Hay rumores sobre…
... una isla que aparece y desaparece en el horizonte, muchos la han intentado buscar atraídos por rumores y mitos sobre riquezas ocultas en ella, pero nunca nadie ha estado en ella, o ha vuelto para contarlo...
[Común] [Pasado] Un Pinocho XXL y el grillo macarra que susurraba en los oídos
Silvain Loreth
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Día 69 de Verano del 724

A lo mejor era la feria de los bichos raros y problemáticos en el Baratie esos días. Lo mismo había una reunión de potenciales delincuentes o delincuentes consumados y no me había enterado, aunque con los días que llevaba allí, si lo hubiesen anunciado lo más probable era que me hubiese percatado en algún momento. No, todo hacía pensar que sencillamente habíamos coincidido por obra del destino o del mismísimo demonio. A decir verdad, seguramente el segundo hubiese tenido más que ver en todo aquello.

De momento me había cruzado con un rapero enamorado de su chucha, un tipo con un sentido del humor que rozaba lo paranormal, un mocoso irritante y una pareja de hermanos con más problemas que neuronas. No tenía ni idea de qué demonios pensarían ellos de mí, pero seguramente sus opiniones no distasen mucho de las mías y, probablemente, no irían demasiado desencaminados. Por hache o por be estábamos todos atrapados en cierto modo en medio de aquel restaurante flotante. En mi caso, al menos, el problema era que no tenía cómo demonios salir de allí.

—En ese tampoco quepo —le dije a Raiga. En muchas ocasiones ni siquiera llegaba a verle. No porque yo fuese tan grande ni él tan pequeño, sino porque se perdía entre el resto de personas y objetos. Con un ojo a veces era más difícil apreciarlo todo. Maldito oso...

De cualquier modo, el muchacho parecía entretenerse sustrayendo de manera disimulada cuanto quería a quien quería. Debía reconocer que al condenado se le daba extraordinariamente bien. Tanto que, a decir verdad, su habilidad con las manos llegaba a provocarme cierta envidia. De cualquier modo, incluso si tuviese su capacidad sería inútil en mis manos. ¿En qué bolsillo iba yo a meter disimuladamente semejante manaza?

A mi alcance estaba más bien la apropiación —el término robo no sonaba bien, aunque en esencia era eso mismo— de bienes de mayor calado. Cualquiera de esos barcos, por ejemplo. ¿Que a qué barcos me refiero? Muy sencillo, al sinfín de embarcaciones que a diario iba y venían del Baratie. Algunas prolongaban su estancia allí durante una cantidad variable de días, pero la mayoría lo usaban como parada en sus viajes y la oportunidad perfecta para degustar recetas exquisitas.

No se me daba mal del todo el tema de la comida. Conforme me habían ido trayendo las raciones los días previos —a cambio de echar a tortas a los indeseables—, había acertado en la mayoría de ocasiones todos o casi todos los ingredientes sólo con probar los platos. Un don un tanto inútil, si me preguntáis, pero no vendría mal a la hora de intentar replicar los platos en un futuro. Fuera como fuese, el hecho era que por más que me fijaba en todos y cada uno de los navíos no daba con uno que se amoldase a mis características.

—Ya no sé ni cuanto llevo aquí —me quejé amargamente a Raiga, que en ese momento se encontraba sobre mi hombro derecho—. Pensaba que en el mundo habría muchos barcos capaces de llevarme, no sólo el de ese desgraciado que me dejó aquí tirado en cuanto tuvo ocasión —continué, omitiendo la parte en la que admitía que sólo había accedido a sacarme de allí después de que estuviese a punto de aplastarle entre mis manos de forma no accidental—. También pensaba que habría más gente de mi tamaño, pero por más que miro veo gente grande, pero ninguno lo suficiente. Mírate a ti, que casi podrías dormir dentro de mi oreja.

Preferí no considerar la posibilidad de que lo hiciera o imaginarme la imagen siquiera. Había sido un supuesto que había salido de mi boca sin pensar demasiado las implicaciones reales que eso tenía, pero el hecho era ése: que estaba atrapado al aire libre.

—¿Y si nos llevamos el propio Baratie a otra parte? En vez de pedir prestada una de las embarcaciones que atracan aquí podemos llevarnos el propio atracadero. Bueno, el atracadero, el ancla, las habitaciones, la cocina, el comedor y hasta el mascarón de proa. El barco entero, vamos.

Sin embargo, en el fondo sabía que aquello sólo era una fantasía. Después de las nociones enseñadas por Azafrán antes de que me abandonasen como a un perro pulgoso confiaba en poder llevar, al menos, un barco de unas dimensiones modestas en un mar como el East Blue. No obstante, la posibilidad de maniobrar con semejante armatoste se quedaba muy, pero que muy lejos de mis capacidades reales de navegación. ¿Por qué era tan difícil? Yo solamente quería encontrar desafíos que superar, enemigos que batir y una gran escalera hasta la cima por la que costase mucho ascender. Allí no iba a encontrar nada de eso.

—¿Qué te parece ése? ¿Crees que ahí podré entrar? A lo mejor si encojo las piernas y todos los demás os ponéis en el lado contrario podemos hacer suficiente contrapeso y no volcamos... Aunque no sé si se hundiría con el peso de todos nosotros. La trucha y el rapero tienen pinta de pesar bastante también. Tú no. Un moco mío pesa más que tú.
#1
Raiga Gin Ebra
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Raiga se echó hacia atrás en el hombro de Silvain, balanceando las piernas y riendo para sí, divertido con la situación. Aquel gigantón le daba una vista privilegiada del Baratie. No es que tuviese mucho que ver el restaurante marítimo, para ser sinceros, pero ver todo desde esa posición parecía darte poder inmediato. ¿Cómo sería un puñetazo de ese tipo? Seguramente lento pero potente. Como decía el dicho del yonqui de su barrio, seguro que de una hostia de Silvain una familia entera estaría de luto.

Lo cierto es que con cada palabra que soltaba, Raiga encontraba alguna manera de burlarse o hacer una de sus acostumbradas bromas. Lo miró de reojo, con ese aire descarado, y no pudo evitar soltar un comentario.

—Mira, grandullón, ¿te das cuenta de que ocupas más que todo el maldito restaurante? —se rió, dándole una palmada en el hombro que no sabía si el enorme tipo llegaría siquiera a sentir — En serio, si alguien te viera desde lejos pensaría que el Baratie es tu barco personal o algo así. O que eres un mascarón de proa a medio poner. ¿Tío te imaginas? Estaría to’ guapo hermano.

Silvain lo miró de reojo, y Raiga, lejos de acobardarse, se inclinó para observar mejor el rostro del grandullón, notando su parche en el ojo y la barba desordenada. Con un tono burlón, continuó. Porque si algo se le daba mal a Raiga era parar de decir estupideces una vez empezaba.

—Oye, oye, ¿me estás diciendo que pensabas que había un montón de tipos como tú por ahí? —Raiga se llevó una mano a la boca, fingiendo asombro — Hermano, ¿te has visto en un espejo? Aunque… pensándolo bien, ¿habrá algún espejo que soporte semejante mole? Quizá el reflejo del agua, y eso si el mar no se revuelca al verte.

Durante un momento la pregunta iba en serio. ¿Habría un espejo que mostrase al gigantón de cuerpo entero? El mink lo dudaba la verdad. La vida con ese tamaño debía ser tan complicada… Qué estrés, todo, ¿verdad? Desde encontrar ropa, a meterse en una taberna… Incluso el Baratie, un restaurante marítimo de leyenda, no estaba completamente adaptado para gente de su tamaño. Qué barbaridad.

Las carcajadas de Raiga resonaron mientras estaba absorto en sus pensamientos, tras acordarse del reciente comentario que había soltado. El zorro no iba a detenerse tan fácilmente; tenía una chispa de travesura incontrolable y el tamaño de Silvain le parecía un chiste sin fin. Que a su vez era otro chiste, ¿no? Porque realmente el tipo no tenía fin.

El mink correteó por el cuerpo de Silvain para moverse del hombro derecho al izquierdo. Se marcó un sprint mientras iba haciendo ruidos, como si fuera una moto. Pero no una cualquiera, una de esas gordas que corren mucho. Casi tanto como Raiga en aquél momento.

—Mira primo, hasta creo que podría echarme al sobre en tu oreja, no me parece mala idea del todo la verdad —dijo, sin poder reprimir la risa mientras se acercaba a observarla mejor. Pero al verla de cerca, su entusiasmo se desinfló un poco. Frunció el ceño, notando la cantidad de cera que había acumulada. ¿Se quedaría ahí atrapado como una mosca en una telaraña? Joder, ahora tenía ganas de probarlo. O no, ni él lo sabía.

—¡Pero qué asco hermano! —exclamó, sacudiendo la cabeza con cara de disgusto — Si yo me meto ahí, fijo que salgo convertido en vela o algo peor. Podrías hacerte una buena limpieza, ¿eh? Con lo grande que eres, cualquier cosa en tus orejas puede ser un problema de proporciones épicas. Es que puede entrar una puta golondrina ahí y plantar un nido. ¿No te ha pasado antes? No me lo creo tío…

Pero la historia no quedaba ahí. Tras unos segundos, Silvain le replicó con esa actitud calmada, diciendo que un moco suyo probablemente pesaba más que todo el cuerpo de Raiga. El mink, lejos de amedrentarse, se empezó a reír, sentándose en aquél hombro que era su particular banco gigantesco.

—¿Un moco? —repitió, secándose una lágrima de tanto reírse — Pues hermano, ¡no me quiero ni imaginar cómo deben ser los zurullos que sueltes! Ese día nos morimos todos. Nos puedes enterrar en mierda grandullón, cuidado eh. Cuidadoooo

Raiga sonreía, satisfecho, y sabía que, aunque jugaba con fuego, disfrutaba de la compañía de un grandullón como Silvain.

Los barcos iban y venían pero ninguno parecía ser del tamaño suficiente para cargar con el gigantón. La verdad es que el mink jamás se imaginó que habría tanto problema en elegir un barco. Menos mal que el gigantón no era una mujer, porque entonces… No solo tendría que fijarse en el tamaño, sino también en el color, en la forma, en que fuera cuqui… Joder, qué asco de tías.

Oye… ¿y si de verdad robaban el Baratie? ¿Cómo sería viajar en él? Fua, una locura seguro. Desde luego no les faltaría comida. Ni camas… No, en serio, era la mejor idea que había escuchado aquellos días. Volvió a correr de un hombro al otro, pero esta vez se paró en la nuca de Silvain y trepó un poco hasta la parte alta de su cabeza, agarrándose a los cabellos del tipo. Le dió un par de capones con fuerza, para que los notase y así llamar su atención y tras ello le dió su aprobación. Sí. Iban a robar el Baratie.

—Plan sin fisuras hermano. Ya tenemos barco.
#2
Silvain Loreth
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—A lo mejor un montón, no, pero alguno. Tampoco es que necesite encontrarme a más gente no pequeña, pero pensaba que por ahí habría alguno más y que eso sería suficiente para encontrar cosas de mi tamaño. Lo que no es normal es que lleve semanas aquí porque no tengo huevos de encontrar un barco en el que quepa. ¿Te parece normal? —protesté, dando un golpe suave en el suelo junto a mí y provocando que tres niños que pasaban a unos metros diesen con el culo en el suelo—. Eso lo dices porque no viste a mi madre. Esa mujer sí que era enorme. A su lado parecía un niño de cinco años, como esos de ahí —añadí al tiempo que señalaba a un apuesto y fornido humano que apenas me llegaba a la mitad de la pierna.

Entretanto, Raiga correteaba de un lado a otro como un niño travieso. Y es que, en realidad, eso era lo que era: un mocoso tan impertinente como cafre. No podía esperar otra cosa viendo el peculiar grupo que se había formado, claro. Por otro lado, había decido interpretar literalmente lo de dormir dentro de la oreja. Sin embargo, lo que había encontrado al asomarse no le había gustado demasiado.

—¿Por qué no buscas un trapo y te encargas de la limpieza? Si lo haces bien te prometo a cambio un par de nueces para que las guardes en un árbol o algo así, ¿qué te parece?

Fuera como fuese, la idea de robar el Baratie le había gustado al minúsculo golfo. Desde luego, hasta el momento la única embarcación que había visto con capacidad de transportarme además del restaurante era un colosal buque carbonero, uno que con toda seguridad nunca volvería a recorrer las aguas en las que me había abandonado como un sucio perro. Pero ¿cómo podíamos dar comienzo al robo? Allí había muchas personas que no pretendía llevar con nosotros donde el destino quisiese llevarnos. Ése era el lado negativo. El positivo, por otro lado, era que tanto Zane como Iris, Angelo y Vance ya se encontraban a bordo. Sin embargo, en aquel preciso instante no estaban disponibles para la operación.

—Nos vendría bien que esa panda de chalados nos echase una mano con el golpe, pero creo que ahora mismo no pueden. Cuando se incorporen les ponemos al día y listo, ¿te parece? —sugerí sin dejar de mirar el horizonte para, justo después, detener mi mirada en el constante flujo de personas que iba de un lado para otro—. Creo que lo primero que tenemos que hacer es sacar a toda esta gente de aquí. No me apetece llevarme un barco lleno de gente que sólo quiere llenar el estómago. Eso sí, a los cocineros nos los quedamos, que cocinan que da gusto. Normalmente la gente sale corriendo cuando se asusta o alguno de esos imbéciles empieza a llamar la atención y la lía. A lo mejor podemos hacer algo parecido y, cuando todos se hayan marchado, buscamos a estos y nos hacemos con el control del barco. En realidad aquí solo hay cocineros y camareros; no creo que vayamos a tener demasiados problemas, ¿no?

Mientras hablaba, dejaba que mi ojo sano observase a las personas que iban y venían. Simplemente buscaba a alguien que pudiese servir como excusa para iniciar algún tipo de conflicto, el que fuese. Con ello podríamos formar un poco de revuelo, incomodar a los clientes y conseguir así que se fuesen. Una vez lo hubiésemos hecho podríamos plantear el tema del robo y demás. Además, si alguien oponía más resistencia de la cuenta siempre podía arrojarlo al mar y arreglado. No en vano llevaba semanas haciendo de grúa marítima de imbéciles.
#3
Raiga Gin Ebra
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Raiga escuchaba a Silvain con atención, pero no podía evitar reírse mientras lo hacía. Las bromas sobre el tamaño del grandullón eran irresistibles, y la mención de su madre gigante fue la chispa que necesitaba para arrancar. Las tres neuronas que solía tener activas chocaron entre sí, y provocaron una cantidad enorme de estímulos que el pequeño no podía dejar pasar.

—¿Tu madre? —dijo Raiga, casi ahogándose de la risa mientras se sujetaba la barriga— Hermano, si tú ya eres un bicho enorme, no quiero imaginarme a tu vieja. Seguro que cuando daba un paso, los pájaros cambiaban de nido por miedo a que les pisara los árboles.

Se limpió una lágrima de la risa y continuó, incapaz de parar.

—¡Y para abrazarte tenía que usar un puente colgante! Madre mía, Silvain, si tu madre era más grande que tú, debió ser como un barco con patas. ¡Espero que al menos no tuviera la barba igual de mal recortada que tú! —Se tambaleó de la risa, sin importarle lo más mínimo si estaba siendo demasiado descarado.

La conversación estaba siendo un disparate, y cuando Silvain mencionó lo de las nueces y el árbol, Raiga se detuvo en seco, mirándole fijamente.

—¿Cómo? —preguntó, alzando una ceja y cruzando los brazos— ¿Me acabas de llamar ardilla, pedazo de armario? ¿Quieres que me suba a un árbol con tus nueces? ¿Qué te piensas, que voy a hacerme una casa en la rama y empezar a recolectar bellotas? —Su tono era fingidamente ofendido, pero la sonrisa burlona no tardó en volver— Aunque ahora que lo pienso… con el tamaño de tus manos, las nueces que usas deben ser del tamaño de sandías. ¡Qué generoso, colega! —Se echó a reír de nuevo, disfrutando de sus propias bromas.

Silvain, mientras tanto, hablaba de su plan para vaciar el Baratie. Raiga, que no necesitaba mucha motivación para causar problemas, ya estaba pensando en algo lo suficientemente ocurrente para armar un revuelo y poner a la gente a correr. Miró a su alrededor, estudiando el flujo constante de clientes que iban y venían, y luego una idea brillante cruzó su mente.

—Déjamelo a mí, grandullón. Si quieres que esta gente salga pitando, solo necesitas un genio como yo —Raiga se relamió, mirando a un par de camareros que transportaban una bandeja llena de platos—. Tú espera aquí y disfruta del espectáculo.

El mink corrió hacia los camareros con su típica energía traviesa. Cuando pasó junto a ellos, dio un pequeño salto y, con un movimiento ágil, metió la pata en la bandeja, derramando la sopa humeante directamente sobre uno de los clientes más elegantes del restaurante. El grito de indignación fue instantáneo.

—¡Mi traje! ¡Está arruinado! —gritó el hombre, poniéndose de pie de un salto.

Raiga, fingiendo sorpresa y con cara de inocencia, levantó las manos.

—¡Ups! ¡Ha sido sin querer! Pero tranquilo, compadre, seguro que con un par de cubos de agua se arregla… —Sin embargo, antes de terminar la frase, ya estaba lanzando una botella de agua hacia el hombre, empapándolo por completo.

El caos no tardó en desatarse. Los camareros comenzaron a gritar y a disculparse, mientras otros clientes se levantaban para evitar ser salpicados. Raiga, como siempre, estaba en el centro del desastre, saltando de mesa en mesa y gritando.

—¡Cuidado, gente! ¡Un zorro suelto en el Baratie! ¡Salgan mientras puedan o les toca sopa en la cara! —Y, para añadir más drama, agarró un par de platos y los lanzó al aire, dejándolos caer al suelo con un estruendo.

La histeria se propagó como el fuego. Algunos clientes corrieron hacia la salida, mientras otros discutían entre ellos. Raiga se movía con la velocidad de un torbellino, derribando una pila de bandejas aquí y soltando una risotada allá. El mink sabía perfectamente cómo convertir cualquier situación en un espectáculo, y este era uno de sus mejores trabajos.

Cuando finalmente volvió junto a Silvain, el restaurante ya estaba medio vacío. La mayoría de los clientes habían salido corriendo, algunos gritando y otros refunfuñando. Raiga, jadeando un poco por la carrera, miró al grandullón con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué te dije, colega? —dijo, limpiándose el polvo de las manos— Soy un profesional como la copa de un piano, bro— la verdad es que no sabía qué significaba esa última palabra, pero se la había oído a Zane y le gustó, así que la quería adoptar como muletilla—. Baratie en oferta: “todo vacío en cinco minutos o te devolvemos el dinero”. —Se echó a reír, claramente disfrutando del caos que había causado.

Mientras Silvain observaba el resultado, Raiga se cruzó de brazos y miró al horizonte con fingida solemnidad. Como si su parte del plan ya estuviera hecha y ahora le tocara pensar al gigante. Obviamente no era consciente del destrozo que había hecho y estaba allí tranquilamente esperando a saber qué, mientras los camareros no tardarían en llegar a pedir explicaciones. O eso sería lo lógico, al menos.

—Ahora solo falta que pongas esas manos de oso a trabajar y hagamos que este barco sea nuestro. Aunque… igual necesitarás un mascarón de proa. ¿Qué tal yo? Sería el primer mink en ser figura de barco. —Y, con otra carcajada, el pequeño zorro esperó la reacción de su gigantesco compañero, listo para cualquier desafío que viniera después.
#4
Silvain Loreth
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A lo mejor no era el más amigable de los seres, pero para sembrar la destrucción y el caos hasta en el lugar más insospechado no se me ocurría nadie mejor que Raiga. Me mantuve quieto y tranquilo en mi posición, contemplando cómo el pequeño demonio arrojaba el contenido de las bandejas sobre la ropa de los clientes. Si con alguno resultaba no ser suficiente, se preocupaban de llevar a cabo alguna otra maldad que se sumase a la primera. Así, poco a poco, algunos asustados, otros furiosos y otros indignados, la mayoría de los comensales se fueron dejando abiertas las puertas del Baratie tras de sí.

—Ni un incendio sacaría tan rápido a la gente, Ardilla —dije justo después de que el enano al fin se detuviese para dedicarse a contemplar el horizonte con pose triunfal—. El infierno del que te hayas escapado tiene que estar mucho más tranquilo desde que te fuiste.

Efectivamente, las consecuencia no se hicieron esperar. Cuando quise darme cuenta, el grupo de camareros que no se dedicaba a recoger diligentemente todo lo que había sido desparramado pro el suelo del restaurante me cercaba. Bueno, más bien se podría decir que intentaban rodear al enano, pero el hecho era que daba la sensación de que se agolpaban alrededor de mí —cuestión de tamaño, obviamente, no de intenciones—.

—¿Pero se puede saber a qué juegas, engendro del demonio? —preguntó uno de ellos en tono acusador. Uno al que, a decir verdad, era la primera vez que veía. Aquello me extrañó en cierto modo. No les prestaba demasiada atención a los trabajadores del Baratie, pero después del tiempo que llevaba allí era capaz de reconocer caras familiares en sus rostros. No estaba en situación de ponerles nombres, claro —ni lo pretendía o lo habría pretendido en ningún momento—, pero sí que sabía decir con seguridad cuándo les había visto y cuándo no.

Fuera como fuese, aquel sujeto comenzó a liberar una sarta de improperios por su boca mientras agitaba las manos cada vez con más velocidad. A veces era su índice el que se movía apuntando al cielo, a Raiga o a ningún sitio, mientras que otras veces eran las puntas de sus dedos las que se unían para, justo después, agitarse con un uniforme movimiento de muñeca. Hablaba en una lengua diferente a la que yo conocía, pero nunca llegué a notarlo. Por el contrario, algo a las espaldas del grupo de camareros llamó poderosamente mi atención.

Uno de los grupos de clientes que habían quedado más rezagados a la hora de abandonar el restaurante flotante; uno que, de hecho, no disponía de ningún integrante manchado en modo alguno de sopa, remoloneaba mientras el resto de personas iban subiendo a sus embarcaciones. Ignorando deliberadamente al camarero, cocinero, metre, runner o lo que demonios fuese aquel tipo, usé mi dedo meñique para darle un golpe en la espalda a Raiga y así llamar su atención.

—Mira —dije en lo que pretendía ser un gesto y tono de voz disimulados, aunque con mi envergadura mis acciones no pasaron desapercibidas a nadie.

Para cuando el grupo de trabajadores se volteó a mirar en la dirección en la que apuntaba mi mano, la comitiva de siete sujetos habían desaparecido tras una esquina del restaurante en medio del más absoluto sigilo. Miraron todos menos el hombre que gesticulaba tanto. Por el contrario, en cuanto se dio cuenta de que apuntaba detrás de él alzó aún más el tono de voz y comenzó a mover las manos y brazos con más energía si cabía al tiempo que llamaba la atención de sus compañeros para que se sumasen a la reprimenda.

—¿Se puede saber qué quieres? —dije al fin, hastiado, después de que el sujeto llevase más de cinco minutos piando sin que le prestase la menor atención—. ¿No ves que tenemos algo más importante entre manos?
#5
Raiga Gin Ebra
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Raiga no podía estar más satisfecho con su obra maestra. Había bastado con un par de movimientos estratégicos, algo de sopa voladora y su ingenio característico —y bastante simple en aquella ocasión, para ser sinceros—, para dejar el Baratie casi vacío. Con los pies firmemente plantados sobre el suelo del barco, observaba cómo los últimos clientes abandonaban el restaurante, unos empapados en sopa, otros murmurando maldiciones entre dientes.

—¡Ja! Ni un incendio, dice el gigantón —repitió Raiga, soltando una carcajada contagiosa—. Hermano, el infierno cerró las puertas en cuanto me largué. ¡No sabían qué hacer conmigo!

El mink estaba tan ocupado disfrutando de su triunfo que apenas prestó atención al camarero que se aproximaba con los brazos moviéndose como aspas de molino, ni al séquito que le seguía. El tipo, claramente enojado, vociferaba en un idioma que Raiga no terminaba de comprender. Aún así, el mink hizo un esfuerzo por descifrar algo de aquella retahíla ininteligible.

—¿Eh? ¿Qué dices, colega? —preguntó, inclinándose hacia adelante con una mueca extraña en el rostro— ¿Estás hablando o bailando con las manos? Porque, si es lo segundo, te falta ritmo, compadre.

El camarero no parecía impresionado. Continuó gesticulando y elevando la voz, mientras Raiga lo miraba con los ojos entrecerrados, como si realmente estuviera intentando entenderlo. Finalmente, el mink se encogió de hombros.

—Nada, ni idea. Hablas peor que el loro del puerto —dijo, dando un paso atrás justo antes de que sintiera el golpe del dedo de Silvain en su espalda.

El empujón lo tomó completamente desprevenido, haciendo que se tambaleara y casi terminara de bruces en el suelo.

—¡Oye, grandullón! —exclamó, girándose hacia Silvain mientras se rascaba la espalda donde había sentido el golpe— ¡Avísame antes de soltar tus manazas! Que con ese tamaño casi me mandas a navegar sin barco.

Fue entonces cuando lo vio, mirando en dirección al dedo acusador del gigante. Un grupo de siete individuos, que no parecían haber recibido ni una sola gota de sopa, deslizándose por el Baratie con un sigilo que casi lo dejó boquiabierto. Raiga frunció el ceño, sorprendido.

—¿Y estos de dónde salieron? —murmuró, entrecerrando los ojos mientras observaba cómo desaparecían tras una esquina.

Sin perder un segundo, se lanzó a correr tras ellos. Antes de irse, no pudo resistirse a soltar una de sus frases hacia Silvain, quien ahora quedaba con la tarea de lidiar con el camarero furioso.

—Eh, grandullón, suerte con tu nuevo amigo. Seguro que os entendéis a las mil maravillas. —Con una carcajada burlona, Raiga desapareció tras la esquina.



Raiga corría por los pasillos del Baratie, zigzagueando entre muebles y esquivando a los pocos cocineros que aún estaban en el restaurante. Había contado hasta siete personas en el grupo, pero a medida que avanzaba, la cantidad disminuía. Ahora solo quedaba uno, corriendo desesperado hacia una salida lateral.

—¡Eh, tú, el ninja de los domingos! —gritó Raiga, acelerando el paso— ¡Para ahí mismo antes de que te haga parar yo!

El individuo, sin embargo, no le hizo caso. Raiga apretó los dientes y decidió que no iba a dejar que se escapara. Con un salto ágil y un grito que resonó por todo el pasillo, se lanzó sobre el tipo, cayendo sobre él como un rayo. Consiguió agarrarse a su espalda, y el impacto fue suficiente para desestabilizarlo, haciendo que ambos cayeran al suelo. El tipo intentó zafarse, pero Raiga no le dio oportunidad.

—¡Te tengo, amigo! ¿Pensabas que podías escaparte del gran Raiga? —dijo, empujándolo contra el suelo con una sonrisa arrogante.

Antes de que pudiera decir algo más, el ruido de pasos apresurados llamó su atención. Levantó la cabeza justo a tiempo para ver cómo los demás del grupo, los que habían desaparecido antes, salían de la nada y se lanzaban hacia él con intención claramente ofensiva.

—¡Oh, vaya, vaya! —Raiga se preparó para salir corriendo, teniendo claro que estaba en desventaja—Bueno, pues que empiece la fiesta.

Mientras los primeros dos se abalanzaban sobre él, Raiga dio una voltereta sin mucho sentido para hacerse a un lado y salir corriendo a toda velocidad hacia la salida del Baratie. Zigzagueó un poco en torno a varias mesas, intentando despistar a los tipos, que le seguían con energía, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones justo al llegar hasta cerca de la posición de su amigo el gigante.

—¡Eh, Silvain! ¡Deja de hacer amigos y mueve ese culo gigante aquí, que tengo un problemilla!

Y ahí, en medio del caos y la adrenalina, la escena quedó en suspenso, con Raiga corriendo hacia el gigante y el grupo de atacantes detrás suya, confiando en que su gigantesco compañero haría algo a tiempo para ayudarle.
#6
Silvain Loreth
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La voz de Raiga irrumpió en mi mente después de un instante en el que no tuve demasiado claro por qué me había abstraído tanto. El tipo había seguido vociferando y agitando las manos como si no hubiese un mañana. Por mi parte, me había dedicado a intentar deducir el porqué de esos gestos tan curiosos. No por qué se había puesto así, porque eso lo sabía, sino la causa de que considerase que con esa posición determinada transmitía más o mejor su mensaje.

Por otro lado, el enano había aparecido como una centella de a saber dónde después de ir en busca de los tipos a los que yo había señalado hacía poco. Asimismo, el grupo de susodichos no tardó en aparecer corriendo detrás de él. Lucían expresiones repletas de ira y agresividad no contenida. No tenía ni idea de qué demonios había hecho ese irritante mocoso, pero les había tocado la moral a base de bien. Por otro lado, no me extrañaba en absoluto. Lo raro habría sido que apareciesen juntos de la mano y cantando.

—Pocos problemas tienes para la que lías —dije en un tono de voz calmado que, debido a mi tamaño, resonó como si hubiese gritado en el interior de una tinaja—. ¿Se puede saber qué les has hecho? ¿O qué te han hecho ellos a ti?

Al tiempo que hablaba, me levanté de la zona del atracadero en la que normalmente me sentaba y di un único paso en dirección a Raiga y los sujetos. En apenas media zancada, sumada a la distancia que la ardilla fue recortando con su carrera, me planté en su posición con la rodilla derecha semiflexionada y el cuerpo ligeramente agachado. Llevé la mano derecha hacia atrás, lanzando un violento revés que peinó la madera que conformaba el suelo de la cubierta del Baratie.

No alcancé a todos los tipos, aunque tampoco era mi intención. Por el contrario, atiné a aquellos —dos, para ser exacto— que habían corrido un poco más rápido e iban en primer lugar. Salieron despedidos hacia atrás. Uno de ellos fue recibido por uno de sus compañeros como si de un proyectil se tratase, mientras que el otro fue a estrellarse directamente contra la pared del restaurante.

Conforme los hechos se desarrollaban, la mayor parte de los camareros del establecimiento se fueron retirando sigilosamente para no verse envueltos en la refriega. Sin embargo, el tipo que había estado gesticulando no sólo no se quitó de en medio como los demás, sino que se unió al resto de sujetos y se puso a la cabeza. ¿Acaso aquel tipo no trabajaba allí?

—Tantas semanas de aguantar esta mierda de trabajo para que al final vengan un enano y un gorila a tirarnos por tierra los planes —dijo entonces el de los gestos extraños. Intentaba mantener un tono de voz severo, pero una chispa de ira en su rostro indicaba claramente que en su mensaje había mucha rabia contenida que se esforzaba por ocultar—. Sí, vamos a robar el Baratie, y ni vosotros ni nadie va a poder evitarlo.

—¿A robarlo? —repliqué—. De eso nada, seremos nosotros quienes lo roben. ¿Has visto mi tamaño? Esos barcos tamaño muñeca que vienen y se van sin parar no están preparados para llevar ni media pierna mía —exageré—. Estoy cansado de esta cubierta, este atracadero y el menú repetitivo que me ponen por delante con más desgana que otra cosa. Me voy a marchar de aquí hoy mismo llevando el Baratie, y si para ellos os tengo que aplastar como si fueseis cucarachas lo haré sin ningún problema.
#7
Raiga Gin Ebra
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Raiga observó con una mezcla de satisfacción y diversión cómo Silvain se levantaba con toda su imponente envergadura. Su primer pensamiento fue que el gigantón tenía un estilo bastante peculiar para justificarse.

—¡No he hecho nada, Silvain! —murmuró Raiga con una ceja alzada y una sonrisa burlona en su rostro— Simplemente me tienen manía, ¡me han visto y se han tirado a por mi!.

Sin embargo, el mink no tuvo mucho tiempo para seguir vacilando a Silvain, ya que el gigantón, sin previo aviso, lanzó un revés que barrió a dos de los tipos que se habían atrevido a acercarse demasiado. Incluso a él mismo le costó mantener el equilibrio tras la ráfaga que su ataque provocó. Uno de ellos voló directamente hacia otro compañero, mientras que el otro se estrelló contra la pared del restaurante con un estruendo que dejó a Raiga completamente impresionado.

—¡Madre mía, pero qué muñeca tienes! —exclamó Raiga, riendo mientras daba un par de palmadas sarcásticas— ¿Qué comes para desayunar, plomo derretido?

Aprovechando el caos, el pequeño mink se colocó detrás de Silvain y, como no podía ser de otra manera, comenzó a hacer muecas y gestos burlones a los tipos que aún seguían en pie. Sacó la lengua, agitó su cola esponjosa y hasta simuló estar temblando de miedo mientras soltaba comentarios como: "¡Ay, no! ¡No nos vayan a hacer daño!" o "¡Qué miedo dais, parejita de inútiles!"

Sin embargo, lo que verdaderamente sorprendió a Raiga fue ver al tipo de los gestos, el que hasta ese momento había parecido ser parte del personal del Baratie, dar un paso al frente y unirse a los idiotas que Silvain había dejado magullados.

—¿Pero tú no eras el camarero que movía las manos como si estuvieras dando clase de ballet? —preguntó Raiga, incrédulo, señalándolo con una pata— ¡Ahora resulta que eres parte de la banda de los idiotas mal coordinados!

El hombre no respondió directamente a Raiga, pero lo que dijo dejó clara su posición. Querían robar el Baratie, al igual que ellos. Vaya tela. Raiga soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pierna de Silvain para no caerse al suelo.

—¿Robar el Baratie? —repitió, entre risas— ¡Pero si no sabéis ni manteneros en pie sin que Silvain os lance volando! Esto no es un robo, es una obra de comedia.

Entonces, sacó su arma de filo, un cuchillo que no era particularmente imponente, pero que en sus manos se movía con sorprendente agilidad. Dio un par de pasos hacia el tipo de los gestos, haciendo girar la hoja en su mano.

—Mira, amigo, no sé si estás borracho o si de verdad crees que puedes hacer algo aquí —le dijo, con esa mezcla de descaro y tono burlón que lo caracterizaba—. Pero te voy a dar una lección gratis. ¡No puedes robar algo que ya íbamos a coger prestado! Ley de ladrones, amiguito.

Con un movimiento rápido, Raiga trazó un corte que alcanzó el brazo del tipo, quien retrocedió tambaleándose, sorprendido por la velocidad del mink. Cuando el hombre intentó devolverle el golpe, Raiga se agachó con la misma rapidez y esquivó la acometida con una fluidez que parecía impropia de alguien tan pequeño.

—Solo queríamos usar el Baratie para ir a otra isla. Allí robamos otro barco y así vamos haciendo la ruta, ¿sabes? El problema es que tener un amigo del tamaño de Silvain complica un poco la logística, ¿no crees?

El tipo, visiblemente enfurecido y con la sangre resbalando por el brazo, intentó lanzarse contra Raiga de nuevo. Pero antes de que pudiera hacerlo, el mink señaló hacia Silvain con un gesto exagerado.

—¡Eh, Silvain, creo que este tiene más ganas de pelear contigo que conmigo! —gritó, antes de girarse para mirar al gigantón y añadir en un tono burlón— Aunque, bueno, dudo que le quede algo de cerebro después del golpe que le has dado a sus amigos. ¡Menuda obra de arte, grandullón!

Raiga retrocedió unos pasos más, manteniéndose en alerta mientras observaba cómo el caos seguía desarrollándose. Aunque nunca lo admitiría, sabía que estar detrás de Silvain era la mejor estrategia en ese momento. Porque, seamos sinceros, ¿quién querría enfrentarse a un tipo que podía enviar a tres hombres volando con un simple revés?

El mink, por supuesto, seguía disfrutando del espectáculo, pero sabía que las cosas no tardarían en escalar. Aún así, no pudo resistirse a lanzar un último comentario al tipo de los gestos antes de que la acción se intensificara.

—Mira, amigo, mi consejo es que te rindas ahora. Porque si Silvain no te aplasta, yo voy a dejarte tan lleno de cortes que parecerás un mapa de islas. Y créeme, no querrás eso.
#8
Silvain Loreth
-
Raiga era un maestro de la provocación, de eso no había duda alguna. Ni siquiera estaba lanzando sus comentarios hacia mí y llegaba a provocarme ganas de mandarle a bolar como había hecho con los demás. Ello se reflejaba a la perfección en el rostro del no camarero, que, por si no fuese suficiente con las hirientes y humillantes palabras del enano, se había llevado un tajo inesperado. Como esos niños pequeños tan molestos y escurridizos que prácticamente cualquiera puede evocar, el muy condenado se escondió detrás de mí para ahorrarse la posibilidad de que le hiciesen algo.

Si no tuviésemos un objetivo común que nos enfrentaba tal vez me habría planteado la posibilidad de lanzarle a los leones, pero no era el caso. Aquellos tipos querían lo mismo que nosotros y se estaban intentando valer de nuestra estrategia para lograrlo.

En cualquier caso, aquellos sujetos estaban dispuestos a todo menos a rendirse. La actitud beligerante que lucían y las posturas de sus cuerpos lo explicaban a las mil maravillas. Al igual que nosotros, harían lo que fuese necesario para alcanzar su meta. Sin decirnos nada, comenzaron a moverse al unísono para formar un semicírculo en torno a nosotros. Mientras lo hacían fueron extrayendo diversas armas de entre su ropa. Algunos sacaron armas de fuego con las que nos comenzaron a apuntar, mientras que otros esgrimieron filos que agitaba ante nosotros con actitud amenazadora. El arma de Raiga no llegaba a ser ni una pequeña parte del espadón que portaba uno de ellos, el cual no tenía demasiado claro de dónde había sacado.

—Al final vamos a tener que ponernos en serio —dije calmadamente mientras analizaba los movimientos de nuestros oponentes—. Espero que estés contento, enano. Al final lo has conseguido.
#9


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