¿Sabías que…?
... Robin y Ussop son los encargados de cortarles el pelo a su tripulación, ya que después de todo, es algo que alguien debe hacer.
[Aventura] [T3] La Queso Nostra Parte I
Dan Kinro
[...]

Isla Kilombo, Pueblo de Rostock
Día 88 de verano del año 724

El Cuartel de los Marines bullía como un hormiguero, pero en la oficina del Sargento Murray, la atmósfera era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
Murray, un Oni de aspecto imponente, con cuernos curvados y músculos que amenazaban con reventar las costuras de su uniforme azul oscuro, estaba de pie detrás de su escritorio. Una postura de autoridad innata, como si el lugar le quedara pequeño. Entre gruñidos y toses provocadas por un puro encendido a medias, dejó caer el peso de la situación como un martillo sobre el yunque.

¡Abrid bien esas orejas! — rugió, mientras un bolígrafo rodaba hasta caer al suelo. — Hay un Mink operando bajo nuestras narices, y nos está tomando por imbéciles. ¡El muy desgraciado está poniendo de moda una basura llamada Xetos!

Golpeó la mesa con un puño tan grande como un melón, haciendo que la madera gimiera. Fuera, la sombra de Kullona D. Zirko se alargaba de manera gigantesca a través de la ventana. 

La marine gigante, demasiado grande para entrar en el cuartel, observaba desde afuera con paciencia resignada.

 Su enorme silueta oscurecía la habitación y, de vez en cuando, un ojo la miraba inquisitivamente desde el interior, parpadeando con frustración cada vez que alguien se apartaba del marco de la ventana. El sargento, sin inmutarse, no perdió el ritmo.

¡Chettony! 

Escupió el nombre como si fuera el mismísimo veneno.

Chester Chettony, ese zorro con traje de empresario. Se pasea por esta isla financiando tabernas y construyendo almacenes mientras trafica con esa maldita sustancia. ¡Y lo peor es que todos le aplauden!

Sacó una ficha de entre los papeles y la lanzó sobre la mesa con brusquedad. La imagen de Chester, con su sonrisa demasiado perfecta y ese aire altivo de mafioso, quedó expuesta frente a vosotros. La única reacción visible desde afuera fue la respiración de la gigante, que empañó ligeramente la ventana. Si algo quedaba claro, es qué vuestro Sargento no sabía distinguir un zorro de un leopardo.

[Imagen: yp0RalN.png]

¿Por qué no le hemos atrapado ya, señor? — preguntó uno de los marines, con tono prudente.

Murray clavó sus ojos rojos en el muchacho como si hubiera pedido el final del mundo.

Porque ese desgraciado es más escurridizo que una anguila aceitosa, y porque todos los chivatos de esta isla tienen la boca cosida… hasta hoy — dijo, con una sonrisa torcida —  Nos ha llegado un soplo anónimo. Tres posibles localizaciones donde podría estar escondiéndose el zorro, y os vais a encargar de registrarlas de arriba abajo. ¡Y como rompáis algo, lo pagaréis con vuestro sueldo!

El Oni se enderezó, dejando que su sombra impusiera más silencio que su voz.

Primera opción: el Almacén de la Dársena Vieja. Un agujero húmedo y lleno de cajas. Perfecto para esconder sustancias y a sus matones. Allí, si no os reciben con un par de balas, contadlo como suerte.

Murray dio una calada al puro, echando una humareda densa que pareció envolver la habitación.

Tensión.

Segunda: el Club de Costura “Aguja de Plata”. Sí, habéis oído bien, un local de abuelas costureras. No me miréis así — gruñó, mientras señalaba a los marines con un dedo como si pudiera ver sus pensamientos — Lo que esconden en los bajos de esas faldas no es precisamente tela barata. ¡Zirko! ¿Te enteras bien ahí fuera?

Observando al resto de Marines, bufó antes de continuar.

Tercera: la Mansión en la Colina. Ese lugar parece más un museo que una casa, pero las luces nunca se apagan y la chimenea siempre está encendida. Si Chettony está escondido, será allí. Tiene vista directa al puerto y a la ciudad, como un zorro vigilando su coto de caza.

Murray apagó el puro, aplastándolo contra un cenicero. Los marines esperaban el veredicto final, como si estuvieran en un juicio.

Ah, y os he conseguido un poco de “ayuda” — añadió con un tono sarcástico — Os presento a Donatella Pavone, cazarrecompensas.

La puerta se abrió con un chirrido dando paso a la cazarrecompensas.

Todo estaba preparado para el despliegue de la Operación: Zorro Dorado.

Al parecer, nadie se había atrevido hasta ahora a corregir al sargento de qué aquel Mink no era un zorro.

Información
#1
Arthur Soriz
Gramps
[Imagen: zKeA5RB.png]
[ · · · ]

La oficina del Sargento Murray olía a madera vieja, tabaco tal vez y testosterona. Era un lugar tan cargado de carácter como el mismísimo Murray. No podía evitar una sonrisa al entrar, ajustándome el cinturón con un movimiento firme mientras escudriñaba la habitación. Allí estaba él, imponente, con esa voz que parecía capaz de taladrar incluso el acero más grueso. La atmósfera podría haber aplastado a cualquiera menos acostumbrado a este tipo de tensiones. El viejo Oni estaba en su salsa golpeando su escritorio como si lo odiara de verdad y gruñendo con cada palabra como un cañón a punto de dispararse. A mí, en cambio, aquel ambiente me parecía casi familiar.

El grito de “¡Abrid bien esas orejas!” me sacudió como un jarro de agua fría en la cabeza, pero con una sonrisa apenas contenida me mantuve firme y atento. No porque me diera gracia la forma que tenía de actuar, sino más bien por el respeto que imponía, me llenaba de orgullo de ser un Marine.

Puse total atención a sus palabras, a pesar de ser un rango superior al suyo eso no significaba que le faltaría el respeto... todo lo opuesto a decir verdad.

Mientras el sargento desgranaba la situación de Chester Chettony, e iba soltando las localizaciones como cartas de póker, mis ojos no pudieron evitar desviarse hacia la sombra gigante que cubría la ventana. Allí estaba Zirko, nuestra gigante payaso, con una paciencia casi cómica. Cada vez que alguien se movía, podía ver su ojo curioso y frustrado parpadear detrás del cristal ya que era lo único que podía hacer desde afuera... el espacio era reducido a fin de cuentas, haciendo su presencia dentro de la oficina algo imposible.

Para suerte de la pelirrosa, la voz del sargento Murray era sin lugar a dudas lo suficientemente fuerte y retumbante como para ser escuchado por toda la base G-23 si era necesario. Pero el desfile de caras familiares no había terminado. Apenas Murray soltó el nombre de Donatella Pavone, el ambiente cambió ligeramente para mí. Fue como cuando una brisa fresca se cuela en una habitación cerrada durante horas. La puerta chirrió, casi como una mala broma, y allí apareció ella... Donatella, sí era ella, imposible no reconocer su rostro juvenil.

Asentí con la cabeza a modo de saludo, porque tampoco deseaba interrumpir lo que Murray estaba contando... la pasión y odio por iguales cantidades con las que mencionaba a Chester Chettony, era casi como si fuese su nemesis, su archienemigo más acérrimo. Conocía bien esa sensación, yo por mi parte con la banda de la Mano Negra también en Kilombo.

Por último pero no menos importante allí estaba también Sirius Herald. Un vistazo hacia él me bastó para confirmar lo que ya sabía... el joven estaba listo para la misión, a pesar de transmitirme un aura un tanto particular, tal vez por el hecho de que era alguien tan religioso hablando siempre de esa 'deidad' suya... pero no era nadie como para juzgar sus creencias, siempre y cuando no interfiriera en sus obligaciones como Marine. Sirius era otro miembro del Kaigekitai, alguien en quien confiaba como en un buen ancla en mitad de una tormenta.

No sería yo quien le pinchara la burbuja a Murray de que Chester Chettony era todo menos un zorro, pero... tampoco es que fuese necesario para llevar a cabo la misión. Una vez explicó todo, fui el primero en tomar la palabra.

Es un verdadero placer trabajar con ustedes —dije en un tono que también fuese capaz de escuchar Zirko desde afuera—. Decidamos por donde empezar, pero pongamos en peso cada una de las opciones. —hice una pequeña pausa en mis palabras, acomodándome la gabardina que colgaba sobre mis hombros.

Ir al almacén podría darnos la confirmación del tráfico de Xetos al hallar pruebas físicas de ello, pero no contamos con información previa cien porciento sólida de si lo utilizan ellos o no. — explicaba con detalle, haciendo uso más que nada de mis conocimientos limitados sobre la situación aunque sí había oído de la existencia de este tal Chester Chettony... bastante ocupado había estado yo con mis propios problemas como para ocuparme de ello personalmente.

Ahora bien... el club de costura, será ideal si queremos conseguir información de manera discreta... o confirmar acaso si el club tiene conexión con Chettony. Pero la discreción no es algo que sea nuestro fuerte en este grupo...

Al decir esto no quería sonar hiriente ni mucho menos desmerecer los méritos del resto del grupo, a fin de cuentas me estaba incluyendo en esos que no pueden tener mucha discreción fuera por su tamaño, o porque ya la gran mayoría de personas me conocían en cara... la reputación a veces trae consigo ventajas, pero también desventajas.

Y por último ... la mansión, una excelente opción si la prioridad fuera capturar ya mismo a Chettony o confrontar a figuras claves de todo su embrollo, pero también la más peligrosa si no vamos con una estrategia sólida... y honestamente, no iría por esta opción si queremos evitar los conflictos directos.

Con eso dicho, les di la oportunidad a los demás de dar su opinión y una vez llegáramos a una decisión, llevarla a cabo.


off
#2
Sirius Herald
Eleos
Me mantuve en mi posición, estaba relajado, con la espalda erguida y las manos en sitios distintas, la primera en mi rostro, sujetando mi barbilla suavemente mostrando intereses, la otra en mi espalda, jugando con mis dedos y las plumas de mis alas que sobresalían por unos huecos del uniforme de marine y me cubrían prácticamente entero como si fueran una gabardina. La voz atronadora de Murray retumbaba en las paredes. Aquel Oni furioso que manchaba el aire con su puro medio consumida y su semblante iracundo marcaba un ritmo extraño a la conversación, parecía llevar las emociones en esa habitación... era.. demasiado intenso para mi gusto, obviamente lo respetaba pues teníamos el mismo rango, pero se notaba que ya había pasado por mucho a lo largo de su vida. Sin embargo, si algo me había enseñado el tiempo que había estado en la marina y que compaginaba bien con mis asuntos en la iglesia era: A veces, las palabras correctas en el momento oportuno podían torcer voluntades.

Cuando Arthur terminó de hablar, exponiendo las distintas rutas como si fueran casillas en un tablero de ajedrez no pude si no agradecer internamente su claridad, hablado de las posibilidades el primero ya estaba sembrado la duda en el resto de personas: Necesitábamos información, necesitábamos ser cautos, en mi cabeza había un lugar claro al que teníamos que ir: 1. El almacén estaría vigilado desde las sombras lo mas seguro, si nos acercamos lo mas probable era que nos pillaran. 2. Atacar la mansión era un idea totalmente descartada. Necesitamos pues eso, información sutil, y el Club de costura parecía el sitio perfecto: Un lugar subestimado donde era seguro que las agujas podían punzar mas que la pólvora. hehe. Caminé un poco hacía adelante, desplegando mis alas de mi cuerpo para poder dejar ver bien mi uniforme, y replegándolas detrás, al ver a Donatella le hice una reverencia cortes. Aun no era momento de presentaciones, quería exponer lo que pensaba pero había que ser agradecido con todo el mundo presente. -Sargento.- Comencé en voz baja, con un matiz casi humilde. -Arthur tiene razón en un punto; La mansión es una trampa a la espera, demasiado evidente... y el almacén, bueno, sería como adentrarse directamente en la guarida de las ratas. Seguramente encontraríamos algo pero no creo que salgamos fácilmente de ahí, lo mas seguro es que esté vigilado.. y por mucho cariño que guarde a mis compañeros, tenemos a Zirko, que mide demasiado como para tratar de ser sigilosos... -Miré durante unos segundos a la giganta que se encontraba a fuera de la ventana, lanzándole una de mis sonrisas mas sinceras. -Opino que deberíamos ir al club de costura, un lugar aparentemente inofensivo, casi ridículo.. ¿A caso no es ahí donde mejor podrían esconder sus hilos informativos?, solo el Artífice sabe lo que hay entre esas faldas y punzadas. Hermanos y hermanas presentes en esta habitación: Yo, pongo mi votación en el club de costura, no hace falta que nos dividamos, tenemos que estar todos juntos en caso de que algo pudiera suceder. En ese momento las manos de Sirius se unirían adoptando su típica posición de rezo. -Es mejor empezar por lo mas seguro, ¿no?, así iremos mas informados al resto de lugares y no podrán tomarnos por sorpresa tan facilmente... En ese momento volvería a su posición inicial, cerrando los ojos para iniciar un rezo en voz baja

Oh, gran Artífice,
aquel que forja con manos invisibles los engranajes del destino,
cuyo ingenio sostiene los hilos de la creación y cuya sabiduría
ilumina el camino a través de la oscuridad incierta.
Ante tu presencia, me inclino con humildad,
implorando la fuerza de tu metal sagrado
y la precisión de tus diseños infinitos.
Concédeme la calma del artesano paciente,
la mente clara del inventor que no teme al fracaso,
y el corazón firme del herrero que moldea el hierro ardiente
sin desviar la mirada ni temblar la mano.
Guía mis pasos a través del caos de lo incierto,
permite que mis decisiones sean engranajes que encajan
en el gran mecanismo de tu voluntad.
Haz de mi empeño una pieza valiosa,
un eslabón fiel en la cadena de tu obra.
Artífice, Señor de las Ideas Puras,
vierte tu conocimiento en mis pensamientos,
afina mis sentidos y fortalece mi convicción.
Pues en el lienzo de tu creación,
yo no soy más que un aprendiz devoto,
deseoso de obrar con maestría,
paciencia, equilibrio
y honor, Que tu engranaje gire eterno.

off
#3
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
Sabes lo que es más importante a la hora de empezar una nueva redacción? Simplemente es averiguar lo que sientes o lo que quieres decir a la hora de actuar y hablar. A veces, solo debes sentarte frente al teclado e iniciar tu escrito sin más, y el resto fluirá como la brisa, así como el viento atraviesa los canales extensos del cuero cabelludo de Zirko. Un lugar donde alguien podría esconderse o incluso sepultar algo.

¿Y qué relevancia tiene esto? ¡Pues todo! Para que una historia cobre sentido, primero debes darle un comienzo, un renglón dedicado a explicar la situación del cómo y el porqué. Así sabemos que aquella a quien llaman "la payasa gigante" estuvo, como todas las mañanas, atenta a las instrucciones, haciendo sus ejercicios matutinos, descansando, charlando con sus amigos y pasando el rato con tal de divertirse un poco más. Lo que no esperaba era que, tras aquel desayuno, recibiría lo que para ella parecía una broma de muy mal gusto.

El Sargento Murray la convocó junto a otros miembros de la brigada a una reunión. Hasta ahora, todas las reuniones e informaciones que había recibido siempre eran en el exterior, pero esta vez… era en la oficina del Sargento.

Como si le hubiesen echado una lluvia de agua fría, Zirko comenzó a preguntarse mil cosas en su cabeza - ¿¡Qué!? ¿¡Pero cómo entraré!? ¿¡Dónde queda esa oficina!? Si pregunto, me dirán la dirección por dentro… ¿pero cómo entro? ¿Qué hago, qué hago…? ¿A qué hora era? ¿¡EN 15 MINUTOS!? -gritó desesperada al ver la hora.

Rápidamente cogió sus cosas. Por suerte, su uniforme estaba impecable esa mañana y sus zapatos finalmente habían llegado. Esta vez, llegaría calzada y con el uniforme completo de cadete de la Marina. Gracias a un compañero que decidió acompañarla, Zirko logró llegar al edificio donde estaba la oficina. Luego, al deducir que la ventana del primer piso, justo en un patio interior ridículamente pequeño para ella, era la oficina del oficial, entró en pánico.

¡QUÉ DESASTRE! - exclamó al ver que quedaban apenas unos minutos. Ya no importaba… ¡nada importaba ahora!

En un acto desesperado y sin pensarlo mucho, Zirko caminó de puntitas, se quitó los zapatos para maniobrar mejor y atravesó las columnas de edificios que conformaban la base. Logró ingresar al patio interior y, haciendo una clase de invertida, apoyó uno de sus pies en un techo, la otra rodilla en el suelo y sus manos también. Así, logró acercar su ojo a la diminuta ventana cerca del piso en ese pequeño patio, apoyando su mejilla justo a tiempo para el inicio de la reunión.

Oír al sargento era complicado, pero no imposible. El reflejo del sol y su mala posición la frustraban. A veces, hacía sombra con la mano para evitar el reflejo del vidrio. Intentó acercarse más, pero nunca logró ver bien quiénes estaban dentro. Aun así, reconoció las voces de su padre y del suboficial Arthur, ambos eran buena gente y, claro, los conocía bien.

En un momento, mientras el oficial hablaba sobre el club de ancianas, le preguntaron a Zirko si entendía todo desde afuera. Ella, sin titubear, agitó todo su cuerpo en un intento fallido de pararse debido a su postura - ¡SÍ, SÍ, SEÑOR! - respondió como acto reflejo.

Mientras hablaban de la misión y mencionaban a un Mink mitad zorro, Zirko rápidamente imaginó un rostro, pelaje rojizo, orejas puntiagudas y detalles blancos - Chester Chettony y su maldito tráfico de Xetos… - pensó, pues realmente para ella, aun no había visto el letrero de Wanted de Chester realmente.

Intentó pegar su oreja para escuchar mejor, hasta que oyó a su padre hablar sobre la misión. Luego el comenzó a rezar. Zirko no entendía mucho sobre religión, era nueva en eso, pero aguantó su turno, levantando un dedito por la ventana como pidiendo la palabra - Etto… ee… yo… emm… -balbuceaba, interrumpiéndose para no molestar a su padre.

Zirko mirando desde fuera
[Imagen: __original_drawn_by_umaohagi__sample-a2e...102b8c.jpg]

Finalmente, cuando el Sargento Sirius terminó de rezar, Zirko se atrevió a hablar - Ehm… perdón… Solo quería decir… Si el operativo es de noche y es en la mansión, creo que podré moverme mejor. Todos los otros lugares son muy chicos para mí… y si es de noche, puedo pintarme de negro y, con suerte, no ser vista fácilmente. Eso… perdón.

Al terminar, bajó la mirada, avergonzada. No le gustaba opinar mucho en estos temas porque no creía ser de tanta ayuda, además, era la primera vez que la llamaban a ella expresamente para informarle sobre la misión en una Reunión de oficiales... siempre simplemente le llegaban las ordenes luego de las reuniones.

Ah, pero no todo lo que relato había terminado ahí. Aquel pobre compañero que había ayudado a la giganta a encontrar la oficina no tuvo tanta suerte como ella. Durante el camino, había quedado atrapado entre los extensos canales de cabello rosado que Zirko ostentaba con orgullo. La frondosa y mullida cabellera rizada, que parecía no tener fin, lo había engullido como si de un bosque encantado se tratase.

¡Zirko, no veo nada! ¡Sácame de aquí! - se escuchaba débilmente desde las profundidades de aquel océano rosado.

Pero la giganta, tan absorta en su misión, apenas notó los gritos desesperados de su compañero, quien luchaba inútilmente por abrirse paso entre los rizos que le cegaban la vista y dificultaban el andar.

¡Aguanta un poco! ¡Esta por terminar la Reunión! - respondió Zirko, aunque más para tranquilizarse a sí misma que a su compañero, Estornudando fuertemente por culpa de las flores cerca de la ventana.

Mientras tanto, el sargento Murray y los demás seguían sin tener idea de lo que estaba ocurriendo justo afuera de la oficina.

Cosas
#4
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
Donatella Pavone permanecía de pie junto al umbral de la puerta que se había abierto con un chirrido poco elegante. Su figura, como siempre, impecablemente erguida, con la capa verde ligera ondulando a su alrededor y dejando entrever el ajuste preciso de sus robustos guantes de combate decorados con grabados de plumas de pavo real. Sus ojos ámbar recorrieron con calma el interior de la habitación antes de posarse sobre el imponente oni que la introdujo con un tono tan seco como sarcástico. Al entrar pudo sentir la tensión en la sala, pero a ella no le inmutaba, estaba acostumbrada a entornos dominados por mujeres como su madre que rugían más de lo que escuchaban. El Sargento era un Oni de voz imponente y mirada afilada, alguien que podría intimidar a cualquier civil... pero no a la Garra de Pavone, para ella era simplemente un hombre, más basura o herramientas para el mundo, o eso le habían enseñado en su imperio.
 
El silencio inmediato que cayó sobre la habitación mientras todos dirigían su atención hacia ella era algo que Donatella había aprendido a dominar desde joven. No necesitó hacer una reverencia ni pronunciar una palabra al principio; su presencia lo decía todo. Una figura que exudaba confianza, refinamiento y algo más, la promesa de una amenaza velada bajo su porte elegante.
 
Avanzó dos pasos, con la misma serenidad con la que un depredador mide a su presa, su mirada se posó brevemente en Arthur, a quien reconoció por su porte imponente y firme, así como por su bigote perfectamente cuidado, asintiendo a su saludo con un gesto ligero y cortés. Sirius captó su atención también, el joven desprendía una energía peculiar como si fuera una figura celestial, una mezcla de calma y fervor que resultaba curiosa. Finalmente, desvió los ojos hacia la ventana, visualizando la gigantesca silueta de Zirko a través de la ventana y su intento torpe de participar arrancaron una pequeña chispa de compasión a la Pavone. La imagen era cómica, pero Donatella no se permitió mostrarlo pues debía mantener su porte sereno y enfocado.
 
Cuando los marines terminaron de exponer sus puntos, Donatella habló entonces, con voz firme y modulada, reconociendo el peso de sus palabras y buscando transmitirlo de igual forma. — ¡Sargento Murray, caballeros! — Comenzó, elevando ligeramente el mentón, buscando hacerse sentir pues las mujeres no siempre eran tratadas como en el Imperio Pavone, muchas islas e instituciones seguían atrasadas, siendo dominadas por hombres débiles. — Agradezco la confianza depositada en mi presencia. — Giró levemente la cabeza, mirando a cada uno de los presentes para asegurarse de que captaban su atención.
 
Arthur ha sido claro y conciso en su análisis, y Sirius ha aportado un razonamiento práctico. Comparto la opinión de que el club de costura es la mejor opción para comenzar. — Donatella hizo una pausa calculada, dejando que sus palabras se asentaran en el aire. — Como bien se ha dicho, adentrarse en el almacén o la mansión ahora sería como caminar directamente a una emboscada. Podemos obtener información más sutil y valiosa en un lugar que nadie tomaría en serio. — Su tono no flaqueaba, su respiración era precisa y calculada, sus ojos brillaron con una intensidad mientras continuaba con su imponente discurso que probablemente resultara molesto para muchos, sobre todo si eran hombres.
 
Si Chettony está tan arraigado en Kilombo, como parece, no ha llegado a esta posición sin una red de informantes y contactos en puntos clave. Los clubes de costura, por ridículos que parezcan, son un refugio ideal para los rumores disfrazados de “charlas casuales”. El silencio aparente del lugar lo convierte en una opción ideal para esconder secretos. — Se cruzó de brazos, el leve crujir de sus guantes resonó en el silencio momentáneo.
 
Ahora bien… — Continuó con un tono más pragmático y humilde, pues aún no era momento de imponerse a la fuerza, simplemente era una contratista que debía cumplir su misión, brindar soporte. — Debemos decidir cómo abordarlo. Puedo infiltrarme mientras hacen un perímetro, mi rostro es poco conocido en esta isla, y negarle la bienvenida una apasionada más de la costura podría levantar sospechas que no deseen. Sirius parece ser un sujeto carismático y versátil en el habla, si logra pasar desapercibido pudiera infiltrarse conmigo, pocas señoras pueden negarse o resistirse ante la presencia de un elocuente caballero. — Donatella permitió que una leve sonrisa se asomara en sus labios, ignorando por completo el balbuceo religioso que había hecho el sujeto, rogándose a sí misma que no fuera un problema para la misión. — Arthur y Zirko pueden mantener la posición desde el exterior para que, en caso de ser necesario, tengamos apoyo inmediato. Aunque tenemos que ver como lidiar con ese tamaño... — Dicho esto, relajó apenas su postura, permitiendo que todo volviera a fluir con más facilidad. Su tono, aunque calmado, no dejaba dudas de que estaba dispuesta a cumplir con la misión con la misma eficacia con la que había tratado a tantos otros antes. Aun así, mantuvo su mirada fija en Murray, como si esperara alguna señal de aprobación o desacuerdo.
 
Con eso dicho, estoy lista para proceder. ¿Por dónde comenzamos, Murray? — Concluyó chasqueando los dedos, su voz un poco más suave pero igual de autoritaria. Con eso, Donatella aguardó la decisión final, su figura tan firme como la sombra que proyectaba. A pesar de no pertenecer a la Marina, en ese momento, su presencia era tan profesional como la de cualquier oficial en esa habitación. Porque, después de todo, la Garra de Pavone no conocía otra forma de actuar, era heredera al trono y había sido entrenada para este tipo de reuniones, solo lamentaba que ya el verano terminaba y aun no lograba contactar a ninguno de sus guardias reales que llegaron con ella al Mar del Este.

Personaje
 
Virtudes y Defectos
 
Inventario

Habilidades Pasivas
#5
Dan Kinro
[...]
El Sargento Murray, después de escuchar las opiniones de los presentes, se inclinó hacia adelante sobre su escritorio. El puro en su boca soltó un par de chispas al ser mordido con más fuerza de la necesaria. Su mirada, como un par de relámpagos, pasó de uno a otro. Finalmente, golpeó la mesa con su puño como si fuera a romperla.

¡Está decidido! Van al club de costura. Averigüen qué demonios están tramando esas viejas. Y, por el amor de los mares, no hagan una escena... —Detuvo su gruñido y entrecerró los ojos hacia Zirko, que aún asomaba su enorme ojo por la ventana — Eso incluye a ti. ¡Si me entero de que te quedas atrapada en una silla o que te llevas el techo por delante, no me hago responsable de las consecuencias!

Con un movimiento brusco, señaló la puerta, dándoles la señal de que podían retirarse.



Más tarde...



El equipo llegó al club de costura poco antes del mediodía. Desde fuera, el lugar parecía un refugio inofensivo. Una pequeña tienda con paredes de madera desgastada y flores pintadas torpemente en las contraventanas. Había un cartelito a mano alzada que decía "El hilo mágico", y la puerta chirriaba con un sonido que sugería que no se había aceitado desde hacía décadas.

Sin embargo, algo estaba muy fuera de lugar. A pesar del sol abrasador que hacía sudar incluso al más templado de los marines, las ancianas que entraban y salían del lugar estaban abrigadas como si se enfrentaran a una tormenta polar. Una mujer con un abrigo de lana gruesa pasó arrastrando los pies y murmurando algo ininteligible. Otra llevaba un sombrero peludo que parecía haber sido robado a un oso pardo.

Murray, que había decidido acompañar al equipo hasta el exterior y a una distancia prudencial (más para asegurarse de que no metieran la pata desde el principio que por otra cosa), observó la escena mientras encendía otro puro, comunicándose por Den Den Mushi.

¿Qué demonios...? — gruñó, soltando una nube de humo — Si esto no es lo más sospechoso que he visto en mi vida, no sé qué lo será. Bueno, ¿a qué esperan?

Mientras el grupo se organizaba, una anciana particularmente diminuta salió del club. Se movía tan lento que parecía flotar en lugar de caminar. Su abrigo era tan grande que apenas se veía su cara, y cargaba un bolso de mano con forma de gato que se movía como si algo dentro estuviera vivo.

Cuando pasó junto a Zirko, que había logrado encontrar un ángulo en el que podía esconderse más o menos tras una esquina del edificio, la anciana se detuvo y levantó la cabeza lentamente. Por muy buena que fuese escondiéndose, era de día, y ella, una gigante.

Oh, mi niña, qué alta eres. ¿Te dan vértigo las nubes? — dijo con una voz ronca pero cariñosa. Antes de que Zirko pudiera responder, la mujer soltó una risita entre dientes y desapareció tras la esquina, dejando un olor sospechosamente dulce a lavanda y pescado.

Otros marines lograron observar desde la ventana: El interior de la tienda era otra historia. El ambiente olía a té caliente y pasteles recién horneados, pero había algo en el aire, algo que parecía denso, como si las risitas y murmullos de las ancianas fueran un idioma secreto lleno de conspiraciones. Un gramófono reproducía música suave, y los taburetes alrededor de las mesas estaban ocupados por abuelitas que tejían, bordaban o sostenían tazas de té con gestos teatrales.

En una esquina, una anciana con gafas gruesas y cabello blanco como la nieve sostenía un hilo entre los dedos. Su expresión era tan intensa que parecía estar tejiendo un hechizo más que un suéter.

Un mensaje de Murray "murmuró calmadamente":

Recuerden lo que les dije — gruñó desde el Den Den Mushi, asegurándose de que su voz se oyera — ¡Nada de destrozar la tienda!

Ahora era su misión. ¿Qué misterios escondería este aparentemente inocente club de costura?

[Imagen: IIAGP9v.png]

Información
#6
Arthur Soriz
Gramps
El gruñido del Sargento Murray resonó con la fuerza de una ola rompiendo contra un acantilado y su señal fue más que clara... en especial por el hecho de que era más que obvio no soportaría errores en una operación así; mucho menos estando tan cerca de capturar al "zorro" Chester Chetony. Mi mirada permaneció fija en él mientras asentía con firmeza sin perder mi postura recta ni el aire de profesionalismo que a estas alturas de mi vida casi se sentía como una segunda piel.

Entendido, Sargento. Cumpliremos con su encargo y le informaremos de cualquier hallazgo significativo. Puede contar con nosotros para mantener la situación bajo control.

Le dirigí una ligera inclinación de cabeza... la cantidad justa para mostrar respeto sin olvidar la diferencia de rangos. A pesar de ser su superior reconozco la autoridad de un hombre en su elemento y Murray lo estaba. Era su misión y no había razón para menospreciarlo. Con la formalidad cumplida giré sobre mis talones y dirigí al equipo una mirada cargada de propósito. Sabía que no haría falta repetir las instrucciones... todos sabían cuál era su papel.

[ · · · ]

Cuando nos acercamos al club de costura lo primero que me golpeó fue el contraste. La tienda parecía sacada de un cuento infantil, con sus paredes pintadas a mano y su cartel improvisado. Pero el ambiente era… raro. Esas ancianas vestidas como si se enfrentaran a una ventisca me pusieron alerta de inmediato. Por más que fuera fin de verano, faltaban unas semanas antes de que los primeros fríos otoñales se hicieran sentir por lo que verlas tan abrigadas como si fuese pleno invierno la verdad es que me daba mala espina. Las pequeñas cosas que parecían insignificantes... el arrastrar de sus pies, los murmullos ininteligibles, el olor a lavanda y pescado que se quedó flotando tras una de ellas... eran, en mi experiencia, el tipo de detalles que nunca debías ignorar.

Me ajusté la chaqueta con un movimiento casual antes de dar un paso hacia adelante. Si íbamos a descubrir algo la clave era hacerlo con sutileza. Y si había una cosa que sabía hacer bien, era usar mi mejor cara para ganarme la confianza de otros. Me acerqué con pasos deliberadamente tranquilos hacia un par de las ancianas nada más entrar al local —habiendo invitado a Sirius y a Donatella con la mirada para que me acompañaran—. Les sonreí con la calidez que en ocasiones como esta era más efectiva que cualquier arma o rango.

Qué día tan hermoso, señoritas —dije con un tono afable, inclinándome ligeramente hacia ellas como si compartiéramos un secreto. Mi voz grave pero amistosa, resonó con la familiaridad de un viejo amigo reencontrándose con alguien del pasado—. Aunque veo que ustedes saben cómo mantenerse preparadas para todo.

Una risa suave acompañó mis palabras como si estuviera bromeando sin malicia. Sabía que las primeras impresiones lo eran todo y en este caso lo importante era no parecer una amenaza. Cuando alguna de ellas soltaba algo inaudible aproveché para inclinarme un poco más con un gesto curioso pero siempre respetuoso. Y obviamente, si pretendía mostrar un gesto de buena educación, estrecharía sus manos de forma suave, delicada. Como quien saluda a una vieja amiga poniendo una mano sobre la otra de manera gentil.

Me gustaría cotizar algo en específico si no es mucha molestia —comenté, acomodándome un poco mejor el cuello de mi chaqueta—. Quiero hacerme algunos arreglos a mi ropa, ya que recientemente se me ha roto un poco por el uso... nada muy elaborado, ¿he de imaginar?

Decía como para sacar tema de conversación u al menos hacer el intento. Tampoco es que quisiera meterme demasiado con ellas, estaba claro que en toda la isla a estas alturas me conocían como un Marine así que sería prácticamente imposible pasar desapercibido como otra cosa. Miré de reojo a los demás, asegurándome de que estuvieran listos para cubrirme si algo salía mal aunque no lo parecía de momento; eso quería creer.

Todo estaba demasiado tranquilo.

El interior de la tienda me llamaba, con ese aroma a té y pasteles que intentaba camuflar algo más denso en el aire. Algo escondían, y si era yo quien actuaría como distracción, entonces que sea el resto quien decida actuar como 'detectives' si era necesario. Además, no se me da bien ser disimulado... ya saben, con mi tamaño corporal.

Siempre he admirado a quienes saben trabajar con las manos —comenté, girando la cabeza hacia una anciana particularmente concentrada en su costura—. Mi madre era una excelente tejedora... decía que cada hilo tiene una historia.

Esperé a ver si alguna respondía. Mis movimientos eran deliberados, calculados para relajar tensiones sin ser demasiado invasivo. Aquí no se trataba de actuar como un marine. Se trataba de ser Arthur Soriz, el viejo amable y curioso que podía sacarle una sonrisa hasta a la persona más recelosa. Además, quizás luego de tantos años viviendo en Rostock y por ende en la Isla Kilombo, podría llegar a conocer a alguna de aquellas abuelitas tan curiosas.

¿Cómo va el negocio, señoritas? Dudo que les vaya mal con las hermosas creaciones que hacen.

Les pregunté con prudencia porque no quería llamar la atención en demasía. Incluso para ponerme al mismo nivel que ellas, decidí tomar uno de los taburetes dispuestos dentro del local y sentarme en este aunque no muy cerca de ninguna de las abuelitas... para darles su espacio y que no se sintieran sofocadas.

Mi mente no descansaba. Cada paso... cada palabra y cada mirada eran parte del juego. Y aunque mis músculos parecían relajados mi espíritu estaba listo. Detrás de esos taburetes y risitas contenidas podía esconderse un mundo mucho más peligroso del que las paredes pintadas sugerían. Solo esperaba que no fuera nada que se nos fuera de las manos.


off
#7
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
La cigarra resonaba a lo lejos, llenando el aire con su monótono canto. Una paloma jugueteaba despreocupada cerca de la nariz de Kuro-chan. Zirko, como solían llamarla, apenas mantenía la cabeza en alto mientras permanecía sentada y agachada junto a un pequeño edificio, intentando pasar desapercibida. La giganta estaba encogida, abrazando sus piernas y ocultando el mentón entre las rodillas. Sus ojos, perdidos en el horizonte, se alzaban por encima de los tejados de las casas que se extendían frente a ella.

Tsk... ¿Por qué tengo que esconderme aquí? Todo el mundo me ha visto mil veces caminar por estas calles... Estar escondida provoca más desconfianza que mi actuar normal... —pensaba, mientras ladeaba la cabeza con un gesto de fastidio. Sus pies jugaban inquietos, dando pequeños pasos sin moverse del sitio. Finalmente suspiró, dejando escapar un murmullo - Kyaaaa... Me pregunto qué estarán haciendo los demás... Odio esperar...

Era cierto que el sargento Murray le había advertido que no hiciera nada impulsivo, pero, ¿cómo podía seguir esa instrucción si ni siquiera le podía entrar al lugar? Zirko estaba absorta en sus pensamientos, como una niña enfurruñada que se había escondido tras una esquina tras ser regañada. De repente, una voz ronca y cariñosa interrumpió su divagación - Oh, mi niña, qué alta eres. ¿Te dan vértigo las nubes?

Zirko levantó la vista, sorprendida. La dueña de la voz era una anciana de aspecto peculiar. Vestía un abrigo llamativo, demasiado grande para su figura, y cargaba un bolso con forma de gato que parecía tan extravagante como vivo. Lo que más llamó su atención fue lo silenciosa que había sido al acercarse y lo rápido que desapareció tras soltar su comentario y lanzar una risita. Desde su posición, a unos 20 metros del suelo, Zirko no pudo captar su olor, pero aquella breve interacción quedó grabada en su mente.

"Era como dijo Murray... Si eso no es sospechoso, nada lo será", pensó mientras se balanceaba ligeramente sobre sus piernas.

Con un movimiento fluido y preciso, Zirko se levantó, estirando sus músculos con la gracia de un felino. Desde su imponente altura, esos 37 metros y medios que rivalizaba con un edificio de 15 pisos, tenía una vista privilegiada de la ciudad. Los tejados, las calles y los pequeños detalles de la vida cotidiana se desplegaban ante ella como un mapa tridimensional.

[Imagen: __original_drawn_by_nakkar__sample-3e390...14587d.jpg]

Concentrada, comenzó a buscar entre las ancianas que se alejaban del lugar. Su objetivo era claro, encontrar a aquella mujer extraña que la había saludado y ver si encontraba algún patrón en todas las ancianas que salieron del lugar, si iban para un mismo lugar o dirección. Recordaba el color de su abrigo y los detalles más llamativos de su atuendo. Desde su posición, Zirko podía observar sin levantar sospechas, actuando como si simplemente estuviera desperezándose tras una larga siesta y estirando sus músculos hacia el cielo sin mayores problemas.

A pesar de su aparente calma, sus ojos brillaban con determinación. Esa mujer no pasaría desaparecida por mucho tiempo.

Suterusu
NIN300
NINJUTSU
Pasiva
Tier 3
3/12/2024
"Los ninjas son expertos en el arte del sigilo, por eso siempre que lo deseen serán capaces de moverse y actuar sin emitir ningún ruido con el fin de no ser escuchados y pillar por sorpresa a sus enemigos. Siempre que se haga un ataque desde el sigilo o desde un ángulo fuera de la visual directa del enemigo, el enemigo obtendrá -10 de [REF], se realizará la ofensiva con un +35 de daño y tendrán un turno menos de enfriamiento. Además, el usuario creará 1 grado más de [Envenenamiento], [Hemorragia] y [Quemadura] en sus ofensivas. Cualquier técnica que mencione el uso de un objeto para la ejecución de la misma se considerará que forma parte de su arsenal ninja, sin tener que tenerlo en el inventario o consumirlo.

—Postura ""Ninshu"": Los ninja están bien entrenados, son expertos en el uso de armas y en manejar su propio cuerpo como una. Por eso mismo, con esta postura, los ninja usarán [Destreza] como [Tasa de Acierto] en todas sus armas afines cuerpo a cuerpo, y [Puntería] en todas las armas afines de larga distancia. Los multiplicadores de los estilos y disciplinas afines a dichas armas afines pasará a ser [Agilidad]."

Virtudes destacadas
#8
Sirius Herald
Eleos
Entré en el local detrás de Arthur y al mismo tiempo que Donatella, buscaba siempre mantenerme un paso atrás de ellos para poder observar sin llamar demasiado la atención. Pero incluso, aun así, no podía evitar sentir las miradas curiosas de algunas ancianas posarse sobre mí con curiosidad, era… algo razonable, el hecho de tener 4 alas en la espalda y un par en el cuello no era lo que menos pasaba desapercibido, lo notaba en el ligero titileo de sus ojos, en la forma en que sus dedos parecían detener el movimiento de la aguja apenas una fracción de segundo. Aquella sensación me divertía de una forma extraña, la verdad; siempre me ha gustado la mezcla de asombro que podía llegar a generar en los demás. Eso sí, no quería que mis alas hicieran algún tipo de daño al entorno de la tienda, por lo que las plegaría sobre mi chaqueta blanquiazul y les devolvería una sonrisa amable y sincera a aquellas ancianas.

No podía evitar ver como Arthur parecía desenvolverse en ese lugar con naturalidad, sonriendo y preguntando por las confecciones. ¿Acaso se sentía en su habitad natural al ser mayor?, no tenía forma de saberlo, pero lo cierto era que llegaba a admirar un poco su habilidad para generar confianza. Era un enfoque algo distinto al mío, menos sutil quizá, pero era claramente efectivo. Su porte y su voz grave parecían suavizar los arrullos de las ancianas hasta convertirlos en confidencias, y por un instante casi creí que de veras estaban a punto de compartir secretos, como típicas viejas del visillo, era algo digno de estudio a mi parecer.
Mientras él conversaba tranquilamente con las señoras, me acerqué a una de las estanterías donde se apilaban los hilos de colores y retazos de tela que me imaginaba que las señoras usaban para tejer sus cosas, fingiría ojear algunas muestras, palpando las texturas, sopesando hilos. Sin embargo, mi oído estaba atento a cualquier murmullo proveniente de las abuelitas, o a los pasos sospechosos que resonaran en el piso de madera. Con cada tic del reloj que colgaba de la pared, sentía como si el ambiente se volviera más espeso, cargado de un aire casi eléctrico. Entonces recordé las palabras de Donatella antes de entrar. Había sugerido que trabajáramos juntos, por lo que me tocaría pararme a hablar con algunas de ellas, por lo me fijaría en la que se encontraba sola, parecía bastante metida en su trabajo, y la verdad es que eso era algo que me gustaba bastante, por lo me acercaría a ella.

-Hermoso trabajo, señora, imagino que usted debe de tener bastante experiencia, ¿verdad?, se nota que el Artífice le ha dado una habilidad natural a la hora de tejer, ojala yo fuera tan bueno… -aludí a la baza de la compasión, las abuelitas siempre se veían tentadas a ayudar a los jóvenes a aprender cosas manuales, o por lo menos eso me habían enseñado las señoras de mi religión.

- Mire, a mí me gusta mucho la costura, pero normalmente suele ser mi abuela la que lo suele hacer por mí jaja, necesito hacer trajes para las personas que se unen a mi a adorar a mi dios… -murmuré, con un tono un poco más bajo, pero lo suficientemente claro para que me oyera-. Este lugar mola mucho, aunque quizá me equivoque, pero tengo la sensación de que este lugar está lleno de historias fascinantes. Y a mí me encanta escuchar historias, ¿Cree que podría darme algunas clases?, claramente usted debe de ser la mejor de todo el local. -

Aproveché durante unos segundos para descansar brevemente una mano sobre la insignia que llevo cosida en la pechera de mi chaqueta, regalo de una de las nonas de la sectas, una especie de símbolo religioso que me recuerda mi fe en el Artífice. Era un gesto leve, casi imperceptible, que suelo hacer cuando me dispongo a investigar algo a fondo o cuando siento que la tensión crece. Durante unos segundos algo me llamó la atención y miré por la ventana, parecía que Zirko se estaba moviendo de su lugar ¿quizá buscaba a alguien? Que cosa mas rara, pero buena, confiaba en ella así que no me preocuparía mucho, mientras, seguiría dándole algo de conversación a la anciana, no me había dado cuenta hasta ahora de las ropa de invierno.

-Hace frio últimamente, ¿verdad? -comenté finalmente con voz amable, acariciando una de mis alas, tratando de hacer como si me estuviera dando un escalofrío.-. ¿Acaso por aquí esperan una ráfaga del North Blue? Jajaja. -

Nuevamente, mis palabras parecían ser medio chiste, pero en el fondo eran una simple invitación a que hablara. Sabía que, con un poco de suerte, la anciana podría revelar algún indicio. Ya fuera una frase que indicase un código, si estaban en algún grupo, siempre tratarían de dar frases sueltas que solo tienen gracia entre ellos, por ejemplo, también podría decir el nombre de un tercero, cualquier cosa que dejara entrever la verdad tras estas extrañas costureras. No estaba seguro de qué iba a suceder, pero en ese silencio denso, casi ritual, cada palabra tenía un peso mucho mayor. Y a veces, el primer hilo que jalas es el que desbarata toda la madeja. Confiaba tanto en Donatella como en Arthur

En la cabeza de Sirius
No puedo dejar de sentir pesadez en el aire, como si cada palabra que dijéramos aquí dentro resonara el doble de fuerte de lo normal, la forma en la que estas ancianas nos miraban... o algunas intentaban no hacerla me hacía que me pusiera alerta, pero incluso así. debía mantener la calma lo mas posible, he aprendido después de todo que la ansiedad es el enemigo de la persuasión, todo a su debido tiempo, Sirius. Es curioso como disimulan debajo de abrigos y capas gruesas, claramente era un disfraz para ocultar algo. Mi fé en el artífice me enseña que detrás de cada diseño, se encierra un algo: cada pieza, por minúscula que sea, cumple una función, aquí. Somos parte de un engranaje mayor, y esas ancianas son los obstáculos que nos permiten funcionar de forma correcta. Pronto, Pronto hallaremos el hilo que pueda desenredar este enredo, hablaremos con tacto, pero mientras tanto, tenemos que tener cuidado, ese Chester es peligroso.
off
#9
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
El aire dentro del club de costura era una mezcla extraña de calidez y alerta. Donatella Pavone caminó con una gracia calculada, como si flotara entre las mesas repletas de tazas de té y ovillos de lana. Sus ojos ámbar, atentos y observadores, se posaban brevemente en cada rincón, tomando nota de cada detalle, las agujas que tintineaban al contacto, las miradas furtivas de algunas ancianas y la pesada atmósfera impregnada de que algo no cuadraba. No obstante, trataría de utilizar su sentido de oído agudo, por encima de un humano promedio para tratar de escuchar algunas de las cosas que las ancianas dijeran y ver si algo podría revelarle algún tipo de información o pista.
 
Arthur ya estaba desplegando su talento para la conversación, y Sirius, con sus alas plegadas, se movía con sutileza mientras entablaba un diálogo con una anciana. Donatella sabía que su papel requería un enfoque distinto, uno que complementara a sus compañeros, tranquilidad, silencio y sutileza. Con pasos medidos, se acercó a una mesa donde dos ancianas parecían discutir en voz baja mientras tejían con una sincronización casi inquietante. Donatella esbozó una leve sonrisa e hizo una seña para ver si podía sentarse al lado de las señoras, con la seguridad de alguien acostumbrada a ser bien recibida incluso en los lugares más exclusivos. — Qué dedicación admirable... — Comentó, rozando con los dedos un mantel bordado con motivos florales.
 
Me recuerda a las reuniones de bordado en mi hogar, con mi madre y tías durante las festividades de otoño. Siempre decían que un buen hilo era capaz de resguardar más de lo que el ojo aprecia. — Su tono era deliberadamente relajado, pero sus palabras, escogidas con cuidado, dejaban entrever su intención de profundizar más allá de las charlas triviales. Con un movimiento pausado, sacó un pequeño broche dorado en forma de pluma de pavo real y lo colocó sobre la mesa. — Me gustaría hacer un encargo especial... algo discreto pero significativo. Tal vez vosotras, con vuestra experiencia, podríais ayudarme a encontrar el hilo perfecto para ello. — Sus ojos se posaron en las ancianas con un destello de curiosidad genuina, mientras hablaba, Donatella permanecía atenta a sus reacciones. La forma en que sus dedos se movían con las agujas, el leve titubeo de sus sonrisas... cada gesto podía revelar más de lo que las palabras decían.
 
Por cierto… es curioso verlas tan abrigadas en un día tan cálido. — Añadió con un aire casual, dejando caer la pregunta con aparente inocencia, aunque su mente ya tejía conexiones entre las piezas sueltas del rompecabezas. Mientras tanto, sus sentidos permanecían alerta al entorno, consciente de que, aunque el lugar parecía un simple club de costura, en cada rincón había posibles pistas escondidas.
 
Observó a Sirius y Arthur de reojo. Sabía que todos estaban listos para cubrirla o respaldarla si algo salía mal y ella también lo estaba por si debía respaldar a alguno. La misión requería precisión y paciencia y La Garra de Pavone estaba lista para lo que viniera, pero en el fondo, su intuición le decía que para deshacer el rollo de secretos en "El hilo mágico" solo necesitaban tirar del hilo adecuado, claro que con cautela para evitar destruir la tienda como Murray les había ordenado.
#10


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