¿Sabías que…?
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[Diario] Que puestada llevo
Ed Contróy
Camaleón Escarlata
El faro de Kilombo era un lugar olvidado por el tiempo. Una estructura alta y descascarada que se alzaba sobre un acantilado azotado por el viento y las olas. Desde hacía años, su luz estaba apagada, y las pocas personas que conocían su existencia lo mencionaban en voz baja, como un lugar maldito, una reliquia de días oscuros. Pero eso no impedía que fuera el escenario perfecto para los negocios más turbios. Contróy llegó allí una noche de tormenta. La lluvia caía con furia, como si quisiera arrancarle la piel, pero él apenas lo notaba. Su abrigo negro, pesado y gastado, se pegaba a su cuerpo mientras ascendía por el sendero estrecho que llevaba al faro. La luz de los relámpagos iluminaba el paisaje a intervalos, mostrando la silueta imponente de la torre contra el cielo negro como la tinta. Había escuchado rumores. Kilombo no era solo un faro abandonado. En sus entrañas, oculto de las miradas curiosas, operaba un laboratorio clandestino. Allí fabricaban una nueva droga llamada Somnus, un polvo grisáceo que, según decían, no solo inducía alucinaciones, sino que permitía al usuario explorar sus propios sueños de forma lúcida. Para algunos, era un escape. Para otros, un viaje alucinante hacia lo más profundo de su mente. Para Contróy, era otra herramienta. Cuando llegó a la puerta del faro, la encontró entreabierta, chirriando bajo el peso del viento. Entró sin dudar, sus ojos rojos escaneando el interior oscuro y húmedo. El aire olía a sal, moho y algo químico, como si el mar y el laboratorio hubieran hecho un pacto incómodo para coexistir. Subió por una escalera de caracol que crujía bajo su peso, y al llegar al nivel intermedio, encontró lo que buscaba. La sala estaba iluminada por luces fluorescentes que zumbaban débilmente, y en el centro había una mesa de acero con instrumentos de laboratorio desperdigados. Frascos llenos de líquidos y polvo gris se alineaban a lo largo de las estanterías oxidadas. Dos hombres estaban allí, uno de ellos mezclando sustancias en un matraz mientras el otro, más robusto, lo miraba con impaciencia.

Contróy no dijo nada al entrar. Su presencia era como una sombra más que se colaba en la habitación. Los hombres se giraron al notar su llegada, tensándose de inmediato. Sacó una pequeña bolsa de dinero y la arrojó sobre la mesa. El tintineo de las monedas y los billetes resonó en el espacio cerrado. Señaló uno de los frascos de polvo gris. Tomó un paquete de Somnus y lo observó bajo la luz, como si estuviera analizando cada partícula. Sin decir una palabra, metió una pequeña cantidad en un tubo de cristal que llevaba consigo, sellado con un tapón de goma. El hombre robusto lo miró con una sonrisa torcida. —¿Vas a probarlo aquí? —preguntó, aunque Contróy no respondió. Sin esperar, Contróy se sentó en un rincón de la sala, apoyando la espalda contra la pared. Sacó un cuchillo pequeño y perforó suavemente la parte interna de su muñeca. Con precisión, colocó una pizca del polvo en la herida abierta. El Somnus se absorbió casi al instante, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Al principio, no sintió nada. La realidad seguía allí, con su frialdad metálica y el sonido de la tormenta afuera. Pero entonces, las luces comenzaron a parpadear, y los rostros de los hombres en la sala se distorsionaron, como si se derritieran en un charco de carne y sombra. Cerró los ojos, y al abrirlos de nuevo, ya no estaba en el faro. Estaba en un vasto campo de hierba negra, bajo un cielo púrpura lleno de estrellas que giraban como remolinos. A lo lejos, una figura caminaba hacia él, una silueta alta y delgada envuelta en una túnica hecha de luz y oscuridad entrelazadas. Cuando la figura llegó a su lado, Contróy se dio cuenta de que era él mismo, pero más joven, más limpio, con ojos que aún no conocían la desesperación.

¿Qué estás buscando, Contróy? —preguntó su otro yo, con una voz que resonaba como un eco infinito. Contróy intentó responder, pero las palabras se le escaparon, transformándose en humo antes de salir de su boca. La figura rió, una risa fría y cruel, y levantó una mano. De pronto, el campo se desmoronó bajo sus pies, y cayó. Cayó durante lo que parecieron horas, hasta que finalmente despertó, jadeando, de vuelta en el faro. Los dos hombres lo observaban con curiosidad, pero Contróy no les prestó atención. Se levantó tambaleándose, tomó el resto del Somnus y salió sin decir una palabra. Mientras descendía el faro, con las olas rugiendo contra los acantilados, solo una pregunta llenaba su mente: ¿Eran sus sueños suyos, o Somnus estaba abriendo una puerta que nunca debería haber cruzado? El camino desde el faro de Kilombo hasta la ciudad fue un borrón. La tormenta no había amainado, pero Contróy apenas notaba la lluvia azotando su rostro o el viento empujándolo hacia los bordes del acantilado. Sus pasos eran firmes, pero su mente estaba atrapada en los resquicios de aquel sueño. Las estrellas giratorias, la hierba negra, la figura que era él mismo… Todo seguía ahí, latiendo en el fondo de su conciencia como una herida abierta. Al llegar a su escondite en los suburbios, una habitación de paredes descascaradas y apenas un colchón en el suelo, arrojó el paquete de Somnus sobre la mesa desvencijada. La bolsa pareció brillar bajo la luz tenue del único bombillo que funcionaba. Su respiración era irregular, y sus manos temblaban mientras sacaba un nuevo tubo de cristal y preparaba otra dosis, mayor esta vez. El primer viaje había sido un vistazo, un roce. Ahora quería más. Necesitaba más. Había algo en ese lugar, en esos sueños, que lo llamaba como un canto de sirena. No importaba si la respuesta era peligrosa o inalcanzable. Contróy era un hombre que no sabía detenerse. Con la precisión de un cirujano, perforó de nuevo su piel y vertió el polvo gris en la herida. El dolor apenas era un murmullo comparado con la tormenta interna que lo impulsaba. Cerró los ojos y esperó.

Esta vez, la transición fue más rápida. La realidad se desintegró como una pintura mojada, los colores y las formas mezclándose y fluyendo hasta que no quedó nada. Y luego, el otro mundo lo reclamó. Se encontró de pie en un vasto desierto blanco, donde la arena brillaba como cristal bajo un cielo negro salpicado de lunas gemelas. Todo estaba en silencio, un silencio tan absoluto que podía escuchar su propia sangre corriendo por sus venas. A lo lejos, una torre se alzaba en el horizonte, una estructura imposible que parecía doblarse y cambiar de forma con cada parpadeo. Comenzó a caminar hacia ella, cada paso resonando como un trueno en aquel vacío interminable. A medida que se acercaba, la torre empezó a revelar su verdadera naturaleza: era el faro de Kilombo, pero distorsionado, más alto, más oscuro, con ventanas que lloraban sangre y una luz en la cima que giraba demasiado rápido, como si estuviera desesperada por iluminar algo invisible. Dentro del faro, el tiempo y el espacio no tenían sentido. Las escaleras subían y bajaban al mismo tiempo, y las paredes estaban cubiertas de palabras escritas en un idioma que no conocía pero que, de alguna manera, entendía. Las frases hablaban de cosas perdidas, de oportunidades desperdiciadas, de sombras que nunca dejaban de perseguir. Al llegar a la cima, la sala circular estaba vacía, salvo por un espejo gigantesco que ocupaba toda la pared. Su reflejo lo miraba, pero no era realmente él. Era la versión joven que había visto en su primer sueño, pero ahora estaba cambiada. Su rostro estaba agrietado, como porcelana rota, y sus ojos, antes llenos de vida, eran pozos oscuros que no reflejaban nada. El reflejo dio un paso adelante, saliendo del espejo. Contróy quiso retroceder, pero sus pies estaban clavados al suelo. La figura lo alcanzó y lo agarró por el cuello, apretando con una fuerza inhumana. Su boca se abrió, pero no para hablar, sino para exhalar una nube de polvo gris que se deslizó hacia los pulmones de Contróy, llenándolo con un frío que lo atravesó hasta los huesos. Despertó en su habitación, tumbado sobre el suelo frío y sucio. Su corazón latía con violencia, y el sudor empapaba su cuerpo. El paquete de Somnus estaba tirado a su lado, y la luz del bombillo parpadeaba, lanzando sombras inquietantes por toda la habitación.

La droga no solo lo llevaba a otros mundos. Estaba destrozándolo, desdibujando las líneas entre lo que era real y lo que no. Pero, incluso mientras lo comprendía, una parte de él no quería detenerse. Porque en ese faro, en esos sueños, había algo que lo llamaba. Algo que lo conocía mejor de lo que él se conocía a sí mismo. Y aunque sabía que el próximo viaje podía ser el último, no podía ignorar el eco de esa voz que susurraba su nombre en el vacío.

Se levantó, tambaleándose, y volvió a preparar otra dosis.
#1


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