Hay rumores sobre…
... que en una isla del East Blue puedes asistir a una función cirquense.
[Autonarrada] [Tier 2] Deudas del pasado [Parte 1]
Zane
-
Restaurante Baratie.
Últimos días de verano.
Año 724.


El verano tan entretenido que había tenido estaba llegando a su fin, y el cambio podía sentirse en cada rincón del restaurante. Las brisas cálidas del verano, que antes acariciaban y tostaban su piel, se estaban convirtiendo en brisas de aire más frescas, aunque no por ello menos húmedas, dejando entrever que el otoño se acercaba. Incluso el aire olía distinto. El restaurante, antes bullicioso y repleto de risas, gritos, llantos y fiestas, habían comenzado a perder su encanto. Las mesas cada vez estaban más vacías y las horas de actuación de Zane se habían reducido a la mitad, reduciendo la cantidad de dinero que recibía al día poco a poco, haciéndole tener más tiempo libre y más horas para reflexionar y para jugar con su amada Princesa, su perrita Pomerania.

Las noches traían consigo un frío que comenzaba a calar en los huesos, especialmente durante las noches. Los días comenzaban a ser más cortos, dado que comenzaba a anochecer antes: primero fueron diez minutos antes, al día siguiente quince minutos, al siguiente veinte y así, paulatinamente, hasta que la diferencia entre el ecuador del verano y esas fechas era casi de una hora. Para Zane, aquello era un rollo, ya que la rápidez con la que pasaban los días y las pocas aflupersonas que estaban visitando el restaurante iba en contra de sus propias ambiciones, la razón por la que había accedido a trabajar en el Baratie: hacerse conocer como un cantante con mucha proyección.

Por otro lado, el variopinto grupo de extraños que había conocido hacía unos días, conformado por Ángelo, Iris, Vince, Raiga, Silvain y Zhivago,  se habían marchado del Baratie, dejando un vacío en el pelirrojo que no era capaz de describir. Zane se encontró de nuevo solo, con la única compañía de Princesa, su perrita Pomerania, siempre tan alegre y contenta. Habían prometido reencontrarse en el restaurante cuando llegara el invierno, un pacto que Zane dudaba que se cumpliera. Pero, ¿porqué razón habían hecho ese pacto? Ver el mundo y labrarse un nombre. Quería romper con la monotonía, agitar el pacífico avispero en el que se encontraba el mundo, agitándolo para ver algún cambio. Algunos deseaban ver el mundo arder, otros, tan solo, cambiar el curso del destino y romper el status quo. Zane, por su parte, además de ver el mundo arder, quería herir el corazón de aquellos con linaje noble, especialmente a aquellos que estaban a favor del esclavismo. Su odio era una llama viva, alimentada por un pasado que prefería no recordar, pues tan solo le ocasionaba dolor y más odio.

Y fue entonces cuando la vida de Zane dio un giro. Estaba anocheciendo en el mar del este, cuando un bote con un cuerpo malherido, casi inconsciente, chocó contra la parte trasera del restaurante. Era la zona donde los empleados salían a fumar o a tomar aire durante sus descansos, buscando un respiro para despejar la mente antes de continuar con el servicio.

Dentro del bote yacía un hombre que, con voz ahogada, repetía un nombre:

—Zane… Zane… —murmuró, de forma entrecortada—. Tengo que… —el hombre no fue capaz de completar la frase, pues sus palabras fueron menos que un leve susurro—.  Zane…

Y entonces, cayó desmayado.

Su cuerpo, dolorido y con un pie más en el mundo de los muertos que en el mundo de los vivos, presentaba un disparo a quemarropa a la altura del hombro, que le había dejado una preciosa quemadura, además de daños considerables. La piel de su rostro estaba pálida con tonos azulados por el frío, empapada de sudor y sangre a partes iguales. Además del disparo, también podían atisbar otras heridas en su cuerpo: dos perforaciones en el cuádriceps derecho, que habían desgarrado su musculatura, pero el más preocupante era el orificio ensangrentado, tapado con un pañuelo enrojecido era uno que se encontraba en su abdomen, justo el que hacía pensar a los camareros que lo encontraron que su vida pendía de un hilo.

El casco del bote tenía varios proyectiles incrustados, como si antes de poder escapar le hubieran disparado desde la lejanía. El suelo del bote estaba manchado con un charco de sangre ya casi seco, haciendo ver a los presentes que llevaba varios días deambulando por el mar del este.  ¿Cuánto tiempo llevaba aquel hombre ahí, buscando a un hombre de nombre Zane? ¿Acaso sería el músico por horas del Baratie, MC ZB, también conocido como Zane Blaine? ¿O acaso se refería a otro Zane completamente distinto? No era un nombre muy común en aquellos lares, o tal vez sí, a saber. A fin de cuentas, no había un registro con los nombres más utilizados, ¿o tal vez sí? A saber. Sin embargo, las respuestas a todas esas preguntas tenían que esperar a que aquel hombre despertara, si es que conseguían curarle las heridas.

Tras varias horas de larga espera, el médico del restaurante logró hacer un apaño al hombre con la ayuda de no de los camareros, que en otro tiempo había sido médico en un barco pirata que no pasó de Loguetown. Había detenido las hemorragias y estabilizado su estado lo suficiente como para que pudiera hablar. Entonces, pidió que llamaran a Zane.

El pelirrojo, que se encontraba tumbado sobre su cama, aburrido como un ciego en una sesión de cine mudo, dejó a Princesa, su pequeña y preciosa perra Pomerania de pelaje claro, en su habitación. Bostezó con fuerza y se dirigió hacia la habitación que habían despejado para el herido.

En cuanto estuvo frente a la puerta, la golpeó tres veces con los nudillos y, sin esperar recibir una respuesta, entró de forma poco sutil. 

El hombre, en cuyo rostro se veía que continuaba muy dolorido, se incorporó lo justo para hablar con Zane, saludándole con un ademán de su mano derecha bastante torpe.

—¿Eres Zane D. Blaine? —preguntó con la voz entrecortada, mostrando en su rostro gestos de dolor.

Zane arqueó una ceja y le respondió ligeramente alterado, emitiendo un sonido seseante con la boca para que se callara, mientras llevaba el dedo índice a sus labios.

—Iyo, perico, no digas la D., ¿vale? —le dijo, golpeándose aún más los labios con el dedo—. Ahora soy Zane Blaine. ZB si te suena mejor. Pero omite la D. de mi nombre.

El hombre asintió lentamente, procesando las palabras.

—Entiendo… —murmuró.

Zane cerró la puerta y se acercó a la cama del hombre, no sin antes coger una silla que estaba pegada a la pared para sentarse. Se cruzó de brazos y clavó sus intimidantes ojos sobre los del convaleciente.

—Bueno, dime, ¿qué quieres? ¿Por qué me estabas buscando? —inquirió con firmeza, intentando no sonar borde.

El hombre tragó saliva, preparándose para responder.

—Me envía Gregory. Escuchamos rumores sobre un rapero arrogante, maleducado, de cabellos rojizos y con un perro Pomerania de pelaje claro, que actuaba en el Baratie y…

—Y asumisteis que era yo —lo interrumpió Zane—. Y no es un perro, es una perra. Es ella. Princesa es su nombre.

El hombre se quedó en silencio durante un breve instante, que tensó la situación haciéndola realmente incómoda.

—Lo siento —respondió, casi susurrando, aunque incrédulo.

—Bueno, dime, ¿qué quiere Gregory de mí después de tantos años? —preguntó finalmente, con una mezcla de curiosidad y pereza en sus palabras a partes iguales.

—¿Puedes alcanzarme mi chaqueta? —le dijo el hombre, señalando con la mano a una mesita en la que estaban todas sus cosas, ensangrentadas, para luego llevarla a su pecho ligeramente dolorido.

—Por cierto, socio, ¿cómo te llamas? —le preguntó el pelirrojo.

—Jeremías —le respondió, no sin antes tener un quejido de dolor—, aunque la gente me llama Jere.

—Un placer —le dijo, mientras continuaba buscando entre las ensangrentadas y mugrientas ropas de Jeremías, palpando con cuidado hasta encontrar su chaqueta.

Cuando por fin dio con la prenda, se la entregó. Jeremías, con movimientos torpes y las manos temblorosas, sacó de uno de los bolsillos internos una carta. El sobre de papel estaba completamente manchado de sangre seca, que estaba teñido entre un marrón oscuro y un negro rojizo bastante oscuro. Jeremías la sujetaba con mucha fuerza, como si aún tuviera el impulso de conservarla con todo su ser. Sin embargo, finalmente, se la entregó a Zane.

—Me dijo que te la entregara en cuanto te viera —murmuró entrecortadamente—. No quiso... no quiso decirme más.

El hombre se echó hacia atrás con agotamiento, tumbándose sobre la cama y luchando por respirar. Era como si aquella conversación de apenas unos minutos hubiera sido como correr una media maratón para él. Zane bajó la mirada a la carta con la intención de abrirla, pero al alzar la mirada de nuevo, observó como el cuerpo de Jeremías temblaba y convulsionaba cada vez de forma más violenta. Al principio eran espasmos pequeños, pero luego fueron aumentando considerablemente.

—¡Que venga alguien! —gritó el pelirrojo—. ¡Matasanos! —volvió a gritar, mientras salía de la habitación en busca del médico—. ¡Tú, medicucho! —le dijo al médico, que tomaba una cerveza en la cocina—. Le está dando un parraque al náufrago. Así que deja la birra y entra pa’ dentro.

Sin embargo, cuando regresó con el médico ya era tarde.  Jeremías yacía inmóvil, pálido sobre la cama y con un gesto extraño por haber luchado por sobrevivir a duras penas. El médico negó con la cabeza, para finalmente cerrarle los párpados con los dedos de la mano.

—Un infarto —aclaró, con la calma que tan solo tiene solo tiene una persona que está acostumbrada a la muerte.

El médico se quedó en la habitación, concentrado en rellenar un informe mientras el jefe del restaurante hacía una llamada a la marina para que se llevaran al hombre. Nadie mencionaría que había llegado buscando a Zane, pues eso podría poner al rapero en problemas con la ley, a fin de cuentas era un antiguo esclavo. 

Por su parte, Zane se volvió a su habitación para leer la carta. En ésta venía escrito el título de una fábula muy famosa entre los niños, concretamente la titulada como «Los cuentos de Noland El Mentiroso». Bajo el título del libro también había una serie de números escritos en parejas formando dos columnas: la de la izquierda estaba formada por un intervalo de números que iba de 4 al 350, mientras que la segunda estaba compuesta por un intervalo que iba del 1 al 90.

Zane conocía aquel código perfectamente, pues durante el breve tiempo que estuvo vagando de isla e isla con el grupo revolucionario de Gregory, lo había memorizado hasta el más mínimo detalle. Había aprendido a leer sus mensajes con suma facilidad. El primer dígito siempre iba a corresponder al número de página, mientras que el segundo dígito indicaba el lugar exacto de la palabra dentro de la página. Todo parecía claro y conciso, bastante sencillo si lo pensaba con claridad, tal vez demasiado al tratarse de una organización cuyas intenciones se supone que debían permanecer en secreto. ya que querían derrocar al gobierno actual.

Como era normal, a Zane no le gustaba esa simplicidad, sobre todo porque el título del libro venía sobre el mismo código. ¿Qué sentido tenía hacer eso? ¿Acaso no tenían un sistema mejor? Pues al parecer no. En cualquier caso, el rapero fue capaz de resolver el acertijo en apenas media hora, el cual decía lo siguiente:

Pelirrojo solo espero que estés bien. He escuchado hablar de ti a algunos viajeros que han ido al restaurante, así que supongo que estás cumpliendo tu sueño poco a poco. Pero necesito ayuda. No confío en nadie más. Necesito que vengas al Refugio a comienzos de Otoño. Haz lo tuyo y encuéntrame.



Refugio de Goat.
Día 1 de Otoño.
Año 724.


Zane despertó con el golpe de un látigo levantando la piel de su espalda. Muchos podrían pensar que no era para tanto, que para un heredero de la legendaria tribu de los demonios de Onigashima, con una fuerza y una resistencia física superior a la de cualquier humano, un simple latigazo era como la caricia de un bebé, pero se equivocaban. Cada uno de los azotes que recibía era más doloroso que el anterior y le hacía evocar vivencias del pasado que quería olvidar. Sin embargo, Zane sonreía con cada golpe. No iba a darle a sus captores el gusto de que le vieran sufrir dolor. Llevaba dos días encadenado a una piedra, al lado de un extraño fortín creado con carpas de telas y tiendas de campaña, sin haber podido llevarse nada a la boca y siendo negado del sagrado derecho de beber agua. Aquello era un infierno. Pero no estaba todo perdido, ya que no sabían que era un usuario de fruta del diablo.

Había intentado soltarse en más de una ocasión, pero aún le faltaba recibir algo más de daño para poder aprovechar el poder de su fruta del diablo para lograrlo. No obstante, siempre paraban antes de llegar al punto álgido necesario para liberarse de sus cadenas.

—¿Eso es todo lo que tenéis? Son caricias en comparación a lo que he vivido —se atrevió a decir Zane, mostrando una falsa sonrisa chulesca—. A este ritmo me quedo dormido.

Entonces, uno de los tres hombres que allí estaban alzó la voz.

—¿Quieres sufrir de verdad? —le preguntó, con mirada sádica.

Era un individuo de unos cuarenta años. No muy alto para ser un humano, aproximadamente de un metro ochenta de altura. Su piel era pálida y contrastaba con el brillo de sus ojos ambarinos, que parecían los de un ser de otro mundo. Su cabello era de color negro azabache y caía desordenado sobre su frente, enmarcando un rostro que parecía siempre sumido en sus pensamientos. Iba vestido con un pantalón cargo de color azul oscuro, de cinco bolsillos, una camiseta gris de tirantes que dejaba al descubierto una marcada musculatura, y unas botas de piel negras bastante gatadas, con manchas de barro y sangre seca.

—Inténtalo, carapolla. 

—Vas a arrepentirte de tus palabras, Zane —se limitó a decir, para después chasquear los dedos y ser nuevamente azotado por otro de los hombres.

Los latigazos no paraban, apenas la punta del látigo le estaba desgarrando la piel de la espalda cuando el siguiente ya estaba en camino. Su intensidad iba en aumento y el dolor comenzaba a ser tan insoportable que amenazaba con dejarlo inconsciente. Pero entonces lo consiguió, y aprovechando el poder de su fruta del diablo, transformó aquel dolor en fuerza bruta. Con un bramido que resonó en el aire y se propagó rápidamente en el eco de aquella isla, arrancó las cadenas que lo sujetaban con un único tirón. Ya se encontraba libre, completamente liberado de la cadena que lo tenía preso y se giró hacia el hombre del látigo, su verdugo. El látigo se cayó de las manos del hombre justo antes de que el puño derecho lo alcanzara con una fuerza descomunal. El golpe fue directo a su careto, dejando al hombre inconsciente en el acto. Sin detenerse ni un segundo, se giró hacia el chulancano de cabellos negros y ojos ambarinos, cuyo rostro arrogante ahora desprendía miedo y temor.

—Ahora responde a mi pregunta, socio, ¿quieres sufrir de verdad? —espetó el pelirrojo con una sonrisa de desafío.

No le dio tiempo a responder. Zane se abalanzó sobre él con furia, descargando un puñetazo tras otro hasta sentir cómo el cráneo del hombre cedía como un trozo de madera. Cayó al suelo como un muñeco roto, dejando tras de sí un eco inquietante de silencio.

Ya solo quedaba uno, quien estaba huyendo por el laberíntico terreno de aquella isla rocosa.

—¡Eso, corre jiñao! —gritó el pelirrojo, alzando el puño con rabia, para luego ir hacia la carpa en la que debía estar Princesa.

La perrita estaba bien, metida en una mugrienta jaula rodeada de sus propias cacas, pero bien al fin de al cabo. Buscó la llave de su cadena, que se encontraba sobre una mesa en esa misma carpa y, tras ello, buscó la llave de la jaula de la perrita.

La perrita estaba bien, aunque metida en una mugrienta jaula rodeada de sus propias cacas. Sin embargo, estaba bien, al fin y al cabo. Sin dudarlo, se puso a buscar la llave de sus cadenas para liberarse. Una vez lo hizo, se puso en busca de la llave de la jaula en la que estaba Princesa, para luego descansar y comer algo. Después de descansar, volvería a la tarea de encontrar a Gregory.
#1
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AUTONARRADA T2 ENTREGADAS!


Usuario Zane
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#2


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