
Lance Turner
Shirogami
13-01-2025, 01:57 AM
El frío del amanecer se sentía como un recordatorio constante de que el invierno estaba en su punto más fuerte. Con cada respiración, formaba pequeñas nubes de vapor que se disipaban rápidamente, y el crujir de la escarcha bajo mis zapatos, era el único sonido que rompía el silencio de las primeras horas del día. Había llegado a un pequeño pueblo costero con la intención de pasar el día explorando, tal vez encontrar alguna historia interesante en el mercado, o disfrutar de un café caliente en la taberna. Sin embargo, como suele suceder, el destino tenía otros planes para mí.
Estaba sentado en una taberna modesta, disfrutando de un desayuno sencillo. El calor del café se sentía como un bálsamo en mis manos heladas, y el pan fresco con mantequilla era un placer simple pero reconfortante. Fue entonces cuando lo vi: un muchacho que no debía tener más de doce años, con el cabello alborotado y una expresión de preocupación demasiado grande para su edad.
Llevaba una fotografía en la mano y se acercaba de mesa en mesa, mostrando la imagen y haciendo preguntas que no podía escuchar desde donde estaba. La mayoría de los clientes negaban con la cabeza o lo ignoraban, demasiado ocupados en sus propios asuntos. Cuando llegó a mi mesa, lo primero que noté fueron sus ojos. Había algo en ellos que mezclaba esperanza y desesperación a partes iguales.
- ¿Has visto a esta mujer? Es mi madre. - Preguntó, extendiéndome la fotografía con manos temblorosas.
Tomé la imagen y la examiné. Mostraba a una mujer de cabello oscuro y sonrisa familiar, con un rostro que parecía irradiar bondad. No tenía idea de quién era, pero algo en la voz del chico me hizo querer ayudarlo.
- No, no la he visto. Pero, ¿Qué te parece si te echo una mano? Dos cabezas siempre piensan mejor que una.
El muchacho me miró, claramente sorprendido. Era evidente que no estaba acostumbrado a que alguien se ofreciera a ayudarlo sin pedir nada a cambio.
- ¿De verdad harías eso?
- Por supuesto, pequeñín. Nadie debería dejarte sólo en una situación como esta! ¡Vamos! ¡Seguro que entre los dos, la encontramos rápido! - Le dije con intención de calmar sus miedos.
Tomás, como me dijo que se llamaba, me explicó mientras salíamos al aire frío que había perdido de vista a su madre en el mercado esa misma mañana. Según él, ella había ido a comprar frutas mientras él se distraía mirando un puesto de juguetes. Cuando se dio cuenta de que no estaba, comenzó a buscarla, primero en el mercado y luego por todo el pueblo.
- Tal vez deberíamos regresar al mercado. Podría estar allí buscándote.
- Lo pensé, pero… ¿Y si está en otro lugar? - Preguntó con voz temblorosa.
Era un razonamiento lógico, podría pasar fácilmente que la madre se haya alejado, pensando que el niño se marcharía a un sitio distinto, pero también reflejaba su desesperación. Decidimos empezar la búsqueda en las calles principales, mostrando la fotografía a los comerciantes y a cualquier transeúnte que pareciera dispuesto a escucharnos. Las respuestas eran siempre las mismas: Nadie la había visto.
A medida que caminábamos, Tomás comenzó a hacerme preguntas sobre mí.
- ¿Qué haces aquí? No te pareces al resto de personas, tú pareces diferente...
- Eso es porque lo soy. Soy un pirata. - respondí, disfrutando de la sorpresa en su rostro, acompañándolo de un gesto que le indicaba que guardase el secreto.
Sus ojos se abrieron de par en par, y retrocedió un paso, claramente impresionado.
- ¿De verdad? ¿Un pirata de los que buscan tesoros y luchan con espadas?
- Shhh, ¡Que no se entere nadie! - Le dije a modo de juego, para que no se alterase mucho. - Algo así. Aunque para mí, lo que más me gusta son las aventuras y las historias que descubro durante el viaje, pero tranquilo, no soy un pirata malo. - Le terminé de contestar, ahora con una pequeña risa buscando su complicidad.
Tomás parecía aliviado, aunque su curiosidad no disminuyó.
- ¿Por qué decidiste ser pirata?
Suspiré, buscando las palabras adecuadas.
- Cuando tenía tu edad, o un poco menos, yo leía muchos libros de piratas, y siempre soñé ser uno de ellos... - Le dije, dándole una pausa antes de continuar. - Siempre quise navegar en un gran barco, viajar por todo el mundo con aventuras y amigos, y por supuesto, ¡Siendo el más libre del mundo! ¡El mundo es demasiado grande para quedarse en un solo lugar!
El chico pareció reflexionar sobre mis palabras, asintiendo lentamente. Mientras tanto, la búsqueda continuó mientras recorríamos el mercado, las plazas y las pequeñas callejuelas del pueblo. Tomás comenzó a abrirse más, contándome sobre su madre, a quien describió como una mujer fuerte y trabajadora que siempre había cuidado de él desde que su padre, un marine, murió en combate.
- Él siempre decía que quería un mundo mejor. Mi madre dice que fue un héroe, pero… casi no lo recuerdo. - Me confesó con tristeza.
- Estoy seguro de que lo fue. - Le contesté rápidamente. - Y parece que tu madre también lo es, ¡Si ha criado a un chaval tan fuerte ella sóla!.
Tomás sonrió tímidamente, apretando la fotografía contra su pecho.
- Ella siempre dice que debemos hacer nuestra parte, aunque sea en cosas pequeñas. Que así es como se honra a los héroes.
Era evidente que admiraba profundamente a sus padres, y su determinación por encontrar a su madre hablaba de la fortaleza que le habían inculcado. Conforme avanzaba el día, el cansancio comenzaba a notarse en Tomás. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse fuerte, su andar se volvió más lento y sus respuestas más cortas. Intenté animarlo con comentarios optimistas y algunas bromas.
- ¿Sabes? A veces, los caminos más largos, llevan a lo que más deseamos. - Le dije en un pobre intento de animarle. - Mantén la fe, Tomás. La encontraremos.
El chico sonrió débilmente, claramente agotado, pero no dispuesto a rendirse.
Al caer la tarde, decidí que lo mejor sería regresar al lugar donde nos habíamos encontrado. Algo en mi instinto me decía que debíamos volver al punto de partida.
Cuando llegamos a la plaza, allí estaba ella. La madre de Tomás estaba de pie en el centro, mirando alrededor con una expresión de angustia que desapareció al instante cuando sus ojos se encontraron con los de su hijo.
- ¡Mamá! - Gritó Tomás, sacando fuerzas de donde ya no le quedaban.
Tomás corrió hacia ella, dejando caer la fotografía al suelo en su prisa por abrazarla. La mujer lo envolvió en sus brazos, y la escena fue tan emotiva que no pude evitar mostrar una gran sonrisa al verlos.
Me quedé a cierta distancia, permitiéndoles su momento. Después de unos minutos, la madre de Tomás se acercó a mí con lágrimas en los ojos.
- Gracias. No sé cómo agradecerte por lo que has hecho.
- No fue nada. Su hijo es valiente y nunca perdió la esperanza. - Le contesté, guiñando un ojo a Tomás para hacerle reír un poco.
Tomás me miró con una mezcla de admiración y gratitud.
- Gracias, Lance. Nunca olvidaré esto. - Dijo con un tono de voz cansado, a punto de quedarse dormido sobre su madre.
- Ni yo olvidaré a alguien tan decidido como tú. Ahora, cuida bien de tu madre. Es tu mayor tesoro.
Mientras me alejaba, las luces de las casas comenzaron a encenderse, y el aire frío me recordaba que el invierno aún no había terminado.
Estaba sentado en una taberna modesta, disfrutando de un desayuno sencillo. El calor del café se sentía como un bálsamo en mis manos heladas, y el pan fresco con mantequilla era un placer simple pero reconfortante. Fue entonces cuando lo vi: un muchacho que no debía tener más de doce años, con el cabello alborotado y una expresión de preocupación demasiado grande para su edad.
Llevaba una fotografía en la mano y se acercaba de mesa en mesa, mostrando la imagen y haciendo preguntas que no podía escuchar desde donde estaba. La mayoría de los clientes negaban con la cabeza o lo ignoraban, demasiado ocupados en sus propios asuntos. Cuando llegó a mi mesa, lo primero que noté fueron sus ojos. Había algo en ellos que mezclaba esperanza y desesperación a partes iguales.
- ¿Has visto a esta mujer? Es mi madre. - Preguntó, extendiéndome la fotografía con manos temblorosas.
Tomé la imagen y la examiné. Mostraba a una mujer de cabello oscuro y sonrisa familiar, con un rostro que parecía irradiar bondad. No tenía idea de quién era, pero algo en la voz del chico me hizo querer ayudarlo.
- No, no la he visto. Pero, ¿Qué te parece si te echo una mano? Dos cabezas siempre piensan mejor que una.
El muchacho me miró, claramente sorprendido. Era evidente que no estaba acostumbrado a que alguien se ofreciera a ayudarlo sin pedir nada a cambio.
- ¿De verdad harías eso?
- Por supuesto, pequeñín. Nadie debería dejarte sólo en una situación como esta! ¡Vamos! ¡Seguro que entre los dos, la encontramos rápido! - Le dije con intención de calmar sus miedos.
Tomás, como me dijo que se llamaba, me explicó mientras salíamos al aire frío que había perdido de vista a su madre en el mercado esa misma mañana. Según él, ella había ido a comprar frutas mientras él se distraía mirando un puesto de juguetes. Cuando se dio cuenta de que no estaba, comenzó a buscarla, primero en el mercado y luego por todo el pueblo.
- Tal vez deberíamos regresar al mercado. Podría estar allí buscándote.
- Lo pensé, pero… ¿Y si está en otro lugar? - Preguntó con voz temblorosa.
Era un razonamiento lógico, podría pasar fácilmente que la madre se haya alejado, pensando que el niño se marcharía a un sitio distinto, pero también reflejaba su desesperación. Decidimos empezar la búsqueda en las calles principales, mostrando la fotografía a los comerciantes y a cualquier transeúnte que pareciera dispuesto a escucharnos. Las respuestas eran siempre las mismas: Nadie la había visto.
A medida que caminábamos, Tomás comenzó a hacerme preguntas sobre mí.
- ¿Qué haces aquí? No te pareces al resto de personas, tú pareces diferente...
- Eso es porque lo soy. Soy un pirata. - respondí, disfrutando de la sorpresa en su rostro, acompañándolo de un gesto que le indicaba que guardase el secreto.
Sus ojos se abrieron de par en par, y retrocedió un paso, claramente impresionado.
- ¿De verdad? ¿Un pirata de los que buscan tesoros y luchan con espadas?
- Shhh, ¡Que no se entere nadie! - Le dije a modo de juego, para que no se alterase mucho. - Algo así. Aunque para mí, lo que más me gusta son las aventuras y las historias que descubro durante el viaje, pero tranquilo, no soy un pirata malo. - Le terminé de contestar, ahora con una pequeña risa buscando su complicidad.
Tomás parecía aliviado, aunque su curiosidad no disminuyó.
- ¿Por qué decidiste ser pirata?
Suspiré, buscando las palabras adecuadas.
- Cuando tenía tu edad, o un poco menos, yo leía muchos libros de piratas, y siempre soñé ser uno de ellos... - Le dije, dándole una pausa antes de continuar. - Siempre quise navegar en un gran barco, viajar por todo el mundo con aventuras y amigos, y por supuesto, ¡Siendo el más libre del mundo! ¡El mundo es demasiado grande para quedarse en un solo lugar!
El chico pareció reflexionar sobre mis palabras, asintiendo lentamente. Mientras tanto, la búsqueda continuó mientras recorríamos el mercado, las plazas y las pequeñas callejuelas del pueblo. Tomás comenzó a abrirse más, contándome sobre su madre, a quien describió como una mujer fuerte y trabajadora que siempre había cuidado de él desde que su padre, un marine, murió en combate.
- Él siempre decía que quería un mundo mejor. Mi madre dice que fue un héroe, pero… casi no lo recuerdo. - Me confesó con tristeza.
- Estoy seguro de que lo fue. - Le contesté rápidamente. - Y parece que tu madre también lo es, ¡Si ha criado a un chaval tan fuerte ella sóla!.
Tomás sonrió tímidamente, apretando la fotografía contra su pecho.
- Ella siempre dice que debemos hacer nuestra parte, aunque sea en cosas pequeñas. Que así es como se honra a los héroes.
Era evidente que admiraba profundamente a sus padres, y su determinación por encontrar a su madre hablaba de la fortaleza que le habían inculcado. Conforme avanzaba el día, el cansancio comenzaba a notarse en Tomás. A pesar de sus esfuerzos por mantenerse fuerte, su andar se volvió más lento y sus respuestas más cortas. Intenté animarlo con comentarios optimistas y algunas bromas.
- ¿Sabes? A veces, los caminos más largos, llevan a lo que más deseamos. - Le dije en un pobre intento de animarle. - Mantén la fe, Tomás. La encontraremos.
El chico sonrió débilmente, claramente agotado, pero no dispuesto a rendirse.
Al caer la tarde, decidí que lo mejor sería regresar al lugar donde nos habíamos encontrado. Algo en mi instinto me decía que debíamos volver al punto de partida.
Cuando llegamos a la plaza, allí estaba ella. La madre de Tomás estaba de pie en el centro, mirando alrededor con una expresión de angustia que desapareció al instante cuando sus ojos se encontraron con los de su hijo.
- ¡Mamá! - Gritó Tomás, sacando fuerzas de donde ya no le quedaban.
Tomás corrió hacia ella, dejando caer la fotografía al suelo en su prisa por abrazarla. La mujer lo envolvió en sus brazos, y la escena fue tan emotiva que no pude evitar mostrar una gran sonrisa al verlos.
Me quedé a cierta distancia, permitiéndoles su momento. Después de unos minutos, la madre de Tomás se acercó a mí con lágrimas en los ojos.
- Gracias. No sé cómo agradecerte por lo que has hecho.
- No fue nada. Su hijo es valiente y nunca perdió la esperanza. - Le contesté, guiñando un ojo a Tomás para hacerle reír un poco.
Tomás me miró con una mezcla de admiración y gratitud.
- Gracias, Lance. Nunca olvidaré esto. - Dijo con un tono de voz cansado, a punto de quedarse dormido sobre su madre.
- Ni yo olvidaré a alguien tan decidido como tú. Ahora, cuida bien de tu madre. Es tu mayor tesoro.
Mientras me alejaba, las luces de las casas comenzaron a encenderse, y el aire frío me recordaba que el invierno aún no había terminado.