
Juuken
Juuken
06-01-2025, 10:27 PM
Día 53 de Invierno del año 723
[i]Isla Cocoyashi. Archipiélago Conomi.[/i]
El ruido de las olas me devolvía a la realidad, haciéndome abrir los ojos. Habían sido unos días muy extraños, desde hacía tiempo lo único que hacía era vagar y viajar sin rumbo, buscando la forma de sobrevivir, de evitar que me roben, de ganarme la vida lo suficiente en cada lugar como para conseguir lo mínimo. Sobrevivía siempre por la mínima, aunque por suerte estaba acostumbrado al dolor y a la inanición.
La suave brisa mecía mis cabellos, despertándome y trayendo mi mente de vuelta a la realidad. Había amanecido, estaba algo exhausto. El día anterior había sido una locura, no sabía ni dónde ir ni qué hacer. Por primera vez, desde que había comenzado a viajar sin la compañía y seguridad que me brindaban Tom y Marin, me sentía que no sabía qué hacer. Sentía que había cometido un grave error al abandonar aquél barco. Me sentía bastante decaído en ese momento.
Me incorporé. La arena comenzó a colarse entre mi camiseta. Había pasado la noche en la playa. No había conseguido la forma de conseguir los recursos necesarios para pasar una noche en alguna posada. Hasta ese momento, siempre había encontrado una solución para estar guarecido, aunque fuera en algún callejón. Pero en esta villa resultó extraño, y mi búsqueda me llevó hasta la playa, donde finalmente caí rendido al cansancio y al agotamiento.
Llevé la mano a mi bolsillo, de ahí saqué lo que sería mi desayuno ese día. Una fruta de color anaranjado, con una piel bastante gruesa que en zonas costaba hasta de arrancar. Comencé a pelar esa fruta mientras observaba hacia adelante, hacia el horizonte. El mar me hacía tener la sensación de libertad, pero no me sentía realmente libre, no tomaba mi propio rumbo ni mi camino, no dependía de mí dónde viajar, sino que mi destino estaba marcado por las rutas que seguían los barcos comerciales.
¿Qué pretendía hacer? ¿Dónde debía ir? Comenzaba a plantearme si la opción correcta era iniciar el viaje en solitario. Nunca había sentido algo parecido al arrepentimiento hasta ese instante. La brisa era bastante fría, por fortuna el sol ya comenzaba a calentar lo suficiente como para que el frío que había calado en mí comenzara a desvanecerse, aunque lentamente, comenzaba a notar la calidez en el frescor de la brisa matutina que mecía mis cabellos.
Terminé de arrancar la piel a la fruta y le sacudí la tierra que había quedado pegada de mis manos, tras lo cual me levanté y comencé a caminar por la orilla. El pueblo no estaba muy lejos. Seguramente hoy sería un mejor día para poder conseguir algo útil. Por lo menos debía tratar de no volver a pasar una noche así, aunque hay que reconocer que no fue más frío que aquel encierro de paredes empedradas.
Un rayo de sol me cegó conforme giré mi vista de nuevo al horizonte. El sol estaba ascendiendo lenta pero firmemente. Comencé a comerme esa fruta, resultó tener una acidez terrible, pero también tenía un sabor muy agradable que hizo que mereciese la pena esa primera mala impresión. Tenía un dulzor bastante agradable, y resultaba refrescante. Esperaba que no fuera de nadie, pues la había encontrado en un árbol cercano. Todavía tenía un par más en los bolsillos. Me quedé contemplando al horizonte mientras me comía esa fruta tan ácida, y a la vez dulce. Si, ese día iba a ser mejor.
Las malas sensaciones comenzaron a desvanecerse conforme mi cuerpo iba entrando en calor, lo que provocaba que mi rostro comenzase a esbozar una sonrisa. Lo del último día tan solo había sido un golpe de mala suerte, estaba seguro de que no seguiría repitiéndose. Al fin y al cabo, había sido mi primer día allí, y había llegado sin un mísero berrie a la isla. Pero eso cambiaría. Iba cargado con el sable que Tom me había regalado, seguramente algo podría hacer para conseguir las suficientes monedas para comer algo, o pasar la siguiente noche bajo techo.