¿Sabías que…?
Si muero aquí, será porque no estaba destinado a llegar más lejos.
[Diario] Los diarios de un drogata 1#
Ed Contróy
Camaleón Escarlata
Tequila Wolf era una isla la leche de especial, una isla envuelta en nubes de lluvia eterna, donde la madera y el acero se retuercen en puentes interminables que serpentean como un laberinto suspendido sobre aguas bravas. ¿siempre llovía o Ed tenía mala suerte? Contróy, envuelto en su característica gabardina negra, caminaba despacio por uno de los tramos principales, donde trabajadores agotados construían sin descanso una estructura que parecía no tener fin. La humedad calaba en los huesos y el sonido de los martillos y sierras formaba una melodía mecánica acompasada por el rugir de las olas. Sus ojos rojos brillaban como brasas bajo la sombra de la capucha. La mayoría de los presentes evitaba cruzar miradas con él; no era solo su aspecto siniestro, sino algo en su aura que incomodaba incluso a los más duros. Contróy lo sabía y lo usaba a su favor. La invisibilidad que otorga la incomodidad ajena era su aliada más fiel. Se detuvo frente a un puesto de comida donde un anciano, encorvado por los años y la humedad, vendía brochetas de carne de pescado churruscadas al fuego. Con un gesto simple dejó una moneda de plata sobre el mostrador, recibiendo su comida sin intercambiar palabras. Dio un mordisco y siguió su camino, sumido en pensamientos que no se reflejaban en su rostro. El sabor salado y ahumado llenó su boca, pero no era la comida lo que ocupaba su mente. Había algo más grande en juego esa noche, y el reloj corría. La razón de su visita a Tequila Wolf era tan simple como peligrosa: dinero. Una entrega de Empisexsi, esa droga tan peculiar que potenciaba las emociones, estaba por llegar al puerto clandestino de la isla. Contróy no solo quería asegurarse de recibir su parte; también planeaba jugar con las cartas de los traficantes que controlaban el mercado local. Su mente trabajaba como un reloj suizo: precisa, calculadora y con un margen de error mínimo.

Cuando llegó al punto de encuentro, un viejo almacén de madera y metal oxidado, ya había planeado tres posibles maneras de salir de allí si las cosas se torcían. La penumbra reinaba en el lugar, y el aire estaba cargado de un olor acre a humedad y aceite. Tres figuras lo esperaban dentro: un tipo fornido con una cicatriz que le atravesaba la cara, una mujer delgada y con ojos afilados como cuchillas, y un hombre más joven que parecía más nervioso que amenazante. Con movimientos metódicos, intercambiaron mercancía por dinero. Contróy se aseguró de revisar el contenido del pequeño estuche de metal, observando las pastillas de brillo nacarado que contenía. Sus dedos rozaron una de ellas antes de guardarla con cuidado bajo su gabardina. El ambiente era tenso, y los traficantes lo observaban con recelo, pero él no mostró más que una calma imperturbable. Cuando el trato pareció cerrado, algo cambió en la atmósfera. La desconfianza en los ojos del hombre de la cicatriz se transformó en hostilidad. Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, Contróy se movió con una velocidad calculada. En un parpadeo, desarmó al hombre y lo inmovilizó contra la pared, dejando claro que había previsto cada posibilidad. La tensión se disparó, pero nadie más se atrevió a intervenir. Con un movimiento fluido, Contróy soltó al tipo y desapareció del lugar, llevando consigo el estuche. La persecución comenzó poco después. Contróy avanzaba por los estrechos puentes de Tequila Wolf, con el estuche de Empisexsi seguro bajo su ropa. Detrás de él, los traficantes lo seguían, pero él ya había planeado su ruta. Conocía los puntos ciegos, los callejones sin salida y las trampas naturales que ofrecía el laberinto de puentes. Los guió hacia un estrecho pasillo que terminaba en un callejón bloqueado por una enorme pila de madera.

Cuando llegaron, Contróy estaba esperando. Había frotado una de las pastillas contra su piel momentos antes, permitiendo que la sensación amplificara su ya de por sí aguda percepción. Sus movimientos se volvieron más precisos, su mente más clara. Usó el entorno a su favor, maniobrando entre las sombras y obligándolos a cometer errores. Uno a uno, los traficantes quedaron neutralizados, no por violencia directa, sino por la manipulación del terreno y su incapacidad para seguir su ritmo. Cuando todo terminó, Contróy se deslizó entre las estructuras de la isla, alejándose del caos que había dejado atrás. Encontró refugio en una de las muchas esquinas olvidadas de Tequila Wolf, donde se permitió un momento de descanso. Observó el estuche de Empisexsi en sus manos, sus ojos rojos brillando con intensidad en la penumbra. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro antes de desaparecer nuevamente en las sombras, dejando atrás solo el eco de sus pasos y una sensación de intranquilidad en quienes habían cruzado su camino.

La noche seguía siendo un lienzo negro empapado por la lluvia interminable. Contróy, oculto entre las sombras de las estructuras de Tequila Wolf, sabía que su trabajo estaba lejos de terminar. Empisexsi no era una droga común, su impacto en las emociones humanas la convertía tanto en un arma como en una herramienta de manipulación. Contróy no estaba interesado en venderla ni en consumirla más allá de lo estrictamente necesario. Para él, Empisexsi era una llave, una ficha en un tablero mucho más grande. Mientras descansaba en su refugio temporal, revisó el estuche una vez más. Dentro había algo que no había notado antes: un pequeño compartimento oculto. Tras unos segundos de inspección, logró abrirlo. En su interior había un dispositivo diminuto, una especie de transmisor, con una luz que parpadeaba débilmente. Un rastreador. Un suspiro casi imperceptible escapó de sus labios. Había subestimado a sus adversarios; el estuche era más que una simple entrega. Era una trampa. Pero no una para él, al menos no directamente. Contróy podía sentir que algo más se gestaba en las entrañas de Tequila Wolf. Era como si la isla misma respirara con dificultad, como si la humedad, el trabajo constante y la corrupción hubieran creado un monstruo invisible que amenazaba con devorarlo todo. Apagó el rastreador con precisión, aplastándolo entre sus dedos antes de lanzarlo al agua. Pero eso no resolvía el problema. Sabía que alguien estaba siguiéndolo, no solo los traficantes que había dejado atrás, sino algo más grande. Las conexiones de Empisexsi no terminaban en Tequila Wolf; esta isla era solo uno de los muchos eslabones de una red mucho más amplia. La lluvia golpeaba con fuerza las tablas de madera mientras se incorporaba, dejando el refugio atrás. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una forma de utilizar esta nueva información a su favor. Necesitaba respuestas, y las encontraría en el corazón podrido de Tequila Wolf: el núcleo del mercado clandestino.
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