
Silver D. Syxel
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05-12-2024, 03:24 AM
El pueblo de Rostock se encontraba sumido en un inquietante silencio cuando Syxel regresó. Sus botas resonaban suavemente contra los adoquines a medida que avanzaba. El aire salado del puerto se mezclaba con el olor a madera vieja y humedad, creando una atmósfera pesada, casi sofocante. Aunque algunos puestos en la plaza principal aún intentaban cerrar sus negocios del día, la mayoría de las calles estaban desiertas. Incluso para un lugar tan poco acogedor como Rostock, algo parecía fuera de lugar.
El capitán ajustó la caja bajo su brazo y caminó con paso decidido hacia la zona menos concurrida del pueblo. Su objetivo era claro: encontrar un lugar discreto donde poder analizar las pistas descubiertas en el templo sin interrupciones. Tras recorrer varias calles mal iluminadas, llegó a una modesta posada cuya fachada desconchada y ventanas opacas parecían gritar "nadie hace preguntas aquí". Era perfecta.
—Una noche, sin molestias —dijo al tabernero, dejando caer unas monedas sobre el mostrador.
El hombre, un sujeto bajo y desaliñado, no respondió más que un gruñido afirmativo mientras le entregaba una llave oxidada. Silver subió al segundo piso y cerró la puerta de su habitación tras de sí. Aunque el mobiliario era escaso —una cama chirriante, una mesa coja y una lámpara de aceite medio consumida—, cumplía con lo necesario. Dejó la caja sobre la mesa, encendió la lámpara y se permitió un momento para observar su contenido.
La piedra seguía siendo un enigma. A la luz de la lámpara, las inscripciones brillaban débilmente, como si quisieran contar una historia que solo unos pocos podían entender. Los símbolos del mural en el templo eran más o menos claros: la piedra estaba conectada a un mapa y, probablemente, a algo más grande. Pero lo que más le inquietaba era la devoción casi fanática de quienes lo habían atacado.
—Esto debe valer más de lo que pensaba... Al menos para esa gentuza —murmuró, dejando que su mente conectara las piezas mientras observaba las marcas con atención.
Un leve sonido lo sacó de sus pensamientos. Al principio, pensó que era el viento, pero pronto se dio cuenta de que eran pasos. Alguien caminaba por el pasillo, deteniéndose frente a su puerta. El capitán apagó la lámpara de inmediato, deslizándose hacia un lado para no ser visto desde el exterior. Con la mano en la empuñadura de su espada, esperó en silencio.
Un golpe seco sacudió la puerta, seguido de una voz ronca:
—Sabemos que estás ahí, pirata. No hagas esto más complicado de lo necesario.
La calma habitual en el rostro de Silver se transformó en una sonrisa ladeada. Siempre había algo en las amenazas mal hechas que lo divertía.
—Echo en falta un "Capitán" en esa frase —respondió, con un tono burlón que resonó a través de la madera.
La respuesta llegó en forma de un segundo golpe, más fuerte, que rompió la cerradura y dejó la puerta colgando de una sola bisagra. Tres hombres irrumpieron en la habitación, mostrandose sus figuras toscas recortadas por la tenue luz del pasillo. Aunque no llevaban las túnicas ceremoniales de los fanáticos del templo, sus movimientos eran igual de decididos. Uno de ellos, un hombre corpulento con cicatrices que cruzaban su rostro, habló con desprecio:
—Se te acabó la suerte. Dame esa piedra y quizás te deje salir de aquí con vida.
Silver se posicionó, dejando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Con un movimiento lento pero deliberado, desenvainó su espada, cuyo filo reflejó un destello mortal en la penumbra.
—Lo dudo mucho.
El primero de los atacantes, armado con una espada curva, se lanzó hacia él con un grito. El pirata se movió con rapidez, esquivando el ataque y girando sobre sí mismo para cortar con un golpe limpio el brazo que sostenía el arma. El hombre cayó al suelo, gritando de dolor mientras la sangre manchaba las tablas de madera.
El segundo, más ágil, intentó aprovechar la distracción, blandiendo una espada corta. Silver bloqueó el ataque con facilidad, desviándolo hacia un lado antes de lanzar un tajo que alcanzó el costado del hombre, haciéndolo retroceder tambaleándose. El tercero, el más grande, optó por un enfoque diferente. Con una porra de hierro en las manos, intentó derribar al capitán con un golpe descendente. Syxel esquivó por poco, sintiendo cómo el aire se cortaba por el impacto. La porra se incrustó en el suelo, dejando al atacante momentáneamente expuesto.
—Esa ha sido tu única oportunidad —gruñó Silver, aprovechando la abertura para lanzar un golpe mortal al cuello del hombre. El garrote cayó de sus manos, y su cuerpo se desplomó con un estruendo sordo.
El último de los atacantes, aún sosteniendo su espada corta, parecía dudar. Sus ojos viajaban entre su herida y el capitán, como si evaluara si valía la pena seguir luchando. Syxel no le dio tiempo para decidir. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellos y atravesó su pecho con un golpe preciso. El hombre cayó hacia atrás, dejando escapar un último suspiro antes de quedar inmóvil.
La habitación quedó en silencio, salvo por la respiración controlada del pirata. Guardó su espada y encendió la lámpara nuevamente, observando los cuerpos que ahora yacían sobre las tablas ensangrentadas. Estaba claro que no se iban a dar por vencidos. Y esos hombres no eran simples matones; a juzgar por sus armas y movimientos, debían trabajar para alguien más. Alguien que había notado su presencia en Rostock y estaba decidido a arrebatarle la piedra y quitarlo de en medio.
Silver se inclinó sobre el hombre corpulento y registró sus bolsillos, encontrando un pequeño pergamino con un sello que no reconoció. El símbolo, una figura triangular rodeada de espinas, parecía un emblema de algún tipo de casa u organización. Era una pista, aunque aún no estaba seguro de que tan importante sería.
Con un último vistazo a la habitación destrozada, el capitán recogió la caja con la piedra y salió por la ventana, aterrizando en un callejón oscuro. Por desgracia, no podía quedarse más tiempo en la posada. El juego había escalado, y necesitaba decidir su próximo movimiento antes de que el resto de jugadores hicieran su suguiente jugada.
El capitán ajustó la caja bajo su brazo y caminó con paso decidido hacia la zona menos concurrida del pueblo. Su objetivo era claro: encontrar un lugar discreto donde poder analizar las pistas descubiertas en el templo sin interrupciones. Tras recorrer varias calles mal iluminadas, llegó a una modesta posada cuya fachada desconchada y ventanas opacas parecían gritar "nadie hace preguntas aquí". Era perfecta.
—Una noche, sin molestias —dijo al tabernero, dejando caer unas monedas sobre el mostrador.
El hombre, un sujeto bajo y desaliñado, no respondió más que un gruñido afirmativo mientras le entregaba una llave oxidada. Silver subió al segundo piso y cerró la puerta de su habitación tras de sí. Aunque el mobiliario era escaso —una cama chirriante, una mesa coja y una lámpara de aceite medio consumida—, cumplía con lo necesario. Dejó la caja sobre la mesa, encendió la lámpara y se permitió un momento para observar su contenido.
La piedra seguía siendo un enigma. A la luz de la lámpara, las inscripciones brillaban débilmente, como si quisieran contar una historia que solo unos pocos podían entender. Los símbolos del mural en el templo eran más o menos claros: la piedra estaba conectada a un mapa y, probablemente, a algo más grande. Pero lo que más le inquietaba era la devoción casi fanática de quienes lo habían atacado.
—Esto debe valer más de lo que pensaba... Al menos para esa gentuza —murmuró, dejando que su mente conectara las piezas mientras observaba las marcas con atención.
Un leve sonido lo sacó de sus pensamientos. Al principio, pensó que era el viento, pero pronto se dio cuenta de que eran pasos. Alguien caminaba por el pasillo, deteniéndose frente a su puerta. El capitán apagó la lámpara de inmediato, deslizándose hacia un lado para no ser visto desde el exterior. Con la mano en la empuñadura de su espada, esperó en silencio.
Un golpe seco sacudió la puerta, seguido de una voz ronca:
—Sabemos que estás ahí, pirata. No hagas esto más complicado de lo necesario.
La calma habitual en el rostro de Silver se transformó en una sonrisa ladeada. Siempre había algo en las amenazas mal hechas que lo divertía.
—Echo en falta un "Capitán" en esa frase —respondió, con un tono burlón que resonó a través de la madera.
La respuesta llegó en forma de un segundo golpe, más fuerte, que rompió la cerradura y dejó la puerta colgando de una sola bisagra. Tres hombres irrumpieron en la habitación, mostrandose sus figuras toscas recortadas por la tenue luz del pasillo. Aunque no llevaban las túnicas ceremoniales de los fanáticos del templo, sus movimientos eran igual de decididos. Uno de ellos, un hombre corpulento con cicatrices que cruzaban su rostro, habló con desprecio:
—Se te acabó la suerte. Dame esa piedra y quizás te deje salir de aquí con vida.
Silver se posicionó, dejando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Con un movimiento lento pero deliberado, desenvainó su espada, cuyo filo reflejó un destello mortal en la penumbra.
—Lo dudo mucho.
El primero de los atacantes, armado con una espada curva, se lanzó hacia él con un grito. El pirata se movió con rapidez, esquivando el ataque y girando sobre sí mismo para cortar con un golpe limpio el brazo que sostenía el arma. El hombre cayó al suelo, gritando de dolor mientras la sangre manchaba las tablas de madera.
El segundo, más ágil, intentó aprovechar la distracción, blandiendo una espada corta. Silver bloqueó el ataque con facilidad, desviándolo hacia un lado antes de lanzar un tajo que alcanzó el costado del hombre, haciéndolo retroceder tambaleándose. El tercero, el más grande, optó por un enfoque diferente. Con una porra de hierro en las manos, intentó derribar al capitán con un golpe descendente. Syxel esquivó por poco, sintiendo cómo el aire se cortaba por el impacto. La porra se incrustó en el suelo, dejando al atacante momentáneamente expuesto.
—Esa ha sido tu única oportunidad —gruñó Silver, aprovechando la abertura para lanzar un golpe mortal al cuello del hombre. El garrote cayó de sus manos, y su cuerpo se desplomó con un estruendo sordo.
El último de los atacantes, aún sosteniendo su espada corta, parecía dudar. Sus ojos viajaban entre su herida y el capitán, como si evaluara si valía la pena seguir luchando. Syxel no le dio tiempo para decidir. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellos y atravesó su pecho con un golpe preciso. El hombre cayó hacia atrás, dejando escapar un último suspiro antes de quedar inmóvil.
La habitación quedó en silencio, salvo por la respiración controlada del pirata. Guardó su espada y encendió la lámpara nuevamente, observando los cuerpos que ahora yacían sobre las tablas ensangrentadas. Estaba claro que no se iban a dar por vencidos. Y esos hombres no eran simples matones; a juzgar por sus armas y movimientos, debían trabajar para alguien más. Alguien que había notado su presencia en Rostock y estaba decidido a arrebatarle la piedra y quitarlo de en medio.
Silver se inclinó sobre el hombre corpulento y registró sus bolsillos, encontrando un pequeño pergamino con un sello que no reconoció. El símbolo, una figura triangular rodeada de espinas, parecía un emblema de algún tipo de casa u organización. Era una pista, aunque aún no estaba seguro de que tan importante sería.
Con un último vistazo a la habitación destrozada, el capitán recogió la caja con la piedra y salió por la ventana, aterrizando en un callejón oscuro. Por desgracia, no podía quedarse más tiempo en la posada. El juego había escalado, y necesitaba decidir su próximo movimiento antes de que el resto de jugadores hicieran su suguiente jugada.