
Daryl Kilgore
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03-01-2025, 03:53 AM
El sol apenas comenzaba a iluminar las estrechas calles de Loguetown cuando un golpe seco resonó en la puerta de la habitación de Daryl. Medio adormilado, el demonio soltó un gruñido, desperezándose con pereza en el frío y austero dormitorio que había aprendido a llamar hogar. Era pequeño, funcional y carente de cualquier toque personal, pero a Daryl le bastaba. A fin de cuentas, no necesitaba mucho más que su cama, un armario para su ropa y un rincón donde mantener sus tres espadas pulidas y listas para la acción. — Daryl, reunión en la sala tres. Ahora. — Se escuchó una autoritaria voz al otro lado de la puerta, una voz que ya conocía. El demonio chasqueó la lengua, irritado. Las reuniones solían ser un trámite molesto que interrumpía su rutina, mera palabrería y una absoluta pérdida de tiempo. Él prefería evitar cualquier cosa que no estuviera relacionada directamente con el trabajo de campo, y es que las reuniones siempre solían alargarse demasiado, cuando para él, era tan sencillo como que le ordenasen hacer algo y lo haría. Sin preguntas, sin rollos. A pesar de su reticencia, se levantó con rapidez, se colocó una camiseta oscura, unos pantalones largos del mismo color y sus botas de trabajo y salió de la habitación.
Mientras caminaba por los pasillos grises y bien iluminados de la base gubernamental, su mente repasaba las posibles razones para la reunión. ¿Una nueva misión? ¿Un ascenso improbable? ¿Un reproche por su falta de tacto? Nada de aquello le importaba demasiado; cumplía con su deber, siempre, a pesar de que a veces pecara de ser demasiado bruto, aunque no destacara por su simpatía, ni tampoco por seguir las normas sociales al pie de la letra. ¿Qué más daba? Esos no eran requisitos esenciales, ¿no? Al entrar en la sala tres, encontró a dos figuras esperándolo, dos superiores a los que ya conocía. Y es que uno de ellos, Nathaniel Voss, fue el que acabó reclutándole cuando apenas tenía trece años. Ambos estaban sentados al otro lado de una mesa rectangular de madera, con una postura rígida y las carpetas sobre la mesa, lo que le dieron a entender al demonio que aquello no se trataba de una simple charla casual. — Daryl, toma asiento. — Ordenó Nathaniel, con voz grave. El demonio obedeció, aunque sin mucho entusiasmo. Cruzó los brazos, fijando su mirada en los oficiales. No dijo nada, esperando que fueran ellos quienes hablaran primero. — Hoy queremos informarte de un cambio en tu asignación. A partir de ahora, dejarás de trabajar en solitario. — La frase hizo que Daryl arqueara ligeramente una ceja, un gesto sutil pero suficiente para transmitir su desconcierto. — ¿Y eso por qué? — Preguntó, con tono seco, completamente antipático. Se notaba que no le gustaba nada aquella noticia. — El Cipher Pol ha decidido que necesitas un compañero para maximizar la eficiencia en las misiones. — Respondió, sin titubear. — Hemos analizado tu desempeño en solitario, y aunque está... bastante bien, quitando esos pequeños detalles de los que ya hemos hablado, creemos que podrías beneficiarte de un enfoque más colaborativo. — Daryl dejó escapar un leve bufido. Para él, aquello sonaba a un pretexto burocrático más que a una decisión estratégica real. — Ya, claro... ¿Quién es? — Preguntó finalmente, recostándose en la silla con aparente indiferencia. — Irina Volkov. —
El nombre resonó en su mente como un eco distante. No era desconocido para él. Irina era una figura que había visto en contadas ocasiones por la base, siempre de pasada. Recordaba su rostro vagamente; ojos grandes, enormes, extraños y enigmáticos, de un color amarillo anaranjado que embelesaban a cualquiera; cabello pelirrojo recogido de manera impecable; y una extraña sonrisa, como si fuera una muñeca de porcelana, perfectamente impostada. Había escuchado que estaba siendo entrenada de forma especial, en privado, algo que ya de por sí llamaba la atención en un entorno donde todo el mundo seguía prácticamente los mismos pasos. — Se ha estado preparando durante años. — Continuó el superior. — Tiene un potencial extraordinario, y creemos que será el complemento perfecto para tus habilidades. — Mierda y más mierda. Daryl no respondió de inmediato. En su interior, un conflicto comenzaba a gestarse. Por un lado, la idea de tener que compartir su espacio y sus misiones con alguien más le resultaba irritante. Había trabajado solo durante tanto tiempo que la rutina de la soledad se había convertido en su zona de confort, y odiaba la cercanía de la gente, era lo que más odiaba del mundo. Pero por otro lado, no podía evitar preguntarse qué clase de persona era Irina Volkov y por qué alguien como ella, con un entrenamiento tan especializado, sería asignada a él. Todos los demás, sus compañeros, cuchicheaban cosas horribles sobre ella; infundía cierto temor, incomodidad. Aunque a Daryl eso no le preocupaba. — Es un error y lo sabes, Nathaniel. Sabes que odio la compañía. — Sabía que no serviría de nada pelear, pero Daryl no era tan fácil de domar, era un adolescente. — No tiene por qué gustarte. Mira, este día iba a llegar tarde o temprano, lo sabes tan bien como yo. — Nathaniel tenía cierta confianza con el demonio, después de años conociéndose, y sabía, más o menos, cómo tratar con él. — ¿Es definitivo? — Preguntó Daryl, exhaesperado, conociendo ya la respuesta. — Sí, lo es. A partir de mañana, comenzaréis a trabajar juntos. — Daryl asintió lentamente, aunque sin mucho entusiasmo, callándose todo lo que le apetecía soltar por la boca en aquel momento. Los superiores le dieron algunos detalles adicionales sobre los futuros operativos que realizarían en conjunto, pero su mente estaba en otro lugar, ocupada intentando visualizar cómo sería trabajar con alguien como Irina.
Cuando finalmente lo dejaron marcharse, Daryl salió de la sala con pasos firmes y mecánicos. Cruzó los pasillos de la base hasta llegar a su habitación, donde cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama. Por un rato, se quedó mirando el techo, perdido en sus pensamientos, estaba cabreado, incómodo. Su mente volvió a las pocas veces que había visto a Irina. Siempre había algo en su manera de moverse, en su forma de mantener la compostura, que le había parecido diferente al resto de los agentes. Diferente y enigmática. — Compañera... — Susurró para sí mismo, casi como si la palabra le supiera amarga. La idea de trabajar con alguien no le hacía especial ilusión, ya lo había dejado bastante claro. Sin embargo, mientras repasaba mentalmente el rostro de Irina, algo le resultaba intrigante. No sabía si era su mirada o la aparente perfección con la que siempre parecía conducirse, pero había algo en ella que le producía una curiosidad extraña. Tal vez, pensó, tener una compañera como ella no sería tan malo. Se giró en la cama, sintiendo cómo la incomodidad empezaba a disiparse. A pesar de sus reticencias iniciales, una pequeña parte de él se preguntaba si esta nueva etapa podría ser diferente. Quizás, trabajar con Irina Volkov sería algo más que una simple carga. Quizás, solo quizás, sería una oportunidad para algo que aún no podía nombrar.
Por ahora, decidió no pensarlo demasiado. Se levantó de la cama con un impulso repentino, tomó sus tres espadas y avanzó con un paso acelerado que casi parecía correr hasta la sala de entrenamientos del Cipher Pol. Usar sus espadas le transmitía calma, confianza, y podría desahogarse de una forma física de las palabras que no había podido llegar a pronunciar.
Mientras caminaba por los pasillos grises y bien iluminados de la base gubernamental, su mente repasaba las posibles razones para la reunión. ¿Una nueva misión? ¿Un ascenso improbable? ¿Un reproche por su falta de tacto? Nada de aquello le importaba demasiado; cumplía con su deber, siempre, a pesar de que a veces pecara de ser demasiado bruto, aunque no destacara por su simpatía, ni tampoco por seguir las normas sociales al pie de la letra. ¿Qué más daba? Esos no eran requisitos esenciales, ¿no? Al entrar en la sala tres, encontró a dos figuras esperándolo, dos superiores a los que ya conocía. Y es que uno de ellos, Nathaniel Voss, fue el que acabó reclutándole cuando apenas tenía trece años. Ambos estaban sentados al otro lado de una mesa rectangular de madera, con una postura rígida y las carpetas sobre la mesa, lo que le dieron a entender al demonio que aquello no se trataba de una simple charla casual. — Daryl, toma asiento. — Ordenó Nathaniel, con voz grave. El demonio obedeció, aunque sin mucho entusiasmo. Cruzó los brazos, fijando su mirada en los oficiales. No dijo nada, esperando que fueran ellos quienes hablaran primero. — Hoy queremos informarte de un cambio en tu asignación. A partir de ahora, dejarás de trabajar en solitario. — La frase hizo que Daryl arqueara ligeramente una ceja, un gesto sutil pero suficiente para transmitir su desconcierto. — ¿Y eso por qué? — Preguntó, con tono seco, completamente antipático. Se notaba que no le gustaba nada aquella noticia. — El Cipher Pol ha decidido que necesitas un compañero para maximizar la eficiencia en las misiones. — Respondió, sin titubear. — Hemos analizado tu desempeño en solitario, y aunque está... bastante bien, quitando esos pequeños detalles de los que ya hemos hablado, creemos que podrías beneficiarte de un enfoque más colaborativo. — Daryl dejó escapar un leve bufido. Para él, aquello sonaba a un pretexto burocrático más que a una decisión estratégica real. — Ya, claro... ¿Quién es? — Preguntó finalmente, recostándose en la silla con aparente indiferencia. — Irina Volkov. —
El nombre resonó en su mente como un eco distante. No era desconocido para él. Irina era una figura que había visto en contadas ocasiones por la base, siempre de pasada. Recordaba su rostro vagamente; ojos grandes, enormes, extraños y enigmáticos, de un color amarillo anaranjado que embelesaban a cualquiera; cabello pelirrojo recogido de manera impecable; y una extraña sonrisa, como si fuera una muñeca de porcelana, perfectamente impostada. Había escuchado que estaba siendo entrenada de forma especial, en privado, algo que ya de por sí llamaba la atención en un entorno donde todo el mundo seguía prácticamente los mismos pasos. — Se ha estado preparando durante años. — Continuó el superior. — Tiene un potencial extraordinario, y creemos que será el complemento perfecto para tus habilidades. — Mierda y más mierda. Daryl no respondió de inmediato. En su interior, un conflicto comenzaba a gestarse. Por un lado, la idea de tener que compartir su espacio y sus misiones con alguien más le resultaba irritante. Había trabajado solo durante tanto tiempo que la rutina de la soledad se había convertido en su zona de confort, y odiaba la cercanía de la gente, era lo que más odiaba del mundo. Pero por otro lado, no podía evitar preguntarse qué clase de persona era Irina Volkov y por qué alguien como ella, con un entrenamiento tan especializado, sería asignada a él. Todos los demás, sus compañeros, cuchicheaban cosas horribles sobre ella; infundía cierto temor, incomodidad. Aunque a Daryl eso no le preocupaba. — Es un error y lo sabes, Nathaniel. Sabes que odio la compañía. — Sabía que no serviría de nada pelear, pero Daryl no era tan fácil de domar, era un adolescente. — No tiene por qué gustarte. Mira, este día iba a llegar tarde o temprano, lo sabes tan bien como yo. — Nathaniel tenía cierta confianza con el demonio, después de años conociéndose, y sabía, más o menos, cómo tratar con él. — ¿Es definitivo? — Preguntó Daryl, exhaesperado, conociendo ya la respuesta. — Sí, lo es. A partir de mañana, comenzaréis a trabajar juntos. — Daryl asintió lentamente, aunque sin mucho entusiasmo, callándose todo lo que le apetecía soltar por la boca en aquel momento. Los superiores le dieron algunos detalles adicionales sobre los futuros operativos que realizarían en conjunto, pero su mente estaba en otro lugar, ocupada intentando visualizar cómo sería trabajar con alguien como Irina.
Cuando finalmente lo dejaron marcharse, Daryl salió de la sala con pasos firmes y mecánicos. Cruzó los pasillos de la base hasta llegar a su habitación, donde cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama. Por un rato, se quedó mirando el techo, perdido en sus pensamientos, estaba cabreado, incómodo. Su mente volvió a las pocas veces que había visto a Irina. Siempre había algo en su manera de moverse, en su forma de mantener la compostura, que le había parecido diferente al resto de los agentes. Diferente y enigmática. — Compañera... — Susurró para sí mismo, casi como si la palabra le supiera amarga. La idea de trabajar con alguien no le hacía especial ilusión, ya lo había dejado bastante claro. Sin embargo, mientras repasaba mentalmente el rostro de Irina, algo le resultaba intrigante. No sabía si era su mirada o la aparente perfección con la que siempre parecía conducirse, pero había algo en ella que le producía una curiosidad extraña. Tal vez, pensó, tener una compañera como ella no sería tan malo. Se giró en la cama, sintiendo cómo la incomodidad empezaba a disiparse. A pesar de sus reticencias iniciales, una pequeña parte de él se preguntaba si esta nueva etapa podría ser diferente. Quizás, trabajar con Irina Volkov sería algo más que una simple carga. Quizás, solo quizás, sería una oportunidad para algo que aún no podía nombrar.
Por ahora, decidió no pensarlo demasiado. Se levantó de la cama con un impulso repentino, tomó sus tres espadas y avanzó con un paso acelerado que casi parecía correr hasta la sala de entrenamientos del Cipher Pol. Usar sus espadas le transmitía calma, confianza, y podría desahogarse de una forma física de las palabras que no había podido llegar a pronunciar.