Alguien dijo una vez...
Donquixote Doflamingo
¿Los piratas son malos? ¿Los marines son los buenos? ¡Estos términos han cambiado siempre a lo largo de la historia! ¡Los niños que nunca han visto la paz y los niños que nunca han visto la guerra tienen valores diferentes! ¡Los que están en la cima determinan lo que está bien y lo que está mal! ¡Este lugar es un terreno neutral! ¿Dicen que la Justicia prevalecerá? ¡Por supuesto que lo hará! ¡Gane quién gane esta guerra se convertirá en la Justicia!
[Común] Orfanato de Loguetown [Priv. Giorno y Hardo]
Lawliet D. Giorno
Iceberg de la Marina
Loguetown
Invierno, Año 724


El invierno había llegado a Loguetown con un aire de celebración. Las calles estaban adornadas con guirnaldas, luces brillantes y figuras de nieve que reflejaban el entusiasmo de los habitantes. Los comercios lucían escaparates decorados con motivos invernales, y una melodía festiva flotaba en el aire. Aunque el frío era intenso, el Astro Rey bañaba la ciudad con una luz vibrante, acentuando la calidez del ambiente. A pesar de todo esto, Lawliet D. Giorno caminaba en silencio, envuelto en sus pensamientos. Por fuera, el invierno irradiaba alegría, pero por dentro, una nostalgia profunda lo acompañaba.

Frente a él apareció el orfanato donde había crecido, su fachada ahora decorada con cintas y estrellas, pero igual de imponente que en sus recuerdos. La bandera de la Marina ondeaba orgullosa en lo alto, recordándole su pasado y el camino que lo había llevado hasta convertirse en el hombre que era hoy. Al cruzar las puertas, un torrente de emociones lo invadió.

El interior del orfanato estaba lleno de vida. Los niños corrían por los pasillos decorados con coronas de hojas y pequeños adornos hechos a mano. Una cuidadora mayor lo reconoció al instante, saludándolo con una sonrisa cálida. Mi pequeño Giorno, ¿quién iba a decir que volverías aquí convertido en un oficial marino? comentó con orgullo, señalando su uniforme.

Giorno asintiría, devolviéndole la sonrisa. Este es mi hogar, después de todo.

En el patio trasero, un grupo de niños disfrutaba del recreo. Giorno decidió unirse a ellos, movido por el deseo de inspirarles como él había sido inspirado años atrás. Epa, ¿quieren ver algo interesante? Preguntó con una chispa en los ojos.

Los niños lo rodearon, sus miradas llenas de curiosidad. Con un movimiento elegante de sus manos, invocó su poder. El frío pareció intensificarse en sus manos mientras creaba una pequeña figura de hielo que empezó a tomar forma. En cuestión de segundos, un pequeño barco de hielo apareció frente a ellos, como si fuese esculpido, cada detalle tallado con precisión.

Este era el tipo de barco con el que soñaba cuando era niño. Los niños lo miraban boquiabiertos, sus risas llenando el aire cuando Giorno continuó creando figuras: un par de gaviotas, un intrincado escudo de la Marina, y finalmente, un árbol navideño de hielo que brillaba como un cristal bajo la luz del sol. Allí, rodeado de inocencia y alegría, volvió a sentirse como el niño soñador que alguna vez fue, jugando en ese mismo patio y dejando que la imaginación lo guiara.
#1
Hardo
-
2 de invierno del año 724 a las 13:13,
Isla de Loguetown,
East Blue.
Érase una vez, un joven de mediana edad no demasiado apuesto, pero sí muy carismático. El joven, o quizás ya no tan joven, vestía ropa de arlequín roja y negra, con un gorro del mismo tipo con tentáculos y unos cascabeles al final de cada uno de ellos. Con él llevaba un bastón de madera apoyado en el hombro y, en él atado, un hatillo de tela con todas sus pertenencias.

Aspecto (sin la máscara)


¡Eeeeeeh! ¡Pero si eres tú!

Te ha pillado – dijo Mintsy.

Minsty era una marioneta. Una que parecía una extraña especie de gyojin de aspecto infantil y descarada. Ojos saltones y pequeñas proyecciones carnosas en su espalda. La pequeña marioneta tenía por costumbre intervenir en conversaciones ajenas aunque no hubiera sido invitada a ninguna de ellas. Tampoco tenía demasiados reparos en lanzar mordaces e irónicos comentarios a diestro y siniestro, como si las palabras jamás tuvieran consecuencias para ella. Y, en cierto modo, así era, pues al final todas las reprimendas solían venir a mí, hecho que aprovechaba para mofarse de mí cada vez que tenía ocasión.

Minsty


Esa misma mañana tras haber hablado con el anciano había salido un rato a ganarme unas cuantas monedas aprovechando el ambiente festivo que reinaba en la ciudad. La gente solía mostrarse más propensa a soltar sus ahorros en momentos así. Los escaparates lucían toda suerte de adornos y decoraciones y las calles habían sido vestidas para la ocasión. Luces, guirnaldas, espumillones y toda clase de figuras y muñecos adornaban y poblaban la ya masificada Loguetown. Había sido ese mismo viejo quién me había hablado del orfanato poco antes de mi marcha de la taberna. A diferencia de ellos, yo no había crecido en uno, pero al igual que ellos, sí lo había hecho sin padres. El niño que todavía vivía en mí me había gritado y golpeado hasta que había aceptado… o eso hubiera hecho si no hubiera resuelto acudir al orfanato no bien el marine jubilado había sugerido la idea. Eso sí, antes de ello había hecho un pequeño alto para ganarme el pan del día siguiente, asegurarme la noche y calentar un poco. Bien sabido era que los niños podían ser un público mucho más exigente que los adultos.

Cierto… – respondí fingiendo vergüenza y azoramiento al tiempo que me frotaba la coronilla con la mano derecha.

Entonces… ¿qué? – dijo Mintsy alternando su mirada entre los niños expectantes y mi persona – ¿Ya está? ¿No te sabes nada más? ¡Ni que fueras un marine que no tiene dos neuronas juntas!

¡Tssss! – me llevé rápidamente la mano que había estado frotando la cabeza a la boca para colocar el dedo en los labios y así enfatizar la necesidad de que se callase.

¿Qué? ¿Qué pasa? – Minsty clavó su penetrante mirada en mí.

No nada, nada… - los niños comenzaron a reír al ser testigos de la discusión. Por suerte había desarrollado la ventriloquía hasta no solo dominarla, sino llevarla prácticamente a otro nivel. Realmente podía hablar sin mover los labios, o hacerlo mínimamente hasta resultar un movimiento sutil e imperceptible, a costa de modificar el timbre de la voz, lo cual era tremendamente práctico para dar voz y vida a las marionetas sin necesidad de forzar las cuerdas vocales.

¡Tu mano! – chilló uno de los presentes – Está volando en tu cabeza.

Mierda. No me acostumbro.

No me acostumbraba a aquello. Esa misma mañana había estrellado la cabeza contra la pared de un estornudo y ahora se me había quedado en el cogote. Con total naturalidad y como si aquello fuera parte del espectáculo, en cierto modo sí lo era, aunque involuntario, tomé con Mintsy la mano olvidada y la coloqué en su sitio natural. Todavía tenía que hacerme a mis nuevas habilidades. Si me movía de manera relativamente controlada no había problemas, pero movimientos rápidos o imprevistos hacían que me desmontara cual muñeco o un vulgar puzzle en tres dimensiones.

Ya está.

Todos rieron.

En fin, ¿qué hacemos pues?

#2
Lawliet D. Giorno
Iceberg de la Marina
Giorno continuaría un rato más entreteniendo a los niños en el patio con sus trucos de hielo. Aunque disfrutaba de la actividad, no podía negar que su batería social, especialmente con los pequeños, se agotaba rápido. Tras una hora de juegos y risas, su cuerpo le pedía regresar. Su actitud seria contrastaba con la energía desbordante de los niños, pero le alegraba poder ser útil y sacarles una sonrisa.

Luego de varios trucos de magia, decidiría que era momento de despedirse. Había creado su último mini castillo de hielo, el último muñeco con nariz de zanahoria y hasta una pequeña lluvia helada. Satisfecho con la diversión ofrecida, se dirigiría a los niños con una sonrisa.

Bueno, chicos, debo retirarme. Mis obligaciones como buen marino me llaman.

¡No, no te vayas, Giorno! Clamarían al unísono.

Quisiera quedarme más tiempo, pero el deber me llama. Era cierto, aún tenía cosas por hacer como marino, pero también era su manera de retirarse con gracia.

Antes de marcharse, les prometió: Volveré, lo juro. Y nos divertiremos mucho más.

Mientras deshacía el hielo en el patio trasero del orfanato para no dejar ningún desastre, una voz infantil desde el interior del edificio lo interrumpió.

¡Oigan, oigan! ¡Un payaso está hablando con un pez!

Giorno se detendría, arqueando una ceja.

¡Y el pez dice que los marines no tienen ni dos neuronas juntas! ¡No sé qué es neurona, pero suena chistoso! El niño estalló en carcajadas contagiosas, aunque para el rubio no fuese tan gracioso. Con gestos exagerados, señalaría hacia algún lugar donde aparentemente se encontraba aquel curioso payaso. 

¿Un payaso?

¡Y la mano estaba volando sobre su cabeza, o sea quéeee! 

¿Volando?

La curiosidad de Giorno, que ya había decidido marcharse, lo detuvo. Ahora tenía que comprobar por sí mismo de qué hablaban. Así que, junto a la banda de niños que lo seguía como un séquito, caminó hacia el lugar donde supuestamente estaba el misterioso personaje.

Al llegar, lo vio. Un hombre con un uniforme ridículo que portaba un muñeco de pescado de pésimo gusto. Giorno no entendía qué tenía de gracioso, pero algo destacaba: la mano del payaso, efectivamente, no estaba conectada a su muñeca.
#3
Hardo
-
− No lo sé, tú sabrás. Tú eres el humano – comentó el títere – Pero estaría bien que dejases de meterme la mano por el recto – añadió algo molesto.

− Está bien… Al bolsillo.

− Noooooooo. Al bolsillo no – suplicó el gyojin − ¡Eh, tú. Marine! – Minsty se volteó para mirar a un marine que acababa de llegar.

Era rubio y mayor que el resto. Debía ser uno de los encargados de cuidar a los huérfanos del lugar, así que sería interesante involucrarlo en el juego. A menudo estas cosas e improvisaciones era lo que más gustaba a los críos, ver como sus referentes se veían envueltos en problemas y situaciones difíciles, pero que no suponían peligro alguno para nadie. Bueno sí, para la vergüenza y el pudor de los adultos.

− ¡Habla bien! – le corregí - ¿Cómo se piden las cosas? Por…

− Favor – completaron los presentes.

Giré la mano haciendo que Mintsy me mirase exasperado suspirando. Dar vida a un títere suponía todo un reto y un esfuerzo mental. Prácticamente debía pensar como dos entes y actuar como cada uno de ellos, de manera independiente. Todo ello tratando de ser lo más creíble posible e impregnando al ser de su propia personalidad, sin perder la mía. Aquello era relativamente sencillo cuando estabas tranquilo, pero en pleno fragor de actuación y el frenesí de la improvisación era muy habitual que ambas personalidades, voces o incluso respuestas y acciones se entremezclaran haciendo que las obras no terminasen de encajar con la persona, o ser en este caso, que las ejecutaba. En esos momentos siempre aprovechaba para hacer algún ruido u onomatopeya fingiendo volverme loco o, directamente, le echaba la culpa y la bronca al títere por hacerme perder los papeles.

− Muy bien chicos. Muchas gracias. A ver si aprendes algo de ellos.

− Sí claro…

− ¿Cómo te llamas? – le pregunté amablemente al marine.

− Yo lo sé, yo lo sé. Se llama Olaf. No, no… ¡Elso!

– Ruego sepas perdonar a mi amigo. Siendo huevo lo sacaron de la charca y desde entonces no calibra bien. Ya sabes la falta de oxígeno…

− ¡Que te estoy oyendo! – protestó Mintsy acercándose a mi cara en el reproche. Llevé la mano libre hasta el morro del calcetín que formaba al gyojin y lo aparté como si allí no hubiera nadie. Las risas de los más pequeños no se hicieron esperar, como tampoco las sonrisas de los más mayores.
#4
Lawliet D. Giorno
Iceberg de la Marina
Giorno parpadeó, sorprendido, al escuchar cómo aquel títere, claramente manejado por el payaso, hablaba con una vulgaridad tan natural. La escena no le causaba gracia; al contrario, ya deseaba que aquel hombre se marchara antes de influenciar a los pequeños. No entendía cómo alguien así había conseguido permiso para presentarse en el orfanato. El lugar siempre había sido estricto, con disciplinas de la Marina destinadas a formar ciudadanos ejemplares -y, por qué no, orgullosamente futura carne Marine.

Aun así, el espectáculo lo desconcertaba. Podía reconocer, aunque fuera con una pizca de renuencia, el talento del hombre detrás del show, pero su disgusto era evidente. Su ceño fruncido hablaba más que cualquier palabra. No le agradaba.

Me llamo Lawliet D. Giorno, Alférez de la Marina. Crecí en este orfanato. Se presentaría con título y todo, innecesariamente, casi como si estuviera marcando territorio. Su expresión permanecía severa, sin rastro de cordialidad. Aunque intentaba darle el beneficio de la duda, pensando que quizá aquel hombre tenía buenas intenciones (inapropiadas, sí, pero buenas al fin), la primera impresión aún no era la mejor de todas.

A pesar de todo, los niños parecían entretenidos, aunque Giorno mantenía su gesto de absoluto desagrado.

¿Cómo se llama? ¿Qué hace aquí, usted... Señor? Interrumpiría, dirigiéndose directamente al titiritero, ignorando por completo al títere, Mintsy. Tal vez arruinaría el espectáculo, pero primero debía asegurarse de la seguridad del orfanato. No sabía quién era o de dónde venía. Podría haber sido un invitado del orfanato y seguramente Giorno estaba irrumpiendo la hora teatral, pero prefería asegurarse antes que nada, pues la protección de aquellos niños era su prioridad y en principio ya desconfiaba en un hombre vestido de manera tan ridícula.
#5


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)