¿Sabías que…?
... Oda tenía pensado bautizar al cocinero de los Mugiwaras con el nombre de Naruto, pero justo en ese momento, el manga del ninja de Konoha empezó a tener mucho éxito y en consecuencia, el autor de One Piece decidió cambiarle el nombre a Sanji.
[Común] Dios mío, no queda magenta!
Kensington Edaddepiedra
Kenz Edaddepiedra
-Mira, no necesito que me digas cómo hacer mi trabajo -Mentira, probablemente, pero no lo admitiría ante ese tipo tan engreído-, solo que me digas dónde puedo comprar el dichoso tóner. 

El engominado se lamió la punta del índice y el pulgar sin razón aparente y pasó la hoja del periódico con una lentitud exasperante. El frufrú de ese papelajo gris de tan mala calidad puso a Kenz de los nervios. Cuando quiso darse cuenta ya le había arrancado un puñado de hojas.

-¿Quieres dejar esa mierda ya? -exclamó arrugando el papel y lanzándolo al suelo hecho una bola.

-Mira, yo no hablo con gente como tú. 

-¿Como yo? -quiso saber Kenz.

-Pordioseros. Vagabundos -respondió el tipo. Con un gesto afectado e innecesariamente dramático se tapó la nariz con un pañuelo bordado de tan buen acabado que seguro que no había visto un moco de cerca en su vida-. ¿Acaso no sabes lo mal que hueles?

Kenz se olfateó un par de veces. Lo cierto era que sí que olía un poco mal, pero huir por una alcantarilla para salvar la vida tiene esas cosas. Al menos ese capullo pedante no había reparado en la rata muerta que tenía pegada al zapato.

-Te digo que trabajo para el gobierno. ¿No ves la corbata? -O lo que quedaba de ella. Zarandear ese trozo de tela húmeda y cortada a la altura de la nuez no resultó tan impresionante como Kenz había esperado-. ¡Haré que te...! ¡Que te...! -Se quedó en blanco, porque realmente estaba tan abajo en cualquier jerarquía imaginable que una amenaza sonaba a poco realista-. Te aplastaré la jodida cabeza, enano con pintas. -Sí, eso mejor.

El trajeado, mucho mejor trajeado que él, de hecho, se alejó con un gesto de indignación, desprecio y burla, todo al mismo tiempo. Kenz no sabía cómo lo había hecho. Simplemente se quedó ahí plantado, viéndolo alejarse al tiempo que masticaba su furia. Suerte que había una paloma por ahí para darle una patada. Ah, genial, encima falló. Se sentó en el banco, cansado. 

-Vaya día...

Y tanto. Se había colado en la taberna/burdel/guarida de tres pisos de un gángster local solo para descubrir que, a la hora de hacerle la foto, el dichoso Den Den Mushi no imprimía. Nunca tenía un equipamiento decente. Normal que nadie durase mucho en su profesión. Y ni siquiera había tenido dinero para un bailecito. Todo mal.

-Tengo que cambiar de trabajo -se dijo. Y tras un rato de quejarse en voz alta fue a buscar una dichosa tienda donde comprar tóner.
#1
Lemon Stone
MVP
Se había tomado vacaciones porque lo había pasado realmente mal en la misión encubierta del otro día. Tuvo que moler a farolazos, remazos y martillazos a los malandros que hablaban mal de la Causa. Decían una serie de verdades, como que los Revolucionarios eran unos locos de circo y un peligro para ellos mismos, pero las decían con muy mal tono. Eso era imperdonable. Golpear a los revoltosos y sacarles información fue fácil, lo verdaderamente duro fue sobrevivir al baño del hostal en el que se quedaba. Como le cortaron el presupuesto al Departamento de Misiones Secretas y Redes Sociales tuvo que hospedarse en un edificio que estaba a punto de caerse, olía a baño público y los almuerzos eran más horribles que los de un comedor social. Debía hacer cosas duras, muy duras por ser un camarada intachable, por lo mismo necesitaba descansar de vez en cuando.
 
Como el día anterior había tomado demasiado sol -y casi se ahoga, detalle importante- decidió que pasaría de la playa y buscaría algo más interesante que hacer, que no involucrase agua ni sirenas. Ir a tomarse una cerveza a la taberna más cercana era buena idea, podría jugar cartas con los otros marineros y apostar, pero esos panoramas siempre acababan en golpes. Así que estaba dispuesto a cualquier cosa que no involucrara golpes ni barrios periféricos.
 
Cuando pensaba lo que haría después se encendió la Revoalarma que llevaba inserta en algún lugar de su cuerpo. Cada vez que un ciudadano de bien se desilusiona del Sistema, o este ataca a un civil honrado con su poder normalizador, Lemon lo siente como si él mismo fuera el afectado. Giró la cabeza con gesto dramático y detuvo la mirada en el pobre vagabundo que estaba sentado en una banca. Supo lo que debía hacer nada más verlo. Caminó con paso decidido hacia el hombre y se detuvo frente a él en el momento adecuado, justo cuando se levantó de la banca.
 
-Espera un momento, otaku. Algo me dice, y no precisamente mi nariz, que estás teniendo un mal día. Tienes la pinta de ser un pobre mendigo asalariado que aún no se va de casa de sus padres, así que te ayudaré -lo interrumpió, haciendo un esfuerzo por no vomitarle encima, pero es que vaya peste que llevaba encima-. Sígueme, vamos por helado. Yo invito. Luego golpearemos a tu jefe, secuestraremos un barco y pediremos un rescate por los rehenes. Oh, no hay nada que un poco de Revolución en tu cuerpo no solucione.
#2
Kensington Edaddepiedra
Kenz Edaddepiedra
Un minuto después, se sentó. Es decir, estaba cien por cien decidido a patear ingratamente toda aquella isla apestando a muerto para encontrar un lugar en el que comprar de su dinero la tinta con la que imprimir los resultados de su peligrosísimo y mal pagado trabajo, sobre todo porque las posibles consecuencias de no hacerlo le asustaban tanto como un rayo a un conejo, pero tampoco tenía porque hacerlo ya de ya, ¿no?

Kenz se quitó la rata muerta del zapato y lanzó el cuerpecito por ahí para... 

-¡Joder, si está viva!

La rata, herida tanto en sus carnes como en su dignidad, se puso en pie como pudo y le dedicó a Kenz una mirada que... Que no distinguía bien porque tenía los ojos muy pequeños, pero seguro que no era muy amigable. Se sacudió el polvo del pelaje con sus manitas y se marchó todo lo rápido que pudo.

-Vale, eso ha sido raro -se dijo Kenz al tiempo que se encogía de hombros. Y no volvió a pensar en la rata, ni siquiera para preguntarse cómo se había puesto de pie sobre dos patas.

Sacó su guitarra y la contempló con admiración. Blanco impoluto en la caja, surcada por una ristra de esferas que aparentaban ser ojos abiertos y bordeada de negro difuminado, cuerdas de brillante rojo fuego, mástil de madera noble y cabeza con forma de pico de halcón. Kenz soñaba con hacerse famoso con ella. ¡Lo haría, maldita sea! Surcaría los mares de escenario en escenario dejando su nombre grabado en la historia con letras de oro y conociendo a las mayores bellezas del mundo.

En cuanto tuviese dinero para pagarla ya no necesitaría seguir mirando ese catálogo viejo para fantasear con él.

Dobló el papel y lo guardó cuando el extraño enmascarado se acercó. O al menos esperaba que aquello fuese una máscara. Más valía que aquel rarito pasase de largo y... ¿Por qué se acercaba a Kenz? Iba directo. ¡Y le hablaba! Lo que faltaba. Mejor echar un ojo a los alrededores por si tenía que salir por patas como la rata.

Por algún motivo, tras llamarlo otaku y mendigo, cosas ambas que como mucho parecía, empezó a soltarle un rollo sobre pegar a su jefe. ¿Qué era eso? ¿Una prueba? Había oído que la agencia lo hacía a veces. Probaba a sus agentes para ver si seguían siendo leales, o simplemente porque se aburrían. Kenz debía tener mucho cuidado con lo que hacía. 

No estaba muy seguro de por qué estaba yendo con aquel desconocido, pero cuando quiso darse cuenta le estaba siguiendo hasta una heladería muy coqueta en mitad de una placita llena de gente con una fuente en medio. ¿Sería por el helado gratis? Kenz sospechaba que era porque prefería hacer cualquier cosa antes de trabajar, y que en absoluto se debía al miedo atroz que aquel bicho raro le producía.

Antes de sentarse decidió que sería buena idea arreglarse un poco. Se dio un civilizado remojón en la fuente y salió limpio totalmente. Más o menos.

Le costó un buen rato decidir de qué quería el helado. Nunca había visto tantos sabores juntos, así que tuvo que obligarse a no pegar la cara contra el cristal y mirarlos asombrado. A no hacerlo más de un minuto seguido, al menos. Luego le costó aún más atreverse a hacerle al desconocido la pregunta que le reconcomía.

-Entonces... ¿Vas a matarme o algo? ¿Eres de una secta?

Esperaba que no se molestara mucho por haber pedido el helado más grande.
#3
Lemon Stone
MVP
La heladería era el sitio más alegre del montón de sitios grises de la plaza. Frente a la fachada había un enorme helado de plástico en cono y todo, con muchos colores y llamativamente apetitoso, sobre todo en un día tan caluroso. Abrió la puerta de la heladería y dejó pasar al flaco, pues era un hombre decente; su madre lo había educado bastante bien.
 
Las paredes eran de todos colores: rosa pastel, blanco pastel, celeste pastel, rojo pastel, amarillo pastel, un montón de colores pasteles. Las mesas y sillas simulaban estar hechas de cono y había una enorme vitrina con un montón de sabores, cada uno con nombres extraños. Una chica pequeña y gorda atendía el negocio y armaba los helados. Qué suerte, sabía que los gordos eran generosos al servir.
 
Permitió que el flaco eligiera primero y se sorprendió cuando pidió el más grande. ¿Lo estaba desafiando? ¿Acaso pensaba que podía comer más? Ja, así que detrás de ese aspecto debilucho y maltratado se escondía un hombre desafiante y valiente. Perfecto. Aceptaría la batalla de helados. Alzó la mano y levantó dos dedos, indicando que le diera dos helados grandes, de los más grandes que podía armar.
 
Tomó asiento, la silla crujió bajo su musculoso y grande cuerpo. Parecía un enorme peleador de lucha libre sentado en una pequeñita silla para jugar al té con las niñas. Se levantó un poco la máscara para poder comer y le dio el primer lengüetazo, sintiendo el sabor de la vainilla mezclándose con el chocolate negro. Una exquisitez.
 
Entonces, el flaco hizo la pregunta.
 
Miró al flacucho, su aspecto despreocupado y en contra de toda moda. Era un antisistema, podía verlo en sus ojos. Muy en el fondo, tras toda esa apestosa capa de normalidad, las brasas de la Revolución esperaban el momento para surgir con la pasión del fuego.
 
-No, no te mataré. Te estoy ayudando, ¿no te das cuenta? -le preguntó, señalando el helado con la punta de su helado-. Soy un camarada del Ejército Revolucionario y lucho contra las Fuerzas Opresoras, estoy del lado de los normales como tú. -Frunció el ceño al darse cuenta de lo que había dicho, la máscara imitando sus expresiones-. No debí haber dicho eso, así que olvídalo y te daré más helado.
 
Si el flaco resultaba ser más inteligente de lo que su humilde aspecto indicaba, tendría que recurrir al plan B. Esperaba que no hiciera falta, no quería… ensuciarse las manos.
 
-Soy Lemon, Lemon Stone, hijo de William Stone y Cristal Becker -se presentó, queriendo cambiar el foco de atención-. ¿Y bien? ¿Qué hay de ti? Tienes pinta de ser la perra del jefe, sin ofender. ¿Estás bien con eso?
#4
Kensington Edaddepiedra
Kenz Edaddepiedra
Kenz miró fijamente la dupla de colosales helados que le trajeron al rarito de la máscara. ¿Él se pide el más grande y resulta que el otro se pide dos? ¿Acaso le estaba retando? Con el brillo de la competición en la mirada, Kenz aferró su cucharita de plástico y aceptó el desafío con el honor y la hombría en juego.

Dos cucharadas después estuvo a punto de atragantarse al oír hablar del Ejército Revolucionario. El cerebro se le congeló por el helado y se le derritió de nuevo en cuanto se dio cuenta de que estaba en un lío.

"Con que sí era una prueba", se dijo, pues claramente ningún miembro de esa banda de rebeldes se identificaría a sí mismo como si nada en mitad de un montón de personas y una camarera poco atractiva. Iba a tener que andarse con mucho ojo. 

Tratando de contener los sudores de nerviosismo, se dijo a sí mismo que solo tenía que demostrarse leal y todo iría bien. Pero, claro, ¿cómo lo haría? ¿Tendría que pelear con el tal Lemon? Ni de broma. Menudo bicho estaba hecho. Puestos a pelear, Kenz preferiría hacerlo con alguien de su tamaño o, a poder ser, mucho más pequeño. O quizás contra una chica. Sí, así podría mostrarse caballeroso e invitarla a cenar después de una victoria fácil.

Decidió que no, que seguro que no esperaban de él que pelease. ¡Era un agente secreto, por Dios! Los agentes secretos no peleaban, solo... Bueno, en su caso solo hacían fotos. Pero eso no era pelear, así que la excusa seguía valiendo. Tal vez aquella fuese la idea: hacerle una foto. Si conseguía que se descuidara y lo capturaba con su lente, aprobaría, seguro. Era la única explicación lógica.

Más animado en cuanto tuvo un objetivo en mente, pudo concentrarse en el duelo de helados.

-Soy Kenz Edaddepiedra, la mayor estrella del rock del mundo entero -anunció con voz orgullosa. Es decir, aún no lo era, pero lo sería, así que no era mentir, solo adelantarse-. Y... sí, vale, tengo un trabajo horrible, pero es solo temporal. -Hasta que le acabaran matando en él o ganase para una guitarra buena.

Mientras hablaba, iba comiendo. Cucharadas grandes, casi sin masticar y muy consciente de que la única vez que había comido helado fue cuando masticó nieve una vez.

-Y no creas que puedes engañarme. Sé que no eres un revolucionario. No hay forma de colármela, palurdo creído. ¡Nadie -exclamó mientras hurgaba en su bolso y sacaba el Den Den Mushi- puede engañarme!

Y de un modo mucho más dramático en su mente que en la realidad, le hizo una foto rápida mientras tenía la máscara medio subida al comer. Quizás con eso bastara.
#5
Lemon Stone
MVP
¿La mayor estrella del rock del mundo entero…? Le gustaba mucho el rock, más que ningún otro estilo de música, pero nunca había escuchado nada de un tal Kenz Edaddepiedra. Quizás estaba mintiendo, tal vez no era tan bueno como él creía, por eso nadie le conocía. Eso sí, le daría una oportunidad para tocar un gran concierto, uno que convocaría a una muchedumbre de metaleros apestosos y rockeras gordas y de pelo color fantasía. Olería a marihuana, cerveza barata y sudor, mucho sudor. Oh, todos recordarían al maldito Kenz Edaddepiedra. Puede que así dejara de ser un tipo aburridamente normal.
 
Estaba a punto de proponerle una idea brillante, como la mayoría de las ideas que se le ocurrían, cuando el flaco sacó un caracolito de su bolsillo y le fotografió zampándose una cucharada de helado. Tras la máscara, frunció el ceño. ¿Quién se creía que era? Le había faltado el respeto, ¡ni siquiera le había avisado para que posara sexymente! Maldita sea, ahora tenía una foto de él tragando helado como un mariposón. Contuvo el impulso de tomar al caracol, separar el cuerpo de la concha y lanzárselo a la primera mesera que pasara junto a él, pero por respeto a todos los normies del mundo no lo hizo.
 
-Eres un flacuchento lleno de sorpresas -dijo, su voz anormalmente grave y tosca resonando por la estancia-. Si vas a sacarme fotos, avísame. He practicado posturas rebeldes los últimos cinco años y nunca nadie se había atrevido a fotografiarme, y justo cuando alguien lo hace… Bueno, salgo tomando helado. ¿Se dice tomando o comiendo? Supongo que es subjetivo, como los derechos humanos. Algunos tienen, otros no. Todo depende del color de piel, ¿cierto?
 
Tendría que rezarle al dios de los modelos sensuales para aparecer sexy en la fotografía. Luego se la pediría, se le había ocurrido una idea.
 
-Bien, flaco. Termina tu maldito helado y vamos a conseguirte una guitarra -propuso, dejando unos cuantos billetes sobre la mesa. Estaba acostumbrado a comprar sin ver los precios, un comportamiento típico de gente rica, y normalmente dejaba más dinero del que se necesitaba-. Yo te doy una guitarra, tú me haces una fotografía buena. No la mariconada que me acabas de hacer, eso lo hace solo gente sin huevos. Ni ovarios. En la Armada nos enseñan a ser inclusivos.
 
Tras lo dicho, salió de la heladería a… ¿A dónde exactamente? No había visto que vendieran guitarras, así que puede que no hubiera ninguna tienda de música en toda la maldita isla. Quedaba robársela al guitarrista de turno, siempre había algún que otro vagabundo tocando en la plaza para ganarse unas pocas monedas y comer al final del día.
 
-¿Sabes dónde tenemos que ir? Desde que invadimos la ciudad todo se ha vuelto muy… raro. Arriba parece abajo, abajo parece arriba, izquierda parece derecha y derecha parece izquierda. Es lo que sucede cuando cambias una monarquía por una república democrática, supongo -divagó como siempre-. ¡Guía el camino, flaco de la guitarra!
#6
Kensington Edaddepiedra
Kenz Edaddepiedra
"Wow, se come el helado como un auténtico mariposón", pensó Kenz, convencido de que ya estaba bien de la broma y por fin podría irse. Al fin y al cabo, llevaba ya días trabajando fuera y seguro que la gente del gimnasio al que a veces iba a ver a chicas en mallas le estaría ya echando en falta.

Por desgracia, aquel tipo se tomaba su papel muy en serio. ¿No bastaba con la foto? ¿Tenía que hacer algo más? Seguro que era por la dichosa máscara. O quizás tendría que hacer el cartel completo.

-Ahora que me acuerdo, tengo que ir a conseguir tóner -dijo. Si no imprimía y entregaba las fotos rápidamente, al caracol se le olvidarían-. Debería ir... Espera, ¿quieres comprarme una guitarra?

Vale, aquello era muy raro. La prueba, o lo que fuera aquello, estaba tomando un camino muy sospechoso... Pero si eso le conseguía una guitarra, tampoco iba a quejarse. Quizás por fin hubiera llegado el momento en que el destino le reconociese todo su esfuerzo y hubiera decidido recompensarle con lo que sin duda se merecía.

Se comió el helado de un bocado y, tras cuatro largos minutos de intolerable dolor de cabeza, salió de la heladería junto con aquel bicho raro que estaba dispuesto a dejarse más dinero en él. Y por una foto, nada menos, lo que Kenz había querido hacerle hacía cuatro minutos y un bocado grande de helado.

-No hay ninguna tienda musical en esta isla, lo he comprobado -Siempre lo hacía. Vagabundeaba un rato por ahí para contener los nervios y encontrar donde mear antes de tener que trabajar-. Pero no te lo vas a creer -dijo dramáticamente levantando el índice -: justamente hoy, en la biblioteca local, celebran la mayor feria de guitarras de la pedanía intercomarcal de la mitad norte del sector 8 del East Blue. -Lo ponía en su revista, así que sin duda tenía que ser todo un acontecimiento -. Seguro que allí encontramos algo.

No dudó en dirigirse hacia allí -sabía perfectamente dónde estaba gracias a qué era de los pocos sitios donde podía sentarse a comer sin pasar frío en la calle, no porque leyera como si fuese un empollón -, fantaseando ya con las improbables estrellas que se habrían reunido allí de todos los rincones de ese trozo de mar que abarcaba unas ocho o nueve islas. Al fin y al cabo, solo se celebraba seis veces al año; era un acontecimiento único.

La entrada, engalanada para la ocasión con grandes globos con forma de notas, estaba repleta de gente. Había anuncios por todas partes de las actividades y las exposiciones, monigotes de cartón que imitaban a las estrellas de rock y con los que uno podía hacerse una foto, vendedores de perritos y... y una cola enorme que empezaba en un cartel que rezaba "Aforo completo".

Kenz decidió que valdría la pena intentar colarse. Al fin y al cabo, a los guapos les dejaban entrar en todas partes. Se acercó al enorme gorila de seguridad -era un gorila de verdad con gorra y traje, pero Kenz había vivido con gente peor-.

-¡Dejen paso! ¡Soy amigo de... de Stinx! -dijo, aprovechando al tipo que salía en la portada de su revista.

-Pero si Stinx lleva como diez años muerto -repuso el gorila.

Kenz maldijo para sus adentros no tener para revistas actuales. Y luego maldijo aún más cuando empezaron a lloverle insultos y vasos de cerveza por haberse saltado la fila. No tardó en ser pateado a un lado de forma nada rockera, por lo que tuvo que volver con Lemon.

-Mierda, ¿desde cuándo a las estrellas se les trata así? 

A ver qué se le ocurría a su extraño compañero para meterse ahí.
#7


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