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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
01-12-2024, 06:40 PM
El aire del desierto por la mañana tiene un sabor distinto. Seco, áspero, pero con un dejo de frescura que desaparece en cuanto el sol alcanza su altura. Estoy de pie sobre una roca al este de Kalab, con la ciudad a mi espalda. Desde aquí, todo parece tranquilo, pero sé mejor que confiarme. Este desierto es engañoso; lo he aprendido en carne propia.
El gremio nos envió a vigilar por rumores de bandidos. Rumores. Siempre son rumores, pero alguien termina muerto si no se les presta atención. Yo prefiero evitar complicaciones. Hacer el trabajo. Así que aquí estoy, solo, con el calor creciente abrazándome la piel y el silencio roto únicamente por el siseo ocasional del viento.
Agyo, mi hermano pendejo, me dijo que debía aprender a disfrutar de la calma. Pero ¿cómo lo haces cuando todo lo que has conocido es el caos? No, la calma no es mi amiga; es una mentira, un preludio a algo peor. Mantengo los ojos en el horizonte. La arena, los riscos y esos malditos caminos traicioneros que se extienden hacia las Llanuras Hediondas. Si algo o alguien se acerca, lo veré.
El peso de mi Cimitarra en la mano me resulta familiar, casi reconfortante. Me recuerda que, aunque no puedo controlar el pasado, sí puedo decidir qué pasará en los próximos minutos si alguien tiene la mala idea de aparecer con intenciones hostiles.
El sol ya empieza a elevarse, y con él, la temperatura. Me ajusto la capa que llevo para protegerme del calor. Desde aquí, la ciudad de Kalab parece tan lejana, aunque sé que un paso en falso y ese desierto podría tragársela. Pero la ciudad no es mi problema. Yo no vigilo por ellos, no directamente. Vigilo porque es el trabajo, y el trabajo mantiene mis pensamientos ocupados.
Me giro un momento hacia el camino que lleva a las Llanuras Hediondas. Ese paso es un nido de problemas: bandidos, desprendimientos y bestias que ni siquiera deberían existir. No es raro que alguien venga a buscar fortuna por allí y termine encontrando su tumba. La mayoría de los cazadores experimentados evitan el lugar, pero los nuevos siempre se creen invencibles. Lo sé porque yo también fui así una vez. La diferencia es que sigo vivo para recordarlo.
Algo en la distancia llama mi atención. Un destello, un movimiento. Me tenso, instintivo. No es el viento; el viento no se mueve así. Entrecierro los ojos y espero. Siempre hay que esperar. La impaciencia es lo que mata a los idiotas.
Después de unos segundos, lo veo. Un grupo, pequeño, moviéndose entre las dunas. No llevan colores de caravanas, ni la insignia de los cazadores. Mi mandíbula se tensa. No son comerciantes ni compañeros.
Bandidos. Chasqueo mi lengua sabiendo que no me equivoco.
El chasquido escapa de mis labios antes de que pueda evitarlo. Es mi forma de confirmar lo obvio, aunque no haya nadie aquí para escucharlo. Me agacho ligeramente, ajustando mi postura en la roca. Mi sombra se reduce mientras el sol sube más alto. Me quedo quieto, esperando. De nuevo, paciencia.
Los observo avanzar, lentos pero decididos, hacia la ciudad. Podría bajar ahora y tratar de interceptarlos, pero... no. Primero, necesito confirmar sus intenciones. Quizás sean simples viajeros que han tenido la mala suerte de parecer sospechosos. Aunque lo dudo. La forma en que se mueven, dispersos pero atentos, me resulta familiar. Los que tienen algo que temer siempre caminan así.
Uno de ellos se detiene, y por un momento pienso que me ha visto. No es imposible, pero estoy en una buena posición y no he hecho ruido. El hombre mira alrededor, luego gesticula hacia los demás. Mi agarre en la cimitarra se afloja apenas. No atacan aún.
"Podría avisar al gremio", pienso, pero lo descarto rápidamente. Para cuando lleguen refuerzos, estos tipos ya estarán en la ciudad. No puedo permitirlo.
Empiezo a bajar de la roca, moviéndome despacio para no llamar la atención. El calor ya empieza a convertirse en un enemigo, pero lo ignoro. He lidiado con cosas peores. Mi plan es sencillo: si cruzan cierta línea, los detendré. Y si intentan resistirse... bueno, la arena del desierto es un buen lugar para enterrar cadáveres.
Cuando llego al nivel del suelo, mi cuerpo está en alerta máxima. Es la calma antes de la tormenta, y eso me sienta bien. Este tipo de calma, al menos, tiene sentido.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
03-12-2024, 02:12 AM
El desierto no perdona. Lo aprendí hace años, y lo confirmo cada vez que piso estas arenas traicioneras. Mi descenso desde la roca es metódico, casi como un depredador que se aproxima a su presa. Me muevo bajo la cobertura de los riscos, atento a cualquier sombra que me delate, cualquier ruido que haga eco en el silencio abrasador.
Los bandidos avanzan con la torpeza de quienes no saben que alguien los observa. Cuento seis, aunque podría haber más si se esconden tras las dunas. No tienen formación, y sus movimientos son erráticos. Uno lleva una lanza improvisada; otro, un mosquete viejo que podría explotar antes de disparar. No son cazadores experimentados, pero no por ello menos peligrosos. En este tipo de situaciones, la desesperación es más mortal que la habilidad.
Calculo su dirección y comprendo su objetivo: un grupo de caravanas que se acercan desde el sur. Probablemente mercaderes que buscan llegar a Kalab antes del mediodía, cuando el calor se vuelve insoportable. Si los bandidos los alcanzan, el resultado es predecible. Las caravanas están a unos minutos de cruzarse con ellos, y yo estoy en el medio. Tomo una decisión. Avanzo en un arco amplio, bordeando las dunas para acercarme a los bandidos desde un ángulo que no esperan. La arena cede bajo mis pies, pero mi movimiento es silencioso, cada paso medido. Me detengo detrás de una roca desgastada por el viento, lo suficientemente cerca para escuchar fragmentos de su conversación.
-...es fácil. Solo esperan que hagamos ruido -dice uno, el de la lanza. Su voz es ronca, como si hubiese tragado más polvo que agua en los últimos días.
-¿Y qué si tienen escoltas? -responde otro. Es más joven, quizá un novato, y su nerviosismo es palpable incluso desde mi escondite.
-Entonces los matamos también. ¿Qué más da?
Sus risas son huecas, forzadas, como si intentaran convencerse de que son más fuertes de lo que realmente son.
Desde mi posición, evalúo mis opciones. Podría atacar ahora, tomar ventaja de mi sorpresa, pero hay algo más que considerar. Si elimino a algunos y otros escapan, podrían alertar a otros grupos en el área. Peor aún, podrían traer refuerzos y convertir esto en una cacería.
Decido esperar. Siempre espero.
El momento llega cuando uno de los bandidos da la orden de avanzar hacia las caravanas. Se mueven más rápido ahora, con menos cautela. Esta es mi oportunidad.
Respiro hondo y salgo de mi escondite. Mi sombra se proyecta larga sobre la arena mientras me acerco a ellos, mi cimitarra brillando bajo el sol. El ruido de mis pasos alerta al último del grupo, quien gira bruscamente y abre la boca para gritar. No le doy la oportunidad.
La hoja de mi arma atraviesa el aire en un arco limpio, silenciando cualquier advertencia antes de que nazca. El cuerpo del hombre cae al suelo con un ruido sordo, y los demás se detienen, girando hacia mí.
-¿Quién demonios eres tú? -gruñe el de la lanza, su tono mezcla de sorpresa y enojo.
No respondo. Mis palabras son pocas y preciosas, y no las desperdicio en basura como ellos. En cambio, doy un paso adelante, levantando la cimitarra para que el sol refleje su filo. Ellos lo entienden. No necesito hablar.
El joven con el mosquete me apunta con manos temblorosas. Veo el miedo en sus ojos, pero también la desesperación. Apreto los dientes, odiando la parte de mí que entiende ese sentimiento. Antes de que pueda disparar, me lanzo hacia él, cerrando la distancia en un parpadeo. Mi cimitarra golpea el cañón del arma, desviándolo justo cuando se dispara. La explosión resuena en el aire, pero la bala se pierde en el desierto.
Lo derribo con un golpe del mango de mi arma, dejándolo inconsciente en la arena. No lo mato... No aún. Los otros cinco no se quedan quietos. Uno carga hacia mí con una espada corta, su ataque torpe pero agresivo. Lo esquivo fácilmente, moviéndome como el viento entre las dunas, y lo desarmo con un corte rápido.
Otro intenta rodearme, confiando en que su ventaja numérica será suficiente. No lo es. Mi cuerpo responde antes de que mi mente lo haga, una danza letal que termina con dos cuerpos más en el suelo. El resto duda. Lo veo en sus ojos. La misma pregunta que siempre surge en estas situaciones: ¿Vale la pena morir por esto? Para ellos, la respuesta es no. Dos de los bandidos giran sobre sus talones y corren hacia el desierto, dejando a sus compañeros heridos y muertos detrás. No los sigo. El desierto se encargará de ellos.
El silencio regresa, roto solo por el viento y el gemido ocasional del joven herido a mis pies. Lo observo, mi sombra cubriéndolo mientras se retuerce de dolor. Sus ojos se encuentran con los míos, y veo algo más que miedo: esperanza. Cree que le perdonaré. -Corre-Um
Una sola palabra. Mi voz es baja, áspera, pero lo suficiente para que entienda. No necesita que se lo repita. Se levanta tambaleante y se aleja, cojeando hacia el horizonte. Recojo mi cimitarra, limpiando el filo con un movimiento preciso. Los cadáveres en la arena son un recordatorio del precio que pagas al jugar con fuego en este desierto. Miro hacia las caravanas que se acercan lentamente desde el sur. Todavía están demasiado lejos para haber visto la pelea, pero eso no importa. He cumplido mi tarea. El desierto vuelve a ser mi única compañía mientras regreso hacia Kalab. No espero gratitud, ni reconocimiento. La sangre en la arena no necesita explicaciones.
El viento comienza a soplar con más fuerza, levantando remolinos de arena que cubren los cuerpos esparcidos a mis pies. Es como si el desierto quisiera reclamar a los caídos rápidamente, borrarlos de la vista antes de que el calor del día los convierta en carne seca y olvido. Mis pasos dejan huellas profundas al avanzar hacia el borde de la escena. Me detengo un momento, girándome para evaluar el panorama. Siempre evalúo, incluso cuando la batalla ha terminado. No es paranoia, es hábito. La paranoia tiene miedo; yo, certezas. Las caravanas están más cerca ahora. Puedo distinguir los detalles en la madera de los carros y las figuras pequeñas de los conductores agitando las riendas para acelerar el paso. No saben lo que ha ocurrido aquí, pero es probable que hayan oído el disparo. El sonido viaja rápido en el desierto.Tomo una decisión. Ellos no necesitan saber.
Camino hacia una de las dunas cercanas, buscando una posición desde la que pueda observar sin ser visto. Me siento en cuclillas, envuelto en mi capa para confundirme con las sombras irregulares de la arena. Desde aquí, tengo una vista clara de los viajeros mientras se acercan al lugar donde los cuerpos de los bandidos comienzan a enterrarse bajo la arena. Los conductores detienen los carros cuando llegan a la escena. El grupo es pequeño, apenas tres vehículos cargados con mercancías cubiertas por lonas viejas. Desde mi posición, cuento a cinco hombres y dos mujeres. Ninguno parece armado, aunque uno lleva un cuchillo atado al cinturón. No será suficiente si alguna amenaza aparece de nuevo.
-¡Por el amor de los cielos! -exclama uno de los hombres al ver los cuerpos. Se cubre la boca con la mano mientras otro, más joven, se acerca con cautela.
-¿Qué... qué pasó aquí? -pregunta la mujer, pero nadie le responde.
El grupo murmura entre ellos, lanzando miradas nerviosas al horizonte. Saben que los bandidos rara vez viajan solos. La tensión es palpable, como si esperaran que más enemigos aparecieran de entre las dunas en cualquier momento. Yo permanezco inmóvil, observándolos. Son ingenuos, pero no culpables. Por un momento, considero salir de mi escondite y advertirles que deben moverse rápido. Pero descarto la idea. Mi trabajo no es proteger a cada pobre alma que cruza este desierto. Ellos eligieron este camino. Finalmente, el hombre con el cuchillo toma la iniciativa. Grita órdenes para que suban a los carros y sigan adelante. Los cuerpos son dejados atrás, como otra parte más del paisaje del desierto.
Cuando las caravanas desaparecen en la distancia, me pongo de pie y sacudo la arena de mi capa. Una sensación familiar me invade, ese eco persistente que siempre aparece después de una pelea. No es satisfacción, ni alivio. Es vacío. El sol está casi en su punto más alto cuando regreso a Kalab, mis pasos firmes pero cargados de un peso que no puedo sacudirme. El gremio no necesita saber los detalles. Misión cumplida, fin de la historia. O eso intento decirme mientras las calles polvorientas de la ciudad se alzan ante mí, como un recordatorio constante de que en este mundo, cada día es solo otro paso hacia el próximo enfrentamiento.
El desierto se extiende infinito bajo mis pies cuando decido que caminar no es suficiente. El calor abrasador de la arena y el cansancio que amenaza con instalarse en mis músculos son razones suficientes para tomar otro camino. Extiendo mis brazos y dejo que la energía fluya a través de mí, un zumbido casi imperceptible que se convierte en una fuerza palpable.
Mis pies dejan el suelo, y una corriente de electricidad azulada chisporrotea a mi alrededor. El aire se siente distinto aquí arriba, más fresco, más libre. Elevarme por encima de las dunas no es solo un escape del terreno traicionero; es un recordatorio de lo que soy y de lo que ellos, los de abajo, nunca podrán quitarme.
Desde aquí, el mundo se ve diferente. Las ondulaciones de las dunas parecen las olas de un mar dorado, inmutables pero siempre cambiantes. Kalab aparece a lo lejos, un parche de vida en medio del vacío. Sus techos de tonos marrones y ocres son como manchas en un lienzo de arena, rodeados por murallas que parecen más simbólicas que funcionales.
El vuelo es algo que siempre me ha dado perspectiva. Desde esta altura, el ruido constante de mis pensamientos se silencia, al menos un poco. El pasado parece menos inmediato, menos insistente, como si los fantasmas que cargo no pudieran alcanzarme aquí arriba. Pero sé que no es así. Mis ojos escanean el terreno mientras avanzo hacia la ciudad. Desde aquí, puedo ver pequeños puntos de movimiento: caravanas serpenteando hacia Kalab, probablemente buscando refugio antes de que la tarde transforme el desierto en un horno. Más cerca de las murallas, un grupo de cazadores practica con armas improvisadas. Son jóvenes, demasiado confiados, pero esa arrogancia es su escudo contra el miedo. Por ahora. La ciudad se aproxima rápido, y bajo la velocidad de mi vuelo. Paso sobre los tejados de Kalab, viendo la vida cotidiana desde una perspectiva que pocos comparten. Las calles principales están llenas de comerciantes y cazadores, voces que se alzan en negociaciones, discusiones y bromas ruidosas. En contraste, las callejuelas laterales son más tranquilas, sombras donde los que no tienen nada buscan refugio.
El gremio aparece a mi vista, un edificio imponente y remodelado, como un guerrero que está por ver demasiadas batallas. Aterrizo suavemente en el techo, mis alas agitándose a mi alrededor antes de caer en silencio. Desde aquí, tengo una vista clara de la entrada, donde los demás a veces se reúnen en grupo, hablando en voz baja. Algunos ríen, otros miran el horizonte con la misma cautela que yo tenía hace unas horas.
Bajo por una escalera lateral y entro al edificio sin llamar la atención. El interior es un contraste de caos y orden: tablones de misiones clavados en las paredes, espacios para los futuros trofeos que esperan envejecer colgando junto a mapas de múltiples regiones. El ambiente está cargado de olor a sudor, cuero y la inevitable tensión de quienes viven al filo del peligro. Nadie me detiene ni pregunta dónde he estado. Mi reputación, por pequeña que sea, precede a mi llegada. Cruzo el salón principal y me acerco al tablón, donde las misiones pendientes esperan a ser reclamadas. Dejo mi informe en una mesa cercana sin decir palabra, un resumen breve y claro de lo que encontré y cómo lo resolví.
Misión cumplida. El Sol sigue brillando.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
04-12-2024, 04:30 PM
El gremio no duerme. No podemos permitirnos descansar si queremos crecer y ser de renombre. Incluso con el calor infernal que hace, cuando todo lo demás parece rendirse al sol, este lugar sigue vivo y no tanto por convicción sino por necesidad. Un bullicio constante de voces, pasos y el inconfundible sonido del metal siendo ajustado, afilado o probado. Es un rincón del caos en medio del desierto, pero aquí, entre cazadores, mercenarios y oportunistas, todo tiene un orden implícito. No hay tiempo para tonterías; o trabajas, o te quedas atrás. Me acerco al tablón de misiones, con las manos aún algo polvorientas por el camino de vuelta. Nadie me saluda ni me presta atención, lo cual prefiero. La discreción es una comodidad que aprendí a valorar hace mucho tiempo. Paso la mirada por las hojas clavadas con clavos oxidados, cada una describiendo un problema diferente, una amenaza que alguien con suficiente dinero no puede o no quiere manejar.
Entre las opciones disponibles, una misión llama mi atención. El papel es viejo, amarillento y casi ilegible por la arena acumulada en el aire. Alcanzo el anuncio y lo arranco con cuidado. "Recuperar mercancía robada de una caravana. Bandidos sospechosos de operar cerca del límite norte de la ciudad."
-¿Eso piensas tomar? -La voz me sobresalta. Es Lykos Silver, el humano barbudo que parece más montaña que hombre. Su figura masiva eclipsa todo a su alrededor, y su risa grave se mezcla con la sensación constante de que sabe algo que tú no, pero no es un enemigo. Al contrario, poco a poco me acostumbro a su presencia y al saber que estamos juntos en este proyecto. Lo ignoro, pero eso no detiene a Lykos. Se inclina para leer el papel y gruñe.
-Mmm. Ladrones de poca monta. Lo tuyo, supongo.-Sonríe con suficiencia, pero no respondo. Solo guardo el papel en mi bolsillo y empiezo a caminar hacia la salida. No me detengo a pensar en la provocación. Lykos siempre busca sacar una reacción de los demás. Lo que no entiende es que mi paciencia no se agota con tan poco. Además, tengo un trabajo que hacer. Tampoco me pregunto dónde estará Agyo, porque seguramente habrá conseguido algo que hacer por ahí, algo que le de dinero para pagarse sus estupideces.
Antes de salir, Lykos me comparte una información. Sabía que el barbudo se guardaba algo, qué ganas de hacerse el sabio.-Eh, Ungyo. Si vas al norte, ten cuidado. Dicen que esos bandidos están siendo liderados por un forastero. Alguien que no pertenece aquí, pero sabe cómo mandar. Lo miro en silencio. Su tono es serio, pero no alarmante. Solo datos, una advertencia. Asiento levemente, una de las pocas formas en las que me permito agradecer algo, y continuo mi camino hacia la salida y voy desperezando las alas para el viaje que sigue.
El calor del día comienza a ceder cuando salgo del gremio. La misión indica que debo buscar el rastro de los bandidos en una zona cerca de los límites del desierto, donde el terreno se eleva en colinas bajas y pedregosas. Es un lugar perfecto para esconderse, especialmente si eres un cobarde acostumbrado a atacar por la espalda.
La caminata es tediosa, así que hago lo que solo yo (y Agyo) podríamos hacer y es emprender vuelo. Los lugareños ya me han visto y no se sorprenden tanto como las primeras veces. Llego sin pausa hacia las afueras de la ciudad por la puerta norte y me tomo el tiempo necesario para observar las huellas dispersas sobre la arena, los restos de lo que parecen haber sido fogatas recientes y un par de objetos olvidados: una bota rota y un pedazo de tela que cuelga de una roca afilada. Finalmente, llego a un claro entre las colinas, una depresión natural donde la arena cede lugar a tierra más firme. Aquí el viento es más tranquilo, lo suficiente para que pueda escuchar con claridad cualquier ruido inusual. Me agacho, evaluando los alrededores. Y entonces los veo.
Son tres. No son muchos, pero tampoco parecen débiles. Uno de ellos, un hombre robusto con una cicatriz en la frente, se está encargando de revisar una bolsa que claramente no les pertenece. El segundo, un joven con una lanza, vigila los alrededores, aunque sin mucha atención. El tercero, más pequeño y nervioso, se encarga de apilar lo que parecen cajas robadas. Decido no esperar demasiado. Un golpe rápido siempre es más efectivo que un enfrentamiento prolongado.
Desciendo por la ladera con un movimiento fluido, mi capa levantándose detrás de mí. Antes de que puedan reaccionar, estoy a pocos metros del vigía. Su grito de alarma muere en su garganta cuando lo golpeo en la sien con el mango de mi cimitarra, dejándolo inconsciente antes de que caiga al suelo.
Los otros dos reaccionan, pero no con suficiente rapidez. El hombre robusto grita algo que no entiendo, agarrando una espada ancha mientras el nervioso busca cubrirse detrás de las cajas. Es inútil. El enfrentamiento dura poco. El robusto tiene fuerza, pero sus movimientos son torpes, como los de alguien que confía demasiado en su tamaño. Esquivo su primer ataque y lo desarmo con un giro preciso de mi cimitarra. La hoja cae al suelo, y mi siguiente movimiento lo envía directo a su rodilla, dejándolo gritando de dolor mientras cae de espaldas.
El pequeño, viendo la escena, decide que no vale la pena pelear. Levanta las manos y comienza a balbucear súplicas que ignoro. Lo ato rápidamente con una cuerda que encuentro entre las cajas y me dedico a inspeccionar el botín.
La mercancía está intacta, al menos lo que quedó de ella. Varias bolsas de granos, un par de cofres llenos de telas finas y unas cajas selladas que no me interesa abrir. Todo parece ser lo que el cliente del gremio describió, lo cual facilita mi trabajo. Cargo lo que puedo y dejo al pequeño atado junto al robusto herido, quien me mira con odio mientras trato su rodilla con un vendaje improvisado. No tengo intención de matarlos; no valen la pena ni merecen mi esfuerzo. Al salir del claro, dejo marcas visibles para que otros cazadores puedan encontrar a los dos bandidos y decidir qué hacer con ellos. Para mí, el trabajo está hecho. Por mi que se mueran de hambre o que se los coman las bestias. Me sabe a culo.
El camino de regreso a Kalab es más tranquilo, aunque la carga ralentiza mis movimientos. Cuando finalmente llego al gremio y dejo la mercancía en su lugar, Lykos está parado junto al tablón y me lanza una mirada de reconocimiento antes de comenzar a inspeccionar los bienes recuperados. -Buen trabajo, Nisshoku -dice sin más, dejando la recompensa sobre la mesa frente a mí. No respondo. Solo tomo el dinero y salgo, dejando que el ruido del gremio se disuelva detrás de mí mientras me pierdo en las calles de la ciudad de Meruem, una sombra más entre tantas que recorre estas calles, pero a diferencia de los demás, el sol a mi no me calcina, sino que me sonríe y me ilumina. Ahora... ¿Dónde mierdas se metió Agyo?
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
04-12-2024, 09:09 PM
El Gremio de los Crisom Crusaders ya estaba en marcha y nuestra tarea era sencilla, hacerlo tan grande y poderoso, que los perros de la marina vengan arrastrándose a pedirnos que por favor le demos caza por ellos cuanto idiota fuera de control allá en el mundo, asi tanto Ungyo y yo podemos bañarnos en dinero, yo se bien que el dinero no lo es todo en la vida, pero si lo es todo en este maldito mundo, tal vez pueda juntar tanto dinero para comprarme a un esclavo de la realeza que haya caido en problemas, ojala se me dé, asi podre cobrarme todo lo que me hicieron.
Sabia que Ungyo estaba haciendo trabajos, para ganar ese renombre que andábamos buscando, yo sinceramente no me podía quedar atrás, asi que esa mañana, Sali de mi habitación en el gremio me di una ducha fría, me peiné hacia atrás como de costumbre y me vestí.
Sali a la sala principal del gremio, aquella donde dias atrás nos habíamos conocido todos, Lykos estaba ordenando papeles y con un movimiento de cabeza, tambien estaba la doctora a la que saludé levantando la mano y como no pude ver al Tontatta, dije.
-Buen Dia para todos.
Seguí caminando, pero antes de salir de la instancia, pase por la cocina y tome una botella de agua y me fui. La ciudad estaba como siempre, calurosa, llena de arena, sonidos de metales, gente gritando, algún que otro niño llorando, respire profundo y me encamine al tablón de trabajos y empece a mirar las recompensas y los trabajos que se ofrecían, la mayoría eran tonterías, buscar gatos perdidos, llevar recados, trabajos de oficina, ¿Quién mierda quiere trabajar en una oficina?, pense para mis adentros. Mirando mas detenidamente, me percate que había un trabajito de escolta para unos mercaderes que iban hacia un pueblo cercano, era buen dinero, porque aclaraban en el anuncio que era peligroso, me reí, peligroso era yo, asi que arranque el anuncio, lei la direccion, abri mis alas y con un fuerte aleteo me alce en el aire y empece a volar hacia la direccion indicada.
Siempre era agradable volar, el viento en la cara, la libertad que sentía, era maravilloso. Al llegar al sitio me percate que era un gremio de artesanos, aterrice con tranquilidad en la puerta y le di un par de golpecitos, me abrió un caballero mucho mas bajito que yo, con un bigote bien cuidado y el pelo largo hasta los hombros, me miro de arriba abajo asombrado, y yo haciendo gala de mis excelentes modales, no como el cara de mierda de Ungyo le dije.
-Buenos dias, vengo por el empleo de escolta que colocaron en el tablón de trabajos de la ciudad.
-Noble caballero, buenos dias, tenga a bien pasar a mi morada, por favor tome asiento.
El hombre me invito a pasar, la noble morada era una casa bastante lujosa, tome asiento donde me indico, algún criado me ofrecio algo de tomar y yo negué con la cabeza, espero que le paguen y no sea un esclavo pense. Luego el caballero se sentó a mi lado y me dijo que su nombre era Adriano el Artesano, yo hice lo propio y me presenté.
-Mi estimado Agyo, podría decirme usted, ¿si pertenece a alguna organización de escoltas cualificada?
-Soy miembro fundador de los Crisom Crusaders, somos un gremio de cazadores que se fundo hace poco, capaces y cualificados en una larga lista de tareas, entre ellas el fungir de escoltas, por lo general hacemos los trabajos en parejas, pero últimamente hay tanto que hacer que tuvimos que dividirnos, asi que sí, no se preocupe, pero le pido que por favor me de los por menores de la mision.
Yo le estaba mintiendo, en mi vida hice el papel de escolta, entiendo que solo debo cuidar algo, yo ya cuidaba a Ungyo, asi que entiendo que es lo mismo, evitar que algo malo le pase a lo que se cuida, Adriano el artesano, me miro, seguramente juzgando mis palabras y con una sonrisa prosiguió.
-Crisom Crusaders, si, escuche de ustedes, compraron un edificio en el centro de la ciudad, los rumores y noticias en este lugar se esparcen rapido. Bueno mi amigo Agyo, el tema es asi, yo soy un mercader reconocido de vasijas, las cuales debo llevarlas al puerto a las afueras para que se exporten a todo el mundo, sin embargo, el llevarlas esta siendo peligroso, hay una banda de mal vivientes que han asaltado a mi caravana y sinceramente no me puedo permitir perder mas producto, su trabajo es simple, llevarme a bien al puerto, ¿Le parece bien?
Asentí con la cabeza y le dije que podíamos partir cuando el quisiera. Adriano el artesano se emocionó, se levanto de la silla y empezó a dar órdenes, yo Sali de su humilde morada, que no tenia nada de humilde y lo espere a fuera mientras me terminaba mi botella de agua, pasados unos 30 minutos, Adriano el artesano salio con la caravana, eran solamente 2 carretas, iba el y otros 3 ayudantes, lo mire y le dije.
-Hagamos algo, yo puedo volar, asi que vayan ustedes por el camino y yo los sigo desde arriba, asi si los bandidos aparecen nuevamente, yo me encargare de caer en picado y derrotarlos.
Adriano el artesano asintió con la cabeza, espoleo a los caballos que tiraban de la carreta y esta hecho a andar, los otros trabajadores hicieron lo mismo, yo volvi a aletear y tome vuelo. Y empece a dar círculos sobre las caravanas, me mantuve a una distancia prudencial, para hacerme pasar por un pájaro desde abajo, pero manteniendo a la caravana a la vista.
Ya teníamos una hora en viaje, cuando pude divisar a lo lejos a los bandidos, no eran mas de 5 cosa que me puso profundamente triste, ya que yo tenia ganas de pelearme con muchos más.
Asi pues no perdi el tiempo, espere que estos se acercaran lo suficiente a la caravana para que no me vieran venir y al esto suceder, me deje caer en picado a toda velocidad, mantuve la llamaba de mi espalda apagada para ganar aun mas velocidad y justo antes de tocar el piso, hice un aleteo fuerte, levantando una gran nube de arena y mire a los bandidos desde arriba, estaba a unos 3 metros del suelo y con aire de superioridad les dije.
-Hoy van a tener el peor día de su vida, tal vez sea el ultimo, no me interesa si mato a alguno de ustedes.
Meti mis manos en uno de los bolsillos de mi pantalon y saque mis manoplas me las ajuste y en ese momento los bandidos cometieron un error terrible, me dispararon, instintivamente encendí la llama en mi espalda para ganar resistencia y vi como las balas agujerearon mi camisa, pero no me hicieron daño.
-Mi estimado Adriano el artesano, va a tener que sumar una camisa al pago.
Los bandidos no se asustaron, pero no retrocedieron, asi que me deje caer los últimos 3 metros y empece a repartir dolor a una velocidad vertiginosa, tantos mis puños como mis patadas eran certeras, lso bandidos me seguían disparando, pero era absurdo, las balas no me hacían daño.
No paso mucho tiempo cuando la trifulca termino, yo quede parado con los cuerpos esparcidos a mi alrededor, mire a Adriano el artesano y le hice señas para siguiéramos.
Luego de esto el viaje fue sumamente tranquilo, llegamos al puerto y por cortesía lo ayude a subir las cosas al barco, aproveche la oportunidad para preguntarle a los empleados si les pagaban y dijeron que sí, que trabajaban para él, que no eran esclavos y eso me dejo mas tranquilo, acepte mi pago y emprendí mi vuelo de vuelta a la ciudad.
Al llegar a la misma, un destello de luz me llamo la atencion, lo había visto tantas veces que ya sabia quien era, Ungyo, sus alas reflejan el sol, sonreí y aterrice cerca de él, lo alcance y le toque el hombro para que voltease, al verme me miro y le dije.
-Hola Hermanito menor, ¿Cómo va tu día?, el mío estuvo genial, hice un trabajo y me gane un buen dinero, vamos te invito a comer algo, pero con la condición de que cambies esa cara de mierda.
Sonreí y nos fuimos con Ungyo a comprar algo de comer, aunque yo no tenia mucha hambre.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
07-12-2024, 04:23 PM
Agyo siempre ha tenido el don de llenar cualquier silencio con su presencia. Incluso antes de que hablara, ya sabía que venía hacia mí. Su voz resonó como el eco de nuestras memorias compartidas, más ligera de lo que debería ser para alguien con cicatrices como las nuestras. Lo escuché mientras hablaba con una energía desbordante, narrando su día como si fuera una aventura épica. Sus palabras no me sorprenden. Siempre encuentra una manera de adornar lo ordinario y transformar lo cotidiano en una hazaña. Yo, en cambio, mantengo el rostro impasible, dejando que él sea el único en brillar bajo el sol abrasador de Meruem.
Cuando menciona invitarme a comer, sus condiciones me arrancan un destello de ironía en los labios, apenas visible para el ojo promedio. Cambiar mi "cara de mierda". Un desafío curioso viniendo de alguien que sonríe como tarado, como si no supiera lo que es el dolor. O tal vez lo sabe demasiado bien y le gusta... No, yo sé que no es así.
Asiento con la cabeza y lo sigo sin pronunciar palabra. Agyo camina con pasos amplios y seguros, dejando atrás una nube de arena con cada movimiento. Me lleva por las calles del mercado, donde el bullicio de la ciudad continúa como si nuestras vidas fueran solo un fragmento insignificante en su flujo eterno. Lo dejo hablar mientras mi atención se desvía hacia los rostros que pasan a nuestro alrededor. La ciudad está llena de historias, algunas más oscuras que otras, y siempre hay algo que aprender si sabes dónde mirar. La conversación de Agyo se convierte en un murmullo de fondo, familiar y reconfortante (aunque también un poco molesta he de decir), como un canto que he escuchado mil veces pero nunca me canso de oír. Ese tonito fastidioso que sé que estaré condenado a oir de por vida. Me habla de unos kebabs y de que sabe dónde los venden.
Llegamos al lugar que menciona, una pequeña carpa harapienta improvisada que parece menos resistente de lo que seguramente sea. Los olores de especias y carne asada llenan el aire, y Agyo se acerca al vendedor con una sonrisa amplia, pidiendo dos raciones mientras paga con parte del dinero que acaba de ganar. Tomamos asiento en una mesa baja, y me quedo observando cómo el idiota de mi hermano disfruta de su comida con la misma pasión con la que enfrenta una batalla. Yo mastico lentamente, más por necesidad que por gusto, pero él parece no notarlo.
-¿Qué tal tu día? -pregunta, aunque su tono indica que no espera una respuesta larga.
-Normal-Um -respondo, dejando que la palabra flote entre nosotros.
Agyo frunce el ceño, claramente insatisfecho con mi economía verbal, pero decide no insistir.
-Bueno, al menos estás vivo. Y con dinero en el bolsillo, espero.
No respondo, pero mi mirada lo dice todo. Agyo suelta una carcajada y da un largo trago a su bebida. Me lanza una mirada que antes de que abra la boca me hace entender todo. Ya sé lo que me va a decir. Que si estos trabajos son muy pequeños, que necesitamos más, que estamos destinados a la grandeza y que debemos buscar algún trabajo mayor que pague más y que termine poniendo nuestros jodidos nombres en boca de todos. Levanto una ceja, un gesto apenas perceptible pero suficiente para que entienda que estoy escuchando. Estoy seguro que le tiene fe a los Crinsom Crusaders, más de la que yo le tengo al gremio dicho sea. Me imaginon que para él, esto puede ser más que un gremio, podemos ser una fuerza. Algo que haga temblar a cualquiera que se cruce en nuestro camino. Pero yo creo que para eso necesitamos más que músculos. Necesitamos aliados, recursos... y él seguramente añada renombre a la fórmula.
Miro hacia el horizonte, donde el sol comienza a teñir de rojo el cielo del desierto. Su aún no expresada sugerencia tiene sentido, como siempre, casi se parece a mi. Agyo tiene una forma de visualizar el futuro que yo nunca he tenido. Pero también tiene una tendencia a soñar demasiado alto, y eso es lo que siempre nos ha hecho estrellarnos como la mierda contra el suelo.
-Peligroso-Um -murmuro, y él asiente, sabiendo exactamente lo que quiero decir.
-Claro que lo es -responde con una sonrisa -Pero dime algo, ¿qué en nuestras vidas no lo ha sido?
Terminamos nuestra comida y regresamos al gremio bajo la luz menguante del sol. El calor del día ha disminuido, pero la ciudad sigue vibrando con actividad. Cuando llegamos, el lugar está tan lleno de vida como siempre. Qué mierda de alboroto, seguro hoy no me dejan dormir. Con todos los cazadores discutiendo sobre sus últimos trabajos y el personal revisando registros y provisiones, seguro esto termina en una fiesta improvisada esta noche también. Me dirijo hacia un rincón tranquilo, mientras Agyo se detiene a charlar con alguien de los muchachos. Observo desde lejos, permitiéndome un momento para reflexionar sobre nuestras circunstancias.
Agyo tiene razón en una cosa: no podemos quedarnos en trabajos pequeños para siempre. Pero dar el siguiente paso significa arriesgar más de lo que estamos acostumbrados. Cierro los ojos por un instante, dejando que el bullicio del gremio se convierta en un eco distante. Mañana será otro día. Seguramente resulte ser otro día de mierda, dicho sea todo, con nuevas oportunidades y nuevos peligros. Y como siempre, enfrentaremos lo que venga juntos, porque esa es la única forma que conocemos para sobrevivir. Abro los ojos y veo al idiota haciendo mímicas de algo, como si estuviera contando parte de su trabajo del día de hoy. Luego de eso me voltea a ver y me llama para que me acerque. Maldita sea
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
08-12-2024, 07:10 AM
Ungyo había aceptado mi invitación a comer. Está fue bastante tranquila y como siempre hablamos muy poco. Aunque sinceramente no necesitaba hablar tanto con el, nuestra conexión era tan simbiótica que yo podía saber que quería decir con solo mirarlo, el sabe que solo lo hago hablar por darle por las pelotas. También se que Ungyo entiende que ser como soy es mi manera de lidiar con todo lo vivido, no es que haya olvidado que nos pasó, pero a mí parecer no puedo dejar que eso me atormente o me defina.
Terminamos de comer y nos fuimos una vez más al edificio, la gente iba y venía, Lykos estaba haciendo cosas de jefe, seguramente aburridas, la doctora estaba bebiendo y no se dónde coño estaba el tontatta, me quedé un rato hablando con la doctora y le comenté a Lykos que necesitamos buscar un contrato grande, si bien no me iba a dejar matar, si necesitamos empezar a ganar renombre.
Esa noche al irme a acostar me pregunte, si Ungyo era como era por su pasado, luego me Heche a reír porque Ungyo es como es porque es un idiota adorable.
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Fon Due
Dancing Dragon
09-12-2024, 10:21 AM
Hacia 3 días que Agyo se me había acercado con una petición, me había pedido que le fabricara un barco. Dado que me había presentado como carpintero, tenía sentido que fuera a mi a quien acudiera dentro de los integrantes del gremio. Encantado con la idea de volver a fabricar un barco me puse manos a la obra, no sin antes estimar el precio de los materiales – claramente no cobraría la mano de obra a un nakama del mismo gremio – los cuales calculaba ascenderían a 3 millones. Agyo pago sin reparo por lo que ese mismo día me puse manos a la obra.
Estaba rodeado de maderas cuidadosamente seleccionadas, herramientas esparcidas de manera meticulosa y el aroma penetrante del serrín en el aire. Me encontraba en uno de los astilleros de la ciudad de Orange, el más alejado de todos, un lugar que yo mismo había elegido por su tranquilidad y su proximidad a bosques llenos de madera resistente.
El pedido de Agyo no era una tarea menor: un barco funcional, lo suficientemente robusto para soportar los rigores de las travesías por las aguas del East Blue, pero también ligero y rápido, ideal para las escapadas inesperadas que la vida de cazadores frecuentemente demandaba. El pago adelantado de Agyo era prueba de su confianza en mis capacidades.
Con un pequeño martillo de acero bien equilibrado en la mano, comencé a trazar las líneas principales del casco en un enorme tablón de caoba que había tratado para resistir la humedad del océano. Cada golpe, aunque dado con manos experimentales, delataba su constante aprendizaje.
El primer día fue de diseño. Siempre meticuloso, me senté en un escritorio portátil bajo una lámpara de aceite para esbozar el plano del barco. Quería que tuviera una estructura balanceada y funcional, pero también detalles decorativos que reflejaran el estilo audaz de los hermanos alados miembros de los Crimson Crusaders.
El segundo día trajo consigo el ensamblaje del marco. Arrastrando troncos que había preparado previamente al astillero, comencé a unir las vigas principales. Las cuñas y los nudos que usaba eran tradicionales de mi tribu Tontatta, pequeños pero increíblemente resistentes. A menudo trabajaba descalzo, moviendome con facilidad sobre las tablas inclinadas mientras aseguraba cada pieza con precisión. Diseñé una bodega espaciosa, perfecta para transportar provisiones o cargamento, y dos camarotes pequeños pero funcionales para los hermanos. Usé madera de roble para las puertas y agregé detalles simples pero elegantes: bisagras de hierro pulido y ventanas con pequeños marcos circulares, lo justo para permitir la entrada de luz sin debilitar la estructura.
Para el tercer día, dediqué horas a los acabados. El mascarón de proa empezó a tomar forma bajo sus dedos. Aunque era carpintero, el tallado le requería paciencia y concentración. Finalmente, llegó el momento de ensamblar los mástiles y las velas. Las velas eran monocromáticas en honor a las alas de Ungyo y Agyo. Quizás no era el barco perfecto pero tenía carácter, y más importante aún, era funcional.
Regresando al Gremio, a la mañana del cuarto día, me encontré con Agyo (junto con Ungyo por supuesto) a quienes les di la noticia: “Señores, su barco esta listo, ha quedado anclado en uno de los astilleros de la ciudad, espero les sea útil, hmm.”
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
10-12-2024, 12:53 AM
El sol se alzaba tímidamente sobre la ciudad, coloreando el cielo con tonos cálidos mientras las calles comenzaban a llenarse de vida. La noche había traído consigo el habitual bullicio del gremio, pero esa mañana todo parecía más tranquilo. Luego de compartir la comida y una conversación con mi hermano menor Agyo, la puerta del salón principal se abrió con un suave chirrido, revelando a la diminuta figura de Fon Due.
A pesar de su tamaño, el carpintero emanaba una presencia que llenaba la habitación. Su atuendo tradicional de artes marciales resplandecía bajo la luz matutina, con los bordados dorados reflejando un brillo cálido. Caminó hacia nosotros con pasos ligeros, su expresión serena inalterable como siempre.
-Señores -dijo con voz clara y pausada, haciendo una leve reverencia al llegar frente a nosotros—, su barco está listo. Ha quedado anclado en uno de los astilleros de la ciudad. Espero que les sea útil. Hmm.
Por un instante, el aire pareció detenerse. Mis ojos se encontraron con los de Agyo, quien sonrió de inmediato, sus alas agitándose ligeramente en lo que podía interpretarse como pura satisfacción. Este desgraciado me había pedido prestado un millón y medio de berries hace unos días, disque para resolver unas deudas. Me había cagado la cara y se gastó el dinero en un barco. Un jodido barco. Mi pendejo hermano siempre había tenido un aprecio particular por los gestos grandiosos, y tener un barco propio definitivamente calificaba como uno. Claro que si la mitad la había pagado con lo mío, era nuestro barco, como dijo el pequeño Fon Due.
Agyo con entusiasmo y su cara de estúpido feliz se alegró, poniéndose de pie de un salto. Al parecer la rapidez con que el barco había sido fabricado por el pequeño carpintero era algo que iba más allá de las expectativas del atolondrado este. Fon Due asintió con tranquilidad, cruzando sus brazos detrás de su espalda mientras esperaba que terminara el estallido de emoción. Explicó un poco sobre el diseño del barco a Agyo, diciendo que aunque no era muy ostentoso, sin duda alguna era un diseño funcional y eficiente, según las cosas que Agyo le había pedido.
Agyo ya iba a abalanzarse como un aborazado idiota sobre el pequeño Fon, atacándole con una avalancha de preguntas, cuando Fon levantó una mano, interrumpiendo la cadena de preguntas antes de que comenzara. Nos dijo que si queríamos saberlo, sencillamente teníamos que ir al muelle a verlo. Dicho esto, Fon dio media vuelta con la misma elegancia con la que había llegado, dejando tras de sí un aura de misterio.
Agyo, como siempre, estaba lleno de energía, su entusiasmo era absurdamente exagerado y su alegría era casi palpable mientras me miraba con una sonrisa. Era claro que el tarado quería correr directo al lugar a ver con sus propios ojos el barco que se compró con mi dinero. Yo asentí con un movimiento lento mientras chasqueaba mi lengua completamente obstinado y con mis pensamientos divididos entre la curiosidad y la pragmática necesidad de evaluar si el barco era realmente adecuado para nuestros propósitos. Tener nuestra propia embarcación de primeras sonaba como una de las ideas absurdas de mi hermano menor, pero lo cierto es que podría cambiar mucho las dinámicas del gremio y, con suerte, de nuestras vidas.
Las calles de Meruem estaban llenas de actividad matutina mientras nos dirigíamos hacia el astillero. Agyo lideraba el camino, sus alas negras absorbían el brillo del sol, mientras yo lo seguía con pasos medidos mis ojos como siempre, atentos al entorno. La ciudad, como siempre, estaba llena de contrastes: bullicio y quietud, riqueza y pobreza, todo coexistiendo en una compleja danza. Al llegar por fin al astillero, una figura era inconfundible en aquel lugar. Fon Due nos había descrito los detalles principales de la nueva embarcación para poder encontrarla con facilidad. Allí estaba, descansando majestuosamente en el muelle. A primera vista, era un barco compacto pero imponente, con un diseño que combinaba eficiencia y estilo.
No quería ni imaginarme el ridículo nombre que Agyo le pensaba poner a este barco. Uno pensaría que un ser alado como él, que creció en la tierra de los dioses, tendría algo de elegancia, pero me apuesto que tenía pensado un nombre supremamente absurdo para aquel navío. Agyo dejó escapar un silbido de admiración, mientras yo me acercaba al barco, evaluando cada detalle. El diseño era aerodinámico, con velas robustas y un casco reforzado que prometía resistencia frente a los elementos y a posibles enfrentamientos. Había espacio suficiente para una pequeña tripulación, con una cubierta que parecía diseñada para maximizar la maniobrabilidad. Estaba claramente pensado para funcionar con tan solo dos personas, a pesar de poder albergar unos cuantos más. Era pequeño, pero lo cierto es que para nosotros y la labor que vamos a hacer, este barco no necesita ser más grande. Velocidad, agilidad y resistencia. Todo lo que necesitamos para surcar los mares sin llamar demasiado la atención.
Agyo subió al barco de un salto, explorando cada rincón con la emoción de un niño en un nuevo juguete. Yo, por mi parte, caminé hacia el muelle, permitiendo que mis dedos rozaran la madera mientras inspeccionaba el casco. Resistente-um -murmuré, más para mí mismo que para que otros me llegaran a escuchar. La madera se veía a simple vista que era de la mejor calidad posible. Estaba muy bien tratada para resistir tanto el agua salada como el calor del sol sin llegar a hacerse mierda. Era un barco lindo ahora que lo iba detallando.
Agyo llamó desde la cubierta, invitándome a subir. Lo hice con un salto ágil, uniéndome a mi hermano menor mientras explorábamos el interior del barco. La cabina principal era modesta pero funcional, equipada con un pequeño mapa desplegable y compartimentos para guardar suministros. Había un espacio para descansar, aunque no era muy lujoso. Pequeño, rápido y discreto. Este barco era justo lo que necesitábamos como cazadores. Evalué el lugar en silencio, permitiéndole disfrutar del momento.
Agyo preguntó de repente cuándo partiríamos, girándose hacia mí con una sonrisa llena de expectativa y una risa contenida de tonto emocionado. Lo miré, evaluando su energía contagiosa y las posibilidades que se abrían ante nosotros.
-Pronto-Um -respondí.
Mientras decía aquella palabra tan corta y simple, mi mente ya estaba trazando los próximos pasos. Tener un barco nos daba libertad, pero también nos empujaba a un nuevo nivel de responsabilidad. Este era el comienzo de algo más grande, algo que podía acercarnos a nuestros objetivos... o destruirnos si no éramos cuidadosos.
Agyo se apoyó en el borde del barco, mirando al horizonte.Sabía lo que pensaba. Este barco no es solo una herramienta. Es un símbolo. Es nuestra oportunidad de demostrar que estamos listos para lo que venga. No dije nada. Tampoco hice gesto alguno, pero mi mirada fija en el vasto desierto reflejaba mi aceptación silenciosa. Una nueva etapa estaba por comenzar, y, como siempre, la enfrentaríamos juntos.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
10-12-2024, 06:05 AM
Hace unos dias, durante el desayuno que tuve con mi querido hermano menor, Ungyo, le comenté que, si bien ahora formamos parte del Gremio, la idea seguía siendo la misma, que la mayoría de las misiones las tomemos los dos juntos y para ellos tendríamos que hacernos con un barco, uno que sea fuerte, pero rapido, la velocidad es clave en estos mares traicioneres eso era algo que todo navegante con un poco de experiencia como yo sabía.
Asi que de manera muy amable me acerque a mi compañero de gremio Fon Due, el tontatta que era carpintero, madre de dios, carpintero, pero tengo que confiar en él, al final de cuentas ahora es mi compañero.
Asi pues me lo tope en el gremio y le comenté la necesidad que teníamos mi hermano y yo, este sonrió y me dijo que solo me cobraría los materiales un gesto noble al pertenecer los dos al mismo gremio, me dijo cuanto iba a ser el gasto 3 millones de berries, le dije que estaba bien y le entregué el dinero sin chistar, eso sí, luego fui a donde Ungyo y le dije que me prestara medio millón de berries, que tenia una deuda que saldar, pero todo era mentira, yo no voy a pagar por el barco yo solo, no pienso mantener caras de culo y mas si responden al adjetivo de hermano menor.
-No seas tacaño hijo de nuestra santa madre. Le dije.
El tontatta me comento que en tan solo 3 dias podría tener el barco listo, yo no lo vi Lunariamente posible, pero ese soy yo, a lo mejor los tontattas tenían alguna sustancia especial de color blanco que los ayudaba a realizar los trabajos en tiempo récord.
La verdad es que la ansiedad me estaba comiendo, ¿Cómo será?, ¿Sera un buen carpintero?, tengo que confiar maldita sea me dije a mi mismo. Para el tercer día y luego de desayunar con Ungyo “Hoy Odio al mundo” Nisshoku, el bueno de Fon Due apareció, elegante, bien vestido y excepcional como siempre y con su voz nos dijo que el barco estaba listo.
No pude evitar darle un codazo al idiota de mi hermano, maldita sea, por fin, un barco propio, mi sonrisa delataba mi felicidad, seguro me iba a matar, porque el dinero que me presto era para esto, pero ya luego podríamos golpearnos el uno al otro.
Por inercia me levante como una centella, la llama de mi espalda estaba apagada, asi que sabia que era mucho mas rapido y empece a lanzar puños al aire sonriente, el hijo de puta lo logro, hizo el maldito barco en 3 dias, EN 3 DIAS, mide menos de 1 metro… ¿Cómo MIERDA LO HIZO?, no lo sé, pero estaba demasiado emocionado y orgulloso de él. Cuando lo iba a atacar con 10 mil preguntas, este solemne como siempre subio la mano y nos dijo que simplemente fueramos al astillero.
Yo tenia muchas ganas de agarrarlo a el y salir volando a toda velocidad hacia el sitio, pero tendría que mantener la calma tanto como pudiera, porque luego Ungyo me iba a romper las pelotas y no tenía ganas de escucharlo.
Al llegar al astillero, alli estaba anclado, el barco mas hermoso que vieron mis ojos en mucho tiempo, maldito tontatta eres lo maximo pense. Sin poder aguantar mas salte al barco y como niño con juguete nuevo, empece a mirarlo, es comico que use ese tipo de frases, teniendo en cuenta que ni Ungyo ni yo tuvimos juguetes nuevos, hasta que nos escapamos y empezamos a robarlo, pero eso quedo en el pasado, ahora lo importante era el barco, el barco de mi hermanito y mío.
Le hice señas a Ungyo para que subiera a la cubierta y le dije.
-Eh, EH EH? Que vas a decir ahora idiota, nada como siempre, pero eso no importa, se que te gusta, ¡LO SE! Y ¿Sabes por que lo sé?, porque soy tu maldito hermano mayor. Esto Salio mejor que la ves esa que te pedi dinero para invertirlo en ese tónico crece cabello.
-Es nuestro Ungyo. ¡Y TU! Fon Due, te amo, en serio no sabes cuanto, asi que puedes contar con los hermanos Nisshoku para lo que necesites.
-Ahora bien, necesitamos un nombre para el barco Ungyo y estoy tan estúpidamente emocionado que no se me ocurre nada, ¿Alguna Idea?
A pesar de mi emoción, sabia la de responsabilidades y desafíos que se nos iban a venir encima, el barco era un paso chiquito sí, pero sumamente importante para lo que queríamos construir mi hermano y yo, un futuro, uno brillante, pero uno juntos.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
12-12-2024, 04:39 PM
Mi mirada permanecía fija en el barco mientras Agyo daba vueltas a mi alrededor, tan lleno de energía que incluso el aire a su alrededor parecía moverse con él. Su entusiasmo era una fuerza inquebrantable, algo que siempre me había fascinado y reventado los maltidos cojones en igual medida. Pero esa tarde, no pude evitar compartir parte de su emoción, aunque en silencio, como era mi costumbre. El barco frente a nosotros era una obra maestra en su modestia. Cada detalle hablaba del esfuerzo y la habilidad de Fon Due, pero también de algo más profundo: una nueva oportunidad para ambos. Este barco no era solo un medio para atravesar el vasto océano; era un símbolo de lo lejos que habíamos llegado desde las sombras de nuestro pasado.
Agyo seguía lanzando ideas al aire para el nombre del barco, su voz llena de esa emoción que hacía vibrar todo a su alrededor. Yo lo escuchaba mientras mis pensamientos viajaban más allá de sus palabras. Un nombre, pensaba, no es solo una etiqueta. Es una declaración de identidad, un recordatorio de propósito. Mi mente, como siempre, regresó a los recuerdos de nuestra infancia. Las cadenas, las risas crueles, el dolor insoportable que parecía eterno. Agyo y yo habíamos pasado años siendo solo sombras, sobrevivientes en un mundo que nunca nos dio la bienvenida, siempre bajo la luz del sol y aún así a la sombra del mundo. A pesar de su carácter luminoso, incluso Agyo llevaba esas cicatrices consigo. Pero el barco... este barco era la manifestación de algo diferente. Era nuestra declaración de que no solo habíamos sobrevivido, sino que también estábamos construyendo algo propio.
Mis dedos se deslizaron por la superficie de la madera, sintiendo cada grieta, cada nudo, como si intentara descifrar sus secretos. Cerré los ojos por un momento, dejando que el olor del mar y el sonido del viento llenaran mis sentidos. El nombre tenía que significar algo. Tenía que reflejar tanto nuestro pasado como nuestra determinación de dejarlo atrás.
El silencio siempre había sido mi refugio, mi escudo. No necesitaba decir nada para comunicar lo que pensaba; Agyo siempre había sabido leerme, incluso cuando no quería ser leído. Pero ahora, con su mirada expectante y su voz llena de emoción, sabía que no podía simplemente quedarme callado. Esto no era solo para mí. Era para él, para nosotros. Mi mente siguió explorando posibilidades, rechazando una tras otra. Los nombres debían tener peso, y pocos parecían capaces de capturar todo lo que queríamos que este barco representara. Miré el cielo, buscando inspiración en el vasto lienzo que se extendía sobre nosotros.
Y entonces, lo vi. Un tenue resplandor rojizo comenzaba a colorear el horizonte mientras el sol desaparecía lentamente. Era un color que evocaba tanto belleza como peligro, un recordatorio de que incluso los momentos más hermosos podían albergar un desafío oculto. “El eclipse” pensé. Algo que oculta la luz por un momento, pero nunca para siempre. Y ese rojo ardiente… ese era el color de nuestra determinación, de nuestra rabia convertida en propósito.
Me giré hacia Agyo, que seguía hablando sin parar, su sonrisa iluminando todo a su alrededor. Era una energía tan opuesta a la mía que a veces me costaba creer que fuéramos hermanos. Pero en lo esencial, éramos iguales. Ambos sabíamos lo que significaba luchar por la libertad, por un propósito.
Respiré hondo y, por primera vez en lo que parecía una eternidad, hablé.
-Eclipse Rojo-Um.
Las palabras salieron de mis labios con un peso que parecía llenar el aire a nuestro alrededor. Agyo se detuvo de golpe, sorprendido, y luego su rostro se iluminó con una sonrisa aún más amplia, si es que eso era posible. Eclipse Rojo. Un nombre que no solo hablaba de nuestra historia, sino también de nuestro futuro. Un recordatorio de que, aunque las sombras nos hubieran cubierto en el pasado, nunca nos apagaron por completo. Y ahora, bajo ese nombre, navegaríamos hacia lo desconocido, llevando con nosotros el fuego que nunca pudieron extinguir. Mientras mi hermano comenzaba a gritar el nombre al viento, proclamándolo con orgullo, me permití un momento de satisfacción silenciosa. Este barco no era solo un medio para viajar. Era un faro. Un testimonio de que, aunque el mundo intentó rompernos, aquí estábamos, reconstruyéndonos pedazo a pedazo. El Eclipse Rojo sería nuestro símbolo, nuestra fortaleza. Y ningún océano, por vasto que fuera, podría detenernos ahora.
Agyo gritaba “Eclipse Rojo” como si quisiera que todo Kalab lo escuchara, y probablemente lo lograría. Su entusiasmo resonaba entre las estructuras del astillero, mientras los trabajadores y curiosos nos lanzaban miradas que iban desde la sorpresa hasta la diversión. Para mi hermano, ese momento era una celebración, una victoria más en nuestro largo camino. Para mí, era algo más profundo. Observé su figura mientras corría de un lado a otro del barco, inspeccionando cada rincón, señalando detalles con una energía inagotable. Su llama apagada, un raro signo de su autocontrol, dejaba claro lo importante que era este momento para él. El Eclipse Rojo ya no era solo un barco; era un sueño que habíamos compartido sin palabras durante años, algo que ahora tenía forma y realidad. Yo, como siempre, prefería mantenerme en la sombra, en la calma. Pero incluso en mi reserva, sentí una chispa de orgullo. Este nombre, esta embarcación, era nuestro primer paso hacia un futuro que ya no sería definido por cadenas ni sombras.
Subí lentamente al barco, mi andar deliberado contrastando con el frenesí de Agyo. Al llegar a la cubierta, permití que mi mano se posara sobre el mástil, sintiendo la textura de la madera bajo mis dedos. Mis ojos se dirigieron hacia el horizonte, donde el sol seguía pintando el cielo con tonos carmesí. Este sería nuestro hogar en los mares, nuestra arma contra el mundo que una vez nos trató como menos que humanos. Este barco, al igual que nosotros, estaba destinado a sobrevivir. Resistiría tormentas, enfrentaría enemigos, y surcaría aguas desconocidas con la misma determinación que nos había permitido escapar de las garras de los Dragones Celestiales.
Sin darme cuenta, mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de la madera. Había una promesa en mi corazón, aunque no la expresara en voz alta. Prometí que este barco nunca sería tocado por el fracaso, que lo guiaríamos hacia horizontes que nadie creería posibles. Agyo, como siempre, interrumpió mis pensamientos con su energía arrolladora. Me señaló una parte del barco que según él necesitaba un ajuste -un detalle minúsculo, pero que él ya estaba planeando arreglar personalmente-.
Su risa era tan contagiosa como siempre, y aunque no lo demostré, el sonido me trajo una sensación de paz.
Mi hermano siempre había sido el faro en mi oscuridad, y ahora, el Eclipse Rojo sería el símbolo de nuestro vínculo. Sin decir nada, asentí ligeramente hacia Agyo y luego hacia Fon Due, que observaba la escena con su característica serenidad. Este barco era un esfuerzo conjunto, una obra que no solo llevaba nuestra historia, sino también las manos de quienes decidieron creer en nosotros. El día avanzaba lentamente, y las primeras estrellas empezaban a aparecer en el firmamento. Pero el Eclipse Rojo, incluso bajo la luz menguante, brillaba como una promesa de lo que estaba por venir. Mientras mi hermano seguía celebrando y el astillero volvía a su ritmo habitual, me permití un último pensamiento antes de que el momento se disolviera: este no era solo el final de una etapa. Era el comienzo de algo mucho más grande.
El Eclipse Rojo navegaría hacia un futuro que nosotros forjaríamos con nuestras propias manos.
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