Alguien dijo una vez...
Rajoy D. Mariano
"Es el Gorosei el que elige al Moderador, y es el Moderador el que quiere que sean los Gorosei el Moderador"
[Diario] Primeros pasos
Katharina von Steinhell
von Steinhell
Insípido. Vulgar. Corriente.

Así describiría no solo el café que he tenido la desgracia de beber esta mañana, sino también a esta ciudad que algunos llaman Loguetown. Sus callejuelas empedradas están atestadas de un flujo constante de seres sin gracia, ocupados en su tediosa rutina de sobrevivir. Me pregunto si esta ciudad tiene la capacidad de albergar una trama interesante o si, como el café que me sirvieron, terminará siendo otro desperdicio de mi tiempo.

Estoy sentada en una terraza desvencijada, observando a la gente pasar. Un velo de nubes grisáceas amenaza lluvia, y la humedad en el aire no hace más que intensificar mi mal humor. Estoy aquí por una razón, claro, aunque no me entusiasma en absoluto: uno de los peones de mi padre, otro asesino de la Orden Carmesí, ha sido avistado en la zona. Esta cacería no es más que una danza grotesca que mi padre ha orquestado, y aunque preferiría ignorarla, mi vida depende de no hacerlo.
Mi mirada se posa en un hombre al otro lado de la plaza, alto y de semblante tranquilo. Su andar es casual, pero hay algo en su postura que delata una preparación subyacente, como un tigre acechando a su presa. Lleva un sombrero de ala ancha que oculta parcialmente su rostro, pero puedo sentir el peso de su atención sobre mí. No es un simple paseante.

Con un gesto elegante, me levanto de la silla, mi chaqueta azul oscuro ondeando ligeramente con el movimiento. Mis botas resuenan contra los adoquines cuando camino hacia un callejón cercano, pretendiendo desvanecerme entre las sombras. Si realmente es uno de ellos, me seguirá.
Y, por supuesto, lo hace.

El callejón está húmedo, y el hedor de basura fermentada me golpea como una bofetada. Me detengo unos metros más adelante, permitiendo que el eco de sus pasos alcance mis oídos. Llevo la mano derecha al cinturón, donde descansa una daga perfectamente equilibrada. Susurrando para mí misma, calculo el tiempo y la distancia.

—Diez pasos más —murmuro—, y estará en posición.

El hombre dobla la esquina. Ahora puedo verlo con claridad: ojos oscuros y una cicatriz que cruza su mejilla izquierda. El distintivo medallón de la Orden cuelga de su cuello como una insignia macabra. Al cruzar nuestras miradas, sonríe con una mueca burlona.

—Así que finalmente te encontré, señorita von Steinhell —dice, su voz rasposa como papel de lija.

—¿Encontrarme? Qué presuntuoso. Tú no encuentras a Katharina von Steinhell; yo decido ser hallada —respondo, mi tono impregnado de desdén.

Él desenfunda un cuchillo curvo, su hoja brilla con una peligrosa luz plateada. Su confianza es palpable, casi irritante.

—Tu padre no será amable cuando me lleve tu cabeza.

—Oh, qué original. ¿Cuántos de ustedes han repetido esa misma línea antes de fallar miserablemente? —replico, ajustando mi postura para preparar el ataque.

El enfrentamiento comienza con un movimiento rápido de su parte. Su cuchillo corta el aire con precisión, pero ya me he movido. Mi daga intercepta su ataque con un tintineo metálico, y utilizo el impulso para girar mi cuerpo y lanzar un golpe directo a su abdomen. Él retrocede justo a tiempo, pero no antes de que mi hoja roce su camisa, desgarrándola.

—No eres tan hábil como pensé —comento con una sonrisa torcida, limpiando la hoja de mi daga contra mi guante de lino.

—Y tú hablas demasiado —gruñe antes de lanzarse de nuevo al ataque.

Esta vez su agresión es más calculada, forzándome a retroceder hacia el final del callejón. Mis pies tocan un charco, y en ese instante sé que ha preparado una trampa. Desde un rincón oscuro, otro asesino emerge, apuntando una ballesta hacia mí.

—Qué predecible —digo mientras me agacho justo cuando la flecha atraviesa el espacio donde estaba mi cabeza un segundo antes.

Con un movimiento fluido, arrojo mi daga hacia el arquero, clavándola en su brazo y haciendo que la ballesta caiga al suelo. Sin perder tiempo, me lanzo hacia mi atacante original, utilizando mi codo para golpear su mentón con la fuerza suficiente para hacerlo tambalear.

El primer asesino cae al suelo, tosiendo sangre. Me acerco a él con pasos firmes, tomando mi daga del suelo y limpiándola en su camisa desgarrada.

—¿Es todo lo que tienes? ¿De verdad crees que algo tan básico puede acabar conmigo? —pregunto, dejando que la arrogancia impregne cada palabra.
El segundo hombre, herido y sosteniendo su brazo, intenta huir. Lo dejo ir. No hay honor en cazar a una presa débil.

Me agacho junto al primer asesino, sosteniéndolo del cabello para levantar su rostro hacia el mío.

—Escucha bien, porque no lo repetiré. Dile a mi padre que puede enviar a todos sus perros tras de mí. Ninguno de ustedes estará a la altura —digo, liberándolo con un empujón que lo hace caer de espaldas.

Me levanto, sacudiendo el polvo de mi chaqueta. Aunque me siento satisfecha, sé que esta cacería apenas comienza. La Orden Carmesí es un enemigo implacable, y mi padre no descansará hasta que caiga.

Sin embargo, como siempre, juego para ganar.
#1


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