Hay rumores sobre…
... que existe un circuito termal en las Islas Gecko. Aunque también se dice que no es para todos los bolsillos.
Tema cerrado 
[Común] [C-Pasado] El Marine y la Revolucionaria
Asradi
Völva
Día 47 de Verano del 724.

Habían pasado ya dos días desde que se había separado, en Oykot, del resto del Escuadrón Ulykke. La siguiente parada que tenían, según la ruta a seguir, iba a ser Loguetown. Y Asradi no había podido contenerse al escuchar el nombre de la ciudad. El corazón le había dado un vuelco inevitable. Esa era la ciudad donde, la última vez que había estado, había dejado a Octojin. Donde se había despedido temporalmente de él hasta que se volviesen a encontrar. Era verdad que bien podría haber esperado a llegar con todo el grupo, pero había un problema.

Ahora mismo eran personas buscadas, ella incluída. Y Asradi era consciente de que, en el preciso momento en el que llegasen a la bulliciosa ciudad, iban a terminar llamando la atención. Y, probablemente, la Marina se les echaría encima. Al menos, la posibilidad estaba ahí. No quería reencontrarse con él de esa manera. Además, ahora que lo pensaba... ¿Habría llegado a ver su cartel de Se Busca? La sirena apretó los labios mientras avanzaba raudamente a través de las corrientes marinas. Estaba cerca. Conocía ya esa ruta. Solo le faltaban unos cuantos kilómetros más y llegaría en unas escasas horas. Quizás para un poco antes de que la noche terminase.

Quería verle. Necesitaba verle. Sentía que, en esa ocasión, tendrían mucho de qué hablar. Pero también tenía miedo de cómo él reaccionaría al verla de nuevo después de lo sucedido en Oykot. Había salido en todos los periódicos, para bien o para mal. Asradi no se arrepentía de aquello, en su fuero interno estaba convencida de que habían hecho un bien ayudando a esas gentes cuando la Marina u otros agentes gubernamentales, no habían hecho nada al respecto.

Dos horas después, la sirena había llegado a una de las recogidas playas de Loguetown, emergiendo desde las profundidades y buscando refugio entre algunas rocas cercanas. La gente no solía pasar demasiado por allí, sobre todo a esas horas. Solamente algunos pescadores y poco más.

Y casi otro par de horas después, en el centro de la ciudad, ya había comenzado a correrse un rumor. Algunos lo tomaban a chiste, a cuentos de locos. O de borrachos más bien. El que habían escuchado cantar a alguien en una de las costas de la ciudad. Nadie había visto nada, aún cuando algunos habían ido a asomarse por curiosidad. Fuese con la esperanza de ver algo o, simplemente, de corroborar que se trataban de cuentos chinos. Pero eses rumores, eses chismes, habían corrido a medida que pasaba la mañana y, de manera alternada, eses cantos mesmerizantes se continuaban escuchando en aquella bahía de complicado acceso. Y de escucharse en el mercado, en algunas tabernas, había llegado hasta la base del G31.

Por supuesto, los reclutas más jóvenes o impresionables, ya estaban hablando de ello, por aquí y allá, en los pasillos y en el patio de entrenamiento.

¿Crees que sea verdad? — Preguntó uno, que llevaba un fajo de informes entre los brazos.

Su compañero, que caminaba al lado, se encogió de hombros.

¿El qué? ¿El que haya una sirena cantando en la playa? — Se rió con ganas. — Seguro que han escuchado otra cosa. O quizás era un Den Den Mushi perdido retransmitiendo. Aunque... — El chico de pelo castaño y con una cicatriz en la mejilla dudó después. — Sí que dicen que es una voz femenina.

Acto seguido, se encogió de hombros, y ambos continuaron su camino en lo que la conversación seguía fluyendo.

En dicha bahía, la tonada terminó acallándose posteriormente. Lo había intentado ya dos o tres veces a lo largo de la mañana. No tenía otra forma de comunicarse, todavía, con él. Y recordaba la última vez que se habían visto. Lo que le había dicho.

Que cuando le echase de menos o ella estuviese por la zona... Le escucharía cantar entre las olas.

Asradi era consciente, tras su suspiro, que si se metía directamente en la ciudad, sola, iba a llamar la atención. Ya había sucedido una vez y, ahora, sería mucho peor si alguien la reconocía como una de las integrantes de la Armada Revolucionaria. No solo iba a llamar la atención, sino que podría ser capturada y entonces todo habría acabado. Y, además, no estaba segura de si Octojin se encontraría en Loguetown. Pero tenía que intentarlo.

Lo volvería intentar un poco más tarde, quizás no había cantado con la suficiente fuerza. Todavía faltaban unos cuantos días para que se pudiese reunir con el resto del Escuadrón Ulykke. Pero necesitaba verle.

Tenía demasiadas cosas que hablar con él. ¿Sería capaz, esta vez, de contarle toda la verdad? ¿De abrirse completamente a él?
#1
Octojin
El terror blanco
El calor era implacable aquel día en la base marina del G-31 en Loguetown, tal y como lo estaba siendo toda la semana. Los rayos del sol rebotaban sobre los adoquines y los reclutas sudaban copiosamente mientras seguían las órdenes de Octojin, quien lideraba un riguroso entrenamiento físico en el patio central. Ya llevaba una temporada instruyendo a reclutas en intensos entrenamientos, y aunque le agradaba bastante, no daba aún con alguno en el que viera un destello de gloria. A pesar de la intensidad del clima, el gyojin tiburón no aflojaba un ápice en su exigencia. Para él, la disciplina era el corazón de la Marina.

—¡Más rápido, reclutas! —gritó con voz grave mientras observaba a los cuatro jóvenes correr con sacos de arena sobre los hombros— ¡La vida en el mar no os dará tregua! Si no podéis soportar esto, ¿cómo vais a enfrentaros a un pirata?

Los reclutas, aunque jadeantes y agotados, no osaban quejarse, puesto que aquello sería aún peor. Todos sabían que el habitante del mar tenía un propósito detrás de su dureza: forjar soldados fuertes y valientes que fueran realmente útiles en los peores momentos.

Uno de los marines veteranos se acercó apresuradamente al gyojin mientras observaba a los jóvenes.

—Octojin, hay un rumor corriendo por Loguetown —dijo el hombre, limpiándose el sudor de la frente—. Dicen que alguien está cantando en una de las playas. Algunos afirman que es una voz femenina, y los más cuentistas hablan de una sirena. No será esa que contaste una vez que...

El tiburón giró la cabeza de golpe, con su mirada afilada y alerta sobre aquel hombre, ignorando por completo a los instruidos por un momento.

—¿Una sirena? —preguntó, entrecortando su voz a la par que sentía una tremenda emoción.

El veterano asintió. Fue suficiente para Octojin. Su corazón empezó a latir con fuerza, recordando las palabras de Asradi... Cuando me eches de menos, ve al mar y escucha las olas. Quizás me escuches cantar entre ellas.

Sin pensarlo dos veces, Octojin delegó el entrenamiento en el marine que le había informado.

—Encárgate de los reclutas. Volveré pronto. Ponles a correr un par de kilómetros fuera, el último con un chaleco de esos de peso, y que hagan unas cuantas flexiones y damos el entrenamiento por finalizado. Si crees que alguno está entrenando por debajo de su nivel, castígalo. —ordenó antes de salir corriendo a toda velocidad.



Octojin salió de la base sin mirar atrás. Ni siquiera se fijó en que llevaba el traje marine puesto, no le importaba. Hubiera salido desnudo si le hubiera pillado en la ducha. Atravesó Loguetown con una urgencia casi desesperada, como si supiera dónde debía ir, pero lo realmente cierto es que solo tenía una pista. Su imponente figura y su rapidez causaban que los transeúntes se apartaran del camino, algunos murmurando en sorpresa, mientras que otros lanzaban algún reproche que era totalmente sordo para el escualo. Las palabras del rumor resonaban en su mente, y una chispa de esperanza lo impulsaba a no detenerse. ¿Qué probabilidad había de que una sirena apareciese allí? Tenía que ser ella, sin duda.

Al llegar a la playa donde había compartido aquella inolvidable cena con Asradi, su pecho se llenó de emoción, tanta que el corazón parecía estar saliéndose del pecho. Se tomó unos segundos para tranquilizar la respiración e intentar mejorar el ritmo de sus pulsaciones. Ojeó a un lado y a otro, se metió dentro, caminando sobre la ardiente arena, pero no, allí no estaba. Su pecho se desinfló al instante. La arena dorada estaba vacía, sin rastro de nadie más. Solo las olas rompían suavemente contra la orilla.

—No puede ser —susurró, sintiendo una punzada de decepción.

No dispuesto a rendirse, Octojin recorrió cada rincón del litoral de Loguetown, deteniéndose en bahías, puertos y calas. Preguntó a pescadores y marineros, pero nadie había visto nada, aunque algunos sí que habían oído un canto. Se centró en ellos, apegado a su instinto, que le decía que debía continuar.

Pasaron veinte, treinta o cuarenta minutos. Un tiempo difícil de determinar cuando estás en una situación así. Y entonces, finalmente, llegó a una cala apartada, un lugar escondido entre formaciones rocosas y salpicado de pequeñas pozas de agua cristalina. Y allí, bajo el brillo del sol, la vio. Vio aquella sirena que hacía que el corazón le fuese a mil, que hacía que no durmiese del todo bien, por la cual hubiera dejado todo lo que quería conseguir en la vida. La vio, tan preciosa como siempre, y no se lo podía creer. Allí estaba, firme y cantando, como siempre la había recordado.

Asradi.

La sirena estaba sentada sobre una roca, con su cabello ondulante y sus ojos brillando como reflejos del océano. Parecía una visión etérea, casi irreal. Octojin se detuvo en seco, incapaz de procesar que ella estaba realmente allí. Su corazón se aceleró, y sus pies, sin pensarlo, lo llevaron hacia ella.

—¡Asradi! —gritó, su voz profunda rompiendo el silencio de la cala.

Ella giró la cabeza al escuchar su nombre, y Octojin no pudo contenerse más. Corrió hasta ella y la abrazó con toda la fuerza de su emoción reprimida. Sus brazos la envolvieron con tal intensidad que la levantó del suelo y comenzó a girar con ella.

—No me creo que esto sea real —susurró mientras la sostenía, con el rostro iluminado por una sonrisa genuina y cálida.

El gyojin continuó abrazándola, olvidando el mundo, olvidando todo salvo que Asradi estaba allí, en sus brazos. Había tantas preguntas, tantas cosas que decir, pero en ese momento, nada importaba. El tiempo se detuvo para ambos.

Después de unos instantes, finalmente dejó de girar, aunque seguía sujetándola con firmeza, como si temiera que se desvaneciera.

—He soñado con este momento tantas veces... —dijo con voz ronca, mirándola a los ojos—. Pero necesito saber... ¿estás aquí de verdad? ¿O esto es un truco del mar para burlarse de mí?

La sirena no respondió de inmediato, pero en sus ojos había una mezcla de emociones, un mar de sentimientos que Octojin no podía descifrar del todo. Sin embargo, en aquel momento no necesitaba respuestas. Lo único que importaba era que ella estaba allí. Con él.

El gyojin tiburón sintió cómo las olas rompían suavemente contra sus pies mientras seguía abrazándola. Por primera vez en mucho tiempo, su corazón encontraba un instante de paz.
#2
Asradi
Völva
No sabía cuánto tiempo había pasado ya desde que había llegado hasta aquella cala apartada de la vista y, esperaba, del conocimiento de la mayoría de lugareños. Pero no había dejado de cantar y, las veces que lo hacía, era solamente para atisbar y asegurarse de que no estaba siendo vista por nadie más y también para descansar un poco. Era verdad que, debido a su Haki de Percepción había logrado notar presencias cercanas a varios metros más lejos. Pero todavía estaban a buena distancia y ella se había acallado en cuanto las había sentido.

Un suspiro brotó, en ese instante, de los labios de la sirena. Los ojos azules, tan calmos siempre como el océano, ahora se posaban hacia el astro solar que coronaba un cielo celeste totalmente limpio y despejado de nubes. Había unas cuantas más allá, hacia el horizonte, pero nada problemático por el momento, aunque se dirigían poco a poco hacia la costa. Pero el sol... El sol ya estaba casi en lo alto. ¿Cuántas horas llevaba ya allí cantando? Esperándole.

Por unos momentos perdió la esperanza unos segundos, pero todavía era pronto. Quería creer que él se encontrase en Loguetown, que todavía estuviese por la zona. Sobre todo, que estuviese bien. El querer encontrarle y hablar con él, verle y abrazarle era lo que todavía le daba fuerzas para continuar. Las olas rompían cerca de la roca donde se había sentado, pudiendo disfrutar de la espuma del mar que le salpicaba con cada embate del agua. La voz de la sirena volvió a alzarse, esta vez de manera más potente, más desesperada casi. Era no solo una llamada de que estaba allí, sino de que quería verle, de que le necesitaba. Los ojos se le cerraron mientras se hundía en aquel suave momento de dulce catarsis, concentrándose y enfocándose únicamente en que él la escuchase, estuviese donde estuviese.

No fue consciente del tiempo que continuaba corriendo, ella solo continuaba cantando. Solo se puso en alerta cuando, en un momento dado, escuchó pasos en la arena. Estaba a punto de volverse, mientras su canto se mitigaba, cuando escuchó su nombre. Cuando escuchó aquella voz. Temiendo que se tratase de una mala jugada de su imaginación, de sus deseos, su voz fue apagándose poco a poco, mientras intentaba mentalizarse. Temía darse la vuelta y que, al hacerlo, no estuvise nadie allí. Octojin no estuviese. La respiración de la sirena se detuvo por un momento, mientras apretaba los labios de manera suave y nerviosa. Tenía miedo y esperanzas al mismo tiempo. Fueron las últimas, y las ganas, las que vencieron finalmente e hicieron que la habitante del mar se girase a ver.

Octojin... — El nombre de él salió en un susurro cándido y plagado de alivio y alegría.

Era él. Definitivamente era él. Y estaba allí. La había escuchado. No tuvo tiempo ni a bajarse de la roca que el escualo ya había acortado las distancias para prodigarle un notorio y cálido abrazo, incluso girando ambos un poco en el proceso. Eso arrancó una risa alegre y melodiosa en Asradi a medida que le devolvía el abrazo, estrujándole todo lo que su cuerpo, en comparación al de él, podía. Ese sentimiento que se le desbordaba cuando no dudó en acurrucarse contra él. No pudiendo contener el ligero sollozo aliviado que se le escapó y que terminó escondiendo cuando hundió el rostro en el cuello contrario.

Mi Octojin, te extrañé tanto... — No pudo evitar murmurar confesndo tal sentimiento, mientras se dejaba embriagar por la calidez del cuerpo contrario, de sus palabras. De que él estuviese allí en ese momento. — No, no es un truco. Estoy aquí de verdad... Y tú también lo estás. Pensé que no estarías en la ciudad.

Tanto tiempo que había estado cantando, esperando, con el corazón acongojado por si hubiese fallado o llegado tarde. O cualquier situación similar. Pero no, ahí estaba. Con ella. Asradi se separó solo unos momentos para mirarle, para embeberse de sus facciones. Al final terminó riéndose, sonriéndole feliz por la situación. Por él.

Sí que estás aquí... — Era una risa nerviosa y feliz al mismo tiempo, mientras alzaba un poco las manos para acariciar las mejillas contrarias, mirándole a los ojos. Ni se había percatado, en medio de toda la emoción del reencuentro que él estaba ataviado con el traje de Marine.

Asradi ni tan siquiera lo pensó, sino que simplemente actuó movida por toda la burbuja de sentimientos que tenía. Así que le plantó un beso bien dado sin ni tan siquiera avisarlo. El corazón le latía a mil por hora y, al menos de momento, su cabeza se había acallado con todas las dudas que tenía. No le importaba nada más, ahora mismo, que estar con él.
#3
Octojin
El terror blanco
Octojin estaba completamente embelesado. La voz de Asradi, siempre tan melodiosa, ahora sonaba aún más dulce, más real, más viva de lo que recordaba. Su mente intentaba procesar lo que su corazón ya había aceptado: ella estaba allí, frente a él. En un lugar idílico, junto a su hogar, el mar, y cerca del sitio que ahora era su casa, Loguetown. La risa de la sirena lo llenaba de un calor indescriptible, algo que ni el entrenamiento más duro ni la disciplina más férrea podían igualar. Esa sensación única que tanto deseaba experimentar seguía ahí, presente.

Y entonces, el beso. Fue tan repentino como mágico. Los labios de Asradi se encontraron con los suyos, y durante un instante todo el mundo desapareció. Cerró los ojos y se centró en aprovechar esos segundos al máximo. No había base, no había Loguetown, no había revolución ni wanted. Solo estaban ellos dos, envueltos en una burbuja que parecía flotar entre las olas del mar cercano. Si le preguntaban en ese momento, el tiburón estaría levitando entre nubes con aquella sensación.

Octojin devolvió el beso con gusto, con las manos apoyándose suavemente en la espalda de la sirena mientras se inclinaba ligeramente para no aplastarla con su tamaño. El latido de su corazón se aceleró, golpeando contra su pecho como si fuera a romperse. Cuando sus labios finalmente se separaron, el tiburón respiró hondo, tratando de calmarse, aunque su sonrisa lo delataba. No sabía por qué la sirena no se había mantenido ahí, en la misma posición, durante toda la eternidad.

—Esto... —rió entrecortadamente, aún con los ojos brillantes— Esto sí que no me lo esperaba.

Se tomó un momento para mirarla con detenimiento, acariciando suavemente su rostro con una mano. Era un gesto tan tierno que incluso él mismo se sorprendió de su propia delicadeza. Había tantas preguntas acumuladas en su mente que no sabía por dónde empezar. Ni cómo formularlas. Ni si realmente sería demasiada información para el momento. Por un lado, el mantenerse ahí, ojeando ese rostro que tanto añoraba debería ser bastante recompensa por los días sin verla. Pero por otro, había tantas cosas que contarse... Que no habría el suficiente tiempo, seguro.

El habitante del mar dio un paso hacia atrás, sin dejar de agarrar a la sirena, esta vez de sus manos, y entonces, se armó de valor para lanzar las primeras preguntas. Creyó oportuno lanzar más de una, aunque quizá pronto se dió cuenta de que se le había ido un poco de las manos.

—Asradi, ¿qué has hecho todo este tiempo? —preguntó finalmente, con la voz llena de curiosidad y genuino interés— ¿Cómo estás? ¿Qué te ha traído de vuelta a Loguetown?

La mención de la ciudad lo llevó a otra cuestión que lo había estado atormentando desde que vio su wanted. Su expresión se volvió un poco más seria, aunque no perdió el tono amable ni dejó de sujetarla. Quizá apretó algo más las manos por pura inercia, fruto de la tensión de la pregunta que se venía. Pero sabía que habría alguna razón de peso.

—Y... —dudó un instante antes de continuar— ¿Cómo has acabado en la revolución? Sabes que vi tu cartel, ¿verdad? ¿Qué pasó, Asradi? ¿Cómo es que estás con esa tal Airgid? A ella también la conocí hace años, cuando apenas era una cría... Está irreconocible ahora. Me encantaría volver a verla, aunque ahora es complicado... Dale recuerdos de mi parte, por favor. Dile que espero que haya dejado de ser una mataniños.

Había sinceridad en su voz, pero también preocupación. Pero, sobre todo, nerviosismo. Cuando se quiso dar cuenta, el escualo ya había lanzado más preguntas de las que recordaba. Había hablado demasiado, y eso era un evidente síntoma de los nervios por los que estaba pasando. También había más gestos que le delataban, como el sudor en las manos o que la presión que ejercía sobre las de la sirena iba siendo más y menos fuerte por momentos. Octojin siempre había sido directo, y esta vez no era diferente. Necesitaba entender qué había ocurrido, cómo la persona que había conocido y amado se había visto envuelta en algo tan peligroso como la revolución. Pero más allá de eso, estaba feliz de verla. Su corazón todavía bailaba al ritmo de su reencuentro.

Sin esperar una respuesta inmediata, sacó un gran pañuelo rojo de uno de los bolsillos de su uniforme. Lo desplegó y, con un gesto amable, se lo ofreció.

—Tu cabeza tiene precio, Asradi, y no quiero que nadie te reconozca —Le tendió el pañuelo con una sonrisa cómplice—. Ponte esto. No es el mejor disfraz, pero al menos ayudará un poco. Y así tienes un recuerdo más mío. Si lo llego a saber me traigo hoy el azul, que va más a juego con tus ojos.

La invitó a caminar con un simple gesto con la mano, mientras le ofrecía el pañuelo, señalando la playa que tenían delante y que tan romántico hacía el momento. Lo cierto es que Asradi había elegido un sitio bastante bonito y poco transitado para reencontrarse con él. No solo era preciosa a los ojos del tiburón, sino que además era inteligente a la hora de tomar decisiones.

—Vamos, caminemos por aquí. Así podemos hablar con calma. Hay tanto que quiero saber de ti... —Su sonrisa se amplió, cálida y llena de emoción— Disculpa si hago demasiadas preguntas. Es que no puedo creer que esto esté pasando. Todo esto parece un sueño... pero es real. Y no podría pedir algo mejor. Prometo quedarme un momento en silencio y dejar que te expliques, me pongas al día, y me preguntes lo que quieras. Tenemos tiempo para hablar de lo que quieras.

El sonido de las olas rompía suavemente contra la orilla mientras comenzaban a caminar juntos. El sol, aún alto, iluminaba sus pasos, y la brisa marina parecía acariciarles con cada movimiento. Toda la escena invitaba a un momento cálido, cercano. Octojin estaba decidido a aprovechar cada segundo con ella, a ponerse al día, a entender qué había pasado y, sobre todo, a disfrutar de su compañía. Este era un momento que había imaginado muchas veces, pero vivirlo era infinitamente mejor. La vida volvía a sonreirle.
#4
Asradi
Völva
No era necesario decir cuánto Asradi estaba disfrutando de todo aquello. No solo del beso que le había plantado a Octojin y que, ahora, disfrutaban en aquel momento de intimidad que ella tanto había deseado. Sino también de su presencia, de haber vuelto a encontrarle. Así como la congoja escondida de tener que volver a separarse, probablemente. Ese pensamiento le azuzó de tl manera que solo se abrazó un poco más a él hasta que sus labios se separaron. Asradi aprovechó para, entonces, deleitarse con las facciones contrarias, acariciándole la mejilla, siguiendo cada rasgo de su rostro como si fuese la primera vez que lo veía. Era él. Definitivamente era él, y sus mejillas se sonrojaron en una mezcla de vergüenza por el repentino arrebato del beso, y alegría también. Ese deseo que se había cumplido parcialmente.

Te dije que volveríamos a encontrarnos... — Iban a ir a Loguetown, así que... ¿Qué más daba que se hubiese adelantado dos o tres días? Sabía que el resto del Escuadrón no la iban a juzgar por ello. Solo les había dicho que tenía que ver a alguien y nada más.

La mirada de la sirena se dulcificó un poco para cuando sus ojos se volvieron a cruzar con los del escualo. Le encantaba la forma tan delicada con qué la manejaba, por así decirlo, porque ella era muy consciente que Octojin podría aplastarla si así lo hubiese querido. En cuanto a fuerza física, no podía compararse con la de él. Además, que Asradi sabía lo delicado que el habitante del mar podría ser. Lo había visto durante aquellas noches en Momobami, tiempo atrás. Y también la otra vez que se habían reencontrado, precisamente, en esa ciudad. Un suspiro suave, aliviado, brotó de entre los labios de ella, dándole un pequeño beso, esta vez, en la mejilla. Y entrecerrando los ojos con verdadero deleite y calidez cuando sintió la mano contraria, grande y poderosa, acariciarle la mejilla con ese cuidado. Asradi inclinó, incluso, su rostro hacia dicha extremidad, solo para poder sentir y disfrutar más de aquel contacto.

Solo cuando él la bajó de nuevo a la arena, sus manos no se separaron todavía, e incluso ella aprovechó para entrelazarlas con las contrarias. No quería separarse de él. No nuevamente. O, al menos, si eso sucedía, quería aprovechar todo el tiempo posible a su lado. Por inercia, y con cariño, acarició los dedos del tiburón, mientras de nuevo el sonido del mar los envolvía. Había elegido, precisamente, un lugar apartado para que no la descubriesen a ella tan fácilmente. Y, en el caso de sucederse el reencuentro, poder hablar con calma. De hecho, parecía que Octojin estaba dispuesto a dar el primer paso o, al menos, a intentar calmar sus dudas. Algo por lo que ella no podía culparle.

Estoy bien, y veo que tú también lo estás. — Le sonrió de manera suave y le miró de arriba a abajo. Fue entonces que, finalmente, se percató de las ropas en las que estaba envestido el gyojin. Hubo una oleada de nervios internos y orgullo cuando reconoció el emblema de la Marina y los colores habituales. Por inercia, una de las manos de la sirena se aproximó a la prenda y le recolocó un poco el cuello, alisando ligeramente la zona. Había una pizca de orgullo y miedo entremezclados con eso. — Al final conseguiste entrar a la Marina. Sabía que serías capaz.

Orgullo porque era lo que Octojin había querido en su día, y ella le había animado a pesar de todo. Uno de su raza en la Marina, en el Gobierno. Era algo bueno para los de su especie, pero no estaba segura qué tan bueno para ella. Aún así, confiaba en él. Pero ella era consciente de que esa no era, precisamente, la conversación que tenían pendiente. Y Octojin no tardó en aclarar ese punto, aunque lo estaba haciendo con la mayor comprensión posible. Entendía ella, y notaba, lo duro que parecía estar siendo para el escualo, a juzgar por como iba apretando y aflojando su mano en torno a la suya, más pequeña. Era un gesto de que, efectivamente, él también estaba nervioso, dudoso. Y no podía culparle por ello.

Para cuando la hondonada de preguntas llegó, la mano de la sirena tembló ligeramente. Incluso apartó la mirada con un hálito de vergüenza, aunque no de culpabilidad. Y también para intentar ordenar todas las palabras e ideas que tenía en la cabeza.

No fue algo que buscase de buenas a primeras. Cuando me fui de Loguetown la otra vez... — Recordaba aquella despedida agridulce. — … No sabía ni lo que era la Armada Revolucionaria. — Era verdad, no había sabido de ese grupo hasta hacía más bien poco. — Llegué hasta Kilombo... — Comenzó a relatar a medida que caminaban por la playa. El hecho de que estuviese tranquila y solo ellos dos le ayudaba a relajarse un poco. A no estar tan nerviosa, aunque alguno de sus titubeos la delataba. — Y allí conocí a un grupo de gente con el que entablé una buena amistad. Terminamos abandonando la isla juntos y terminé confiando en ellos.

Hasta el punto de comenzar a viajar con Airgid, Ragn y los demás. De hecho, la mención de Airgid fue lo que hizo que, ahora sí, Asradi mirase más directamente a Octojin.

¿Cómo que mataniños? — La pelinegra parpadeó en una mezcla de confusión y curiosidad. ¿Airgid mataniños? ¿De dónde había salido eso? No recordaba que la rubia le hubiese dicho de ese apodo o de lo que fuese. — ¡Pero si Airgid es un amor! — La conocía, sabía que era incapaz de hacer daño gratuitamente. — Aunque... No sabía que os conocíais. Nunca me comentó nada al respecto. — También era lógico, Asradi nunca les había hablado de Octojin precisamente para no meterle en problemas. Una sonrisa suave se alojó en los sonrosados labios de la sirena. — Le daré tus saludos cuando la vea. Estamos en el mismo Escuadrón. Pero luego quiero que me cuentes cómo la has conocido.

Dejaría esa historia para después, mucho más amena. Ahora había cosas más importantes que ellos dos tenían que hablar. Y solucionar. Mas antes de que pudiese decir nada, Octojin le ofreció un pañuelo rojo que desplegó. Eso le causó gracia y ternura a la par que lo usaba, entonces, a modo de cobertura para la cabeza. Apenas unos pocos mechones sobresalían por el flequillo, dándole un toque hasta más rural y encantador a su vez.

Ven, busquemos un lugar para hablar. — Aunque Octojin había visto su cartel de Wanted, como bien había afirmado, lo notaba dispuesto a escuchar. Y eso era algo que le aliviaba parcialmente. Acariciaba, mientras caminaban, la mano del gyojin tiburón. Era una sensación ambigua. La de la calidez que sentía con tenerle allí, con ella, y los ligeros nervios que la asolaban por cómo iba a explicarle todo.

Cuando encontró un lugar idóneo, Asradi se sentó en la arena, pero no mirando hacia el mar, sino mirando directamente hacia Octojin. Aquello era demasiado importante y aunque desvió la mirada un par de veces, jugando también con sus propias manos en torno a los dedos del escualo, aquella conversación no podía postergarse.

No pensé que pudieses ver el Wanted, aunque tiene sentido teniendo en cuenta que ahora eres un marine con todas las de la ley. — No lo decía con un tono de reproche, ni mucho menos. Pero hubiese querido evitarle ese posible mal trago. — A decir verdad, yo misma me sorprendí cuando lo repartieron en los periódicos. — Agradecía, al mismo tiempo, que él estuviese siendo tan paciente y le estuviese dejando explicarse.

Tomó aire y suspiró lentamente después. En ningún momento había roto el contacto con él, acariciándole tímidamente los dedos. Como si aquello le sirviese, de alguna manera, para calmarse. Cuando volvió a ganar algo de valor, continuó.

Durante los viajes con esta gente, conformamos un grupo unido. Son buenas personas, a pesar de que tengan carteles de Se Busca. — Le explicó, ahora mirándole de nuevo a los ojos. — Y conocimos a alguien que nos sirvió de enlace con los Revolucionarios. Yo... Sé que lo que pasó en Oykot salió en los periódicos. Lo hicimos, lo hice por ayudar a esa gente. Estaban malviviendo, Octojin. Y el Gobierno... — Se mordisqueó el labio inferior, no quería que él se sintiese insultado o menospreciado, ni tan siquiera señalado, por pertenecer a la Marina, que era una institución gubernamental, precisamente. — … Ellos no habían hecho nada por ayudarles. Solo les proveímos la libertad para poder dirigir sus vidas como ellos quisieran. De dirigir su destino sin nadie más por encima. Sé que esto, quizás, dificulte las cosas para ti, pero... No me arrepiento de lo que hice.

Es lo que le había dicho las últimas veces que se habían visto. Ella quería ayudar a al gente a su manera. A eliminar esa marginación que había entre los habitantes del mar y de la superficie. Pero estaba viendo que, incluso, entre los de la misma especie había esas injusticias.

Soy consciente de a lo que me arriesgo, pero llevo años huyendo. Estoy cansada de ello... — Confesó al final.
#5
Octojin
El terror blanco
Octojin permanecía embelesado mientras Asradi hablaba, fijándose en cada parte de su rostro como si no la hubiera visto jamás. Y, como era obvio, todo seguía donde debía estar, y seguía siendo tan atractiva como el primer día. O quizá incluso más. Sus palabras resonaban con fuerza en el interior del gyojin, que empezaba a escuchar con atención intentando asimilar toda la información que se venía. A cada caricia, a cada roce, el tiburón sentía un torrente de emociones que mezclaban la alegría del reencuentro con la preocupación por lo que Asradi le contaba. No la interrumpió ni una sola vez, dejando que se expresara libremente. Cuando ella terminó, Octojin respiró profundamente, intentando ordenar sus pensamientos antes de responder.

—Sabía que volveríamos a vernos, pero... nunca pensé que sería así —Sonrió con suavidad, apretando levemente sus manos entre las suyas—. Me alegra tanto saber que estás bien. Pero al mismo tiempo... entiendo por qué todo esto es complicado.

Asradi le había hablado con sinceridad, y eso era algo que Octojin valoraba profundamente. Él estaba escuchando todo lo que tenía que decir, y así seguiría hasta que terminase. Su mirada permaneció fija en la suya mientras procesaba las palabras, intentando encontrar el equilibrio entre su deber como marine y el vínculo personal que compartía con ella.

—Así que... Kilombo —Sonrió con cierto aire nostálgico—. Esa isla siempre tuvo fama de ser un lugar único. Me alegra que encontraras a personas en las que confiar —Hizo una pausa, recordando el tema de Airgid y no pudo evitar soltar una leve risa—. ¿Mataniños? Bueno, eso lo hablamos luego. Airgid... sí, la conocí hace años, cuando apenas era una niña. Era... peculiar, digamos. Pero me alegra que estés con alguien que te apoya. Es importante tener a personas así cerca. Aquello fue un mote de una conversación entre un adolescente y un tipo muy preguntón.

Octojin dejó que su mirada vagara hacia el horizonte unos segundos, antes de volver a enfocarse en Asradi. Sus palabras sobre la revolución y lo ocurrido en Oykot eran complejas, pero podía sentir la pasión detrás de cada una. Eso era algo que siempre había admirado en ella: su determinación por hacer lo correcto, incluso cuando el mundo parecía estar en su contra.

—Entiendo por qué hiciste lo que hiciste, Asradi —Su voz era tranquila, pero cargada de sinceridad—. No voy a juzgarte por ello. Sé que el gobierno y la Marina no siempre han estado del lado correcto. Lo he visto con mis propios ojos. Es una de las razones por las que me uní, ¿sabes? Quiero luchar para cambiar eso desde dentro —Apretó suavemente su mano, intentando transmitirle que estaba con ella, aunque sus caminos fueran diferentes—. Lo que hiciste en Oykot... sé que lo hiciste con buenas intenciones. Pero entiendo que eso te ponga en una posición difícil. Y a mí también. Pero bueno... Creo que podremos solucionar esto. Dicen que el amor todo lo puede, ¿verdad?

Hizo una breve pausa, mientras su rostro adoptaba una expresión de preocupación. Si bien es cierto que el amor todo lo podía... ¿Podría también con la distancia que les separaba continuamente? ¿Con la diferencia entre ambas facciones? Todo empezaba a ser más complicado de lo que lo era la última vez que se vieron. Y eso, claramente, no era bueno.

—No quiero que te pongas en peligro, pero sé que no puedo detenerte. Lo único que te pido es que tengas cuidado. Que no dejes que esto te consuma —Su voz se volvió más suave, casi un susurro—. Porque no quiero perderte, Asradi.

La sirena continuaba acariciando sus manos, y ese contacto era la única cosa que mantenía a Octojin centrado en el momento. Todo lo demás —la playa, el mundo exterior, incluso la Marina— se desvanecía ante la presencia de ella. Sin embargo, sabía que todavía había muchas preguntas en el aire, cosas que necesitaba entender.

—Dices que estás cansada de huir... —comenzó, con voz algo más seria pero aún cargada de afecto— ¿Entonces cuál es tu plan? ¿Qué quieres hacer ahora? ¿Seguirás con ellos, con los Revolucionarios? ¿O hay algo más que buscas?

Sabía que estas preguntas podían ser difíciles de responder, pero tampoco eran difíciles de plantear, y Octojin sentía que debía hacerlas. No por deber, sino porque necesitaba saber qué pasaba por la mente y el corazón de Asradi. No quería perder esa conexión, no quería que los secretos o las decisiones difíciles los separaran más de lo que ya lo había hecho el tiempo.

Le sonrió de nuevo, con esa calidez que solo podía ofrecerle a ella. El tiburón se sentó junto a ella en la arena, manteniendo su cercanía. El pañuelo rojo que ella llevaba en la cabeza le parecía un toque encantador, pero también era un recordatorio de la realidad en la que vivían. Y de la que vivirían de ahora en adelante. Su corazón seguía latiendo rápido, no por el peligro, sino por la emoción de estar junto a ella de nuevo.

—Lamento hacer tantas preguntas, pero... no puedo evitarlo. Quiero entenderlo todo. Quiero entenderte. Porque esto, ahora mismo, es lo más real que he tenido en mucho tiempo —su sonrisa se amplió, sus ojos brillando con sinceridad—. Y no quiero que se me escape.

El sol comenzaba a bajar muy lentamente, tiñendo el cielo de tonos cálidos que reflejaban a la perfección la mezcla de emociones que Octojin sentía en ese momento. Allí, sentado junto a Asradi, todo parecía más claro, más simple. Como si, al menos por un rato, las complejidades de sus mundos opuestos pudieran esperar.
#6
Asradi
Völva
Al final había soltado todo. O, al menos, parcialmente todo. Era consciente de que todavía faltaban cosas. Y una era la más importante de todas. La que más vergüenza le daba, por la que más temía meterle a él por medio. Por inercia, se estremeció de tan solo pensarlo y, al mismo tiempo, cuando terminó de hablar, también sintió un gran alivio. No tanto por haberse desahogado, sino por el hecho de que él la entendiese. De que... No estuviese enfadado. O peor aún, decepcionado. Eso era lo que más temía.

Todavía continuaba jugueteando con las manos contrarias, entre los dedos, acariciándolos, siguiendo las líneas de los nudillos. Era una silenciosa manera de desestresarse y de hacerle saber que, al mismo tiempo, estaba a gusto con él.

Es complicado todo esto, lo sé. — Asradi era la primera consciente de aquello. También tenía dudas de cómo debían proceder a partir de ahora. Él era un marine hecho y derecho.Y ella estaba comenzando a coquetear, como quien dice, con los revolucionarios. — Y sé que te pone a ti en una posición todavía más difícil. Es lo que yo menos quería... Causarte problemas.

Un suspiro apesadumbrado se le escapó, finalmente, de entre los labios. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Demasiadas cosas que que apelotonaban en su mente, sobre todo de ahora en un futuro. ¿Cómo iban a seguir adelante? ¿Él querría continuar con ella? Eso era lo que más miedo le daba, en realidad. El pensar que podría perderle. No pudo evitar, con tales pensamientos, el que sus manos se estrujasen un poco en torno a las del habitante del mar, mientras él le aseguraba que superarían eso. Pero entendía que también pudiese tener dudas al respecto.

¿Tú crees que podremos, Octojin? — Musitó, ahora con una mirada acongojada que no dudó en lanzar hacia el gyojin. El viento removía suavemente el flequillo y, por ende, el pañuelo rojizo que el mayor le había entregado y ella se había colocado primoroosamente. — Yo todavía siento lo mismo por ti, sino es que más. Me dolería saber el que te haya podido fallar de alguna manera. — Confesó con un tono un poco más quebrado. Señal de que, claramente, estaba bastante nerviosa con todo eso.

Era un contraste y una imagen pocas veces vista en Asradi, quien siempre se había mostrado bastante segura de sí misma en cuanto a lo que quería y cómo lo quería. Pero claro, en esas situaciones solo había estado ella. No había nadie más implicado. Y ahora lo estaba él, el gyojin al que amaba. Ella tampoco quería que él estuviese en peligro, pero teniendo en cuenta las posiciones en las que ambos se encontraban... Era harto improbable que estuviesen siempre seguros.

Entiendo que tengas tantas preguntas por hacer. Y soy consciente de que te debo respuestas. Hubiese querido comunicarme antes contigo y no que lo vieses a través de... — Suspiró. — Bueno, de un papel. Pero te agradezco que me hayas escuchado. — Le miro con una sonrisa un poco más tímida incluso. — También te prometo que estoy teniendo cuidado. Ellos también me cuidan. — Señaló, refiriéndose al resto de los revolucionarios con los que viajaba. Ojalá pudieses ser tú quien me cuidase, y yo cuidarte a ti. Es lo que más me reconcome de todo, pero te prometo que seré cautelosa.

Era lo más que podía hacer, al respecto, de momento. Lo que él pensase al respecto era muy importante para Asradi. Amaba a ese gyojin y no lo cambiaría por nada. Pero también entendía que había cosas que tenía que hacer separada de él. Y no por eso quería decir que no le importase, al contrario.

Me enorgullece tanto ver que has conseguido lo que tanto querías... — Fue ella la que, ahora, sonrió un poco más animada, al verle con su uniforme de la Marina. Le quedaba espectacular, y no pudo evitar sonrojarse al notar como se le marcaban los músculos hasta por debajo de dichas prendas. — Te queda muy bien, ¿sabes? — Lo dijo de manera sincera.

Al menos, hasta que la expresión de su rostro varió de manera suave, a una un tanto mas seria. Entendía que él tuviese preguntas, estaba en todo su derecho.

También quiero agradecerte que me estés protegiendo incluso ahora. A una criminal buscada. — Había un poquito de sorna en las últimas palabras, solo para no hacer la situación más incómoda o tensa al respecto. No se sentía como una criminal, pues no había matado a nadie. Bueno, sí, de manera indirecta había colaborado en la muerte de aquel general. Y todavía se lamentaba, parcialmente, por ello. Pero había todavía más vidas en juego.

Finalmente, tras unos momentos de duda, la sirena suspiró.

¿Recuerdas lo que te dije la última vez que hablamos? Lo de la Armada Revolucionaria es algo que sucedió después y fue sin planear. — Eso era verdad, había sucedido todo fluido, sí, pero no era algo de lo que Asradi hubiese sido consciente de buenas a primeras. — En Oykot pasaron cosas. No solo lo que salió en el periódico.

Es que hasta les estaban haciendo una estatua, al parecer. Eso le había sacado una risa divertida cuando se enteró. Pero era verdad, habían pasado más cosas que esas. Y era momento de sincerarse totalmente con Octojin.

Es verdad que tengo a alguien detrás. Alguien no grato y que, me temo, ahora la situación será peor a raíz del Wanted. — Eso era algo mucho más peliagudo para ella. Asradi se mordisqueó varias veces el labio inferior, en un gesto realmente tenso. Porque bailaba entre querer seguir ocultándolo y abrirse de corazón con Octojin.

En realidad, él se lo merecía por toda la paciencia y fé que le estaba teniendo. A pesar de la seguridad con la que, ahora, le estaba comentando eso, las manos de ella habían comenzado a temblar como hojas a merced del viento.

He dudado mucho en decírtelo no porque no confíe en ti... Si no por temor a ponerte en un atolladero o en peligro. Pero te mereces saberlo.

No se lo diría, se lo enseñaría, más bien. Era la mejor manera de que él lo entendiese. Las manos de Asradi, poco a pocose fueron separando de las de Octojin, escurriéndose de entre las suyas como arena entre sus dedos. Pero era un alejamiento momentáneo. Sin decir nada, la sirena se dió la vuelta, dándole la espalda de manera deliberada. Asradi estaba temblando como una hoja, señal de lo complicado que era para ella aquel momento. Aquella confesión. Solo una persona se lo había visto y porque estaba en la misma situación que la sirena.

En Oykot tuve un encontronazo con alguien a quien creí que le había dado esquinazo años atrás. No con él presencialmente, pero sí con gente que me había mandado a buscar...  Todo salió bien al final, pero... Sé que volverá a suceder. — Tragó saliva mientras, lentamente, sus dedos iban removiendo los botones de su camisa, así como algunos cordones que le ayudaban también a sostener dicha prenda de ropa. Poco a poco, el trozo de tela fue aflojándose hasta que se deslizó poco a poco hacia abajo, exponiendo lentamente aquella piel suave y curtida por el mar. Y por algo más.

A medida que la ropa superior descubría trozos de piel de la espalda de Asradi iba revelándose algo más dantesco. Viejas cicatrices que surcaban esa zona de su anatomía. No eran grandes, pero sí se notaba que habían sido contundentes. Marcas de cortes, de alguna quemadura, de todo el maltrato físico que había sufrido en ese tiempo. Y todo opacado, para bien o para mal, por aquella marca.

La garra que se plasmaba en gran parte de la espalda de la sirena y que la marcaba como una esclava de los Dragones Celestiales.

Asradi volvió a mordisquearse el labio inferior, esta vez de manera tan intensa que se terminó arrancando un poco de sangre, que bajó como un pequeño hilo por la comisura de sus labios. Sus dedos, aferrados a los brazos contrarios, también cubriendo con parte de la prenda sus senos.

Esa marca era lo que tanto se había esforzado en ocultar. Su pasado.

Su vergüenza.
#7
Octojin
El terror blanco
Octojin permaneció en silencio mientras escuchaba a Asradi. Cada palabra, cada gesto, cada suspiro parecía contener un peso monumental, como si el aire alrededor de ambos estuviera cargado de emociones reprimidas. Ese era el momento que tanto había estado esperando en su anterior encuentro en Loguetown. Aquél momento debía ser difícil para la sirena, que había intentado abrirse anteriormente, pero por alguna razón, no se sintió tan cómoda como se estaba sintiendo ahora. Había llegado el momento de saber qué era lo que rodeaba a la habitante del mar.

¿Estaría en peligro su sirena ahora? Aquella pregunta empezó a rondar la cabeza del tiburón, que al ver cómo se empezaba abrir, se esperó lo peor. Si bien es cierto que la sensación que les rodeaba era una de cierta serenidad, también tenía algo de tristeza. Una tristeza que se asentaba en el fondo de su pecho, donde los recuerdos de injusticias pasadas y las promesas incumplidas se mezclaban con el amor que sentía por la sirena frente a él.

Cuando Asradi terminó de hablar, Octojin apretó suavemente sus manos entre las suyas, intentando transmitirle algo de seguridad. Ella parecía nerviosa, titubeante, y aunque él también tenía dudas y temores, no podía permitirse mostrarlos en ese momento.

—Claro que podemos seguir, Asradi —le dijo, suavizando su voz, como el susurro de una ola acariciando la arena—. Todo esto... lo que estamos viviendo, lo que hemos pasado, nos hará más fuertes. No quiero que pienses ni por un momento que te he fallado o que te fallaré. Porque no lo haré. Estaré ahí siempre que lo necesites.

Hizo una pausa, observando cómo ella seguía jugueteando con sus manos. Era un gesto pequeño, pero cargado de significado. Un reflejo de su necesidad de tranquilidad en medio de la tormenta. La bomba que estuviese guardando, estaba a punto de salir.

—Yo también sigo sintiendo lo mismo por ti. Incluso más que antes —Confesó con una sonrisa tenue—. No voy a negar que es complicado, pero lo que tenemos es real. Y eso es lo único que importa.

Cuando Asradi comenzó a hablar sobre su pasado y las complicaciones que traía consigo, Octojin sintió un nudo formarse en su garganta. Quería interrumpirla, decirle que no tenía que seguir si no estaba lista, pero al mismo tiempo sabía que debía escucharla. Ella merecía ser escuchada, sin interrupciones, sin juicios. Sin embargo, no estaba preparado para lo que sucedió después. Y es que, ¿quién lo estaría? No había que ser muy listo para entender que algo pasaba en el pasado de Asradi. Algo la envolvía continuamente en una cierta tristeza que intentaba no sacar. Pero... Uno nunca se puede esperar algo así.

Cuando la sirena se apartó de él y comenzó a desabotonarse la camisa, Octojin sintió cómo su corazón se aceleraba. No por emoción, sino por una mezcla de preocupación y anticipación. Cada movimiento suyo parecía estar cargado de un dolor invisible, y él no podía hacer nada más que observar, con el alma encogida, mientras la verdad se revelaba ante sus ojos. Unos ojos que estuvo a punto de arrancarse de ira para no ver aquello.

La camisa cayó al suelo, y la espalda de Asradi quedó expuesta. Al principio, Octojin solo vio cicatrices, testigos mudos de un pasado de sufrimiento. Pero entonces, sus ojos se posaron en la marca que ocupaba gran parte de su piel. Una marca inconfundible, que él conocía demasiado bien.

La garra. La maldita garra que horrorizaba a cualquier habitante del mar.

El símbolo de los Dragones Celestiales, una prueba irrefutable de esclavitud. Una marca que había perseguido a su raza, y ahora a Asradi, durante generaciones. Octojin sintió como si un golpe lo atravesara directamente en el pecho, e incluso se tambaleó ligeramente, dando un paso hacia atrás. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos antes de que pudiera detenerlas y, sin apenas darse cuenta, su rodillas cayeron al suelo, y con ello el resto de su cuerpo, que encontró en las manos un pilar para evitar caer por completo. Intentó contenerse, pero era imposible. Aquello no era solo una marca en su piel; era una herida abierta en su corazón.

—No... —murmuró con la voz entrecortada, mientras las lágrimas caían por sus mejillas— No puede ser...

La ira comenzó a recorrer su cuerpo como un torrente desbordado. Los Dragones Celestiales, con su crueldad sin límites, habían marcado a Asradi como si fuera una simple mercancía. La injusticia era tan evidente, tan dolorosa, que Octojin sintió que el mundo entero se tambaleaba a su alrededor. Su mandíbula se tensó, y sus manos se cerraron en puños. Quería gritar, quería destrozar algo, quería hacerles pagar a esos monstruos por lo que habían hecho. Pero sabía que no podía. Sabía que no era el momento de sacar esa rabia. Debía reprimirla en su ser... Al menos por ahora.

Miró a la pobre Asradi. Su mirada temblorosa, sumada a su cuerpo ligeramente encorvado, como si estuviera esperando un juicio o un rechazo, le hizo sentir una enorme tristeza. Y fue ahí cuando la ira comenzó a disiparse, sustituida por una profunda necesidad de consolarla.

—Asradi... —Se acercó lentamente, reincorporándose, como si temiera romperla con un movimiento brusco— Lo siento tanto. No tienes idea de cuánto lamento que hayas tenido que pasar por esto. Y ahora entiendo muchas cosas.

La abrazó, con cuidado pero con firmeza, como si quisiera protegerla de todo el dolor del mundo. Sus brazos se cerraron alrededor de ella, envolviéndola en su calidez. Acarició su cabello mientras sus lágrimas seguían cayendo, mojando los mechones oscuros de la sirena.

—No estás sola. No lo estás —Su voz era un susurro, temblorosa pero llena de convicción—. No importa lo que diga esa marca, no define quién eres. Tú eres mucho más que esto. Eres fuerte, eres valiente... y yo estoy aquí para ti. Para apoyarte en todo momento.

Octojin se quedó así por un momento, permitiéndole sentir su apoyo incondicional. Sabía que las palabras no podían borrar el pasado ni curar las heridas que esa marca había dejado, pero esperaba que su presencia aliviara al menos un poco el peso que Asradi cargaba. Y ahí estaría abrazándola hasta que ella decidiese salir de ahí.

—Esto no puede seguir así —Dijo finalmente, con una determinación renovada en su voz—. Prometo que lucharé por un mundo en el que esto no vuelva a suceder. Ni a ti, ni a nadie más.

El escualo limpió suavemente las lágrimas que habían estado brotando de sus ojos y tras ello, pasó por la mejilla de Asradi, con una ternura que solo podía ofrecerle a ella.

—Te prometo que no estás sola en esto. Y sé que esto no es fácil de decir, pero gracias por confiar en mí lo suficiente como para mostrármelo. Eso significa más de lo que las palabras pueden expresar.

Octojin sabía que el camino por delante sería arduo y lleno de obstáculos, pero en ese momento, con Asradi en sus brazos, estaba más decidido que nunca a enfrentarlo. No solo por ella, sino por todo lo que representaban juntos. Un amor que, a pesar de las adversidades, seguía brillando con una intensidad inquebrantable.
#8
Asradi
Völva
El silencio que sobrevino después de aquella revelación hizo que Asradi se encogiese un poco sobre sí misma al encorvar temblorosamente su espalda para abrazarse un poco más, como si tan solo con ese gesto pudiese desaparecer u ocultarse de alguna manera. Los dedos de la sirena se cerraron con fuerza sobre sus propios brazos, los nudillos casi blancos a raíz de esa amalgama de sentimientos que la estaan azotando por dentro. De como los recuerdos se agolpaban en su cabeza y no la dejaban descansar. De como, cuando quería intentar salir adelante, siempre había algo que la hacía tropezar. Ese miedo de tener que mirar siempre atrás, de siempre tener la guardia en alto, más de lo habitual por si alguien la reconocía.

Y, ahora, con ese cartel repartido por el resto de los mares, iba a ser peor. Temía demasiadas cosas. El sentimiento de culpabilidad le horadaba de la misma manera que una fusta volviendo a dejarle nuevas marcas en la espalda. El temor de que, precisamente por ella, pusiese en peligro a los que quería. A la buena gente que se había encontrado. Al hombre que amaba y al cual, ahora, le estaba confiando aquella carga que pesaba sobre sus hombros. Alistair le había dicho aquella vez que no debía guardarse esas cosas para sí mismo. Que habría gente que le ayudaría a aligerar ese peso. Era verdad, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Sobre todo cuando una estaba habituada a hacerlo sola durante tantos años.

Asradi cerró los ojos con una mezcla de impotencia y nervios clavándose como millares de agujas en su piel. Sentía la sombra y la presencia de Octojin justo detrás de ella. Podía, casi, sentir su respiración, ahora agitada, a veces contenida. No sabía qué era peor en ese momento. Si ese silencio o que se hubiese dejado llevar por la ira o por cualquier otra cosa.

Lo siento... — Fue lo único que acertó a decir, con una vocecilla que no era propia de ella. Un tono quebrado y con los sentimientos todavía a flor de piel.

No le importó, ni tampoco pensó, que ahora se estaba exponiendo totalmente a él. La prenda de ropa había caído totalmente a la arena, tras su espalda. La brisa marina hacía ondear algunos mechones sueltos, ahora desordenados, como si se tratase de una negra cortina que rozaba con sutileza aquella dermis dañada. No era solo lo fisico, sino todo lo psicológico y emocional que había atrás.

Escuchaba hablar a Octojin y, al mismo tiempo, continuaba perdida en sí misma. Gruesas lágrimas habían comenzado a bajar, de manera irremediable, por sus mejillas. La mirada, congestionada de dolor y culpa, oculta tras la sombra que su flequillo, y el rojo pañuelo, le conferían.

¿Qué sentía? ¿La marca? ¿La vergüenza? ¿El no habérselo confiado antes? O quizás un poco de todo eso entremezclado, pues ni ella misma era capaz de ordenar sus ideas cuando se trataba de ese asunto. Había creído que, con el tiempo, lo terminaría superando, pero no había sido así. Escuchó el movimiento a sus espaldas y, posteriormente, como aquellos brazos la rodeaban de forma protectora. El primer instinto de la sirena fue encogerse un poco más sobre sí misma, en su propio cascarón, hasta que las cálidas intenciones de Octojin fueron aflojando poco a poco aquella tensión. ¿Por qué él estaba disculpándose? No tenía que hacerlo, no debía.

Ese hecho fue lo que hizo que ella misma se acurrucase, finalmente, contra él. Como si con tan solo ese gesto pudiese esconderse del resto del mundo. De aquel de quien huía constantemente.

No puedo arrastrarte conmigo a esto, Octojin. Si él se entera... — Tragó saliva de tan solo imaginárselo. Si ese hombre conocía no solo de la presencia del gyojin, sino de lo que significaba para ella, estaba segura de que no lo dejaría pasar.

Y, al mismo tiempo, era un mar de contradicciones porque no deseaba que el escualo se alejase. Era un continuo tira y afloja en su cabeza que le estaba volviendo loca. Que le hacía sentirse terriblemente egoísta al respecto.

Pondría en peligro todo lo que has conseguido. Te pondría en peligro a ti. — Finalmente alzó la mirada. Eses celestes quebrados y oscurecidos por la incertidumbre, como si alguien hubiese roto la calma del mismo océano.

No le importó, en ese momento, estar mostrando más zonas de piel de las que debería, porque su verdadera vergüenza estaba, precisamente, en su espalda. En un hórrido dibujo plasmado a fuego que la perseguiría hasta el fin de sus días.

Te amo, pero no quiero arruinarte. — A pesar de sus palabras, silenciosamente su mirada clamaba por ayuda. Nunca se había mostrado tan sumamente vulnerable como hasta ese momento con alguien más.
#9
Octojin
El terror blanco
Octojin permaneció inmóvil mientras el dolor que contenían las palabras de Asradi atravesaba el aire y llegaba hasta él. Observaba cómo la sirena, aquella mujer fuerte que siempre admiró, se encogía sobre sí misma con un aire de vulnerabilidad que lo destrozaba. Cada lágrima que corría por sus mejillas era como un peso que se depositaba directamente sobre su pecho, haciéndolo más y más pesado. Cuando escuchó ese “lo siento” que salió de su boca con una voz rota, sintió que algo en él mismo se quebraba.

—No tienes nada que sentir, Asradi —le dijo, con un tono bajo, lleno de una tristeza que apenas podía contener. Se inclinó hacia ella, siendo su presencia tan protectora como lo permitía el momento, pero sin invadir demasiado.

La brisa del mar ondeaba su cabello, y en medio de todo ese dolor, Octojin notó que la prenda de la sirena que cubría su pecho había caído sobre la arena. Por un instante, un leve sonrojo coloreó sus mejillas. Era un momento solemne, pero aquel detalle lo humanizó aún más. Se agachó con cuidado, recogió la tela y se la tendió, mientras sus ojos se desviaban con respeto.

—Aquí tienes. No quiero que te enfríes —comentó suavemente, tratando de disipar su propio nerviosismo.

El escualo se sentó junto a ella en la arena, apoyando una mano en su hombro mientras intentaba buscar las palabras adecuadas para calmarla. Esa misión sin duda era una de las más complejas que iba a afrontar en esos días. ¿Como se podía siquiera intentar consolar a alguien después de haber vivido todo aquello?

Asradi seguía temblando ligeramente, y el ver la marca en su espalda, las cicatrices de su pasado, hizo que un nudo se formara en su garganta. Sus manos se apretaron con fuerza sobre sus rodillas. Quiso gritar, destruir todo lo que le recordaba a la injusticia que aún los perseguía a los de su especie. Las lágrimas comenzaron a correr por sus ojos sin que pudiera detenerlas, pero mantuvo su rostro calmado por fuera. Ella no necesitaba verlo perder el control, necesitaba consuelo, fuerza.

—Esa marca… —empezó a decir, tragando saliva mientras se forzaba a hablar con serenidad—. Esa marca no define quién eres. Es algo que te hicieron, no algo que tú permitieras. No dejes que el pasado controle quién eres ahora, Asradi.

El gyojin sabía que no era tan sencillo, pero al menos podía intentar ayudarla a que se viera a través de sus ojos: como alguien fuerte, valiente y admirable. Su voz se suavizó mientras continuaba intentaba seguir la conversación con la intención de calmarla.

—Si ese hombre se entera… deseará no haber nacido. Porque te prometo, Asradi, que yo mismo iré tras él y le haré pagar por todo lo que te ha hecho —La rabia brilló brevemente en sus ojos antes de ser reemplazada por una determinación férrea—. Pero necesito que me des algo. Un nombre, una pista… cualquier cosa que pueda seguir. No haré nada sin avisarte antes, te lo prometo, pero no puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que hay alguien ahí fuera que te persigue como si fueras una presa.

Las lágrimas de ella continuaban cayendo, y el escualo la rodeó con sus brazos en un abrazo protector, como si quisiera envolverla y protegerla del resto del mundo de nuevo. Dejó un beso suave en su mejilla y le susurró con ternura algo, intentando seguir tranquilizándola.

—Te amo, Asradi. Nada de esto cambia lo que siento por ti, al contrario… todo esto solo hace que te admire y te ame aún más. Eres increíblemente fuerte, y no voy a permitir que te hundas por algo que no fue tu culpa. Juntos, conseguiremos todo lo que nos propongamos, ¿me oyes? —Acarició su cabello con cuidado, como si ese simple gesto pudiera ayudarla a calmarse—. Y no dudes en apoyarte en mí cuando lo necesites. No tienes que cargar con todo esto tú sola.

Dejó que las palabras calaran en el corazón de la sirena mientras ella se acurrucaba más contra él. La arena fría se sentía más cálida con la proximidad de sus cuerpos. Octojin quería que ella supiera que siempre estaría a su lado, que no había nada que pudiera cambiar lo que sentía por ella. Pero en un estado como aquel, incluso la palabra más sencilla era complicada de entender.

Tras unos minutos de silencio, en los que solo se escuchaban las olas romper contra la orilla, el gyojin habló nuevamente, continuando con esa voz tranquila y calmada, casi susurrante.

—¿Te apetece dar una vuelta por el extrarradio de la isla? Quizá podamos ir a tomar algo o volver a la posada donde nos conocimos. Allí podríamos hablar con más calma, lejos de cualquier mirada indiscreta.

Sus manos se posaron suavemente en las mejillas de Asradi, obligándola a mirarlo directamente a los ojos. No había rastro de duda en la mirada de Octojin, solo amor y devoción. Lentamente, se inclinó hacia ella y le dio un beso en los labios, uno cargado de sensualidad y ternura. Quería que ella supiera, sin lugar a dudas, cuánto la amaba y cuánto estaba dispuesto a hacer por ella.

Cuando sus labios se separaron, el tiburón apoyó su frente contra la de Asradi, susurrando de nuevo algo que pretendía iluminar aquella tristeza de la sirena. De un modo u otro, lo acabaría consiguiendo. Estaba seguro.

—Esto es real, Asradi. Lo que sentimos, lo que somos. Y no voy a dejar que nada ni nadie nos lo arrebate.
#10
Tema cerrado 


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)