Hay rumores sobre…
... que en cierta isla del East Blue, hubo hasta hace poco tiempo un reino muy prospero y poderoso, pero que desapareció de la faz de la tierra en apenas un día.
[Diario] La rutina del entrenamiento
Octojin
El terror blanco
El sol volvía a asomar en el horizonte, iluminando el campo de entrenamiento de la base del G-31 con sus primeros rayos dorados. Un día más allí, entre hierros y gente sudorosa, lo que venía siendo una costumbre para Octojin, que con su imponente figura de tiburón llenaba el sitio con su simple presencia. El escualo ya estaba en pie desde mucho antes, repasando mentalmente la rutina del día, algo que se había acostumbrado a hacer para que no se le fuesen demasiado las ideas. Los reclutas habían sobrevivido a la primera jornada, pero él sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba.

—¡Atención! —rugía Octojin al llegar al campo. Sus palabras resonaron con la fuerza de una ola rompiendo contra las rocas, y los cuatro reclutas, Marco, Daria, Jules y Elliot, se cuadraron al instante.

—Hoy no solo sudaréis, también sangraréis si es necesario. El éxito en la Marina no es solo cuestión de músculos, sino de corazón y mente. Hay gente que es buena en la estrategia, otra en el combate, otra en tareas médicas, y así. No os preocupéis si no sois buenos en algo, de aquí saldréis instruidos en varios frentes y se os asignará al pelotón que corresponda en función de vuestras fortalezas y debilidades. Aunque, si no estáis dispuestos a dar el 100%, es mejor que os vayáis ahora mismo.

Sus miradas se cruzaron, llenas de determinación y algo de temor. Ninguno dio un paso atrás. Todos sabían que, pese a la dureza del gyojin, era un paso necesario que debían dar para entrar en la marina. Y no solo eso, para entrar bien instruidos y con posibilidades de ascender pronto.

—Bien, comencemos.

El entrenamiento comenzó con un circuito de fuerza combinado con habilidades marineras. Octojin había preparado una serie de estaciones que incluían levantar barriles llenos de agua, correr cargando pesos de anclas, y trepar cuerdas resbaladizas que simulaban jarcias de un barco en medio de una tormenta. Cada ejercicio estaba diseñado no solo para extenuar sus cuerpos, sino también para probar su temple.

—Vamos, esos barriles no se van a mover solos. ¡Dale! —gritó Octojin mientras Marco intentaba levantar un barril que parecía pesar tanto como él.

El joven luchaba contra su propio agotamiento, con los brazos temblando bajo la carga. Finalmente, con un gruñido, logró alzar el barril sobre sus hombros, algo que se celebró allí mismo como una gran victoria. Y es que, a veces uno no luchaba únicamente por su propio ego de superarse a sí mismo, sino también por incentivar a los demás, por animarles con su poderío, e incluso, por qué no, por no hacer el ridículo en alguna de las pruebas. Todos aquellos sentimientos unidos, eran suficientes como para sacar fuerzas de donde no las había.

—¡Eso es! Ahora tres vueltas alrededor del campo.

Daria también enfrentaba su propio reto. La cuerda que debía trepar estaba empapada, y sus manos resbalaban constantemente. Pero su orgullo no le permitía rendirse. Con un grito de frustración, logró alcanzar la cima, mirando a Octojin con una sonrisa desafiante.

—Finnley, esa energía me gusta. Pero no te confíes, el verdadero desafío está por venir.

Jules, por otro lado, estaba demostrando ser un verdadero mulo de carga. Su fuerza bruta le permitía superar la mayoría de los ejercicios de potencia, pero su torpeza seguía siendo un obstáculo. En un intento de cargar un peso hacia una plataforma, tropezó y cayó de bruces al suelo.

—Carver, si vas a caer, al menos hazlo con estilo. Ahora levántate y vuelve a intentarlo.

Finalmente, Elliot, aún el más joven y menos experimentado, mostraba una tenacidad que empezaba a ganar el respeto de sus compañeros. Aunque sus movimientos eran menos precisos y su fuerza menor, no se detenía. Cuando fallaba, volvía a intentarlo, una y otra vez. Y eso a veces significaba mucho más que las dotes innatas que pudieras tener.

—Graves, esa es la actitud. No importa cuánto caigas, sino cuántas veces te levantes.

Tras dos horas de intenso entrenamiento, Octojin los reunió frente a una gran piscina de agua salada. En el centro flotaba una balsa hecha de maderos y cuerdas.

—Esta balsa simboliza vuestra unidad. Debéis cruzar la piscina juntos, pero no os lo pondré fácil. Habrá "piratas" intentando hundiros. Si no trabajáis como equipo, os hundiréis. Y creedme, el agua está tan fría que desearéis haber nacido peces.

Los reclutas se miraron unos a otros, conscientes de que esta prueba sería diferente. Subieron a la balsa con cautela, organizándose para remar con lo que tenían a mano. Octojin, mientras tanto, supervisaba desde la orilla, lanzándoles esferas de goma que simulaban cañonazos. Empezó a lanzarlos con poca fuerza, simplemente para ver la capacidad que tenían de mantener el equilibrio ahí, y a medida que iba viendo que podía aumentar el ritmo, lo hacía con más ferocidad. Apuntando a las extremidades, tanto brazos que sostenían los remos, como a la cabeza.

—¡Halden, Finnley, más coordinación al remar! Carver, protege el flanco derecho. Graves, ¡mueve ese palo como si fuera un espadón!

El primer impacto desequilibró a Marco, quien casi cayó al agua. Daria reaccionó rápido, agarrándolo del brazo y devolviéndolo a su posición. Mientras tanto, Jules se usaba a sí mismo como un escudo improvisado, bloqueando varios "proyectiles" con su espalda. Aquello era una práctica que, en un terreno real, sería muy poco útil, y el habitante del mar tendría que hablar con él de ello. Aunque por otro lado, si estaba adaptándose a la prueba, desde luego era algo original. Gracias a detenerlos con la espalda, podía mantener el equilibrio y proteger a los suyos. Elliot, animado por los gritos de su mentor, luchaba por mantener la balsa en curso.

Cuando finalmente llegaron al otro lado, exhaustos pero unidos, Octojin los recibió con una sonrisa de tiburón.

—Hoy aprendisteis una lección crucial: en el campo de batalla, la unidad puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Recordad esto siempre. El simple fallo de uno de vosotros condena al resto, así que debéis luchar, primero por vosotros mismos, y, de manera indirecta, lo estaréis haciendo por los demás también.

La jornada terminó con una charla en el comedor. Los reclutas, sentados en una mesa llena de platos de estofado y pan, compartían historias y risas. Octojin, sentado a la cabecera, observaba con orgullo.

—Mañana os quiero aquí a primera hora. Pero esta vez, traeré algo más desafiante. No os acomodéis. Esto es solo el principio.

Los reclutas asintieron, conscientes de que el camino por delante sería duro, pero también llenos de determinación. Algo decía al tiburón que realmente se lo estaban pasando bien. Aquello valía para conocerse entre ellos, animarse y encima aprender. Bajo la guía de Octojin, estaban dispuestos a convertirse en verdaderos marines.
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