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Ragnheidr Grosdttir
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16-08-2024, 01:12 PM
(Última modificación: 06-01-2025, 09:55 PM por Ragnheidr Grosdttir.)
Día 15 de Verano del año 724. 17:30-
¿Quién era Antonio Recio? Seguramente un ser despreciable, pero … ¿Tenía culpa de ello? No era una mala pregunta para comenzar lo que estaba a punto de pasar. La vida de Antonio sería el cuento que se relataría en esta historia.
Hammond descansaba en lo alto de una colina. Desde allí, la vista era imponente. El faro que se erguía tras él parecía custodiar la isla entera, proyectando su figura hacia el horizonte con un aura de misticismo. Ese faro, que había guiado a tantos viajeros hacia la costa, también era testigo de historias que nadie contaría, de secretos que nunca serían revelados. Hammond se había refugiado ahí después de su peculiar reunión con Airgid y los demás. Necesitaba un momento de calma, un respiro del caos. Incluso después de lidiar con una mafia mink que había decidido seguirle los pasos como una sombra, su mente seguía llena de interrogantes. ¡Los minks mafiosos! Aquellos tipos eran algo nuevo incluso para él. Había visto pandillas y cárteles, pero esto era distinto. De alguna manera, escapó de ellos, aunque no sin esfuerzo. Fue esa huida la que le llevó hasta esta colina, al filo del mundo. Vestía con su clásica cota de malla, una capa roja ondeando levemente con el viento y el casco de alas metálicas colgando descuidadamente de su cuello. Con cada movimiento, el casco chocaba contra su espalda, produciendo sonidos metálicos que, aunque molestos, le recordaban que seguía vivo. Estaba sentado en el suelo, con Rompetormentas, su fiel arma, descansando junto a él. Sus dedos tamborileaban con suavidad sobre el mango del arma mientras su mirada se perdía en el horizonte. Allí, donde el cielo se fundía con el mar, la figura de Mich se dibujaba entre las nubes. Era un recuerdo que dolía, pero que también le daba fuerza. ¡Qué rápido uno le tomaba cariño a las personas! Y, sin embargo, lo fácil que era perderlas también. Mich había sido más que un aliado; había sido un amigo, un confidente. Ahora, solo quedaba su sombra en las nubes y un vacío que no sabía cómo llenar.
En su bolsillo derecho, un papel asomaba como un recordatorio constante de su nueva misión. Lo sacó con calma, extendiéndolo frente a él. El texto estaba escrito con trazos torpes, casi infantiles: Si alguien tiene información, por favor, informad. Antonio Recio está en busca y captura. Debajo del mensaje, una imagen del hombre en cuestión. Tenía el aspecto de un pescadero de barrio, alguien que podrías ver gritando ofertas en un mercado, pero algo en su expresión era profundamente inquietante. Hammond había notado que toda aquella zona estaba empapelada con carteles similares. No era difícil escuchar a la gente murmurar sobre Antonio Recio, el diminuto humano que había conseguido ganarse la enemistad de casi todos en la isla. El nombre flotaba en el aire como una nube oscura, y la conexión con los minks mafiosos era inevitable. Era difícil no pensar que ambos estaban relacionados. Pero, ¿por qué? ¿Qué había hecho Antonio Recio para merecer esto? Hammond dejó caer su cuerpo sobre el césped, estirándose de espaldas. El cartel de "se busca" cayó junto a él, balanceándose suavemente con la brisa. Cerró los ojos por un momento, dejando que el sonido del viento y el aroma salado del mar lo envolvieran. —¡Qué assserrr tú, Resssio … parra merresser esssto …!— murmuró con su característico acento mientras golpeaba el suelo con el cartel. La situación le frustraba. No entendía nada. Todo esto le había caído encima de repente, y ahora era su responsabilidad desentrañar el misterio. Aunque no lo admitiría en voz alta, había algo emocionante en ello, algo que encendía una chispa en su interior.
La isla, por su parte, era un hervidero de actividad. Era verano, y las calles estaban llenas de vida. Los mercados bullían con comerciantes ofreciendo sus productos, y los niños corrían por las plazas, gritando y riendo. Pero, bajo esa fachada de normalidad, había algo oscuro moviéndose en las sombras. Todos lo sabían, aunque nadie lo dijera en voz alta. Las malas lenguas hablaban de un cuartel de marines que se dedicaba más a rascarse los huevos que a mantener el orden. Otros susurraban sobre la creciente influencia de la mafia mink, que parecía tener ojos y oídos en todas partes. Y en el centro de todo esto, el nombre de Antonio Recio brillaba como una señal de advertencia. Hammond giró su cabeza hacia un lado, observando el cartel de reojo. ¿Qué podía haber hecho alguien como Recio para ganarse tanta atención? No se veía como alguien especialmente peligroso, pero las apariencias podían engañar. Y si los minks mafiosos estaban interesados en él, eso solo podía significar problemas serios. Hammond se incorporó lentamente, apoyándose en su espada. Miró al faro, que se erguía majestuoso sobre la colina. Tal vez allí podría encontrar algunas respuestas. O tal vez solo encontraría más preguntas. Pero quedarse ahí tirado no iba a solucionar nada. Mientras avanzaba hacia el faro, su mente vagaba por los fragmentos de información que había recopilado hasta ahora. Los minks habían aparecido de la nada, siguiéndolo como una jauría de lobos. Airgid había mencionado algo sobre un cargamento perdido, pero no había entrado en detalles. Y luego estaba ese encuentro fugaz con una mujer que afirmaba haber visto a Recio en el puerto. Era una historia llena de cabos sueltos, y Hammond odiaba las historias incompletas. Al llegar al faro, se encontró con un viejo guardián que parecía más piedra que carne. El hombre estaba sentado en un taburete, fumando una pipa mientras observaba el mar. Sus ojos, aunque cansados, parecían esconder una sabiduría que solo los años podían otorgar. Hammond se acercó con cautela, mostrando el cartel de Recio.
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Airgid Vanaidiam
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17-08-2024, 09:50 PM
Tras el jaleo ocurrido primero en su casa y luego en la taberna, Airgid había sacado algo en claro. Pronto abandonaría la isla. Por una parte era un increíble alivio, una enorme noticia, algo que llevaba años esperando cumplir. Y por otra parte, era inevitable sentir algo de morriña al pensar que igual tardaba mucho tiempo en volver a ver su isla natal, o puede que nunca. Una isla que había odiado y aborrecido por el mero hecho de sentirse encerrada dentro de sus límites. Pero también le había hecho como era hasta el día de hoy, con las cosas buenas y las malas. Una infancia difícil, pero con la compañía que tenía se hizo más llevadera. Una adolescencia confusa, llena de dudas, marcada por la pérdida de su pierna izquierda. Y una juventud frustrada, tratando de mantenerse positiva cuando a la vez se sentía más inútil que nunca.
Necesitaba un rato para reconciliarse con la isla antes de marcharse, una despedida. Y había pocos lugares mejores para eso que el faro de Rostock. Siempre le había parecido un sitio precioso, solía ser solitario, tranquilo, y con unas bonitas vistas. También fue donde conoció a Alzeid, y donde tantas y tantas veces había jugado con sus amigos. Un lugar feliz.
Se hizo paso hasta al faro, usando un par de bastones, uno en cada mano. Podía moverse con solo uno, pero llevaba un día muy cansado sobre los hombros, lleno de emociones, incluso de un episodio de alucinaciones debido a la inhalación de un extraño aroma. E inesperadamente, se encontró con que Hammond también había tenido la misma idea que ella. Seguramente no por el mismo motivo, pero allí estaban los dos, al fin y al cabo.
— Hey. — Le saludó en tono tranquilo mientras se acercaba un poco. Estaba tumbado en el césped, parecía igual de agotado que ella. — Se está bien aquí, ¿verdad? — Corría un aire agradable gracias a la altura a la que se encontraban, a pesar de ser verano, no se estaba mal. Se sentó a su lado. Y no dijo nada más. Se respiraba un ambiente algo melancólico, quizás, uno que parecía ser mutuo. No siempre hacía falta romper el silencio.
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Ragnheidr Grosdttir
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18-08-2024, 04:23 PM
(Última modificación: 06-01-2025, 09:57 PM por Ragnheidr Grosdttir.)
[align=justify][font=Georgia]Airgid se acomodó en el suelo junto a Hammond, sin emitir sonido alguno, como si su presencia fuera una más de las tantas cosas que el entorno ofrecía aquel atardecer. La escena que se desplegaba frente a ellos era de una belleza apabullante. Las nubes, abultadas y suaves como algodones anudados, flotaban perezosamente en el cielo, sus contornos iluminados por los últimos rayos de un sol que se resistía a desaparecer más allá del horizonte. El rosa que nacía en las alturas descendía como un suspiro, mezclándose con tonos anaranjados y dorados que teñían las aguas circundantes de Isla Kilombo. El lugar tenía un aire casi místico, como si cargara con siglos de historias en sus arenas, sus palmeras dobladas por el viento y sus acantilados imponentes que se alzaban como guardianes naturales. El silencio que envolvía la escena estaba lejos de ser absoluto. Las olas golpeaban con suavidad las rocas, dejando atrás un murmullo rítmico y constante, acompañado por el canto lejano de las aves marinas que se apresuraban a buscar refugio antes de que la oscuridad se adueñara del cielo. Hammond, por su parte, seguía inmerso en sus pensamientos, aquellos que parecían perseguirlo sin descanso. Miró de reojo la mano en la que sostenía el cartel. Los bordes del papel estaban ya ligeramente desgastados, un testigo silencioso del tiempo que lo había llevado consigo. El nombre “Antonio Recio” estaba grabado en tinta negra, fuerte, pero no por ello menos críptico. Un leve temblor en sus dedos delató la lucha interna que llevaba consigo. No era miedo lo que sentía, ni siquiera incertidumbre. Era algo más profundo, una especie de inquietud visceral que le pesaba en el pecho y que se intensificaba cada vez que pensaba en lo que ese cartel representaba. ¿Quién era realmente Antonio Recio? Esa pregunta martillaba su mente como un eco incesante. ¿Era un criminal arrepentido? ¿Un alma perdida que buscaba redención o, tal vez, alguien que había sido injustamente condenado? Hammond había aprendido, a lo largo de los años, que las historias siempre tienen más de una versión, y que las apariencias rara vez eran fiables. Sin embargo, también sabía que esa misma línea de pensamiento podía llevarlo por caminos sin salida, hundiéndolo en una espiral de dudas y cuestionamientos interminables.
Cerró los ojos por un momento, intentando disipar aquellas ideas que no hacían más que distraerlo de su objetivo principal. Pero no podía. Las palabras se formaban en su mente como hilos invisibles que lo envolvían. ¿Qué lo había llevado a aceptar esta misión? Tal vez era el sentido del deber, una necesidad de reparar algo que ni siquiera tenía claro si había sido roto por sus propias manos. O quizás, simplemente, era incapaz de negarse a la posibilidad de hacer algo que trascendiera su propia existencia. Abrió los ojos y se centró en el horizonte, dejando que la vastedad del paisaje calmara, aunque fuera por un instante, el torbellino en su interior. Observó cómo el sol desaparecía poco a poco, dejando atrás una estela de colores que se reflejaban en las aguas tranquilas. Había algo profundamente simbólico en ese acto cotidiano. Una despedida que, aunque efímera, siempre prometía un regreso. Hammond pensó en lo que significaba partir. Dejar atrás algo conocido, algo que había formado parte de su vida, para aventurarse hacia lo incierto. Sabía que mañana, al zarpar, esa sensación de abandono lo invadiría una vez más. Era inevitable.
Su mente volvió, sin quererlo, a Elbaf. El recuerdo de aquel lugar lo golpeó como una ola inesperada. No era solo la tierra de donde había partido, sino también el lugar que había moldeado buena parte de quien era. Los rostros de aquellos que había dejado atrás se materializaron en su memoria con una claridad que casi dolía. Pero, al igual que el sol, Hammond también había aprendido a despedirse. No sin dolor, claro, pero con la certeza de que algunas cosas debían quedar atrás para que otras pudieran avanzar. Airgid, a su lado, también parecía contemplar el paisaje, aunque su expresión era impenetrable. Hammond no podía evitar admirar la fortaleza de esa mujer. Había algo en su actitud que desafiaba la lógica. A pesar de las adversidades que claramente había enfrentado, se movía con una determinación y una confianza que resultaban contagiosas. A su manera, era un recordatorio constante de que el mundo no se detenía por las heridas que uno cargaba. Había que seguir adelante, siempre.
La luz comenzó a desvanecerse, y con ella, el entorno adquiría una tonalidad más tenue, casi onírica. Los colores vibrantes dieron paso a sombras alargadas que se extendían como un manto sobre la isla. Hammond sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no era el frío de la noche lo que lo provocaba, sino una sensación de inevitabilidad. Mañana zarparían, dejando atrás Isla Kilombo, tal vez para siempre. El simple pensamiento lo llenó de una melancolía que no había anticipado. El cartel volvió a capturar su atención. Se miró la mano, notando cómo sus nudillos estaban ligeramente tensos por la forma en que lo sujetaba. ¿Qué habría pasado si nunca hubiera visto aquel pedazo de papel? ¿Cómo sería su vida ahora, si hubiera tomado un camino diferente? Pensamientos como esos eran los que debía evitar, pero parecía que esa noche su mente se había propuesto rebelarse contra él. Hammond respiró hondo, intentando devolver algo de calma a su pecho. El aire salado llenó sus pulmones, y por un momento, sintió que parte de la carga se disipaba. Los primeros indicios de estrellas comenzaron a aparecer en el cielo. Pequeños puntos de luz que, poco a poco, iban ganando intensidad. El universo parecía desplegarse ante sus ojos, recordándole la inmensidad del mundo y lo pequeño que era en comparación. Pero, paradójicamente, esa misma pequeñez lo llenaba de consuelo. Había algo liberador en la idea de que sus problemas, por más grandes que parecieran, eran solo una diminuta parte de un todo mucho mayor.
Airgid permaneció en silencio, y Hammond lo agradeció. Había momentos en los que las palabras sobraban, y este era uno de ellos. El simple hecho de no estar solo bastaba. A veces, la presencia de alguien más era suficiente para mantener el peso del mundo a raya.
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Airgid Vanaidiam
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18-08-2024, 07:34 PM
La sonrisa de la rubia se ensanchó ligeramente, aunque sin llegar a enseñar los dientes, cuando escuchó a Hammond llamarla de nuevo de aquella manera. Era un apodo tierno. Normalmente no le gustaba que se la concibiera como una mujer de bonitos rasgos, pues se solía relacionar con la debilidad. Sin embargo, no le molestaba que él lo hiciera, porque sabía que él no la veía de esa manera.
Resultaba curioso que con el poco tiempo que se conocían, Airgid ya sentía que podía fiarse de él. Algo en su interior, la intuición quizás, le decía que era una persona honesta y sincera, tanto para lo bueno como para lo malo. Y ese era un aspecto que la rubia agradecía y valoraba tremendamente. Aún no se creía que fuera a viajar con él, aún no se creía que viniera de Elbaf.
Cuando era niña le encantaba leer historias sobre fuertes guerreros, y cuando le conoció recordó una de ellas que trataba sobre increíbles y graciosos gigantes que vivían toda clase de aventuras. Admiraba tanto la fortaleza que demostraban que se sintió inspirada para seguir los mismos pasos. Pero nunca había tenido la certeza de que los gigantes existieran de verdad.
La mano de Hammond se apoyó en su brazo, era tan grande que la empujó un poco hacia el lado contrario. El rubio había entendido perfectamente cómo se sentía Airgid sin necesidad siquiera de que dijera nada en voz alta. La mujer solía ser un libro abierto, cuando algo la turbaba se le reflejaba en la cara. — Es agridulce. Me muero de ganas por salir de aquí, y a la vez... sé que lo voy a echar de menos. — Cuando hablaba de forma tranquila perdía un poco ese acento y esa forma de recortar las palabras. Sus miradas se cruzaron, y Airgid sintió un instante de conexión, porque él había vivido la misma experiencia.
Pero Hammond volvió los ojos al cielo, y ella se perdió mirando su cuerpo mientras diferentes pensamientos arrollaban su mente. Cruzó ambos brazos y los colocó sobre su única rodilla, recogiéndose sobre sí misma, acomodándose en el césped. El silencio era reconfortante, se escuchaban los pajarillos y el mecer de las hojas, las olas rompiendo contra el desfiladero. No pudo evitar mirar el cartel que llevaba Hammond en la mano, parecía pensativo, preocupado. — ¿Le conoces? — Preguntó finalmente, con algo de curiosidad, pero sin querer atiborrarle con preguntas demasiado concretas. Una veraniega libélula se posó sobre el dedo meñique de la rubia. Eran comunes en isla Kilombo.
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Ragnheidr Grosdttir
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19-08-2024, 08:04 AM
Hammond entendía que muchas veces la gente incluso pensara que estaba exagerando en el habla. En algunas ocasiones arrastraba más algunas palabras que en otros, pero no lo hacía de manera voluntaria en absoluto, todo estaba condicionado por la comodidad que sintiera en ese momento. Airgid estaba triste, se podía palpar en el ambiente, al igual que la melancolía de Venture. Ambas energías se mezclaron, convirtiendo la presencia del otro en un descanso para el propio. Muchas veces tan solo había que estar ahí, ya está. Quería marchar, pero sentía temor por dejar su hogar, por añorarlo. Nadie como Hammond para entenderla, pues él pensaba en Elbaf todos los días. En sus hermanos, en sus maestros gigantes, en sus amigos ... ¿Qué sería de ellos? pensar en eso sería volver a divagar en unos sentimientos que no le ayudarían en absoluto en isla Kilombo. Tenía que salir de ahí, de ese mindset.
— ¿A este? — Contestó, levantando el cartel. — No. — Antonio Recio tan solo era un matón más de la zona, uno con un cartel de se busca. — Carrrtel isso pensarrr a Hammond. — Se lo entregó. — Muchas vesses, tantosss ... Penssamientos, no serrr bueno.
— ¡Y que lo digas! — Contestó otra voz, detrás de ellos. Al instante Hammond giró el rostro, contemplando un hombrecillo de metro sesenta, pronunciada calva oculta bajo un cuenco de pelo rizado y negro. Perilla puntiaguda y barriga cervecera. — ¡Perdón, perdón! — Levantó las manos. — No quería romper un momento romántico entre ustedes. Yo ... Yo solo me preguntaba si podría ocultarme aquí ... — Avanzó hasta ponerse delante de Hammond, momento en el que se dejó caer y se sentó en la hierba. Obviamente, ponerse delante de un tío de cinco metros quería decir que estaba intentando ocultarse.
— Qué querrrer. Antonio ... — Las cejas del tipo se alzaron, lo habían reconocido. Era Antonio Recio.
— Ups ... Por qué un maldito señor nórdico gigante conoce mi nombre ... Espero que sea bueno. — Le quitó el cartel de las manos a Airgid y se lo lanzó. — Ya veo ... ¿No seréis cazadores de recompensas? — Hammond miró a la rubia. — Ella sí. — El tipo se arrastró por el suelo, alejándose ligeramente.
— ¡Señorita por favor, tenga piedad! — Juntó sus manos, buscando que la mujer intentara no cazarlo, si es que de verdad era una cazadora. — ¡Yo solo me defendía de unos animales que estaban robando a una señorita! ¡Malditos minks! — Pegó la cabeza a la húmeda hierva. — ¡No merezco este trato! — Gritó. Estaba levantando mucho la voz.
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Timsy
Timsy
20-08-2024, 02:20 AM
-Mayorista, no limpio pescado – vociferaba un tipo, casi cincuentón calvo y con barba, a pleno pulmón en una de las calles de Rostok. Repartía al tiempo panfletos de su negocio, promocionándose con una langosta con su cara. Tomé uno de aquellos panfletos y enarqué una de las cejas por el esperpento que estaba contemplando en ese momento - ¡Qué pechotes! ¡Brbrbrbrbr!- gruñó - ¡Y qué fresquita va! - añadió con voz quebrada, lujuriosa e infantil. ¿Quién coño era aquel tipo? Lancé al aire y por encima de mi hombro el panfleto. Cuanto menos supiera de aquel tipo mejor, aunque debía admitir que sentarse a mirar su comportamiento durante horas mientras comía debía ser un pasatiempo de lo más divertido.
Seguí camino al faro de Rostok. Llevaba días paseando por la isla con la intención de cartografiar el lugar y dibujar mi propio mapa. El resultado no estaba siendo el mejor, pero por algo tenía que empezar - ¡Perdón! - me disculpé por instinto alzando la mano levemente al chocar contra alguien. Era un hombre bajito, casi de mi estatura, aunque ligeramente más alto. Tenía una barba larga y densamente poblada, era calvo y tenía un pendiente de aro en la nariz como si fuera un toro. Aunque no replicó palabra alguna, su mirada fue suficiente para comprender que acababa de perdonarme la vida. Iba acompañado de un séquito de personas, seguramente lacayos que seguirían sus órdenes a pies juntillas, así fueran estúpidas. Había mucha gente que prefería que les dijeran lo que tenían que pensar y hacer, antes que hacerlo por sí mismas - ¡Eh, sensei! ¡Déjame ver otra vez la katana!
-Tiene cara de cansado – pensé al ver a un hombre regresar al pueblo con tres niños. Uno tendría cinco o seis años, los otros dos iban en un carrito gemelar y no debían llegar a los dos años. El hombre había avanzado en la treintena, tenía la barba completamente blanca por los laterales y en sus sienes peinaba ya canas en abundancia, aunque tímidos destellos plateados adornaban su cabello oscuro al reflejo de la luz ambiental. Sin poder evitarlo sentí empatía y cariño por aquel hombre. No lo decía, pero sus ojos irradiaban un amor incondicional por sus hijos. Sonreí y continué mi camino.
-¡Nenúfares nepalíes! - corrí a cuanto daban mis piernas, tropezándome en el camino. Me levanté raudo y veloz y reemprendí la marcha, volviendo a tropezar pero esta vez sin caerme - ¡Por las ancas de mi tia! ¡Qué pasada! - frente a mí tenía a un semigigante disfrazado de vikingo. Su tamaño debía ser cinco o seis veces el mío, ¡como poco! Junto a él había una mujer tullida, le faltaba una pierna, aunque no reparé en ella en absoluto. Toda mi atención estaba en aquel hombre. De todas las extravagancias que había visto en isla Kilombo, ¡aquella era lo más! Con los ojos convertidos por completo en estrellas brillantes, lo rodeé para verlo desde diferentes ángulos - ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
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Airgid Vanaidiam
Metalhead
20-08-2024, 02:45 PM
Se estaban tan tranquilo, tan a gusto. Una calma necesaria después de un día lleno de emociones. Había conocido a tantas personas diferentes y curiosas esa mañana, Airgid adoraba esos ambientes animados y llenos de energía. Pero en ese momento, agradeció poder contar con algo más de intimidad para poder estar con Hammond a solas. Al fin y al cabo era la mejor forma de conocer a alguien de verdad, y parecían congeniar bien. La libélula salió volando cuando el gigante le enseñó mejor el cartel de recompensa que sujetaba en la mano. De hecho, se lo tendió a la rubia para que lo tomara y pudiera verlo mejor. Airgid lo sujetó entre sus manos, aunque no le prestó demasiada atención, al parecer no era que le conociera si no que le había hecho pensar o acordarse de algo. El tipo del cartel era... desde luego curioso, medio calvo y con una perilla negra. Ni el nombre, Antonio Recio, ni la foto le decían nada a la rubia, no le sonaba esa persona. Pero de nuevo, aquel cartel no era lo importante, si no los pensamientos que podrían traer.
Airgid estuvo a punto de preguntar acerca de lo que le preocupaba, pero una voz detrás de ellos la interrumpió. Ambos giraron el rostro prácticamente al unísono. Se encontraba algo molesta por la inesperada intervención sin embargo, rápidamente se quedó sorprendida, dando un par de rápidos parpadeos. El tipo que avanzaba hasta colocarse delante de Hammond y que tan tranquilamente tomaba asiento entre la hierba no era nada más ni nada menos que el mismo tipo del cartel. Espera, ¿había dicho "momento romántico"? — ¡Oye que n-! — Se cortó a sí misma, ¿qué tipo de explicaciones le debía a aquel hombrecillo? Si era más bajito que ella, y encima un criminal buscado. Que pensara lo que quisiera. Igualmente sus palabras fueron pasadas por alto, al parecer el tipo buscaba esconderse de la justicia y usar a Hammond le había parecido una buena idea. El rubio era lo suficientemente grande como para cubrir a cuarenta de ellos.
Se llevó un buen chasco cuando Hammond le reconoció tan fácilmente. Al verse descubierto, no dudó en arrebatarle a Airgid su propio cartel de recompensa de sus manos. — ¡Ey! — Se quejó, aunque un poco para nada, pues rápidamente Antonio volvió a lanzárselo de vuelta. Con notable preocupación preguntó a la pareja si no eran por casualidad cazadores de recompensas. La rubia abrió la boca para negarlo, para decirle la verdad, pero Hammond fue más rápido que ella, y antes de que pudiera pronunciar una sola letra, contestó que sí. Que Airgid era cazarrecompensas. Estaban pasando de repente tantas cosas, cada una más inverosímil que la anterior. La rubia arqueó una ceja, pero cerró la boca, sin decir nada. No, no rompería aquella mentira, al menos no de momento. ¿Tendría Hammond alguna razón por la que decir eso? Quizás sí, tenía motivos que ella desconocía. No sabía que trataba el rubio de conseguir con eso, pero decidió seguirle el juego.
El tipo se arrastró por el suelo, tratando de alejarse de la pareja, reclamó piedad mientras juntaba las manos. Una escena un poco patética. La rubia le observó con una mueca pensativa mientras Antonio comenzaba a excusarse, a contar lo que "realmente" había pasado. Podría ser mentira o no, era verdad que la isla se había llenado de minks de repente, así que podía ser que dijera la verdad, pero aún así alguien no se ganaba una recompensa solo sin querer. Se puso a gritar y a arrodillarse frente a ella. — ¡Ya, ya, cállate ya! — Exclamó la mujer cansada del sonido de su voz, taladrándole la cabeza. Tomó su cartel y lo alzó hacia arriba con su brazo derecho. — ¿Crees que voy a por ti? ¡Vales una mierda, quillo! Diez mil berries... Bueno, quizá pa' pagarme la cena de esta noche... ¿Tú qué dices? — Miró a Hammond. — ¿Crees que merese la pena? — Esbozó una sonrisilla pícara, enseñando uno de los colmillos y afilando los ojos entre sus largas pestañas, tanteando hasta qué punto quería el rubio continuar con la mentira o divertirse un poco a costa del sufrimiento de un calvo bajito.
Pero la cosa no quedó ahí. De repente, un pequeño... ¿pez humanoide? Apareció de entre la hierba. Comenzó a caminar alrededor de Hammond, como quién veía por primera vez a un ser de otro planeta. A ella la ignoró por completo, pero la verdad es que lo pudo incluso entender. — ¿Este tío es compi tuyo? — Le preguntó a Antonio mientras señalaba al pequeño gyojin con el pulgar, dejándole que se entretuviera con la maravillosa imagen de un gigante real.
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Ragnheidr Grosdttir
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21-08-2024, 06:55 PM
Antonio Recio estaba allí, junto a ellos. Su cartel de "wanted" no era común, más bien parecía dibujado a mano y fotocopiado de la forma más zarrapastrosa posible. En el cartel se podían ver algunas palabras como desenfocadas, dignas de una mala copia. Comas o acentos que no iban donde deberían e incluso la cara de Antonio en varios carteles se dibujaba desenfocada. Desde luego, los que querían cazar al mayorista no parecían ser los mismos que se dedicaban a atrapar criminales. ¿Sería obra de la mafia de los minks?
Se empeñó en decir que él no merecía el trato que se le estaba dando en la isla. Aquello casaba con los carteles. — Tú no serrr crrriminal. — Afirmó, sin tener ni putísima idea de si tenía razón o no. Antonio fregó el suelo con la frente, casi al borde del llanto. Las palabras de Airgid lo habían consumido hasta un punto tal, que ya no era ni una persona, parecía un animalillo apaleado buscando ayuda. — ¡Santa trinidad, amor del señor, que con gracia hoy ha escuchado mis plegarias! — Besaba muy insistente una cruz que sacó de uno de sus bolsillos. Otra vez aquella cruz.
No era la primera vez que Hammond la veía, un objeto de culto. Como buen creyente de una religión pagana, se sorprendió al contemplar como lejos de Elbaf otros dioses se habían abierto camino. Alzó la ceja izquierda, pensativo. Las preguntas se le abarrotaban en la comisura de los labios, deseando preguntar a Antonio, sin parecer desesperado. Aquello no sucedió, pues la llegada de otro ser extremadamente particular, despejó cualquier opción de hacer sus preguntas.
Aquel animal, que con suerte le llegaba por las rodillas (calculado a ojo por Hammond) recorrió el perímetro necesario para plantarse frente al Nórdico. — ¿Otro mink de esos raros? — Pensó. Y habló, claro. En isla Kilombo todos los bichos raros hablaban, era casi imposible cruzarte con un perro y que no te diera la hora. Venture apoyó todo el peso en el mango de Rompetormentas, alzando su cuerpo. Lo que quedaba de sol llegaba desde su espalda, por lo tanto, la sombra que se dibujaba delante era tan extensa como lo era un día sin comida. Antonio se hizo pequeño, muy pequeño. Hammond sentía una fascinación extraña cuando provocaba esa sensación. Levantó su mandoble y lo clavó con firmeza en la hierba. — ¡Yo serr Hamond Venturre! — Una pequeña ola de gas verdoso se desplegó, extendiéndose alrededor de su cuerpo en forma de ondas. Acompañaron el aire, que disipó el gas impidiendo que fuera peligroso para los presentes, salvo para Antonio que asustado por la escena, se encontraba aspirando e inspirando de forma frenética. El óxido nitroso que se filtró en su cuerpo, le provocó de forma inmediata alucinaciones. El mayorista se levantó, caminando hacia el faro. Cuando llegó comenzó a lamer el metal, sin ton ni son.
— ¿Tú qué serrr? — Miró desde las alturas a Timsy. — Pequeña crrriaturrra ... — El viento sopló en el momento justo para que su cabello rubio pudiera ocultar su nórdico rostro esculpido en piedra. Era curioso como muchas veces sucedían estas casualidades cinematográficas.
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Rasgos a tener en cuenta;
Belleza: Tu personaje es físicamente atractivo, lo que puede crear situaciones favorables para ti.
Intimidante: Tienes un porte intimidante, lo que puede favorecer algunas situaciones.
Adicción(Levantamiento de peso): Tienes auténtica adicción que causa un síndrome de abstinencia grave. Cada 5 post (Con este llevo 3), debes satisfacer el objeto de tu vicio, o obtendrás un -10 acumulativo a tu Voluntad hasta hacerlo. [Cada 2 post desde tu primer debuff, obtendrás un -10 adicional]
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Timsy
Timsy
29-08-2024, 02:17 AM
El gigantesco vikingo se alzó, dejando que sus colosales dimensiones adquieran todo su poder y esplendor. A medida que el gigante ganaba altura, fui echando hacia atrás el cuello para tener siempre la mirada fija en el punto más alto. ¡Solo su arma era varias veces mi altura! Tan embelesado estaba que apenas escuché a la joven hablar con el otro humano. El imponente porte y la presencia intimidante de aquel ser concebido por los dioses sobrecogió un poco mi alma, pero la emoción pudo más y mantuve el tipo como los corales ante unas fuertes corrientes – So… ¡Soy un Gyojin! ¡Me llamo Timsy! – dije totalmente complaciente y emocionado por tan magnánima escena.
El sol proyectaba una sombra colosal desde los pies de Hamond hasta mucho más atrás de mi espalda. En una perfecta metáfora de la escena, su sombría proyección me cubría por completo, tapándome por completo el sol y permitiéndome contemplar en todo su esplendor al vikingo. El halo celestial que el astro rey dibujaba a su figura, le dotaba de una presencia todavía mucho más imponente. La brisa que corrió rauda a disipar la onda de gas que había liberado su cuerpo al alzarse, cubrió su rostro con su cabello, como si quisiera dotar al hombre de todavía más misterio. Mi subconsciente tampoco pasó por alto que aquel tipo había conseguido eclipsar a la mismísima estrella solar. La vida y el azar querían dejar muy claro que no estaba ante cualquier ser mundano y mortal, sino que estaba frente a un dios.
-¡Eh! ¿Qué escamas está haciendo ese? ¿Acaso es subnormal o tiene anemia y por eso chupa hierro? – el hombre que hasta hacía un momento había estado fregando la hierba con su cuerpo ahora estaba chupando el metal del faro. No sabía cuándo había ido hasta allí, pues Hamond había conseguido secuestrar por completo mi atención, pero el sonido hueco de una cabeza chocando contra algo metálico hizo que desviara ligeramente la mirada. Aquella visión rompió por completo la epicidad del momento. Volví a mirar al gigante en todo su esplendor, con su halo dorado remarcando su figura, pero… ya no era lo mismo. Sabía que había vivido uno de esos momentos mágicos que se encerraban en una burbuja y que al estallar esta, nunca más se recuperaba la magia inicial. No obstante, el rubio seguía llamando poderosamente mi atención - ¿Y tú quién eres? – añadí preguntándole a la coja
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Ragnheidr Grosdttir
Stormbreaker
01-09-2024, 09:07 AM
Recio estaba viéndose incluso demasiado afectado por el gas del nórdico. Comenzó a lamer el metal como si le fuera la vida en ello, pero tampoco es que hubiera inhalado mucho. ¿Estaba actuando? aún así Hammond le señaló con su gigantesco dedo índice de la mano derecha, riendo. — ¿te hace gracia, monstruo? — Respondió otra voz, algo más lejana. Eran un total de cinco hombres que estaban subiendo la colina. Unos diez metros les separaba. Aquello no impidió que el Bucanner siguiera riendo, como si no hubiera escuchado nada. Bajó el brazo y paró de reír cuando Antonio Recio dejó de lamer el metal y se enderezó, con un porte bastante más serio del mostrado hasta la fecha. A todo esto, Timsy se presentó, completamente asombrado por la figura que representaba Venture.
Era normal, cómo no hacerlo, de hecho para él tendría que ser aún más impactante que para los humanos, pues el gyojin era muy pequeñín y la diferencia, mayor. — Parrresserrr que tipo estarrr bien de cabessa. Solo dissstrracsi ... Diss ... — Daría un fuerte pisotón sobre la hierva, hundiendo su pipe en la arena un par de centimetros. — ¡Forbannet språk av enkle menn! De burde legge sine vanskelige ord i hullet som Odin skapte for dem. Dumme mennesker. — Su voz esta vez sonaba muchísimo más fluida, más seria, muchísimo menos amigable. — Estaba engañando a nosssotrrros ... — Terminó diciendo, mirando al pequeño gyojin. Le sobresalían dos grandes paletas que parecía no poder ocultar, pero aun así se comunicaba muchísimo mejor que Hammond. ¿En qué punto dejaba aquella información al rubio?
— Buen trabajo, Recio. — Diría el tipo más bajito del grupo. Tenía un cabello grisáceo que se le unía a la barba en un dibujo casi perfecto de casco de pelos. Mirada desgastada, como la de la mayoría que iban con el. — Has atrapado a unos cuantos yijiyijiyiji. — Tenía una extraña risa, un tanto ridícula. Y claro. — ¡JIAJIAJIAJIAJIA! — Nuevamente levantó la mano y le señaló, riendo. A oídos de Hammond, hasta Timsy tenía una voz muchísimo más masculina y pronunciada. Joder medía un metro y medio y no era ni humano, igual ni siquiera era un varón. O podría ser que entre los gyojin hubiera más géneros que Hammond desconocían, no dejaban de ser una especie sumamente extraña. Para sorpresa de nadie, Antonio comenzó a caminar hasta que se colocó al costado del tipo. — Qué risa más ridícula tienes yijiyjijyiji. — Contestó a Hammond, con dos cojones. El Bucanner levantó una ceja inmediatamente. — ¿Se está riendo de mí el humano este? — Fue lo primero que pensó. — Buen trabajo. — Golpeó el pecho de Recio, que se dolió casi de forma inmediata. — Tienen cosas interesantes. La mujer y el animalito nos pueden servir como esclavos y el gigantón ... Esa espada es útil, pero dudo que nos lo ponga fácil ... Chicos. — Asumió completamente que Timsy y Airgid no entrarían en conflicto si se les quería volver prácticamente mascotas. Y bueno, de Timsy tenían poca información, pero conociendo un poco a la mujer de una sola pata, cualquiera tenía la valentía de ponerle una correa.
Al unísono, como en una coreografía mala de un grupo Europeo dedicada al pop, se movilizaron al mismo tiempo, dando un paso. Uno, no más. Ya que Hammond alzó sobre los aires a Rompetormentas, levantando parcialmente la ráfaga de aire necesaria como para hacerles cambiar de opinión o al menos, pensar antes de actuar. Clavó el dorso en su cuello, quedando esta apoyada sobre el mismo. Sintió un gusto extraño que no manifestaría tras levantar semejante peso, el cuerpo le estaba pidiendo acción física desde hacía ya un rato y aunque aquello no se pudiera considerar "ejercicio" tal peso ayudaba a que sus músculos despertaran rápidamente. — Pequeño, ¿Tú saberrr lucharrr? — Ladeó ligeramente la cabeza y bajó de igual forma la vista para contemplarlo. Se movilizó con un paso hacia el lateral para tener a Timsy justo a su costado. Lo cierto es que estaba bastante interesado en qué podía hacer aquel gyojin. Y por qué no decirlo, en qué podían ofrecer aquellos mierdecillas.
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