¿Sabías que…?
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[Común] Sangre nueva
Kurokaze Masaru
-
Desde que el Ejército Revolucionario derrocó a la gobernante del Reino de Oykot las cosas estaban más… tranquilas. Seguramente, la Armada se estaba preparando para dar un golpe contundente, algo que pudiera afectar de verdad los cimientos del Gobierno Mundial. De verdad esperaba que así fuera, pero no tenía muchas esperanzas. Si bien sus camaradas gozaban de pasión y visión, eran incompetentes y carecían de toda clase de talento como para impulsar el cambio. No podía utilizar a gente de tan bajo nivel. Por eso, se había ofrecido a inspeccionar directamente a los reclutas y, con un poco de suerte, encontrar a alguien que valiera la pena.
 
Según lo dicho por su mentor, debía reunirse con un joven conocido como Mario D. Bross. Quería creer que el muchacho fuese diferente a los que había conocido, deseaba poder pulir una piedra en bruto y hacerla relucir al máximo. Sin embargo, como fuera otro tonto apasionado con ganas de quemar banderas y escupir marines, abandonaría el plan y diseñaría otro más factible. Tampoco es que todos sus aliados tuviesen que pertenecer al Ejército Revolucionario: con tal de que odiasen al Gobierno Mundial tendrían una razón en común para unirse y luchar.
 
Masaru esperaba en la segunda planta del antiguo edificio que servía como base de operaciones para la Armada, ubicado a pocas cuadras de la plaza central y con acceso a una callejuela perpendicular a una gran avenida. Había ordenado el cuarto, anteriormente repleto de cajas y papeles, y lo había convertido en una especie de oficina. Allí, limpiaba con cuidado el acero de sus espadas. Hacía tiempo que no las usaba, pero limpiarlas a diario se había vuelto parte de su rutina. Lo hacía desde que tenía diez años. Le gustaba dedicarles el tiempo adecuado para que su filo no se magullase ni se perdiese, y era la actividad ideal para esperar al joven Mario.
 
Tenía entendido que su mentor tenía intenciones de espiar las instalaciones marines dentro de la isla con el propósito de ubicar puntos débiles o, en el mejor de los casos, hallar documentación comprometedora; ensuciar la opinión pública del Gobierno Mundial era un arma efectiva, sobre todo para contar con el apoyo del pueblo y obtener facilidades en operaciones encubiertas. Así es como el Ejército Revolucionario se había conseguido aquel edificio. Si obtenía documentos incriminatorios, podría usarlos en contra del Gobierno Mundial; lo golpearía desde diferentes posiciones hasta hacerlo caer.
#1
Mario D. Bross
El Care'Callampa
El primer rayo de luz se dejó alcanzar por la cara de Mario D. Bros, pero él ya estaba despierto. Durante la noche, la ansiedad lo había mantenido en vilo. Era siempre lo mismo antes de una nueva misión, especialmente cuando involucraba un equipo desconocido. El entusiasmo y la curiosidad se mezclaban con un temor sutil, como un tambor que resonaba en el fondo de su mente. Pero sabía que los grandes cambios no se lograban sin riesgo.

Frente al espejo, se tomó un momento para observarse. Para muchos, aquel acto era tan cotidiano como respirar, pero para él era un privilegio. Años atrás, cuando estaba esclavizado en aquella oscura cueva, no había espejos. Su reflejo no existía; su identidad tampoco. Era solo una sombra más entre tantas, despojado incluso del derecho a saberse humano. Ahora, cada vez que se miraba, era un recordatorio de que había recuperado algo invaluable: su libertad.

"Todo ha estado demasiado tranquilo", murmuró, apretando los dientes. "Los cambios llevan tiempo, sí, pero allá afuera hay gente sufriendo... Gente que es tratada como basura". Su voz tembló al recordar las cadenas, el frío acero cortando su carne. Instintivamente, sus dedos recorrieron la cicatriz que le dejaron los Tenryuubito, esa marca que ardía tanto como el fuego de su determinación.

Cogió sus guantes que descansaban en la pared justo después de perder el reflejo en su  vista.  Estaba listo para salir por esa puerta, estuvo esperando mucho esta oportunidad para poder mostrar su valía como para darse el lujo de fallar. Dio el primer paso que daba inicio a su aventura con entusiasmo convencido que iban a lograr algo grande.

El mentor había dicho que tenía que juntarse con un tal “Kurokaze Masaru” para llevar a cabo una misión. Corroboró la ubicación del punto de encuentro y partió en su dirección. Iba pensando, ¿Como será este tipo? Al llegar, pueblo en el cual se encontraba la torre a la cual necesitaba llegar, se dio cuenta que la gente se burlaba de forma sutil de él. De todas formas, no le tomo mucha importancia y siguió  concentrado en su misión.

Al llegar al antiguo edificio, buscó la segunda planta y tocó la puerta de la oficina. Dentro, había un hombre alto, serio, atlético el cual miró a Mario con una mirada penetrante. Se dijo en su mente: “Uff , este parece que es de los serios… Pero bueno, yo soy mucho más lindo que él". Torpemente  se presentó:

-Soy Mario D Bross el Atraviesa Callampas. Busco a Kurokaze Masaru.
#2
Kurokaze Masaru
-
Se decía que el Ejército Revolucionario aceptaba a cualquiera dispuesto a unirse a la Causa y desafiar al Gobierno Mundial. Sin embargo, cuando el recluta cruzó el umbral de la oficina, esa afirmación adquirió una nueva dimensión de veracidad. El recién llegado parecía extraído de un espectáculo burlesco: un hombre de estatura ínfima, difícilmente superando el metro de altura, con un mostacho perfectamente cuidado que parecía desproporcionado en su pequeño rostro. Portaba una gorra roja adornada con un extraño emblema, una "M" prominente, y sus piernas, notablemente musculosas y cubiertas de un vello espeso, resultaban visualmente discordantes.
 
El agente Kurokaze observó al recluta sin emitir juicio alguno. No sintió curiosidad por el sobrenombre que este pudiese ostentar; incluso de haberlo sabido, habría considerado que sonaba más a una sátira que a un título honorable. Lo que sí captó su atención fue un detalle ineludible: la inicial "D" en su nombre. Aquella letra, portadora de un peso histórico y simbólico, podría ser real o una simple artimaña. El hombre no parecía poseer la astucia suficiente para construir una mentira de tal magnitud, pero aquello no alteraba el propósito de Kurokaze: evaluar sus capacidades.
 
-Has llegado al lugar indicado -anunció el agente con tono mesurado, sus ojos descendiendo para encontrar la mirada del bigotudo recluta-. Soy Masaru Kurokaze, y tengo la tarea de valorar tus habilidades. La misión es directa: recuperar documentos incriminatorios contra el Gobierno Mundial.
 
Los métodos para alcanzar el objetivo podían ser tan diversos como arriesgados. Contratar a un ladrón era una opción lenta y plagada de incertidumbre; infiltrarse sin una estrategia bien calculada, una fórmula para el desastre. La primera prueba era, en esencia, un desafío intelectual: evaluar la capacidad del recluta para responder con ingenio y pragmatismo a una situación de alta presión.
 
Antes de presentar el desafío, Kurokaze reflexionó sobre el trasfondo del recluta. ¿Cuánto sabría aquel hombre del Ejército Revolucionario y sus victorias? ¿Conocería, por ejemplo, la historia reciente del Reino de Oykot, donde las fuerzas revolucionarias habían derrocado a una monarca cruel, allanando el camino para la proclamación de una república? Probablemente no. Muchos reclutas llegaban con sueños grandiosos y emociones inflamadas, pero eran precisamente esas pasiones juveniles las que los hacían vulnerables y maleables.
 
El agente se levantó con calma y se posicionó frente al hombrecillo. La diferencia de alturas era imposible de ignorar; mientras Kurokaze alcanzaba los dos metros y medio, el recluta apenas llegaba a su cintura.
 
-El Reino de Oykot es un ejemplo paradigmático de lo que significa esta lucha -dijo con voz pausada, casi didáctica-. Allí, hombres y mujeres arriesgaron todo para liberar a un pueblo encadenado. Pero déjame aclararte algo: ser un revolucionario no es solo derrocar tiranos ni prender fuego a banderas. Es entender que la verdadera revolución radica en transformar, en construir un futuro donde la opresión no pueda resurgir.
 
Kurokaze dejó que sus palabras resonaran un instante antes de continuar, su mirada fija en el recluta.
 
-Así que dime, D. Bross: si estás dispuesto a caminar este sendero, si crees que posees la convicción y la capacidad necesarias, ¿cómo obtendrías los documentos incriminatorios que se encuentran en el cuartel de la Marina en Loguetown?
 
El silencio que siguió no fue incómodo, sino deliberado. Kurokaze sabía que la respuesta a esa pregunta definiría más que las capacidades del recluta; sería un indicio de su verdadera naturaleza.
#3


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