No Name
Miku
16-12-2024, 05:47 PM
Érase una vez en Loguetown, una ciudad bulliciosa y llena de historias, donde una joven somnolienta de apenas 15 años caminaba por sus calles. A pesar de su corta edad, Rabbit era considerada una muchacha hecha y derecha, madura según los estándares de quienes la rodeaban. Había vivido lo suficiente como para que el Gobierno decidiera que ya era hora de enviarla al mundo, a trabajar, a construir un nombre y, más importante aún, a cumplir con los ideales que le habían inculcado.
Sin embargo, la realidad era otra. Nadie esperaba mucho de ella. Rabbit no era precisamente el modelo de entusiasmo, y eso no era ningún secreto. Aun así, las expectativas eran bajas, y con una chica como ella, parecía que nada podría salir terriblemente mal... ¿o sí?
Aquella mañana, Rabbit se había despertado con una nube gris sobre su ser, un peso invisible que aplastaba su ánimo. La depresión había hecho acto de presencia, envolviéndola como un manto pesado. Sus pasos eran lentos, y su mirada, perdida. A pesar de su desánimo, la ciudad seguía su curso, ignorando por completo los sentimientos de una muchacha que, al menos en ese momento, se sentía como una sombra más entre la multitud. Rabbit era muchas cosas, pero entusiasta no era una de ellas. Al menos, no hoy.
Las calles de Loguetown bullían de actividad, un ir y venir constante de rostros preocupados, pasos apresurados y voces que se entremezclaban en un murmullo interminable. Desde lo alto de una cornisa, Rabbit observaba todo aquel caos con una indiferencia que parecía propia de alguien que se sentía completamente ajena al mundo. Allí estaba ella, un ser diminuto e insignificante en un universo que parecía girar sin prestarle atención.
No era una agente común. Apenas podía considerarse como tal. Había pasado la mayor parte de su tiempo olvidando lo que aprendía, soñando mientras los demás se entrenaban, y durmiendo cuando debía estar alerta. El Gobierno, en su infinita sabiduría o su inexplicable sentido del humor, había decidido asignarla a un pequeño grupo de cuatro personas, orgullosamente nombrado como parte del CP5.
Un honor - murmuraba con amargura. Una paria diminuta, rodeada de agentes verdaderamente competentes, con habilidades pulidas y un propósito claro. ¿Qué hacía ella allí? Era como una broma absurda, una mala decisión que alguien había tomado en un día particularmente aburrido. Pero, a pesar de todo, ahí estaba. Y ese día, esa fatídica mañana, se había convocado al grupo para informarles de una decisión importante.
La iniciativa era sencilla, pero con un peso enorme, uno de ellos tendría el privilegio de consumir una fruta del diablo, un artefacto raro y poderoso que el Gobierno había recolectado. Sin dudarlo ni consultarlo, los otros tres agentes la señalaron a ella.
Rabbit no supo qué decir. Simplemente pidió salir un momento. Necesitaba pensar, reflexionar, entender por qué habían tomado esa decisión. Pero los minutos pasaban, y nadie la seguía. Nadie cambiaba de opinión.
Desde su cornisa, miró hacia el horizonte. Sus compañeros eran como gigantes a sus ojos, agentes entrenados, útiles, personas con un futuro prometedor. ¿Por qué, entonces, habían decidido que ella debía cargar con ese destino? ¿Era una broma cruel? ¿Una forma de deshacerse de ella?
El peso de la incertidumbre la abrumaba. Sus ojos, cansados y pesados, comenzaron a cerrarse. Y, como tantas veces antes, sin poder evitarlo, la muchacha cayó en un profundo sueño, mientras el bullicio de la ciudad seguía su curso, ignorante de la pequeña figura dormida en lo alto.
Sin embargo, la realidad era otra. Nadie esperaba mucho de ella. Rabbit no era precisamente el modelo de entusiasmo, y eso no era ningún secreto. Aun así, las expectativas eran bajas, y con una chica como ella, parecía que nada podría salir terriblemente mal... ¿o sí?
Aquella mañana, Rabbit se había despertado con una nube gris sobre su ser, un peso invisible que aplastaba su ánimo. La depresión había hecho acto de presencia, envolviéndola como un manto pesado. Sus pasos eran lentos, y su mirada, perdida. A pesar de su desánimo, la ciudad seguía su curso, ignorando por completo los sentimientos de una muchacha que, al menos en ese momento, se sentía como una sombra más entre la multitud. Rabbit era muchas cosas, pero entusiasta no era una de ellas. Al menos, no hoy.
Las calles de Loguetown bullían de actividad, un ir y venir constante de rostros preocupados, pasos apresurados y voces que se entremezclaban en un murmullo interminable. Desde lo alto de una cornisa, Rabbit observaba todo aquel caos con una indiferencia que parecía propia de alguien que se sentía completamente ajena al mundo. Allí estaba ella, un ser diminuto e insignificante en un universo que parecía girar sin prestarle atención.
No era una agente común. Apenas podía considerarse como tal. Había pasado la mayor parte de su tiempo olvidando lo que aprendía, soñando mientras los demás se entrenaban, y durmiendo cuando debía estar alerta. El Gobierno, en su infinita sabiduría o su inexplicable sentido del humor, había decidido asignarla a un pequeño grupo de cuatro personas, orgullosamente nombrado como parte del CP5.
Un honor - murmuraba con amargura. Una paria diminuta, rodeada de agentes verdaderamente competentes, con habilidades pulidas y un propósito claro. ¿Qué hacía ella allí? Era como una broma absurda, una mala decisión que alguien había tomado en un día particularmente aburrido. Pero, a pesar de todo, ahí estaba. Y ese día, esa fatídica mañana, se había convocado al grupo para informarles de una decisión importante.
La iniciativa era sencilla, pero con un peso enorme, uno de ellos tendría el privilegio de consumir una fruta del diablo, un artefacto raro y poderoso que el Gobierno había recolectado. Sin dudarlo ni consultarlo, los otros tres agentes la señalaron a ella.
Rabbit no supo qué decir. Simplemente pidió salir un momento. Necesitaba pensar, reflexionar, entender por qué habían tomado esa decisión. Pero los minutos pasaban, y nadie la seguía. Nadie cambiaba de opinión.
Desde su cornisa, miró hacia el horizonte. Sus compañeros eran como gigantes a sus ojos, agentes entrenados, útiles, personas con un futuro prometedor. ¿Por qué, entonces, habían decidido que ella debía cargar con ese destino? ¿Era una broma cruel? ¿Una forma de deshacerse de ella?
El peso de la incertidumbre la abrumaba. Sus ojos, cansados y pesados, comenzaron a cerrarse. Y, como tantas veces antes, sin poder evitarlo, la muchacha cayó en un profundo sueño, mientras el bullicio de la ciudad seguía su curso, ignorante de la pequeña figura dormida en lo alto.
Como un estruendo en la sala de reuniones, Hole llegó, golpeando la puerta con su pequeño piececito y exigiendo que le abrieran. En cuanto lo hicieron, entró con una sonrisa de oreja a oreja.
Ara ara, así que esa cosa de ahí es la fruta del diablo - dijo, completamente confiada en sí misma, desbordando carisma.
Así es, Rabbit-chan - respondió una de sus compañeras.
¿A quién tratas de chan? ¿Quieres que te dé tu merecido? - replicó, molesta.
La compañera, sorprendida, se arrodilló rápidamente, apoyando una rodilla y un puño en el suelo mientras agachaba la cabeza - No, señorita... perdone mi atrevimiento... ¿Rabbit-sama? ¿Hole-sama? ¿o Miku-sama? —preguntó, algo confundida.
Solo déjalo en Hole, linda. Por ahora, esa fruta tiene mi nombre - contestó con un tono juguetón, mientras avanzaba hacia la mesa. Rabbit saltó sobre ella con agilidad, sentándose en el borde, dejando que sus pies colgaran juguetonamente mientras apoyaba las manos sobre la madera. Entonces, señaló a la otra de las muchachas - Hey, tú. Sí, tú. Tráeme la fruta.
La joven, sin dudarlo, tomó la fruta que estaba en un plato sobre la mesa y la colocó frente a Hole, inclinando la cabeza en señal de respeto.
El tercero del grupo, un hombre con aire desafiante, la observaba desde su posición con una mezcla de desdén y aburrimiento - A mí no me engañas, arpía. Esta no es la versión que prefiero, pero al menos espero que ese poder sea útil para ustedes.
Hole soltó una carcajada, ignorando por completo su actitud. Mientras bromeaba con sus compañeras y discutía con el hombre, quedaba claro que este grupo tenía una dinámica peculiar. A veces la consideraban un lastre, otras una líder a respetar. Había momentos en los que inspiraba temor, y otros en los que era simplemente imposible no odiarla... o quererla.
Y ahora, en medio de esa extraña atmósfera, el Gobierno había decidido darle más poder a alguien como ella. ¿Qué clase de locura podría surgir de esta decisión? Solo el tiempo lo diría.
Ara ara, así que esa cosa de ahí es la fruta del diablo - dijo, completamente confiada en sí misma, desbordando carisma.
Así es, Rabbit-chan - respondió una de sus compañeras.
¿A quién tratas de chan? ¿Quieres que te dé tu merecido? - replicó, molesta.
La compañera, sorprendida, se arrodilló rápidamente, apoyando una rodilla y un puño en el suelo mientras agachaba la cabeza - No, señorita... perdone mi atrevimiento... ¿Rabbit-sama? ¿Hole-sama? ¿o Miku-sama? —preguntó, algo confundida.
Solo déjalo en Hole, linda. Por ahora, esa fruta tiene mi nombre - contestó con un tono juguetón, mientras avanzaba hacia la mesa. Rabbit saltó sobre ella con agilidad, sentándose en el borde, dejando que sus pies colgaran juguetonamente mientras apoyaba las manos sobre la madera. Entonces, señaló a la otra de las muchachas - Hey, tú. Sí, tú. Tráeme la fruta.
La joven, sin dudarlo, tomó la fruta que estaba en un plato sobre la mesa y la colocó frente a Hole, inclinando la cabeza en señal de respeto.
El tercero del grupo, un hombre con aire desafiante, la observaba desde su posición con una mezcla de desdén y aburrimiento - A mí no me engañas, arpía. Esta no es la versión que prefiero, pero al menos espero que ese poder sea útil para ustedes.
Hole soltó una carcajada, ignorando por completo su actitud. Mientras bromeaba con sus compañeras y discutía con el hombre, quedaba claro que este grupo tenía una dinámica peculiar. A veces la consideraban un lastre, otras una líder a respetar. Había momentos en los que inspiraba temor, y otros en los que era simplemente imposible no odiarla... o quererla.
Y ahora, en medio de esa extraña atmósfera, el Gobierno había decidido darle más poder a alguien como ella. ¿Qué clase de locura podría surgir de esta decisión? Solo el tiempo lo diría.