
Fon Due
Dancing Dragon
18-11-2024, 05:48 PM
El sol brillaba intensamente sobre el vasto mar azul, reflejándose en las olas como miles de fragmentos de cristal. Fon Due, el pequeño Tontatta Okama, había encontrado un lugar perfecto para su observación: una grieta en una roca que sobresalía del mar, cerca del icónico restaurante flotante Baratie. Desde su posición privilegiada, escondido entre algas y pequeños crustáceos, Fon Due podía ver y escuchar todo lo que sucedía sin ser visto.
Aquel día, las olas estaban en calma, meciéndose suavemente contra el casco del Baratie. El restaurante flotante, con su estructura en forma de un gran pez dorado, brillaba bajo la luz del mediodía. Las velas estaban izadas, no para navegar, sino como parte de la decoración que recordaba sus días de combate en el mar. Una leve brisa salada acariciaba el aire, trayendo consigo los aromas tentadores de los platillos que se preparaban dentro.
Fon Due se acomodó en su escondite, dispuesto a pasar varias horas en silenciosa observación. Había algo fascinante en el ajetreo constante del Baratie, un lugar que era tanto un restaurante de lujo como un crisol de culturas y personalidades que llegaban desde todos los rincones del mundo.
El primer grupo en llegar esa mañana fue una familia de nobles. Fon Due se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con curiosidad. Los nobles desembarcaron desde un elegante bote con adornos dorados y terciopelo púrpura que colgaba en sus bordes, como si fuera una extensión de su propia opulencia. El padre, un hombre corpulento con barba bien cuidada y un anillo de oro en cada dedo, llevaba un traje blanco impecable con detalles en azul marino que combinaban perfectamente con los lazos de su sombrero de ala ancha. Caminaba con pasos medidos, su nariz alzada en un gesto de arrogancia innata.
A su lado, la madre, una mujer esbelta con un vestido largo de seda color esmeralda, se deslizaba con la gracia de una bailarina. El vestido ondeaba con la brisa, revelando un forro dorado que brillaba al sol. Su cabello estaba recogido en un intrincado peinado, adornado con perlas que reflejaban la luz como pequeñas lunas. Cada paso que daba estaba acompañado del suave tintineo de brazaletes de plata en sus muñecas.
Los dos hijos pequeños correteaban delante de sus padres, uno de ellos sosteniendo un juguete de madera con la forma de un barco. Sus risas infantiles se elevaban en el aire, ligeras como plumas. Llevaban ropas a juego: pantalones cortos y camisas abotonadas de lino blanco, con tirantes de cuero que les daban un aspecto travieso pero refinado. Fon Due los observó con una mezcla de curiosidad y nostalgia; él nunca había tenido una infancia tan lujosa.
El maître del Baratie, vestido con un elegante chaleco negro y una pajarita roja, salió a recibirlos con una reverencia exagerada, haciendo una floritura con un brazo para indicarles el camino hacia una mesa junto a la barandilla. Fon Due podía escuchar fragmentos de su conversación educada, palabras corteses y risas suaves, una melodía de civilización que contrastaba con la rudeza del mar circundante.
No pasó mucho tiempo antes de que un grupo de marineros llegara al muelle. A diferencia de los nobles, estos hombres irrumpieron en la escena con un bullicio estruendoso. Llevaban camisas sueltas de lino manchadas de sal, pantalones remangados y botas gastadas por los años en cubierta. Sus rostros eran curtidos por el sol, con barbas desaliñadas que hablaban de días y noches pasadas en alta mar. Fon Due podía oler el aroma a ron incluso desde su escondite.
Uno de ellos, el capitán por lo que parecía, lucía un abrigo largo azul con botones de latón y una pluma roja en su sombrero tricornio. Caminaba con un ligero tambaleo, claramente afectado por un par de tragos antes del almuerzo. Se reía a carcajadas, golpeando a sus hombres en la espalda mientras se dirigían hacia la entrada del Baratie. A diferencia de los nobles, no esperaron a que el maître los recibiera, sino que se abrieron paso por su cuenta, tomando asiento en una mesa grande en el centro del comedor.
Desde su posición, Fon Due podía ver la interacción entre los marineros y el personal del restaurante. Los camareros, jóvenes con chalecos verdes y camisas blancas, corrían de un lado a otro para atender a estos clientes ruidosos, manteniendo una sonrisa educada a pesar de los gritos y las bromas toscas.
Fon Due sonrió para sí mismo al ver cómo uno de los marineros intentaba coquetear con una de las camareras, solo para recibir una respuesta rápida y afilada que provocó risas entre sus compañeros. Era un espectáculo en sí mismo, una obra de teatro improvisada con cada cliente desempeñando su papel.
El tiempo pasó lentamente para Fon Due, quien disfrutaba cada detalle de la vida en el Baratie. Pero algo inusual llamó su atención cuando un hombre encapuchado llegó al restaurante. A diferencia de los clientes anteriores, este extraño caminaba con pasos silenciosos y medidos, como un depredador acechando a su presa. Llevaba un manto gris oscuro que le cubría desde los hombros hasta los tobillos, y de su cintura colgaba una espada larga envuelta en un trapo.
Fon Due se inclinó hacia adelante, intentando ver más de su rostro, pero el hombre mantenía la cabeza baja, ocultando sus rasgos en la sombra de la capucha. Aun así, Fon Due no pudo evitar notar la forma en que los camareros y los demás clientes lo observaban con una mezcla de curiosidad y cautela. El espadachín eligió una mesa en un rincón oscuro, lejos de las ventanas y del bullicio principal, como si quisiera pasar desapercibido.
El maître se acercó a él con su sonrisa profesional, pero el hombre simplemente alzó una mano para detenerlo antes de que pudiera hablar, indicando que prefería no ser molestado. Fon Due, fascinado por la presencia enigmática del espadachín, se preguntó qué secretos podría estar escondiendo bajo ese manto.
Mientras el día avanzaba, el interés de Fon Due se desvió hacia la cocina del Baratie, cuya actividad era visible a través de las ventanas laterales. Allí, un joven cocinero con cabello rojizo el cual llevaba amarrado con una coleta destacaba entre los demás. Era el sous-chef del Baratie. Vestía un traje blanco con una corbata negra, impecable a pesar del ajetreo. Se movía con la gracia de un bailarín, su cuchillo deslizándose por los ingredientes con precisión impecable.
Fon Due no podía oír sus palabras, pero observó la intensidad en sus ojos mientras gritaba órdenes a los demás cocineros. Había una cadencia en su voz, una autoridad que hacía que todos se apresuraran a obedecer. De vez en cuando, el sous-chef lanzaba un golpe a los camareros que intentaban robar un bocado antes de que los platos fueran enviados a los clientes. Era un espectáculo fascinante, y Fon Due no podía evitar sonreír ante la pasión de este joven chef.
Desde su escondite, Fon Due no se cansaba de observar la coreografía fluida que se desarrollaba dentro del Baratie. La cocina y el comedor eran como dos mundos entrelazados, donde cada miembro del personal jugaba un papel crucial para mantener el ritmo constante del restaurante. Los camareros se movían como olas, llevando bandejas llenas de platillos fragantes, esquivando clientes y otros camareros con una gracia que parecía casi sobrehumana.
Un camarero, de aspecto joven y delgado, con el cabello peinado hacia atrás y un delantal manchado de harina, se deslizaba entre las mesas con la precisión de un bailarín. Llevaba una bandeja grande con varias sopas humeantes que olían a mariscos frescos y especias exóticas. Sus pies apenas tocaban el suelo, como si flotara sobre él, girando y esquivando obstáculos sin perder ni una gota de los tazones rebosantes.
A lo lejos, Fon Due podía ver a un grupo de cocineros trabajando al unísono. Los cuchillos brillaban bajo la luz de las lámparas de gas, destellando mientras cortaban pescado, carne y verduras con una rapidez asombrosa. El sonido del aceite chisporroteando en las sartenes y el constante repiqueteo de los cuchillos sobre las tablas de cortar creaban una música rítmica que llenaba el aire, una sinfonía culinaria que Fon Due disfrutaba sin ser visto.
El chef de cabello rojizo, destacaba en este bullicio, encendiendo un fuego alto en la parrilla y moviéndose con una concentración intensa que parecía contagiar a todos a su alrededor. La pasión en sus movimientos era palpable, como si cada plato fuera una obra de arte en la que vertía su alma. Fon Due admiraba su destreza, imaginando lo increíble que sería probar uno de esos platos, aunque sabía que eso era un sueño imposible para alguien como él.
A lo largo del día, el Baratie recibió a una variedad de clientes, cada uno con su propio estilo que hablaba de su procedencia, riqueza y experiencias de vida. Fon Due se deleitaba observando cómo cambiaba el ambiente con cada nuevo grupo que llegaba.
Un grupo de mercaderes, probablemente venidos del lejano West Blue, desembarcaron con sus ropas coloridas. Llevaban turbantes tejidos con hilos dorados y capas ligeras que les caían hasta los tobillos, bordadas con patrones geométricos que relucían bajo el sol. Sus sandalias de cuero emitían un sonido sordo al chocar contra la cubierta de madera del Baratie. Caminaban con un porte altivo, sus ojos escudriñando cada rincón del restaurante como si evaluaran el valor de todo lo que veían.
Fon Due también vio a un trío de músicos, con ropas desaliñadas y sombreros de ala ancha que ocultaban parte de sus rostros. Llevaban instrumentos a sus espaldas: un laúd, una flauta y un tambor pequeño. Se movían con una especie de aire despreocupado, como si la vida no fuera más que una serie de melodías por descubrir. Cuando se acomodaron en una esquina, no tardaron en sacar sus instrumentos y tocar una melodía alegre que atrajo la atención de algunos comensales, añadiendo un toque bohemio al bullicio del lugar.
Luego apareció un oficial de la Marina, con su uniforme blanco impecable, botones dorados y una gorra que brillaba como un faro bajo el sol. Caminaba con una postura rígida, los brazos cruzados a la espalda, evaluando el entorno con una mirada severa. Fon Due no pudo evitar estremecerse un poco; aunque sabía que estaba bien oculto, el solo ver a un miembro de la Marina le hacía recordar lo frágil de su seguridad.
El contraste entre los diferentes tipos de clientes mantenía a Fon Due fascinado. En un momento, observó a una mujer de piel bronceada y tatuajes tribales en sus brazos, que entró en el Baratie con una gran sonrisa y un sombrero de paja adornado con plumas de colores vivos. Detrás de ella, un hombre con una chaqueta de cuero desgastada y un parche en el ojo la seguía, con una expresión seria y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. La forma en que caminaban, casi deslizándose como si estuvieran en su propio territorio, revelaba que eran piratas curtidos por las aventuras.
A medida que el sol descendía lentamente hacia el horizonte, el Baratie comenzó a brillar con una luz cálida y dorada. Los tonos ámbar y naranjas se reflejaban en las ventanas y en el agua que rodeaba al restaurante. Desde su escondite, Fon Due contempló el espectáculo natural con asombro. Había algo mágico en cómo el Baratie se transformaba al anochecer, como si el lugar tuviera una vida propia que despertaba al ritmo del mar.
Los clientes continuaban llegando, pero ahora el ambiente se volvía más relajado. Las risas eran más frecuentes, las conversaciones más animadas, y el sonido de las copas chocando llenaba el aire. Fon Due observó cómo los camareros encendían las lámparas de aceite en cada mesa, sus pequeñas llamas parpadeando con un brillo acogedor que bañaba a todos en un resplandor suave.
Un grupo de comensales que llamaron la atención de Fon Due fueron un par de nobles ancianos que vestían trajes de gala, claramente preparados para una cena elegante. La mujer llevaba un vestido de terciopelo azul oscuro, con un collar de perlas que le caía hasta el pecho. Su cabello blanco estaba recogido en un moño adornado con alfileres de plata. El hombre, a su lado, llevaba un esmoquin negro con un pañuelo de seda en el bolsillo. Ambos caminaban con la lentitud de quienes han vivido mucho y ya no sienten la prisa de la juventud. Sus ojos se posaron en cada detalle del lugar con la calma de quienes disfrutan del momento.
Fon Due, maravillado, no dejaba de asombrarse por la diversidad de personas que atraía el Baratie. Para él, cada uno de esos clientes era como un libro abierto, contando historias a través de sus ropas, sus gestos y sus miradas. Era un desfile interminable de vidas que él solo podía observar desde la distancia.
Con la llegada de la noche, el Baratie se transformó en un faro flotante en medio del mar oscuro. Las luces se encendieron por todo el restaurante, reflejándose en el agua como estrellas brillando en el océano. Fon Due se acomodó aún más en su escondite, sintiendo que este era el mejor momento para observar.
A lo lejos, vio cómo una pareja joven bailaba cerca de la barandilla, mientras un pequeño grupo de músicos tocaba una suave melodía romántica. Ella llevaba un vestido rojo que ondeaba con el viento, y él, con un traje ajustado, la sostenía con delicadeza, susurrándole algo que hacía que ella se riera con alegría.
Fon Due sentía una mezcla de añoranza y satisfacción al ser testigo de tantos momentos diferentes. Aunque su vida como Tontatta era sencilla y muchas veces solitaria, no podía negar que había algo hermoso en simplemente observar la vida desde las sombras, sin formar parte de ella, pero disfrutándola a su manera.
Mientras la noche avanzaba, el bullicio del Baratie comenzó a calmarse. Los comensales se retiraban, dejando atrás mesas vacías y platos medio comidos. Fon Due, sabiendo que su vigilia estaba llegando a su fin, dio un último vistazo al restaurante, grabando en su memoria cada detalle de ese día. Sabía que volvería a este lugar mágico, a su propio rincón secreto desde el cual podía ser el observador silencioso de un mundo mucho más grande que él.
Aquel día, las olas estaban en calma, meciéndose suavemente contra el casco del Baratie. El restaurante flotante, con su estructura en forma de un gran pez dorado, brillaba bajo la luz del mediodía. Las velas estaban izadas, no para navegar, sino como parte de la decoración que recordaba sus días de combate en el mar. Una leve brisa salada acariciaba el aire, trayendo consigo los aromas tentadores de los platillos que se preparaban dentro.
Fon Due se acomodó en su escondite, dispuesto a pasar varias horas en silenciosa observación. Había algo fascinante en el ajetreo constante del Baratie, un lugar que era tanto un restaurante de lujo como un crisol de culturas y personalidades que llegaban desde todos los rincones del mundo.
El primer grupo en llegar esa mañana fue una familia de nobles. Fon Due se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con curiosidad. Los nobles desembarcaron desde un elegante bote con adornos dorados y terciopelo púrpura que colgaba en sus bordes, como si fuera una extensión de su propia opulencia. El padre, un hombre corpulento con barba bien cuidada y un anillo de oro en cada dedo, llevaba un traje blanco impecable con detalles en azul marino que combinaban perfectamente con los lazos de su sombrero de ala ancha. Caminaba con pasos medidos, su nariz alzada en un gesto de arrogancia innata.
A su lado, la madre, una mujer esbelta con un vestido largo de seda color esmeralda, se deslizaba con la gracia de una bailarina. El vestido ondeaba con la brisa, revelando un forro dorado que brillaba al sol. Su cabello estaba recogido en un intrincado peinado, adornado con perlas que reflejaban la luz como pequeñas lunas. Cada paso que daba estaba acompañado del suave tintineo de brazaletes de plata en sus muñecas.
Los dos hijos pequeños correteaban delante de sus padres, uno de ellos sosteniendo un juguete de madera con la forma de un barco. Sus risas infantiles se elevaban en el aire, ligeras como plumas. Llevaban ropas a juego: pantalones cortos y camisas abotonadas de lino blanco, con tirantes de cuero que les daban un aspecto travieso pero refinado. Fon Due los observó con una mezcla de curiosidad y nostalgia; él nunca había tenido una infancia tan lujosa.
El maître del Baratie, vestido con un elegante chaleco negro y una pajarita roja, salió a recibirlos con una reverencia exagerada, haciendo una floritura con un brazo para indicarles el camino hacia una mesa junto a la barandilla. Fon Due podía escuchar fragmentos de su conversación educada, palabras corteses y risas suaves, una melodía de civilización que contrastaba con la rudeza del mar circundante.
No pasó mucho tiempo antes de que un grupo de marineros llegara al muelle. A diferencia de los nobles, estos hombres irrumpieron en la escena con un bullicio estruendoso. Llevaban camisas sueltas de lino manchadas de sal, pantalones remangados y botas gastadas por los años en cubierta. Sus rostros eran curtidos por el sol, con barbas desaliñadas que hablaban de días y noches pasadas en alta mar. Fon Due podía oler el aroma a ron incluso desde su escondite.
Uno de ellos, el capitán por lo que parecía, lucía un abrigo largo azul con botones de latón y una pluma roja en su sombrero tricornio. Caminaba con un ligero tambaleo, claramente afectado por un par de tragos antes del almuerzo. Se reía a carcajadas, golpeando a sus hombres en la espalda mientras se dirigían hacia la entrada del Baratie. A diferencia de los nobles, no esperaron a que el maître los recibiera, sino que se abrieron paso por su cuenta, tomando asiento en una mesa grande en el centro del comedor.
Desde su posición, Fon Due podía ver la interacción entre los marineros y el personal del restaurante. Los camareros, jóvenes con chalecos verdes y camisas blancas, corrían de un lado a otro para atender a estos clientes ruidosos, manteniendo una sonrisa educada a pesar de los gritos y las bromas toscas.
Fon Due sonrió para sí mismo al ver cómo uno de los marineros intentaba coquetear con una de las camareras, solo para recibir una respuesta rápida y afilada que provocó risas entre sus compañeros. Era un espectáculo en sí mismo, una obra de teatro improvisada con cada cliente desempeñando su papel.
El tiempo pasó lentamente para Fon Due, quien disfrutaba cada detalle de la vida en el Baratie. Pero algo inusual llamó su atención cuando un hombre encapuchado llegó al restaurante. A diferencia de los clientes anteriores, este extraño caminaba con pasos silenciosos y medidos, como un depredador acechando a su presa. Llevaba un manto gris oscuro que le cubría desde los hombros hasta los tobillos, y de su cintura colgaba una espada larga envuelta en un trapo.
Fon Due se inclinó hacia adelante, intentando ver más de su rostro, pero el hombre mantenía la cabeza baja, ocultando sus rasgos en la sombra de la capucha. Aun así, Fon Due no pudo evitar notar la forma en que los camareros y los demás clientes lo observaban con una mezcla de curiosidad y cautela. El espadachín eligió una mesa en un rincón oscuro, lejos de las ventanas y del bullicio principal, como si quisiera pasar desapercibido.
El maître se acercó a él con su sonrisa profesional, pero el hombre simplemente alzó una mano para detenerlo antes de que pudiera hablar, indicando que prefería no ser molestado. Fon Due, fascinado por la presencia enigmática del espadachín, se preguntó qué secretos podría estar escondiendo bajo ese manto.
Mientras el día avanzaba, el interés de Fon Due se desvió hacia la cocina del Baratie, cuya actividad era visible a través de las ventanas laterales. Allí, un joven cocinero con cabello rojizo el cual llevaba amarrado con una coleta destacaba entre los demás. Era el sous-chef del Baratie. Vestía un traje blanco con una corbata negra, impecable a pesar del ajetreo. Se movía con la gracia de un bailarín, su cuchillo deslizándose por los ingredientes con precisión impecable.
Fon Due no podía oír sus palabras, pero observó la intensidad en sus ojos mientras gritaba órdenes a los demás cocineros. Había una cadencia en su voz, una autoridad que hacía que todos se apresuraran a obedecer. De vez en cuando, el sous-chef lanzaba un golpe a los camareros que intentaban robar un bocado antes de que los platos fueran enviados a los clientes. Era un espectáculo fascinante, y Fon Due no podía evitar sonreír ante la pasión de este joven chef.
Desde su escondite, Fon Due no se cansaba de observar la coreografía fluida que se desarrollaba dentro del Baratie. La cocina y el comedor eran como dos mundos entrelazados, donde cada miembro del personal jugaba un papel crucial para mantener el ritmo constante del restaurante. Los camareros se movían como olas, llevando bandejas llenas de platillos fragantes, esquivando clientes y otros camareros con una gracia que parecía casi sobrehumana.
Un camarero, de aspecto joven y delgado, con el cabello peinado hacia atrás y un delantal manchado de harina, se deslizaba entre las mesas con la precisión de un bailarín. Llevaba una bandeja grande con varias sopas humeantes que olían a mariscos frescos y especias exóticas. Sus pies apenas tocaban el suelo, como si flotara sobre él, girando y esquivando obstáculos sin perder ni una gota de los tazones rebosantes.
A lo lejos, Fon Due podía ver a un grupo de cocineros trabajando al unísono. Los cuchillos brillaban bajo la luz de las lámparas de gas, destellando mientras cortaban pescado, carne y verduras con una rapidez asombrosa. El sonido del aceite chisporroteando en las sartenes y el constante repiqueteo de los cuchillos sobre las tablas de cortar creaban una música rítmica que llenaba el aire, una sinfonía culinaria que Fon Due disfrutaba sin ser visto.
El chef de cabello rojizo, destacaba en este bullicio, encendiendo un fuego alto en la parrilla y moviéndose con una concentración intensa que parecía contagiar a todos a su alrededor. La pasión en sus movimientos era palpable, como si cada plato fuera una obra de arte en la que vertía su alma. Fon Due admiraba su destreza, imaginando lo increíble que sería probar uno de esos platos, aunque sabía que eso era un sueño imposible para alguien como él.
A lo largo del día, el Baratie recibió a una variedad de clientes, cada uno con su propio estilo que hablaba de su procedencia, riqueza y experiencias de vida. Fon Due se deleitaba observando cómo cambiaba el ambiente con cada nuevo grupo que llegaba.
Un grupo de mercaderes, probablemente venidos del lejano West Blue, desembarcaron con sus ropas coloridas. Llevaban turbantes tejidos con hilos dorados y capas ligeras que les caían hasta los tobillos, bordadas con patrones geométricos que relucían bajo el sol. Sus sandalias de cuero emitían un sonido sordo al chocar contra la cubierta de madera del Baratie. Caminaban con un porte altivo, sus ojos escudriñando cada rincón del restaurante como si evaluaran el valor de todo lo que veían.
Fon Due también vio a un trío de músicos, con ropas desaliñadas y sombreros de ala ancha que ocultaban parte de sus rostros. Llevaban instrumentos a sus espaldas: un laúd, una flauta y un tambor pequeño. Se movían con una especie de aire despreocupado, como si la vida no fuera más que una serie de melodías por descubrir. Cuando se acomodaron en una esquina, no tardaron en sacar sus instrumentos y tocar una melodía alegre que atrajo la atención de algunos comensales, añadiendo un toque bohemio al bullicio del lugar.
Luego apareció un oficial de la Marina, con su uniforme blanco impecable, botones dorados y una gorra que brillaba como un faro bajo el sol. Caminaba con una postura rígida, los brazos cruzados a la espalda, evaluando el entorno con una mirada severa. Fon Due no pudo evitar estremecerse un poco; aunque sabía que estaba bien oculto, el solo ver a un miembro de la Marina le hacía recordar lo frágil de su seguridad.
El contraste entre los diferentes tipos de clientes mantenía a Fon Due fascinado. En un momento, observó a una mujer de piel bronceada y tatuajes tribales en sus brazos, que entró en el Baratie con una gran sonrisa y un sombrero de paja adornado con plumas de colores vivos. Detrás de ella, un hombre con una chaqueta de cuero desgastada y un parche en el ojo la seguía, con una expresión seria y una cicatriz que le cruzaba la mejilla. La forma en que caminaban, casi deslizándose como si estuvieran en su propio territorio, revelaba que eran piratas curtidos por las aventuras.
A medida que el sol descendía lentamente hacia el horizonte, el Baratie comenzó a brillar con una luz cálida y dorada. Los tonos ámbar y naranjas se reflejaban en las ventanas y en el agua que rodeaba al restaurante. Desde su escondite, Fon Due contempló el espectáculo natural con asombro. Había algo mágico en cómo el Baratie se transformaba al anochecer, como si el lugar tuviera una vida propia que despertaba al ritmo del mar.
Los clientes continuaban llegando, pero ahora el ambiente se volvía más relajado. Las risas eran más frecuentes, las conversaciones más animadas, y el sonido de las copas chocando llenaba el aire. Fon Due observó cómo los camareros encendían las lámparas de aceite en cada mesa, sus pequeñas llamas parpadeando con un brillo acogedor que bañaba a todos en un resplandor suave.
Un grupo de comensales que llamaron la atención de Fon Due fueron un par de nobles ancianos que vestían trajes de gala, claramente preparados para una cena elegante. La mujer llevaba un vestido de terciopelo azul oscuro, con un collar de perlas que le caía hasta el pecho. Su cabello blanco estaba recogido en un moño adornado con alfileres de plata. El hombre, a su lado, llevaba un esmoquin negro con un pañuelo de seda en el bolsillo. Ambos caminaban con la lentitud de quienes han vivido mucho y ya no sienten la prisa de la juventud. Sus ojos se posaron en cada detalle del lugar con la calma de quienes disfrutan del momento.
Fon Due, maravillado, no dejaba de asombrarse por la diversidad de personas que atraía el Baratie. Para él, cada uno de esos clientes era como un libro abierto, contando historias a través de sus ropas, sus gestos y sus miradas. Era un desfile interminable de vidas que él solo podía observar desde la distancia.
Con la llegada de la noche, el Baratie se transformó en un faro flotante en medio del mar oscuro. Las luces se encendieron por todo el restaurante, reflejándose en el agua como estrellas brillando en el océano. Fon Due se acomodó aún más en su escondite, sintiendo que este era el mejor momento para observar.
A lo lejos, vio cómo una pareja joven bailaba cerca de la barandilla, mientras un pequeño grupo de músicos tocaba una suave melodía romántica. Ella llevaba un vestido rojo que ondeaba con el viento, y él, con un traje ajustado, la sostenía con delicadeza, susurrándole algo que hacía que ella se riera con alegría.
Fon Due sentía una mezcla de añoranza y satisfacción al ser testigo de tantos momentos diferentes. Aunque su vida como Tontatta era sencilla y muchas veces solitaria, no podía negar que había algo hermoso en simplemente observar la vida desde las sombras, sin formar parte de ella, pero disfrutándola a su manera.
Mientras la noche avanzaba, el bullicio del Baratie comenzó a calmarse. Los comensales se retiraban, dejando atrás mesas vacías y platos medio comidos. Fon Due, sabiendo que su vigilia estaba llegando a su fin, dio un último vistazo al restaurante, grabando en su memoria cada detalle de ese día. Sabía que volvería a este lugar mágico, a su propio rincón secreto desde el cual podía ser el observador silencioso de un mundo mucho más grande que él.