
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
16-12-2024, 05:38 PM
Verano día 1, año 724
Afueras de la ciudad de Meruem
11:00pm
Habíamos estado de acuerdo, Agyo y yo. Las cosas en el gremio se estaban complicando. Kalab, por más que intentara aparentar orden con su sheriff honrado, era un caos disfrazado de civilización. Los contratos se volvían más escasos, los enfrentamientos más frecuentes. No podíamos quedarnos esperando a que la situación mejorara por sí sola.
-Necesitamos un cambio- dijo Agyo una noche, con su tono siempre firme, como si cada palabra fuera una declaración final.
Yo no respondí en ese momento, pero sabía que tenía razón. Más poder significaba más opciones. Menos depender de los caprichos de contratos mal pagados o de los callejones sin salida que el gremio parecía ofrecernos últimamente. Así que decidí salir al desierto, solo.
El desierto de Kalab es un lugar que exige respeto. Bajo el sol abrasador, incluso las criaturas más fuertes se convierten en presas fáciles de su crueldad. Pero la noche es otra historia. Es cuando los verdaderos horrores emergen, depredadores que no temen la oscuridad, sino que la abrazan. Fue precisamente por eso que partí al anochecer. Los verdaderos tesoros, al igual que los verdaderos peligros, suelen ocultarse en las sombras.
Mi objetivo era claro: encontrar algo, cualquier cosa, que nos diera una ventaja. Había rumores en el gremio, susurros de caravanas perdidas en las dunas, de lugares donde los vientos enterraban no solo riquezas, sino secretos. Y entre esos secretos, algunos hablaban de frutas. Frutas del Diablo.
No era un creyente fácil en rumores. Pero el simple hecho de que algo así pudiera ser cierto era suficiente para intentarlo. Las frutas del Diablo no eran comunes, y menos en un lugar como este. Sin embargo, si una de ellas estaba ahí afuera, enterrada en las arenas del desierto, la encontraría.
Tras horas de volar bajo el cielo estrellado, las primeras señales de mi destino aparecieron. Una estructura en ruinas, apenas visible en el horizonte. Columnas quebradas, medio enterradas en la arena, y lo que parecía ser una entrada a un pasaje subterráneo. El tipo de lugar que otros evitarían, y que yo buscaba precisamente por eso. La entrada estaba bloqueada por escombros, pero no fue difícil despejarlos. Mi fuerza siempre ha sido un recurso fiable, algo que no puedo atribuir a nadie más que a mí mismo. El aire en el interior era denso, cargado de una humedad extraña que no tenía sentido en medio del desierto.
Las ruinas eran un laberinto de pasillos estrechos, con inscripciones en las paredes que no reconocía. Mi intuición me guió, más que cualquier sentido de orientación. A cada paso, sentía que estaba siendo observado, aunque nunca vi nada fuera de lugar. Fue entonces cuando escuché el sonido. Un crujido, suave pero inconfundible, como si algo estuviera moviéndose en las sombras. Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de Starkiller, y me giré rápidamente, listo para enfrentar cualquier cosa.
Nada.
El silencio volvió, pero el aire se sentía más pesado. Continué avanzando, manteniéndome alerta. El pasillo se abrió finalmente a una cámara más grande, iluminada por un brillo tenue que parecía emanar de las paredes mismas. En el centro de la habitación, sobre un pedestal de piedra, descansaba una fruta. Era inconfundible. La piel de la fruta estaba cubierta de patrones en espiral, y su color era un tono de negro oscuro que parecía absorber la luz, atravezado por algunas franjas blancas. Una Fruta del Diablo estaba realmente allí.
Me acerqué lentamente, pero antes de que pudiera alcanzarla, un rugido estremeció la cámara. Desde las sombras surgió una criatura, enorme y deforme, como si el desierto y las ruinas hubieran dado forma a un guardián retorcido. Su cuerpo estaba cubierto de escamas ásperas, y sus ojos brillaban con un hambre casi animal.
Desenvainé a Starkiller, su hoja capturando la luz tenue de la cámara. La criatura cargó hacia mí, rápida a pesar de su tamaño. Rodé hacia un lado, esquivando sus mandíbulas, y contraataqué con un corte limpio. La hoja de Kairoseki hizo su trabajo, penetrando las escamas como si fueran papel. La criatura rugió de dolor, pero no retrocedió. Sus garras arañaron el suelo mientras giraba para atacarme de nuevo. Cada movimiento suyo era más desesperado, más feroz. Pero yo era más rápido, más calculador. Con cada golpe de Starkiller, la criatura perdía fuerza, hasta que finalmente cayó al suelo con un último gemido. Me quedé allí por un momento, respirando profundamente, mientras el silencio volvía a llenar la cámara.
Volví mi atención a la fruta. Ahora que la veía de cerca, su extraña belleza era innegable. Había oído historias sobre las Frutas del Diablo, sobre los poderes que otorgaban y el precio que exigían. Si la comía, perdería mi habilidad de nadar, algo que, siendo sincero, nunca he necesitado demasiado. Pero el poder... El poder era tentador. Tomé la fruta y la levanté, observándola por un momento más antes de dar el primer mordisco. El sabor era tan horrible como decían las historias, como si estuviera comiendo algo que no debería existir. Pero lo soporté, porque sabía lo que estaba ganando a cambio.
El cambio fue inmediato. Sentí un calor recorriendo mi cuerpo, una energía que no podía describir con palabras. Era como si algo dentro de mí hubiera despertado, algo que siempre había estado allí, esperando ser liberado.
No tardé en descubrir lo que la fruta me había otorgado. Mis manos, mi cuerpo, comenzaron a cambiar de manera extraña, como si una bestia intentara salir de mi. Todo se volvió rojo a mi alrededor. Golpeé una de las paredes de la cámara con mi puño, ahora convertido en una enorme garra, y esta se desmoronó como si hubiera sido golpeada por una bola de demolición. Era el brazo de una extraña bestia. Pude sentir en mi boca cómo unos colmillos comenzaban a crecer, pero entonces decidí calmarme. No quería que mi nueva fuerza tomara control de mi y me hiciera perder la razón. Esto debía ser algo que aprendiera a dominar con cuidado...
El poder era abrumador. Pero no me sentía perdido en él. Lo sentía como mío, como si siempre hubiera sido parte de mí. Cuando salí de las ruinas, el sol estaba comenzando a asomarse en el horizonte, pintando el desierto con tonos dorados y rojos. La ciudad estaba a lo lejos, y mi mente ya estaba trabajando en cómo usar este nuevo poder. Agyo seguramente criticaría esto que acabo de hacer, pero sé que al final lo entendería. Ambos habíamos pasado por demasiado como para no reconocer una oportunidad cuando se presentaba. Con este poder, no solo podíamos sobrevivir. Podíamos prosperar. Mientras caminaba de regreso, con Starkiller a mi lado y el eco de mi nuevo poder vibrando en cada poro de mi piel, sabía una cosa con certeza: las cosas estaban a punto de cambiar. Para mí, para Agyo, y para cualquiera que se interpusiera en nuestro camino. Con el nuevo sol, un nuevo poder surgía en mi.
Afueras de la ciudad de Meruem
11:00pm
Habíamos estado de acuerdo, Agyo y yo. Las cosas en el gremio se estaban complicando. Kalab, por más que intentara aparentar orden con su sheriff honrado, era un caos disfrazado de civilización. Los contratos se volvían más escasos, los enfrentamientos más frecuentes. No podíamos quedarnos esperando a que la situación mejorara por sí sola.
-Necesitamos un cambio- dijo Agyo una noche, con su tono siempre firme, como si cada palabra fuera una declaración final.
Yo no respondí en ese momento, pero sabía que tenía razón. Más poder significaba más opciones. Menos depender de los caprichos de contratos mal pagados o de los callejones sin salida que el gremio parecía ofrecernos últimamente. Así que decidí salir al desierto, solo.
El desierto de Kalab es un lugar que exige respeto. Bajo el sol abrasador, incluso las criaturas más fuertes se convierten en presas fáciles de su crueldad. Pero la noche es otra historia. Es cuando los verdaderos horrores emergen, depredadores que no temen la oscuridad, sino que la abrazan. Fue precisamente por eso que partí al anochecer. Los verdaderos tesoros, al igual que los verdaderos peligros, suelen ocultarse en las sombras.
Mi objetivo era claro: encontrar algo, cualquier cosa, que nos diera una ventaja. Había rumores en el gremio, susurros de caravanas perdidas en las dunas, de lugares donde los vientos enterraban no solo riquezas, sino secretos. Y entre esos secretos, algunos hablaban de frutas. Frutas del Diablo.
No era un creyente fácil en rumores. Pero el simple hecho de que algo así pudiera ser cierto era suficiente para intentarlo. Las frutas del Diablo no eran comunes, y menos en un lugar como este. Sin embargo, si una de ellas estaba ahí afuera, enterrada en las arenas del desierto, la encontraría.
Tras horas de volar bajo el cielo estrellado, las primeras señales de mi destino aparecieron. Una estructura en ruinas, apenas visible en el horizonte. Columnas quebradas, medio enterradas en la arena, y lo que parecía ser una entrada a un pasaje subterráneo. El tipo de lugar que otros evitarían, y que yo buscaba precisamente por eso. La entrada estaba bloqueada por escombros, pero no fue difícil despejarlos. Mi fuerza siempre ha sido un recurso fiable, algo que no puedo atribuir a nadie más que a mí mismo. El aire en el interior era denso, cargado de una humedad extraña que no tenía sentido en medio del desierto.
Las ruinas eran un laberinto de pasillos estrechos, con inscripciones en las paredes que no reconocía. Mi intuición me guió, más que cualquier sentido de orientación. A cada paso, sentía que estaba siendo observado, aunque nunca vi nada fuera de lugar. Fue entonces cuando escuché el sonido. Un crujido, suave pero inconfundible, como si algo estuviera moviéndose en las sombras. Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de Starkiller, y me giré rápidamente, listo para enfrentar cualquier cosa.
Nada.
El silencio volvió, pero el aire se sentía más pesado. Continué avanzando, manteniéndome alerta. El pasillo se abrió finalmente a una cámara más grande, iluminada por un brillo tenue que parecía emanar de las paredes mismas. En el centro de la habitación, sobre un pedestal de piedra, descansaba una fruta. Era inconfundible. La piel de la fruta estaba cubierta de patrones en espiral, y su color era un tono de negro oscuro que parecía absorber la luz, atravezado por algunas franjas blancas. Una Fruta del Diablo estaba realmente allí.
Me acerqué lentamente, pero antes de que pudiera alcanzarla, un rugido estremeció la cámara. Desde las sombras surgió una criatura, enorme y deforme, como si el desierto y las ruinas hubieran dado forma a un guardián retorcido. Su cuerpo estaba cubierto de escamas ásperas, y sus ojos brillaban con un hambre casi animal.
Desenvainé a Starkiller, su hoja capturando la luz tenue de la cámara. La criatura cargó hacia mí, rápida a pesar de su tamaño. Rodé hacia un lado, esquivando sus mandíbulas, y contraataqué con un corte limpio. La hoja de Kairoseki hizo su trabajo, penetrando las escamas como si fueran papel. La criatura rugió de dolor, pero no retrocedió. Sus garras arañaron el suelo mientras giraba para atacarme de nuevo. Cada movimiento suyo era más desesperado, más feroz. Pero yo era más rápido, más calculador. Con cada golpe de Starkiller, la criatura perdía fuerza, hasta que finalmente cayó al suelo con un último gemido. Me quedé allí por un momento, respirando profundamente, mientras el silencio volvía a llenar la cámara.
Volví mi atención a la fruta. Ahora que la veía de cerca, su extraña belleza era innegable. Había oído historias sobre las Frutas del Diablo, sobre los poderes que otorgaban y el precio que exigían. Si la comía, perdería mi habilidad de nadar, algo que, siendo sincero, nunca he necesitado demasiado. Pero el poder... El poder era tentador. Tomé la fruta y la levanté, observándola por un momento más antes de dar el primer mordisco. El sabor era tan horrible como decían las historias, como si estuviera comiendo algo que no debería existir. Pero lo soporté, porque sabía lo que estaba ganando a cambio.
El cambio fue inmediato. Sentí un calor recorriendo mi cuerpo, una energía que no podía describir con palabras. Era como si algo dentro de mí hubiera despertado, algo que siempre había estado allí, esperando ser liberado.
No tardé en descubrir lo que la fruta me había otorgado. Mis manos, mi cuerpo, comenzaron a cambiar de manera extraña, como si una bestia intentara salir de mi. Todo se volvió rojo a mi alrededor. Golpeé una de las paredes de la cámara con mi puño, ahora convertido en una enorme garra, y esta se desmoronó como si hubiera sido golpeada por una bola de demolición. Era el brazo de una extraña bestia. Pude sentir en mi boca cómo unos colmillos comenzaban a crecer, pero entonces decidí calmarme. No quería que mi nueva fuerza tomara control de mi y me hiciera perder la razón. Esto debía ser algo que aprendiera a dominar con cuidado...
El poder era abrumador. Pero no me sentía perdido en él. Lo sentía como mío, como si siempre hubiera sido parte de mí. Cuando salí de las ruinas, el sol estaba comenzando a asomarse en el horizonte, pintando el desierto con tonos dorados y rojos. La ciudad estaba a lo lejos, y mi mente ya estaba trabajando en cómo usar este nuevo poder. Agyo seguramente criticaría esto que acabo de hacer, pero sé que al final lo entendería. Ambos habíamos pasado por demasiado como para no reconocer una oportunidad cuando se presentaba. Con este poder, no solo podíamos sobrevivir. Podíamos prosperar. Mientras caminaba de regreso, con Starkiller a mi lado y el eco de mi nuevo poder vibrando en cada poro de mi piel, sabía una cosa con certeza: las cosas estaban a punto de cambiar. Para mí, para Agyo, y para cualquiera que se interpusiera en nuestro camino. Con el nuevo sol, un nuevo poder surgía en mi.