Alguien dijo una vez...
Crocodile
Los sueños son algo que solo las personas con poder pueden hacer realidad.
[Diario] La sangre es más fuerte que la fe
Marian
Marian
Día 3, año 721. Invierno.

La noche caía lenta y pesada sobre la isla en la que Marian se encontraba en aquel momento, un lugar temporal y de tránsito debido a su rol como agente del gobierno. En esta ocasión, había sido enviado a investigar los indicios de la existencia de un mercado ilegal, en donde aparentemente concurrían distintos y diversos grupos de piratas, criminales e incluso cazadores de recompensas. Pero la mente de Marian no se encontraba allí, fija y orientada a su misión, sino en el lejano bosque de las afueras de Villa Fosha. A pesar de haber ‘escapado’ –metafóricamente hablando– de los rituales de su tribu y haber sido reclutado por el Cipher Pol, la oscuridad helada de esta noche evocaba recuerdos de su infancia: los gritos apagados, el crujir de la carne bajo dientes ansiosos y el aroma ferroso que impregnaba cada rincón de los rituales Dracul. Esa noche en particular, algo en el aire resultaba distinto. Una sensación de pesadez, de expectativa, se deslizaba en su mente, como si alguien le estuviese susurrando sus recuerdos más lejanos y enterrados.

Marian caminaba con su habitual elegancia por las calles vacías del pueblo. El largo abrigo de terciopelo negro ondeaba tras él, y el suave eco de sus botas resonaba contra las paredes de piedra de aquellas diminutas casas, construidas para los pescadores de la zona y sus familias. Era lo que se conocía como “viviendas sociales”, un lugar en donde las personas con menos recursos habitaban, gracias a una subvención del gobierno, que había tenido a bien considerar la situación personal y familiar de las personas que trabajaban en la villa. Desde su llegado, además de explorar el lugar hasta el último rincón, había estado investigando a ciertos comerciantes locales, pero su mente no estaba centrada en la tarea. Una ansiedad soterrada, una inquietud inusual lo dominaba. Era como si algo lo llamara desde las sombras. Algo que no podía ignorar. Quizá era su fe, que parecía desgarrarle desde el interior. O quizá tan sólo eran imaginaciones suyas. Oykot le estaba volviendo loco.
Fue entonces cuando lo vio: un joven de cabello oscuro y ojos llenos de vida, que salió tambaleante de una taberna cercana. No era parte del Cipher Pol ni del pueblo. Quizá un viajero, un aventurero que se había detenido en la isla buscando refugio en medio de aquella noche polar. Había algo en él que capturó la atención de Marian de inmediato. Su postura relajada y despreocupada contrastaba brutalmente con la rigidez que Marian había aprendido a adoptar desde su infancia. Esa despreocupación le resultaba hipnótica, atrapante, cautivadora. Algo en él llamaba su atención, y no era el aroma de su sangre.

Sin darse cuenta, y sin pretenderlo conscientemente, comenzó a seguirlo. El joven se adentró en un callejón, ajeno a la figura que lo perseguía, que se movía entre las sombras como si la oscuridad fuese su lugar de origen. Marian se detuvo al final del callejón, observando. El joven estaba solo, apoyado contra la pared, luchando por mantenerse en pie debido a los efectos del alcohol. La sangre de Marian comenzó a hervir. Una voz familiar, oscura y ancestral, resonó en su mente. “Purifica tu alma. Este es el elegido”, es lo que único que escuchaba en aquel momento. Agarró su cabeza con ambas manos, apoyando la parte derecha de su cuerpo sobre la pared del callejón. “Agh…”, murmuraba. Marian frunció el ceño. Era imposible. Esa voz… No la había escuchado desde que abandonó a los Dracul. Pero allí estaba, clara como un grito en el silencio. Sacudió la cabeza, tratando de ignorarla, pero sus pasos ya se movían hacia el joven. Cuando este alzó la vista y sus ojos se encontraron, Marian sintió que algo en su interior se quebraba. “¿Qué bussssscas aquíiii?”, respondería aquel hombre, que intentaba luchar por su vida en medio de su embriaguez. Marian no respondió. Sus manos, abrigadas con guantes de terciopelo, se cerraron en puños, mientras el eco de la voz resonaba con más fuerza en su cabeza. “Sacrifícalo. Sólo así lograrás llegar al paraíso”. Una ola de adrenalina recorrió su cuerpo. Había pasado tanto tiempo reprimiendo esos impulsos que ahora, al escuchar ese llamado, sentía cómo se desmoronaban las barreras que con tanto esfuerzo había construido. Al final… todos tenían razón, por mucho que lo intentase, no podía luchar contra la sangre.

Sin previo aviso, Marian se abalanzó sobre él. El joven trató de defenderse, pero estaba demasiado débil para igualar la fuerza y destreza de su atacante. Sobre todo, si tenemos en cuenta de quién se trataba: de un agente entrenado en el arte del asesinato. En cuestión de segundos, Marian lo tenía inmovilizado contra el suelo. Respiraba con dificultad, sus colmillos estaban completamente apretados, rechinando, mientras intentaba luchar contra el torbellino de emociones y creencias que lo inundaban. “Porrrrr qué…”, el joven intentaba hablar, pero era incapaz de respirar. “Por la pureza”, fue la única respuesta que obtuvo de aquel intento por dilucidar lo que estaba sucediendo. La voz resonó de nuevo, y esta vez Marian no la ignoró. Tomó una daga de su cinturón, justo en el lado opuesto donde siempre llevaba el botiquín con sustancia, una herramienta que llevaba no solo por utilidad, sino también por simbolismo. Era un arma ceremonial que había conservado de su infancia, un recordatorio de su pasado. Con un movimiento rápido y preciso, terminó con la vida del joven. La sangre brotó, caliente y rojiza, cubriendo por completo sus guantes. Marian se quedó inmóvil, observando el cuerpo sin vida mientras sentía el pulso frenético en su interior. La voz volvió: “Has hecho lo correcto. Este sacrificio te acerca al paraíso”. Dejó que su lengua se encontrase con aquella sustancia, en un intento por devolverle la cordura. Pero fue imposible.
Con manos temblorosas, Marian comenzó el ritual que recordaba con una precisión inquietante. Dibujó símbolos en la nieve con la sangre del joven, recitando palabras que no había pronunciado en años. El aroma ferroso lo envolvió, despertando un placer oscuro y visceral que creía haber dejado atrás. Sin embargo, a medida que completaba el ritual, algo comenzó a cambiar. Una sensación de vacío se extendió por su pecho. Miró sus manos manchadas de rojo y luego el cuerpo inerte frente a él. Una pregunta surgió en su mente, lenta pero implacable: “¿Qué estoy haciendo…?”. El conflicto interno que había estado reprimiendo durante tanto tiempo explotó en ese momento. Marian retrocedió tambaleándose, cayendo de rodillas en la nieve. Su respiración se volvió errática mientras sus pensamientos se agolpaban, se amontaban en su mente. “Aaahh… ¿Es esto lo que somos? Unos… unos seres irracionales motivados por un dogma, incapaces de controlar nuestra voluntad…”, agarró su cabeza con fuerza y comenzó a golpearla contra la nieve.

Intentaba acallar la voz que seguía susurrándole dulces promesas de poder y pureza. Pero escuchó otra voz, una más débil, que emergía desde lo profundo de su ser: la voz de la razón, de su humanidad. “Quizá esto… nunca estuvo bien”. Miró de nuevo el cuerpo del joven, y por primera vez sintió algo más allá del deseo de dominar o consumir. Sintió culpa. Una culpa abrasadora que lo hizo estremecerse. Se levantó lentamente, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe físico. Las palabras de su tribu resonaban en su mente, mezclándose con los valores que había aprendido en el mundo… exterior, si podemos denominarlo así. Por primera vez en toda su vida, Marian se cuestionaba la moralidad, la ética de su fe. Siempre había considerado sus actos como un medio necesario para un fin, pero ahora no estaba tan seguro. ¿Cuántas vidas más se iban a destruir en nombre de una pureza que nunca había comprendido del todo? ¿En pro de un paraíso del que sólo había escuchado hablar en leyendas orales, siquiera escritas?

La nieve comenzó a caer con más fuerza, cubriendo rápidamente las manchas de sangre. Marian miró hacia el cielo, dejando que los copos se posaran en su rostro pálido y observando el brillo de los astros, los únicos testigos de aquel delirio irracional. En ese instante, sintió una desconexión total: ni humano, ni Dracul. Simplemente, un ser perdido.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar, dejando atrás el callejón y el cuerpo del joven. Cada paso era pesado, como si cargara con el peso de todos los pecados que había cometido. Sabía que el camino hacia adelante sería difícil, que las preguntas que ahora lo atormentaban no tendrían respuestas fáciles. Pero también sabía que no podía volver a ser quien había sido esa noche.
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