
Raiga Gin Ebra
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11-12-2024, 10:24 AM
Raiga avanzaba por las calles de Down con paso despreocupado y su habitual mirada desafiante. La isla era un hervidero de historias y tipos raros, un lugar perfecto para alguien que no buscaba ni cadenas ni normas. Desde pequeño, había aprendido a moverse entre los tugurios del East Blue, y aquí no era diferente: ruido de risas escandalosas, olores a salitre y alcohol, y un constante ir y venir de marineros, piratas y gente que no quería que se le hicieran demasiadas preguntas.
—Bueno, parece que este es el sitio —murmuró para sí mismo, al detenerse frente a una taberna desvencijada llamada “La Gaviota Coja”. El letrero tambaleante dejaba claro que ni los clientes ni los dueños se molestaban en mantener las apariencias.
Empujó la puerta con su zorruna sonrisa. La escena no podía ser más típica: un ambiente cargado de humo y voces mezcladas con el tintineo de vasos, mesas medio tambaleantes y un par de tipos que ya discutían en un rincón. La clientela iba desde tipos rudos con cicatrices hasta un hombre que tocaba un desafinado acordeón mientras otro coreaba algo sobre la “dichosa libertad de los mares”.
Raiga avanzó hacia la barra, sus pequeños colmillos asomando al sonreír. Se subió a un taburete que, para su desagrado, casi le hacía perder el equilibrio.
—Oye, jefe, ¡un vaso de leche, pero que sea del bueno! —soltó, arrancando las risas de algunos cercanos. Uno de los borrachos, un tipo de barba entrecana, se dio vuelta hacia él con una carcajada.
—¡Niño, aquí servimos ron, no leche de niñeras! ¿Qué haces en un lugar como este?
Raiga lo miró, ladeando la cabeza como si el comentario fuera lo más aburrido del mundo.
—¿Tú qué crees, abuelo? ¡Si estoy aquí es porque los cuentos de niños buenos me aburren! Pero tranqui, si no puedes aguantar mi presencia, ¡siempre puedes irte al puerto a remendar redes!
La respuesta hizo que varios alrededor soltaran carcajadas, y el hombre, entre sorprendido e irritado, agitó la mano con desdén antes de volver a hundirse en su vaso. Raiga se cruzó de brazos y escaneó la sala, con una energía de quien estaba listo para lo que fuera.
El tabernero, un tipo regordete con un delantal que había visto mejores días, le sirvió un vaso de leche tibia.
—Eres un crío valiente para andar por aquí, chico. ¿Estás buscando problemas o solo te gustan los espectáculos?
—¡Ni lo uno ni lo otro! Bueno, quizás un poco de ambos —respondió Raiga, mientras daba un sorbo y limpiaba su bigote de espuma con el dorso de la mano—. Aunque si alguien quiere monta’ bronca, ¡ya estoy listo pa’ el show!
Mientras hablaba, las voces en la taberna subieron de tono. En una mesa cercana, un grupo de hombres se había enfrascado en una discusión que parecía girar en torno a una historia absurda sobre un cofre maldito encontrado en los arrecifes al sur de Down. Uno de ellos, un viejo flacucho con un garfio en lugar de mano, golpeó la mesa.
—¡Te digo que lo vi con mis propios ojos! El cofre estaba cerrado con cadenas, y un maldito resplandor verde salía de las grietas. ¡Pero ninguno tuvo las agallas para abrirlo, cobardes todos!
—¿Y qué hiciste tú? ¿Le cantaste una nana para que te dejara en paz? —se burló otro, un tipo rechoncho con más cicatrices de las necesarias.
Raiga no pudo evitar acercarse, su curiosidad desbordando.
—¿Un cofre maldito, eh? Suena como el tipo de cosa que los valientes buscan y los listos evitan. ¡Pero a mí me gustan los riesgos! ¿Qué más sabes, abuelo?
El del garfio lo miró con una mezcla de desdén y respeto.
—¿Qué vas a saber tú, niño? Ese cofre no es para mocosos. Dicen que quien lo abre pierde algo importante… y no estoy hablando de monedas.
—Bah, seguro que son cuentos pa’ asustar a niños como tú cuando eras joven —Raiga sonrió, con un brillo desafiante en los ojos—. Pero tranquilo, ¡si me das las coordenadas, yo lo abro y te cuento qué hay dentro!
Antes de que el viejo pudiera responder, la atención de todos fue capturada por un golpe en la puerta. Dos tipos altos y armados entraron con aire amenazador, escaneando la taberna como si buscaran algo o a alguien. Uno de ellos, con una cicatriz que le cruzaba el rostro, alzó la voz.
—¡Escuchad bien, panda de miserables! Buscamos a un tipo que lleva una capa roja y una marca en forma de sol en la mano. Si alguien sabe algo, mejor que hable ahora.
El silencio se hizo pesado, y Raiga, lejos de asustarse, sonrió como si aquello fuera una especie de obra de teatro para su entretenimiento. Decidió quedarse quieto, observando cómo la tensión creció entre los clientes. Uno de los hombres en la esquina intentó escabullirse, pero los recién llegados lo vieron.
—¡Eh, tú! ¡No tan rápido! ¿Qué sabes?
El hombre, visiblemente nervioso, levantó las manos.
—Nada, nada, os lo juro… solo voy al baño…
Raiga, incapaz de resistirse, decidió intervenir.
—¡Ey, relajaos, grandullones! Si estáis buscando problemas, al menos que sean entretenidos. ¡Pero si venís aquí a asustar a borrachos, estáis perdiendo el tiempo!
Los dos hombres se giraron hacia él, sorprendidos por la audacia del joven. El de la cicatriz esbozó una sonrisa torcida.
—¿Y tú quién eres, niño? ¿El bufón del lugar?
Raiga se encogió de hombros, manteniendo su sonrisa.
—Llámame como quieras, colega, pero te advierto que si quieres pelea, ¡puedo darle más ritmo a tu jornada que un tambor de guerra!
El ambiente estaba cargado. Los presentes miraban la escena con nerviosismo, algunos apostando mentalmente si Raiga iba a salir de esa taberna caminando o arrastrado.
—Bueno, parece que este es el sitio —murmuró para sí mismo, al detenerse frente a una taberna desvencijada llamada “La Gaviota Coja”. El letrero tambaleante dejaba claro que ni los clientes ni los dueños se molestaban en mantener las apariencias.
Empujó la puerta con su zorruna sonrisa. La escena no podía ser más típica: un ambiente cargado de humo y voces mezcladas con el tintineo de vasos, mesas medio tambaleantes y un par de tipos que ya discutían en un rincón. La clientela iba desde tipos rudos con cicatrices hasta un hombre que tocaba un desafinado acordeón mientras otro coreaba algo sobre la “dichosa libertad de los mares”.
Raiga avanzó hacia la barra, sus pequeños colmillos asomando al sonreír. Se subió a un taburete que, para su desagrado, casi le hacía perder el equilibrio.
—Oye, jefe, ¡un vaso de leche, pero que sea del bueno! —soltó, arrancando las risas de algunos cercanos. Uno de los borrachos, un tipo de barba entrecana, se dio vuelta hacia él con una carcajada.
—¡Niño, aquí servimos ron, no leche de niñeras! ¿Qué haces en un lugar como este?
Raiga lo miró, ladeando la cabeza como si el comentario fuera lo más aburrido del mundo.
—¿Tú qué crees, abuelo? ¡Si estoy aquí es porque los cuentos de niños buenos me aburren! Pero tranqui, si no puedes aguantar mi presencia, ¡siempre puedes irte al puerto a remendar redes!
La respuesta hizo que varios alrededor soltaran carcajadas, y el hombre, entre sorprendido e irritado, agitó la mano con desdén antes de volver a hundirse en su vaso. Raiga se cruzó de brazos y escaneó la sala, con una energía de quien estaba listo para lo que fuera.
El tabernero, un tipo regordete con un delantal que había visto mejores días, le sirvió un vaso de leche tibia.
—Eres un crío valiente para andar por aquí, chico. ¿Estás buscando problemas o solo te gustan los espectáculos?
—¡Ni lo uno ni lo otro! Bueno, quizás un poco de ambos —respondió Raiga, mientras daba un sorbo y limpiaba su bigote de espuma con el dorso de la mano—. Aunque si alguien quiere monta’ bronca, ¡ya estoy listo pa’ el show!
Mientras hablaba, las voces en la taberna subieron de tono. En una mesa cercana, un grupo de hombres se había enfrascado en una discusión que parecía girar en torno a una historia absurda sobre un cofre maldito encontrado en los arrecifes al sur de Down. Uno de ellos, un viejo flacucho con un garfio en lugar de mano, golpeó la mesa.
—¡Te digo que lo vi con mis propios ojos! El cofre estaba cerrado con cadenas, y un maldito resplandor verde salía de las grietas. ¡Pero ninguno tuvo las agallas para abrirlo, cobardes todos!
—¿Y qué hiciste tú? ¿Le cantaste una nana para que te dejara en paz? —se burló otro, un tipo rechoncho con más cicatrices de las necesarias.
Raiga no pudo evitar acercarse, su curiosidad desbordando.
—¿Un cofre maldito, eh? Suena como el tipo de cosa que los valientes buscan y los listos evitan. ¡Pero a mí me gustan los riesgos! ¿Qué más sabes, abuelo?
El del garfio lo miró con una mezcla de desdén y respeto.
—¿Qué vas a saber tú, niño? Ese cofre no es para mocosos. Dicen que quien lo abre pierde algo importante… y no estoy hablando de monedas.
—Bah, seguro que son cuentos pa’ asustar a niños como tú cuando eras joven —Raiga sonrió, con un brillo desafiante en los ojos—. Pero tranquilo, ¡si me das las coordenadas, yo lo abro y te cuento qué hay dentro!
Antes de que el viejo pudiera responder, la atención de todos fue capturada por un golpe en la puerta. Dos tipos altos y armados entraron con aire amenazador, escaneando la taberna como si buscaran algo o a alguien. Uno de ellos, con una cicatriz que le cruzaba el rostro, alzó la voz.
—¡Escuchad bien, panda de miserables! Buscamos a un tipo que lleva una capa roja y una marca en forma de sol en la mano. Si alguien sabe algo, mejor que hable ahora.
El silencio se hizo pesado, y Raiga, lejos de asustarse, sonrió como si aquello fuera una especie de obra de teatro para su entretenimiento. Decidió quedarse quieto, observando cómo la tensión creció entre los clientes. Uno de los hombres en la esquina intentó escabullirse, pero los recién llegados lo vieron.
—¡Eh, tú! ¡No tan rápido! ¿Qué sabes?
El hombre, visiblemente nervioso, levantó las manos.
—Nada, nada, os lo juro… solo voy al baño…
Raiga, incapaz de resistirse, decidió intervenir.
—¡Ey, relajaos, grandullones! Si estáis buscando problemas, al menos que sean entretenidos. ¡Pero si venís aquí a asustar a borrachos, estáis perdiendo el tiempo!
Los dos hombres se giraron hacia él, sorprendidos por la audacia del joven. El de la cicatriz esbozó una sonrisa torcida.
—¿Y tú quién eres, niño? ¿El bufón del lugar?
Raiga se encogió de hombros, manteniendo su sonrisa.
—Llámame como quieras, colega, pero te advierto que si quieres pelea, ¡puedo darle más ritmo a tu jornada que un tambor de guerra!
El ambiente estaba cargado. Los presentes miraban la escena con nerviosismo, algunos apostando mentalmente si Raiga iba a salir de esa taberna caminando o arrastrado.