parte más oscura del mercado.

El cambio fue sutil, pero inconfundible. La luz del sol se debilitó a medida que los callejones se estrechaban, y los colores vivos de los puestos dieron paso a tonos más apagados. Aquí, las voces eran más bajas, casi murmullos, y las miradas se encontraban con desconfianza.

Fon Due sabía que estaba entrando en el mercado negro. Había oído hablar de estos lugares, donde se comerciaba con lo prohibido, lo raro y lo peligroso. Para alguien de su tamaño y habilidades, moverse sin ser detectado era casi un juego. Se deslizó por entre las sombras, observando con cautela pero también con curiosidad.

Los puestos aquí eran diferentes. No había carteles ni pregones, solo mesas cubiertas con telas pesadas que ocultaban lo que había debajo. Algunos mostraban cuchillos finamente elaborados, otros vendían mapas enrollados que prometían tesoros en islas lejanas. Un hombre encapuchado sostenía una jaula con un pájaro de plumas negras, sus ojos brillantes como carbones encendidos.

Aunque la atmósfera era tensa, Fon Due no sentía miedo. Al contrario, había algo casi familiar en la oscuridad de este lugar. Le recordaba a las noches en su aldea, cuando él y otros jóvenes Tontatta se aventuraban en el bosque, confiando en su habilidad para moverse sin ser vistos.

La transición hacia el mercado negro no solo era un cambio en la luz, sino también en la textura del ambiente. Los adoquines bajo los pies de Fon Due, pulidos por el constante ir y venir de los compradores, se volvían más rugosos y oscuros, como si el tiempo los hubiera olvidado. Las paredes de los edificios, que antes mostraban tonos cálidos y ventanas abiertas con cortinas ondeantes, se tornaban grises, agrietadas, con persianas cerradas y grafitis que parecían ojos vigilantes en cada esquina.

Los vendedores aquí no se parecían en nada a los del mercado principal. En lugar de ropa limpia y colores brillantes, llevaban prendas apagadas y funcionales, diseñadas para no llamar la atención. Una mujer de cabello oscuro, recogido en un moño desordenado, vestía un abrigo marrón que parecía demasiado grande para ella. El borde estaba raído, y los botones colgaban de hilos delgados, como si estuvieran a punto de ceder. Un hombre delgado, con la barba descuidada, llevaba un chaleco de cuero sobre una camisa gris manchada de aceite, y sus botas, de un negro opaco, crujían cada vez que se movía para ajustar las mercancías en su puesto.

Fon Due se detuvo un momento para observar un tenderete cercano. Sobre una mesa cubierta con una tela negra se alineaban frascos de vidrio de diferentes tamaños. Algunos contenían líquidos de colores vibrantes que parecían brillar en la penumbra, mientras que otros estaban llenos de sustancias turbias y misteriosas, con etiquetas escritas a mano en un idioma que Fon Due no reconocía. Había un frasco particularmente grande con un líquido ámbar dentro del cual flotaba algo que parecía una garra fosilizada, envuelta en un suave resplandor verdoso.

Cerca de allí, un hombre alto con un sombrero de ala ancha estaba negociando con otro sujeto que llevaba una gabardina oscura con múltiples bolsillos. Sobre la mesa entre ellos, había pequeñas cajas de madera, cerradas con candados. Fon Due no podía escuchar lo que decían, pero sus miradas furtivas y el gesto constante de sus manos indicaban que lo que intercambiaban no era algo que quisieran que otros vieran.

Fon Due decidio poner pausa a su aventura y volver en otra ocasion cuando estuviera mejor preparado. Ya habiendo hecho una primer incursion al mercado negro le habia proporcionado informacion de vital importancia para el futuro. Sin pensarlo dos veces, Fon Due se escabullo por entre los callejones hasta regresar a la plaza principal de Loguetown. Buscando una bodega que pareciese segura, se recosto sobre los sacos de comida mientras recapitulaba todo lo vivido en esta aventura. 

OFF
#5


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