Alguien dijo una vez...
Iro
Luego os escribo que ahora no os puedo escribir.
[Autonarrada] [T2 - Auto - Pasado] Gloton Fon
Fon Due
Dancing Dragon
Dia 30 de Verano, Año 719.
5 años antes de los incidentes actuales
Fon Due, 20 años, de regreso en el Bar Zanators
 

 
El bar Zanators había cambiado por completo.

La penumbra cálida y misteriosa que noches anteriores había experimentado había cedido su lugar a un ambiente luminoso y aireado. Las cortinas que antes oscurecían las ventanas ahora estaban recogidas, dejando entrar la luz del sol de la mañana. Los tonos cálidos del barniz en la madera brillaban con mayor intensidad, y las lámparas doradas parecían más humildes bajo la claridad natural. Las mesas habían sido reorganizadas en una disposición más abierta, dejando un amplio espacio en el centro para un largo buffet lleno de comida que invitaba con su sola presencia.

El buffet era un espectáculo en sí mismo. En una mesa alargada cubierta con un mantel blanco impecable, se ofrecía una variedad que combinaba lo tradicional con lo indulgente. Había bandejas de huevos revueltos con hierbas frescas, salchichas doradas que soltaban un aroma ahumado, y tiras de tocino perfectamente crujientes. Junto a ellas, una sección más ligera mostraba yogur servido en pequeños tarros de cristal, cada uno coronado con una cucharada de miel dorada o un puñado de frutos secos. Había una cesta grande con croissants y panecillos recién horneados, sus bordes aún brillantes por el toque de mantequilla.

En el extremo de la mesa, una estación de frutas ofrecía una paleta de colores vivos: rebanadas de piña jugosa, racimos de uvas, trozos de melón anaranjado y kiwi verde. Al lado, pequeñas tazas de vidrio contenían mermeladas caseras (frambuesa, naranja amarga, e incluso una de higo que parecía recién preparada esa mañana), dispuestas junto a un bloque de mantequilla fresca y un cuchillo de madera.

El café era protagonista por sí mismo. En una gran cafetera de cobre reluciente, burbujeaba y exhalaba un aroma reconfortante, mientras que al lado había un hervidor de té con una selección de bolsitas ordenadas en una bandeja de madera. Zanators, siempre impecable en su presentación, había cambiado ligeramente su atuendo: su chaleco oscuro seguía allí, pero ahora llevaba las mangas arremangadas y un delantal limpio atado a la cintura.

“Buenos días, Fon Due, bienvenido nuevamente.” – dijo desde detrás de la barra, mientras reorganizaba algunas tazas. “Espero que tengas hambre.”

El resto del bar había sido adaptado para la ocasión. Los estantes que la noche anterior albergaban botellas de licor ahora estaban decorados con pequeños floreros de cerámica que contenían hierbas frescas: albahaca, menta y romero. En las paredes, las fotografías en blanco y negro seguían allí, pero parecían cobrar vida con la luz de la mañana, como si quisieran contarme nuevas historias.

Tomé asiento cerca de una ventana, desde donde podía ver el puerto aún medio dormido. Zanators se acercó con una jarra de café y una taza, sirviendo con la misma destreza que había demostrado al preparar cócteles.

“El desayuno aquí es buffet, pero si necesitas algo especial, dímelo. La cocina está abierta, y las ideas también.” – su sonrisa era cálida, como el primer sorbo del café que tomé después.

Mientras me levantaba para explorar el buffet, mis sentidos se llenaron de los sonidos del bar transformado: platos y cubiertos tintineando suavemente, el murmullo de conversaciones bajas, y la radio, que ahora tocaba una melodía más tranquila pero igual de animada. Este lugar no era solo un bar ni un restaurante; era un refugio donde cada momento del día tenía su propia personalidad.

El bar convertido en restaurante matutino era una obra de arte en sí mismo. La decoración, aunque sencilla, estaba cuidadosamente diseñada para transmitir una sensación de calidez y acogida. En las paredes, además de las fotografías en blanco y negro, colgaban pequeños cuadros con motivos marineros: nudos náuticos enmarcados, mapas antiguos de islas desconocidas y la reproducción de un astrolabio, que parecía contar historias de viajes lejanos. Las lámparas de techo, que la noche anterior habían creado una atmósfera tenue, ahora brillaban con un cálido resplandor gracias a las bombillas cubiertas con pantallas de vidrio esmerilado.

Sobre cada mesa había pequeños floreros de cerámica rústica, hechos a mano, que contenían una mezcla de flores silvestres y hierbas aromáticas. Los manteles a cuadros aportaban un aire hogareño, y las sillas de madera, con respaldos altos y cómodos cojines, parecían invitar a quedarse un rato más de lo necesario. La luz natural que entraba por las ventanas no solo iluminaba el espacio, sino que hacía que todo pareciera más vibrante, como si el lugar mismo cobrara vida con el sol de la mañana.

El espacio era pequeño, con solo cuatro mesas dispuestas de manera estratégica para no sentirse apretadas. Dos de ellas estaban vacías, lo que hacía que el ambiente fuera aún más tranquilo. Una familia de tres personas ocupaba una mesa en el centro del salón: una pareja con un niño pequeño que no podía tener más de cinco años. El niño, entretenido con un pequeño juguete de madera, parecía ajeno a la manera en que Zanators manejaba todo el lugar por sí mismo.

Zanators era un espectáculo digno de admirar. Con movimientos rápidos y precisos, se desplazaba entre la barra, el buffet y las mesas como si estuviera coreografiando una danza. A veces se detenía en la cocina, que estaba parcialmente visible a través de una pequeña ventana con un marco decorativo de hierro forjado. Desde allí, podía oírse el chisporroteo de algo friéndose o el sonido rítmico de un cuchillo cortando verduras.

“Aquí tienes, pequeño marinero.” – dijo Zanators al depositar un plato frente al niño, quien lo recibió con una sonrisa tímida. El plato contenía una tostada con forma de barco, decorada con mermelada para simular velas y un pequeño mástil de fruta.

Luego, sin perder el ritmo, se acercó a la mesa de los padres para ofrecer más café, intercambiando algunas palabras amistosas antes de girar y dirigirse hacia mí. Aunque parecía que no tenía un segundo libre, su semblante nunca reflejaba prisa ni estrés.

“Fon, ¿todo bien? Si necesitas algo más, avísame. No quiero que te vayas sin probar las tostadas francesas. Las hago con un toque de vainilla y canela.”

Asentí con una sonrisa, sorprendido por su energía y eficiencia. Mientras servía una bebida caliente a los padres, escuché cómo canturreaba la melodía de la radio que seguía en el fondo, como si el trabajo interminable fuera más una costumbre que una carga. A pesar de ser el único chef, mesero y anfitrión del lugar, manejaba todo con una maestría que solo podía provenir de años de experiencia.

El ambiente, aunque sencillo, se sentía lleno de vida gracias a estos pequeños detalles. La combinación de la música, los aromas y la atención de Zanators hacía que el lugar pareciera mucho más grande de lo que realmente era, como si tuviera una personalidad propia que se adaptaba a cada momento del día.

La barra, que la noche anterior era el centro de atención con sus botellas perfectamente alineadas, ahora servía como un improvisado mostrador de buffet. Encima, se desplegaba un festín matutino que parecía mucho más elaborado de lo que uno esperaría en un lugar tan pequeño. Grandes bandejas de metal mantenían los alimentos calientes gracias a pequeñas velas colocadas estratégicamente debajo. El vapor ascendía en suaves espirales, llevando consigo los aromas de huevos revueltos, tocino perfectamente crujiente y salchichas especiadas. Junto a estos platos calientes, había una selección de panes artesanales, desde hogazas rústicas hasta panecillos dulces espolvoreados con azúcar glas.

Un rincón de la barra estaba dedicado a frutas frescas, cuidadosamente cortadas en trozos pequeños. Había melones, piñas y uvas dispuestas en un patrón ordenado, junto a pequeños tazones de yogur natural y miel. Al lado, una serie de jarras de vidrio contenían bebidas: jugo de naranja, de manzana y un agua fresca con rodajas de limón y hojas de menta que resultaba especialmente refrescante.

Sobre el buffet, una pequeña pizarra con bordes de madera desgastada tenía escrito el menú del día en una caligrafía cursiva y algo inclinada, como si Zanators la hubiera escrito apresuradamente mientras organizaba todo. ‘Desayuno del Emperador’ decía en letras grandes, seguido por una lista detallada de opciones:
  • Huevos al gusto
  • Tostadas francesas con miel de maple casera
  • Avena con frutas y canela
  • Ensalada fresca de verano
  • Café recién molido o té de hierbas
  • Panecillos dulces y salados

La pizarra, aunque sencilla, tenía pequeños dibujos de barcos y anclas en las esquinas, un toque juguetón que añadía personalidad al lugar.

Zanators seguía manejando todo como si el tiempo no lo afectara. Se deslizaba detrás de la barra para rellenar las bandejas de comida mientras llevaba un plato a la mesa de la familia. Luego regresaba rápidamente a la cocina, de donde salía con una cafetera humeante en cada mano. Su chaleco oscuro estaba ahora desabrochado, y la manga de su camisa blanca arremangada dejaba entrever un antebrazo marcado por años de trabajo físico. Aunque había sudor en su frente, no parecía quejarse ni un instante.

“¡Aquí viene el café!” – dijo con entusiasmo mientras servía en las tazas de porcelana. Su voz, aunque algo ronca, tenía un tono cálido que daba la impresión de que no importaba lo ocupado que estuviera, siempre tenía tiempo para un cliente.

Noté que incluso mientras se movía a toda velocidad, encontraba formas de hacer sentir a cada persona especial. A la madre de la familia le recomendó probar la avena con un toque extra de canela, mientras que al padre le ofreció un trozo de queso que había traído especialmente esa mañana. Cuando llegó a mi mesa, dejó un plato con tostadas francesas y dijo:

“Un regalo de la casa, para que me digas si son mejores que el whisky que probaste la noche pasada que visitaste el bar.”

A pesar de la aparente falta de tiempo, Zanators siempre tenía una palabra amable o un gesto personal que hacía que el desayuno se sintiera más como una reunión entre amigos que como un simple servicio.

El lugar, con su decoración acogedora y el aroma a café y comida recién hecha, parecía pertenecer a un mundo aparte. Fuera del bar, la vida podía ser caótica, pero aquí, entre las flores silvestres en las mesas y el sonido constante pero no molesto de los cubiertos, el tiempo parecía detenerse.

Incluso la familia, que inicialmente parecía algo reservada, comenzó a conversar animadamente mientras Zanators pasaba a su lado con una bandeja. El niño reía al morder su tostada en forma de barco, y por un momento, pensé que este pequeño B&B era más que un lugar para comer; era un refugio donde cada detalle, desde el menú hasta el servicio, estaba diseñado para hacerte sentir como en casa.

Me acerqué al buffet, y mi primera impresión fue que cada plato parecía una pequeña obra de arte, cuidadosamente preparado y presentado con una perfección casi intimidante. Los aromas se entrelazaban en el aire, dulces y salados, creando una sinfonía que invitaba a probar todo. Mis ojos recorrieron la mesa, y finalmente me decidí a comenzar.

Huevos revueltos con hierbas frescas y mantequilla clarificada
El color dorado de los huevos me atrapó al instante, y las finas motas de hierbas verdes parecían pintadas a mano. Al llevar el primer bocado a la boca, la textura esponjosa y cremosa se deshacía suavemente, mientras las hierbas liberaban un sabor fresco que contrastaba con la calidez de la mantequilla. Cerré los ojos un momento, dejando que ese primer bocado llenara todos mis sentidos.

Pancakes con miel de flores silvestres y frutas frescas
Eran pequeños montículos perfectamente redondeados, casi brillantes bajo la luz tenue del lugar. La miel caía en finos hilos dorados, pegándose como un manto sobre la superficie dorada de los pancakes. Cuando probé un trozo, la dulzura floral de la miel explotó, equilibrándose con la acidez sutil de los arándanos frescos que la acompañaban. Era una mezcla que hablaba de mañanas soleadas, aunque el día estuviera gris afuera.

Salchichas caseras glaseadas en reducción de maple y especias
Estas pequeñas maravillas brillaban con un glaseado que parecía prometer todo lo bueno del mundo. Al morder una, la capa externa ofrecía una resistencia leve antes de desmoronarse, liberando un sabor robusto, ahumado, con toques dulces y especiados. El maple, con su dulzura rica y terrosa, parecía un abrazo cálido que complementaba el corazón salado de la salchicha. "¿Cómo hace Zanators para que algo tan sencillo sea tan sublime?" pensé mientras tomaba otra.

Croissants de mantequilla y chocolate amargo
Se veían delicados pero robustos, con capas que se desplegaban como las páginas de un libro. Uno mordí el de chocolate amargo primero. La masa crujió, dejando paso a una explosión de chocolate oscuro que parecía cantar canciones de tierras lejanas. Con el croissant de mantequilla, fue pura comodidad: una mezcla de riqueza y ligereza que se sentía como un cálido apretón de manos.

Frutas frescas cortadas, servidas con crema batida de coco y almendras tostadas
El arcoíris de colores era un espectáculo en sí mismo. Las rodajas de kiwi, las fresas, las uvas, y los mangos estaban dispuestas como si fueran joyas. La crema de coco era un toque de lujo, suave y con un dulzor leve que no opacaba la frescura de las frutas. Al añadir las almendras crujientes, sentí que el desayuno estaba completo: algo fresco, algo dulce, algo crujiente.

Tostadas de aguacate con semillas de sésamo y chile en polvo
No podía faltar algo que recordara a la simplicidad. El aguacate estaba untado con generosidad sobre el pan artesanal, y las semillas de sésamo añadían un toque de nuez, mientras el chile despertaba ligeramente el paladar. El bocado era una mezcla perfecta de cremosidad y especias. "Esto podría mantenerme vivo por días", pensé con una sonrisa.

Cada plato parecía una historia en sí misma, y a medida que probaba más, sentía que cada bocado me conectaba con el trabajo y la dedicación de Zanators. Él, por su parte, seguía moviéndose como un bailarín entre la barra y la cocina, asegurándose de que todo estuviera perfecto. A pesar de estar ocupado, no perdía la sonrisa, y cada tanto, asentía hacia los comensales, como si supiera que estábamos disfrutando de su obra maestra.

Con el plato en una mano y un equilibrio que habría envidiado cualquier acróbata, fui recogiendo una muestra de cada opción del buffet. A pesar de que las mesas estaban escasas, no podía evitar sentir que todos los ojos –o al menos los de Zanators– seguían mis movimientos. Su dedicación al detalle me hizo querer apreciar cada bocado de su trabajo. Una vez con todo servido, regresé a mi mesa, llevando conmigo un café humeante y un vaso de jugo de naranja recién exprimido.

El café, negro como una noche sin luna, emanaba un aroma profundo y terroso. Al primer sorbo, una calidez amarga recorrió mi paladar, pero no de manera agresiva. Era un café que invitaba a tomarse el tiempo, a saborearlo con calma. Lo dejé reposar mientras empezaba con el jugo. Éste, por el contrario, era como el sol capturado en un vaso: dulce, cítrico, con esa pizca de acidez que despejaba cualquier rastro de sueño que pudiera quedar.

Miré el plato frente a mí, cada sección cuidadosamente ocupada por un pedacito del menú. Era un mosaico de colores y texturas que parecía decir "atrévete a probar".

Primero los huevos. Levanté un tenedor de la suave mezcla dorada y, al probarla, las hierbas frescas parecieron despertar mis sentidos con su vivacidad. Me tomé un momento para apreciar la textura cremosa y la calidez reconfortante antes de avanzar.

Luego los pancakes, una apuesta segura, pensé, pero al partir un trozo y sumergirlo ligeramente en la miel de flores, me sorprendió la explosión de dulzura floral y la suavidad de la masa. Cada mordisco era como una melodía diferente, las frutas frescas al lado añadían un contraste ácido que equilibraba todo perfectamente.

Pasé a las salchichas, glaseadas y brillantes, que parecían llamarme con promesas de un sabor intenso. Y no decepcionaron: al primer bocado, el ahumado y las especias danzaron en mi lengua, mientras la dulzura del maple cerraba el trato. "Definitivamente, Zanators conoce su oficio", murmuré, levantando mi taza de café en un gesto inconsciente de respeto.

Los croissants me hicieron detenerme por un momento. ¿Con cuál empezar? Tomé el de mantequilla primero, dejando que la masa crujiera suavemente bajo mis dedos antes de probar. El sabor rico y cálido se sintió como una bienvenida a casa. Luego, el de chocolate amargo: intenso, profundo, y con un toque ligeramente ácido que me obligó a tomar un sorbo de jugo para equilibrar.

Las frutas frescas fueron el intermedio perfecto. Su simpleza y frescura renovaron mi paladar, mientras la crema de coco añadía un toque de lujo y las almendras, ese crujido satisfactorio. Me sentí revitalizado, como si hubiera tomado un bocado de energía pura.

Finalmente, las tostadas de aguacate. El pan crujiente, la cremosidad del aguacate y el leve toque del chile me hicieron cerrar los ojos por un momento, disfrutando la simplicidad de algo bien hecho.

Cada bocado era como una conversación en sí misma, un intercambio entre los sabores y mi propia historia. Me tomé mi tiempo, alternando entre sorbos de café y jugo, mientras la luz del día seguía llenando el lugar con una calidez que solo podía ser rivalizada por el ambiente acogedor que Zanators había creado.

A medida que avanzaba en mi desayuno, podía escuchar los pasos de Zanators detrás de la barra, el tintineo de platos y cubiertos, y sus ocasionales saludos a la familia en la otra mesa. A pesar de manejarlo todo él solo, no parecía perder el control ni un momento. Cuando pasó cerca de mi mesa, llevándole algo a la familia, le agradecí con una leve inclinación de cabeza. Él respondió con una sonrisa cansada pero genuina.

Al terminar mi plato, me quedé unos minutos más, saboreando el último sorbo de café y pensando que, si cada mañana comenzara así, el mundo sería un lugar mucho mejor.

A medida que iba terminando mi plato, el movimiento de Zanators no cesaba. Sus pasos eran rápidos pero precisos, y su atención a los detalles era impresionante, considerando que atendía todo por sí mismo. Mientras recogía un par de platos de la mesa de la familia, pasó cerca de la mía, y levanté la mano para llamar su atención.

“Zanators, esto ha sido increíble. No esperaba menos, pero aun así lograste sorprenderme. Hmm.” – dije intentando mantener el impulso de eructar.

Se detuvo, equilibrando hábilmente la pila de platos en una mano mientras me miraba con una sonrisa agotada pero orgullosa.

“Gracias, muchacho. Siempre es un placer alimentar a alguien que lo sabe apreciar. No todos tienen ese ojo para los detalles, ¿sabes?”

Su voz tenía el mismo calor que su café, con una sinceridad que no necesitaba adornos. Parecía genuinamente complacido de que alguien valorara su esfuerzo.

“Espero que no estés pensando en limpiar todo esto solo, ¿hmm?.” – dije, señalando la barra y las mesas con una leve sonrisa.

“Ah, no te preocupes” – respondió mientras acomodaba los platos con un ruido sordo en la barra. “No sería la primera vez. Además, ¿quién más lo haría? ¿Los fantasmas?”

Ambos reímos suavemente, el tipo de risa que surge cuando compartes un momento simple pero significativo. Antes de irse, hizo un gesto hacia mi mesa.

“Si quieres repetir algo, hazlo antes de que se enfríe. Pero si no, déjame saber cuándo estés listo para otra ronda de café.”

Asentí mientras él regresaba a sus tareas, y me recosté un poco en la silla, observando cómo manejaba el lugar. Cada movimiento era una mezcla de eficiencia y familiaridad, como si estuviera en perfecta sincronía con su entorno.

Mientras terminaba el último sorbo de café, me detuve a reflexionar sobre el desayuno. No era solo la comida, aunque cada bocado había sido una experiencia por sí misma. Era el lugar, la atmósfera, y la dedicación de Zanators lo que convertía algo tan ordinario como desayunar en un momento especial.

Pensé en la vida en el mar, donde los momentos tranquilos eran escasos y la comida a menudo era funcional más que disfrutable. Aquí, en este rincón del mundo, había encontrado un oasis de calma y atención al detalle. Era un recordatorio de que la hospitalidad, cuando es genuina, tiene el poder de convertir lo cotidiano en algo extraordinario.

Levanté el vaso de jugo vacío, como un pequeño brindis hacia Zanators, quien seguía moviéndose incansablemente, y decidí que este lugar, este momento, merecía quedarse en mi memoria por mucho tiempo.
 

 
Resumen
#1
Moderador Doflamingo
Joker
¡RECOMPENSAS POR AUTONARRADA T2 ENTREGADAS!


Usuario Fon Due
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#2


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