Hay rumores sobre…
... una plaga de ratas infectadas por un extraño virus en el Refugio de Goat.
[Aventura] [T5] Una enfermedad incurable (Parte 3)
Silver D. Syxel
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Zona Este, Reino de Oykot
Día 12, Verano del año 724

El amanecer llegó con un resplandor débil y mortecino sobre la zona Este de Oykot. El cielo, que alguna vez habría prometido un azul despejado, estaba cubierto por una capa de nubes grises, cargadas de humedad y pesadez. Una brisa apenas perceptible traía consigo el inconfundible olor del río y el lejano pero penetrante hedor, ahora identificado como fruto de los vertidos químicos, que se había convertido en una constante para los habitantes de esta región.

Las calles del puerto ballenero, aunque habitualmente animadas a esas horas, parecían apagadas. Los pescadores caminaban con pasos cansados, sus rostros marcados por ojeras profundas y una palidez enfermiza que no podían ocultar. Las pocas voces que se alzaban eran apagadas y carecían del habitual entusiasmo que solía acompañar a los regateos y las charlas matutinas.

En medio de este ambiente opresivo, Marvolath avanzaba por las estrechas calles. Desde el hospital improvisado hasta los muelles, los estragos de la enfermedad y la contaminación eran imposibles de ignorar. Las familias, amontonadas en pequeñas viviendas, apenas podían hacer frente a los crecientes síntomas. Los niños tosiendo, los adultos debilitados y los ancianos luchando por respirar eran ahora un paisaje común en esta parte de la ciudad.

A lo lejos, el río que dividía a Oykot en dos mitades seguía su curso, llevando consigo no solo el reflejo de las sombras que lo flanqueaban, sino también las toxinas invisibles que habían comenzado a propagarse por toda la isla. Cada paso que daba lo acercaba más al puerto y al bullicio de actividad, pero también a un peligro que intuía creciente.

En el muelle, los trabajadores descargaban un barco mercante recién llegado. Sin embargo, incluso allí, donde la actividad solía ser frenética, la atmósfera estaba teñida de tensión. Un grupo de hombres intercambiaba palabras en voz baja junto a una fila de barriles apilados, mientras otro descargaba cajas. Una figura encapuchada observaba desde una esquina con aire inquieto, con sus manos ocultas en los bolsillos y su mirada fija en los movimientos de los estibadores.

En el aire, los rumores se sentían casi palpables. Las miradas furtivas entre los habitantes y los murmullos que se silenciaban al notar su presencia sugerían que algo no iba bien. En los días recientes, los movimientos de personas extrañas en la zona se habían vuelto más frecuentes, y los rumores de hombres armados en el puerto, acompañados de cargamentos sospechosos, solo habían incrementado las tensiones.

Frente a Marvolath se abrían varias posibilidades. Podía optar por investigar las actividades inusuales en el muelle, observando de cerca los movimientos de los estibadores y los cargamentos, o acercarse a la figura encapuchada, cuya presencia y actitud nerviosa no pasaban desapercibidas. También podía dirigirse directamente al barco recién llegado, cuyo cargamento parecía estar en el centro de la actividad. Fuera cual fuese su elección, el peligro no estaba lejos.



Información
#1
Marvolath
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Nota sobre Personaje


Un día más en Oykot. Hacía casi dos semanas desde que desembarcase en aquel puerto donde esperaba hacer dinero fácil tratando complicaciones respiratorias por el humo de las lámparas de aceite. El panorama que encontró fue mucho peor de lo que podía esperar: aquellos que podían pagarle ya no usaban lámparas de aceite, sino una fuente de energía que provenía de una central construida río arriba; y los que seguían usando lámparas de aceite no sólo no podían pagarle, sino que además estaban en un estado mucho peor de lo que cabía esperar.

Las investigaciones que había llevado a cabo le habían hecho saber que la causa de le enfermedad era artificial: vertidos intencionales en el río de productos traídos del Reino de Goa, que buscaban enfermedad a la población. Marvolath, sintiéndose pequeño e impotente ante un enemigo tan grande, buscaba ayuda en grupos dispuestos a enfrentarse a gobiernos, como los Revolucionarios. Pero si algo caracteriza a aquellos que se enfrentan con éxito al poder es saber esconderse, y a pesar de sus esfuerzos no había tenido éxito.

Aquella mañana se encontraba en el puerto, en uno de los breves paseos que daba para despejar la cabeza y descansar del incesante trabajo. Las gentes del lugar ya casi no reparaban en él ahora que habían comprendido que la presencia del médico no significaba una curación milagrosa, sino una pequeña ayuda en un mar de problemas. No le importaba, y hasta agradecía la tranquilidad de estar a solas con sus pensamientos en aquellos escasos descansos.

Un barco mercante, otro de tantos, descargaba en el puerto. A juzgar por la vigilancia, debía de ser otro de los envíos de residuos con destino el río. Suspiró, desanimado. Había tenido éxito deteniendo un envío días atrás, y había destruido el almacén donde guardaban el veneno. Pero los barcos no se detenían, y ahora que estaban bajo aviso le era imposible abordarlos. Los Revolucionarios, si es que acaso estaban en aquella ciudad, eran su única esperanza.

Estaba a punto de regresar cuando una figura llamó su atención. No estaba seguro de acababa de llegar o de si siempre había estado ahí. Era una de esos individuos tan discretos que costaba prestarles atención, pero una vez los veías se te hacía imposible dejar de verlos, como una mancha en la camisa o un pelo rebelde. Se quedó un rato más, estudiándolo con curiosidad. Era evidente que estaba nervioso, pero no la causa. Observaba a los trabajadores del puerto, y esto le dio una idea. Se acercó con el sigilo que la naturalidad y el no llegar a la cintura de la mayoría le permitían.

- Intrigante, ¿verdad? - dijo de repente, mirando en la misma dirección que el encapuchado - Siempre que vengo al puerto veo a los marineros y estibadores trabajando sin descanso, cargando y descargando mercancías con lejanos orígenes y destinos. Algo tienen las cajas que siempre te preguntas "¿qué habrá dentro?", ¿no cree?

Una conversación casual, de las que tendrían dos desconocidos cualquier que sólo tienen en común el lugar, la hora, y el interés pasajero en alguna actividad de su alrededor. Una oportunidad de conocer a alguien interesante o, por lo menos, de hablar de algo que no sean síntomas, posologías, y fallecimientos.

Resumen
#2
Silver D. Syxel
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Zona Este, Reino de Oykot
Día 12, Verano del año 724

El encapuchado dio un respingo al escuchar la voz de Marvolath, girándose con rapidez. Sus ojos oscuros, hundidos en un rostro demacrado, lo miraron con una mezcla de cautela y sorpresa. Había algo en su postura que sugería nerviosismo, como si el médico hubiese interrumpido un momento crucial de indecisión.

—¿Eh? —murmuró al principio, como si no hubiese captado del todo lo dicho, pero rápidamente sus ojos se movieron hacia los trabajadores del puerto. Tragó saliva y desvió la mirada, incapaz de mantener el contacto visual por mucho tiempo—. Sí… las cajas. Siempre están moviendo esas malditas cosas. Barriles, contenedores... no es algo que debería importarme, pero últimamente...

El hombre se calló de golpe, pareciendo debatir consigo mismo si debía continuar. Finalmente, habló en un susurro, más para sí mismo que para Marvolath.

—Dicen que esta gente está haciendo algo raro. Que no es solo pescado o mercancías normales lo que transportan. Y el río… todos hemos visto cómo está.

El encapuchado se giró de nuevo hacia el médico, evaluándolo.

—No sé quién eres, pero si te interesa esto, ten cuidado. La última vez que alguien empezó a hacer preguntas, desapareció. Un pescador, creo… Hablaba mucho de la contaminación en el río. Un día simplemente no volvió.

Mientras hablaba, los movimientos en el muelle parecieron cambiar ligeramente. Uno de los hombres cerca del barco mercante, un tipo de complexión robusta con una cicatriz que cruzaba su rostro, levantó la vista y miró directamente en su dirección. No se movió de inmediato, pero era evidente que había notado algo.

El encapuchado pareció percatarse de esto también, porque dio un paso atrás, como queriendo desaparecer entre las sombras.

—Te lo dije —añadió con voz apenas audible—. Cuidado con lo que preguntas.

Sin esperar respuesta, se giró y comenzó a caminar con rapidez hacia el callejón más cercano, dejando a Marvolath con las palabras flotando en el aire. Mientras tanto, la actividad en el puerto continuaba, pero las miradas furtivas y los gestos tensos de algunos de los trabajadores dejaban en claro que no todo era tan rutinario como parecía.
#3
Marvolath
-
Antes de que pudiera darse cuenta, el encapuchado corría como si le persiguieran los demonios. Lo siguió con la mirada mientras se perdía entre las calles, sin estar seguro de si debería seguirle o dejarle estar.

"Ya estará lejos. Y no parece que entendiese de qué le hablaba, quizá no sepa nada después de todo. O quizá no le supe entender yo." pensó, terminando con un encogimiento de hombros. La mejor pista que había encontrado en días -y no es que fuera buena- se había esfumado a causa del clásico matón que ponen a cargo de una operación de poca monta. Consideró la opción de acercarse a él, de iniciar alguna conversación con la que quizá ganarse la suficiente confianza como sonsacarle información... pero realmente no era lo que necesitaba. Ya sabía -o al menos intuía- lo que transportaban, y aunque le gustaría deshacerse de esa mercancía lo que realmente necesitaba eran aliados. Y no encontraría ninguno en aquel barco.

Sin más opción, siguió el camino que apenas un minuto atrás recorrió el encapuchado. Las opciones de encontrarlo en aquellas calles laberínticas, mal iluminadas, y abarrotadas de gente con ropajes indistinguibles que no cesaban de moverse, eran casi nulas. Y tampoco es que pudiese preguntar por él, pues no tenía mejor seña que "un encapuchado nervioso". Por lo que, sin que sirva de precedente, decidió encomendarse a la suerte, y vagó sin rumbo. ¿Le encontraría a él el encapuchado? Midiendo un metro, era poco probable. ¿Le pondría el azar una nueva oportunidad en su destino? Bien sabía que no, pues no existía tal cosa. Pero al menos haría tiempo hasta que los trabajadores del puerto terminasen con la gran carga que parecía tener el barco de hoy, y ya les seguiría al abrigo de la noche.

Sus esfuerzos estaban lejos de ser suficientes, y por cada cargamento que destruyese llegaban dos más y con más seguridad. Veía a diario las miserias que causaba la traición del gobierno de aquella ciudad, y sólo podía sentir una mezcla de desamparo, pena, y rabia. El mundo desconocía, o fingía desconocer la suerte que corría aquella gente que parecía condenada pues su única ayuda era un pequeño médico, que se sentía más pequeño cuanto más entendía la situación.

Resumen
#4
Jack Silver
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Zona Este, Reino de Oykot
Día 12, Verano del año 724

El aire en las callejuelas del puerto era denso, cargado con el hedor del río y la humedad que se filtraba entre las paredes de madera y piedra de los edificios envejecidos. Marvolath caminaba sin rumbo fijo, perdido en pensamientos sobre la desesperante situación de Oykot y la aparente imposibilidad de cambiarla solo.

El sol aún no había alcanzado su punto más alto cuando notó algo peculiar. Una figura menuda y delgada, casi invisible entre la multitud, parecía seguirlo a cierta distancia. No era raro que los niños de la zona merodearan por el puerto, ya fuera por curiosidad o en busca de alguna oportunidad para llevarse algo a la boca, pero este en particular parecía demasiado cauteloso e insistente, como si tratara de reunir el valor suficiente para acercarse.

El pequeño finalmente se decidió y se apresuró a alcanzarlo. No tendría más de doce años, su ropa era sencilla y estaba gastada, y sus pies descalzos revelaban que no pertenecía a un hogar acomodado. Miró a su alrededor nerviosamente antes de hablar en un susurro:

Señor… ¿Es usted el médico? —preguntó, con un tono que delataba más ansiedad que certeza.

La pregunta era extraña. Marvolath no era ningún desconocido en la zona, y aquellos que lo necesitaban solían buscarlo directamente en el hospital improvisado. Antes de que pudiera responder, el niño se inclinó un poco más hacia él, como temiendo ser escuchado.

Alguien quiere hablar con usted. Dijo que si le interesa lo que pasa con el agua… que vaya a la taberna del puerto. Pero que vaya solo.

El mensaje era claro, aunque vago. Sin esperar respuesta, el niño dio un paso atrás, como si su tarea ya estuviera cumplida. Sin embargo, su mirada seguía fija en Marvolath, expectante de su reacción.

Mientras tanto, el puerto continuaba con su rutina aparentemente inmutable, pero algo en el aire se sentía diferente. Entre las sombras de los callejones y los rincones ocultos tras los almacenes, las miradas furtivas y los murmullos apagados parecían volverse más frecuentes. Oykot era un lugar donde la gente solía mirar hacia otro lado para evitar problemas, pero eso no significaba que no vieran lo que ocurría.

La elección estaba en manos de Marvolath. Podía aceptar la invitación y dirigirse a la taberna, aunque existía la posibilidad de que fuera una trampa o, al menos, un encuentro con alguien que querría algo de él. También podía ignorar el mensaje y seguir investigando por su cuenta, pero si alguien se había tomado la molestia de buscarlo, tal vez significaba que su presencia en la ciudad no había pasado desapercibida.

El reloj seguía corriendo, y con él, la oportunidad de descubrir algo que podía cambiar el curso de su lucha.



Información
#5
Marvolath
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Recorría las calles con las que se había familiarizado en los últimos días, buscando alguna expresión o mirada que le hiciera pensar que había encontrado a alguien que pudiera saber algo de lo que él buscaba. Pero sólo encontró caras que ya conocía y le saludaban agradecidas por su labor, u hostiles al sentirse observados. Esa misma sensación, como de un cosquilleo en la nuca, de sentirse observado fue creciendo en él. Sabía que lo vigilaban: en alguna ocasión había visto matones que le perseguían, aunque nunca pudo averiguar si trabajaban para quienes estaban al cargo de la operación en Oykot o eran realmente simples ladrones en busca de una presa fácil.

Giró alrededor de la misma manzana para ver si alguien mantenía su misma ruta, se detuvo en puestos para observar disimuladamente en busca de su perseguidor. "¿Un niño?" pensó sorprendido, al ver al pequeño que le observaba. Claramente hacía un intento de ocultarse -especialmente cuando Marvolath miraba hacia atrás- pero su pobre desempeño y el rostro que mostraba más miedo que mala intención le dieron a entender que no supondría un verdadero problema. Al menos, no el niño.

Por precaución, se encaminó a un pasillo cubierto con varios cruces y esperó. Si decidían emboscarle el techo le proporcionaría cobertura, y podía huir por uno de los muchos cruces. Si le superaban en número, la estrechez de los pasillos les obligaría a enfrentarse en combate singular. Espero, fingiendo estar distraído y expuesto, hasta que el niño actuase.

- Señor... ¿es usted el médico?

Lo miró con curiosidad. Dada que era el único Kobito de aquella ciudad -y, a juzgar por la reacción de muchos al verlo, no habían visto uno anteriormente- era difícil no identificarlo, y su labor como único médico tampoco podía pasar desapercibida entre las gentes humildes.

- Marvolath, a su servicio - respondió mientras asentía con la cabeza -. ¿Te han enviado tus padres? Diles que acudan al hospital, o acude tú si ellos no pueden. Algún voluntario podría ayudarte a transportarlos, y allí les atenderemos.

Pero no era eso lo que el niño quería, sino transmitir un mensaje: encontraría más información sobre la contaminación del agua en la taberna del puerto. "Demasiado bonito para ser verdad." pensó, desconfiado. Fuera como fuera, aquel muchacho no era más que un mensajero, y debía mantenerlo fuera de sospecha en caso de que otros ojos les vigilasen.

- Claro, muchacho. Ten, toma. Pero no lo gastes en dulces. Ni permitas que lo usen para vino o cerveza. Alimentos sanos. Verdura y pescado. - dijo en voz lo suficientemente alta para que oídos indiscretos pudieran escucharlo, entregando una de las pocas monedas que tenía.

Continuó su camino con indiferencia, como si aquel encuentro hubiese sido algo rutinario, sin importancia. Revisó algún que otro puesto más, saludó a más pacientes que le reconocían, dejando que sus pasos le llevasen por aparente casualidad hacia el puerto. Los estibadores seguían trabajando en el puerto, pero no tardarían en comenzar el descanso del almuerzo. Esperó, observando distraído las gaviotas y el mar, hasta que escuchó la señal. Fundiéndose con la muchedumbre, se dirigió a la taberna del puerto.

Al entrar entre grupos de trabajadores le fue fácil colarse sin ser visto, y una vez dentro podría estudiar a los parroquianos. Si alguien le esperaba estaría vigilando la entrada, y dependiendo de la impresión de ese alguien decidiría si era amigo o enemigo. Realmente esperaba que fuera amigo, al menos esta vez.

Resumen
#6
Silver D. Syxel
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Zona Este, Reino de Oykot
Día 12, Verano del año 724

El ambiente dentro de la taberna del puerto era una mezcla de ruido, humo y el olor a sal y alcohol barato. Hombres rudos ocupaban las mesas, algunos riendo y golpeando las jarras contra la madera mientras compartían anécdotas marineras, otros enzarzados en discusiones en voz baja sobre negocios que no querían que llegaran a oídos indiscretos. Las vigas del techo crujían con cada paso en la planta superior, y la tenue luz que se filtraba por lo que alguna vez fueron ventanas apenas disipaba la penumbra en ciertos rincones del local.

Sin embargo, no todos los presentes estaban allí solo por bebida y camaradería. En una de las esquinas menos iluminadas, sentado con la espalda contra la pared y una jarra casi intacta frente a él, un hombre observaba la entrada con discreción. Vestía ropas sencillas y funcionales, lo suficiente para mezclarse con la multitud, pero su postura relajada contrastaba con la aguda atención que dedicaba a cada detalle a su alrededor.

Cuando Marvolath entró, el hombre no hizo ningún gesto evidente, pero sus ojos lo siguieron con disimulo. Pasaron unos segundos antes de que ladease levemente la cabeza, como si reconociera a alguien que había estado esperando. Luego, con un movimiento casi imperceptible de la mano, le señaló con la mirada la silla vacía frente a su mesa.

Si el médico aceptaba la invitación, encontraría al hombre observándolo con una leve sonrisa, aunque sus ojos no mostraban la misma cordialidad.

Eres aún más pequeño de lo que había escuchado —comentó en voz baja, sin sorna en su tono, simplemente una observación. Llevó la jarra a sus labios, pero no bebió, como si solo utilizara el gesto para ganar tiempo antes de hablar de lo que realmente le interesaba—. Pero eso no es importante. Lo que importa es lo ocupado que has estado en los últimos días.

Fuera, la rutina del puerto continuaba, pero dentro de la taberna, la conversación se tornaba más tensa, más delicada.

Has estado moviéndote demasiado, haciendo preguntas, investigando cosas que la mayoría prefiere ignorar... O más bien, que muchos prefieren que se ignoren. Eso hace que la gente se fije en ti. Algunos porque están preocupados… otros porque no les gusta que se metan en sus asuntos.

Su tono era neutro, sin amenaza, pero dejaba claro que Marvolath no había pasado desapercibido.

Dime, doctor. ¿Qué esperas encontrar exactamente? Porque hay quienes creen que la enfermedad en Oykot, y la decadencia a la que conduce, son algo inevitable… y hay otros que simplemente, no están de acuerdo.

A pesar de la aparente calma con la que hablaba, el hombre lo evaluaba con cada palabra, esperando ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar el pequeño doctor.



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#7


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