Alguien dijo una vez...
Iro
Luego os escribo que ahora no os puedo escribir.
[Común] El principio del fin.
Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
45 de verano [A partir de este momento, mi personaje estará en esta isla lo que queda de estación. Inlcuso TODO otoño lo pasará en esta isla]

La primera sensación que Ragn tuvo al despertar fue el frío. Era un frío que se colaba bajo la piel, que parecía impregnarse en los huesos, mezclado con la humedad de la arena que se pegaba a su rostro. Tosió, escupiendo agua salada, mientras un sabor metálico le llenaba la boca. No recordaba cómo había llegado allí, pero las imágenes difusas de olas colosales, el crujir de maderas astillándose, y el rugido ensordecedor del viento se arremolinaban en su mente como un sueño que intentaba desvanecerse. Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz gris que se filtraba a través de nubes bajas y pesadas. Estaba tumbado en una playa desolada, con el cuerpo dolorido y la ropa hecha jirones, empapada y cubierta de arena. A su lado, apenas a unos metros, yacía una mochila desgastada que reconoció vagamente como suya. Nada más. Ni barco, ni compañeros. Solo el sonido constante de las olas rompiendo contra la orilla y el susurro del viento entre los acantilados. Se incorporó con dificultad, sus músculos protestando con cada movimiento. Una vez sentado, tomó un momento para mirar alrededor. La playa era estrecha, limitada por paredes de roca oscura que se alzaban como guardianes sombríos, y más allá, el océano se extendía infinito y hostil. No había rastro de vida, ni señales que indicaran dónde se encontraba. Solo el zumbido en sus oídos y el peso de la soledad.

Ragn dejó caer la cabeza hacia adelante, dejando que sus manos temblorosas se enterraran en la arena. Por un instante, cerró los ojos, tratando de encontrar en su interior la fuerza que siempre lo había mantenido en pie. Respiró hondo, dejando que el aire frío quemara sus pulmones, y entonces escuchó algo. Voces. Levantó la mirada, girándose hacia el sonido. A lo lejos, dos figuras se acercaban caminando lentamente por la playa, luchando contra el viento que azotaba la costa. Cuando estuvieron más cerca, Ragn distinguió a un hombre mayor, robusto y de manos callosas, con un rostro curtido por el sol y la sal del mar. A su lado, un muchacho no mayor de doce años lo seguía, cargando una red de pesca sobre sus hombros. El hombre se detuvo a unos pasos de Ragn, observándolo con cuidado, con la desconfianza propia de quien ha visto cosas difíciles en la vida. Sin embargo, no había hostilidad en su mirada, sino curiosidad y, quizás, algo de compasión. El muchacho, por otro lado, lo miraba con los ojos muy abiertos, claramente sorprendido por encontrar a alguien tirado en aquel lugar.

¿Sigues vivo?— Preguntó el hombre con voz grave, inclinándose ligeramente hacia Ragn. Sin esperar respuesta, dejó caer el saco que llevaba sobre el hombro y extendió una mano hacia él. Ragn lo miró por un instante, sin decir nada. El instinto le pedía que desconfiara, que se mantuviera alerta, pero había algo en aquel gesto, en la calma con la que el hombre lo miraba, que lo hizo dudar. Finalmente, levantó la mano temblorosa y aceptó la ayuda. Con un tirón firme, el pescador lo puso de pie. —Venga, muchacho. No es lugar para quedarse tirado. Tienes suerte de estar vivo después de una tormenta como la de anoche.—El hombre se giró hacia el chico, que lo miraba expectante. —Vamos, apúrate. Ayúdale con la mochila.

El niño obedeció de inmediato, recogiendo la vieja mochila de Ragn y cargándola sin quejarse. —¿De dónde vienes?— Preguntó con una voz suave, más curiosidad que malicia. Ragn apenas susurró, su voz ronca por la sal y el esfuerzo. — Lejos ... — El pescador asintió como si no necesitara más explicación. —Vamos. Mi casa no está lejos. Puedes calentarte y recuperar el aliento. La playa de Cozia no es lugar para morir, y menos solo.— Sin esperar respuesta, el hombre comenzó a caminar, y el niño lo siguió, lanzándole una última mirada curiosa a Ragn antes de avanzar. Ragn, tras un momento de duda, se obligó a mover los pies, siguiendo a aquellos desconocidos con paso inseguro. No sabía quiénes eran ni qué significaba Cozia, pero una cosa era clara: una mano tendida en la tempestad era algo que no podía ignorar.

Cómo saber, que desde hoy, hasta dentro de muchos meses, no volvería a ver a sus compañeros de escuadrón. Y quién sabe si eso volvía a suceder.
#1


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