Alguien dijo una vez...
Bon Clay
Incluso en las profundidades del infierno.. la semilla de la amistad florece.. dejando volar pétalos sobre las olas del mar como si fueran recuerdos.. Y algún día volverá a florecer.. ¡Okama Way!
[Aventura] [T3] La Queso Nostra Parte I
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
Definitivamente el ambiente en el club de costura no era el deseado, ni mucho menos el esperado en un tipo de misión como la que andaban pues lo último que habían hecho sus compañeros eran ser sutiles ni mucho menos se mezclaban naturalmente con las señoras. Pero a ello podemos sumarle algo especialmente destacable, no era el calor de verano ni mucho menos los olores previamente mencionados y cuya indagación fue ignorada por la anciana, sino por la incomodidad que Donatella sentía con cada segundo que pasaba rodeada de aquellas ancianas embelesadas con Arthur y sus compañeros sin sentido común.
 
Por si todo eso no era suficiente, ahora su sentido del oído, ese don que solía usar a su favor y que poseía perfectamente desarrollado, ahora solo amplificaba su desagrado del entorno. Cada risita ahogada, cada susurro tenso entre las mujeres, incluso el roce de la tela cuando una de ellas se removía en su asiento… todo era demasiado para la magnánima Pavone. Pero lo peor de todo era Arthur, verlo pavonearse de esa manera, mostrándose como un vulgar exhibicionista ante un grupo de ancianas con ojos hambrientos, era una imagen que le resultaba sencillamente repulsiva. "Los hombres no tienen vergüenza. Si esto es lo que los marines llaman estrategias de infiltración, su decadencia es aún peor de lo que imaginaba. " Pensó entrecerrando los ojos con evidente asco hacía, sobre todo al ver a uno como él, que parecía disfrutar de la atención sin importar la situación.
 
Pero como si la escena de Arthur no fuera suficiente, Sirius decidió que cantar era la mejor opción, así es... cantar. El sonido de su voz retumbó en sus oídos con una claridad que la hizo tensarse al instante. La melodía, aunque bien ejecutada, era estridente para su sensibilidad auditiva y carente paciencia hacia el género masculino. Cada vibración del arco sobre las cuerdas de su violín le resultaba como un chillido afilado que rasgaba sus pensamientos, haciéndola apretar los dientes. Con cada estrofa, su incomodidad crecía más y más, como si la música misma intentara expulsarla de la tienda. ¿Acaso este hombre es incapaz de hablar como la gente normal? ¿Por qué demonios tenía que hacer un espectáculo melodramático? Es irritante… no… todos ellos lo son.Pensó al percatarse de lo peor de todo, que estaba atrapada en aquella cacofonía que la abrumaba. Donatella no logró captar el verdadero significado de la letra. Solo escuchó la canción como un ruido molesto y pretencioso sin poder tener lugar en su mente para el análisis cuando lo único que quería era que el sonido se detuviera.
 
Finalmente, entre toda la agitación y sentimientos encontrados en el momento, se percató de que la falta de concentración le hizo desactivar sus poderes de la Hei Hei no mi sin siquiera darse cuenta de ello. Para cuando la música cesó, Donatella respiró hondo, sintiendo el alivio inmediato de unos segundos de paz, no provocados por su fruta, sino por el silencio. Se llevó una mano al rostro, masajeando el puente de su nariz en un intento por disipar la irritación. Fue entonces cuando cruzó su mirada con Sirius, que notó algo en la forma en que la observó, en el pequeño destello expectante de sus ojos, hizo que la irritación de Donatella diera un paso atrás en favor de la intuición. En ese instante, comprendió que su canto no había sido solo una idiotez innecesaria, sino un mensaje en clave. No pudo evitar chasquear los dedos y la lengua con fastidio, molesta por no haberlo entendido antes.
 
Sin embargo, en lugar de admitirlo, mantuvo su rostro imperturbable y simplemente devolvió el mensaje en su propio lenguaje. — Los pájaros que cantan demasiado fuerte suelen atraer depredadores. — Comentó con calma, bajando la vista hacia la anciana que tenía frente a frente, como si hablara de un pensamiento aleatorio. Pero Sirius, si tenía un mínimo de inteligencia, entendería la advertencia; más vale que dejes de llamar la atención.
 
Acto seguido, se giró hacia las ancianas con una sonrisa diplomática. — ¿Podría servirme una taza de ese té tan delicioso y de los dulces que invaden mi nariz con tan delicioso y refinado aroma? Parece que la velada ha sido más intensa de lo que imaginaba y necesito relajarme un poco. — Sus palabras eran educadas, pero había un trasfondo de ironía que solo sus compañeros podrían notar. Ahora, con la señal recibida, Donatella estaba más que lista para actuar en consecuencia. Después de todo, si los hombres no podían hacer su trabajo sin convertirlo en un espectáculo, tal y como su hermano, entonces alguien con verdadero control debía encargarse de ello.
#21
Dan Kinro
[...]
Arthur Soriz, en todo su esplendor de marine curtido y experimentado, seguía siendo el foco principal de atención. Su despliegue físico había resultado ser más efectivo de lo que probablemente él mismo habría deseado. Las ancianas, completamente entregadas a la obra de arte que era su cuerpo musculoso y lleno de cicatrices, seguían tocando y suspirando con la fascinación de jovencitas en plena adolescencia.

¡Oh, qué dureza! — exclamó la del chal verde, apretando su bíceps con un brillo travieso en los ojos.

¡Esto es puro acero, niña! — murmuró otra, dándole un toquecito en el pecho y soltando una risita que habría puesto nervioso a cualquier hombre con vergüenza.

Afortunadamente, Arthur mantuvo el tipo, aunque en su interior probablemente se debatía entre el deber y el deseo de huir de aquel manoseo geriátrico. Pero funcionaba. Las ancianas estaban completamente distraídas y nadie prestaba atención a lo que realmente importaba.

Sirius, por su parte, había intentado replicar la técnica de su “tío Arthur”, con resultados… mixtos. 

Su plan de enviar un mensaje secreto a través de la música era ingenioso, pero la ejecución no fue tan efectiva como esperaba. Si bien el mensaje pudo haberle llegado a sus compatriotas y camaradas marines sin problema alguno, algunas ancianas lo miraban con curiosidad, pero en lugar de caer rendidas a su encanto, entrecerraban los ojos con cierta desconfianza.

¿Tú, su sobrino? — musitó una anciana, entrecerrando los ojos.

No tienen ni la nariz parecida… — murmuró otra, con tono inquisitivo.

Es guapito, pero no es como él— dijo una tercera, con un suspiro, sin soltar el brazo de Arthur.

Ese comentario dolía. No porque Sirius necesitara la validación de un grupo de ancianas, sino porque significaba que su intento de integrarse en el engaño no estaba funcionando. Se había plantado la semilla de la sospecha, y eso era peligroso.

Donatella Pavone, por su parte, ya había llegado al punto en el que las excentricidades de sus compañeros eran tan absurdas que solo podía resignarse. Desde su elegante asiento, contemplaba la escena con la compostura de una mujer que había visto suficiente de la vida como para no sorprenderse por nada más.

Solo podía tomar la taza de té y la sostuvo con una gracia casi teatral, observando la situación con una media sonrisa que escondía una cantidad abrumadora de frustración.


EN EL EXTERIOR...



El tiempo se detuvo por un instante en la mente de Kuro D. Zirko. Tras el escupitajo y la llovizna que cayó sobre los chuchos que hicieron que ambos separasen sus físicos perrunos de "la acción". Cuando los hot-dogs se separaron, la visión de la gigante fue clara.

Sus ojos, tan entrenados para seguir el movimiento desde lo alto, captaron el momento exacto en el que aquel Mink arrojó su disfraz de abuela al suelo. Las telas gruesas y el chal cayeron con un peso irreal, revelando debajo una figura mucho más esbelta y ágil, la de un Mink que claramente no tenía intención de quedarse a charlar.

Sí, era el...

El mismísimo Chester Chettony.


[Imagen: m9g4kKY.png]



Sus músculos se tensaron en cuanto vio las patas del Mink impulsarse con fuerza contra el suelo, desapareciendo en un callejón cercano. ¡Estaba huyendo! No había tiempo para pensar, solo para actuar. Zirko debía perseguirle si no quería perder la mejor pista que tenían. La ventaja del Mink era clara podía escurrirse entre los edificios, entre la gente, ocultarse en esquinas que para ella eran demasiado estrechas, pero ella tenía la altura, y la altura siempre daba ventaja.

Desde arriba, podría seguirle sin necesidad de perderle en los giros cerrados. La pregunta era… ¿sería lo suficientemente rápida como para atraparlo antes de que se desvaneciera por completo?

La verdadera cacería había comenzado.
¿Lograría Zirko atrapar al Mink antes de que desapareciera?
¿Se sostendría la farsa en el club de costura o la sospecha se convertiría en un problema real?
¿Cuánto tiempo más podría Arthur soportar el entusiasmo de las ancianas antes de que alguien intentara hacerle una propuesta indecente?

Las respuestas estaban a punto de revelarse… y la historia sigue en marcha.

Resumen
#22
Arthur Soriz
Gramps

"¡ALTO AHÍ!"

Era difícil no escuchar el vozarrón de la gigante desde el interior de ese local, si era como si trompetas de guerra hubieran sonado a todo volumen. Mi cabeza entró casi en modo automático, mirando a las señoras que se notaba seguían completamente embelesadas conmigo y mis músculos. Agradecía al menos que así fuera porque el invento de que Sirius era mi sobrino era, sin lugar a dudas, una mentira peligrosa que pocos se creerían. Más aún teniendo en cuenta que no tenía alas y él sí. También sentí la mirada filosa de Donatella enterrándose en mi nuca como si quisiera asesinarme ahí mismo... aunque no literalmente, por suerte agradecía que fuese capaz de mantener la compostura ante tal circo. Me empecé a vestir de manera apresurada, y mientras lo hacía me excusaba con las señoritas las que les había brindado tal show.

Discúlpenme señoritas, pero el remiendo va a tener que esperar. Una compañera necesita ayuda, y ya saben lo que dicen... ¡la justicia no descansa! ¡Yahahaha!~ —dije mientras terminaba de colocarme la chaqueta dejando que, si querían y podían, tocasen mis brazos aún y con todo. Claro, que lo estaba haciendo tan a los apuros porque no quería que escapase lo que fuese que Zirko le gritó que se detuviera. Mi corazón latía fuerte, la adrenalina siendo bombeada por todo mi cuerpo como un motor al que le inyectas óxido nitroso.

Pero les prometo que la próxima vez que nos veamos, nos tomaremos un té todos juntos.

Tras decir esto, miré de reojo tanto a Sirius como a Donatella, haciendo un ademán con la cabeza de que ya era hora de retirarnos. A un paso ligero, salimos del local, volteé mi mirada hacia Donatella cuando ya estuviéramos a una distancia aceptable de la tiendita y hablé mientras acomodaba mis botas y ataba bien los cordones.

Señorita Donatella, lamento lo de allí adentro. Me gustaría que le avise con urgencia a Murray sobre lo ocurrido ya que es usted poseedora del Den Den Mushi grupal, que envíe Marines para detener a las señoras y confiscar lo que fuera que vio Sirius detrás. Yo iré a ayudar a Zirko.

Sonaba como orden, pero era una petición afable, incluso con una ligera sonrisa plasmada en mi rostro. Debía entender también Donatella que teníamos el tiempo marcado, y si cabía la posibilidad de que la gigante miembro del Kaigekitai justo se había cruzado con alguien que fuese de suma importancia para la operación, tendríamos que ayudarle cuanto antes. Salí corriendo a toda velocidad, sin siquiera darle chance a Sirius a decirme algo... necesitaba ayudar a mi compañera de brigada, y confiaba que si había dicho "alto ahí" era por algo importante.

Murray ya se encargaría de las señoras del club de costura, ahora lo de mayor importancia era esto. Cuando llegué hasta donde estaba la payasa, exclamé para que me escuchara al ponerme las manos a los lados de mi boca, aunque seguramente para ella sonaría como una puta hormiga.

¡ZIRKO! ¡¿QUÉ VISTE?! ¡¿QUÉ PASÓ?!

Vociferé a todo pulmón. No gritaría cosas como "¿A qué le dijiste alto ahí?" porque cabía la posibilidad de que las señoras escucharan esto y por ende hicieran algo al respecto de lo que Sirius presenció en la parte trasera de la tienda y cuando llegase Murray ya se habrían llevado la evidencia o movido a otro lugar. Obviamente no me detuve allí, seguí corriendo en la dirección hacia donde Zirko estuviera mirando, con la esperanza de que lo que fuera estaba siguiendo con su mirada, fuese lo más importante de esta operación.

off
#23
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
Zirko frunció el ceño con una mueca de disgusto al apartar la vista de los perros que había detenido exitosamente, pero justo en ese instante, sus ojos se posaron en una figura que comenzaba a correr a toda velocidad. Era un Mink Leopardo.

Sin perder un segundo, la gigante observó cómo el Mink se deshacía de sus ropas en plena carrera, dejándolas esparcidas en el suelo. Un mal presentimiento recorrió su cuerpo. No podía permitirse ignorarlo. Sus enormes piernas se prepararon para moverse con velocidad, pero el entorno le exigía cuidado. Zirko era demasiado grande, y en aquel sector lleno de civiles y tiendas diminutas, un solo movimiento descuidado podía provocar un desastre.

Con extremo cuidado, la gigante dio un paso largo y controlado, abarcando una distancia colosal de 21 metros sin emitir un solo sonido. Su estatura le permitía moverse con relativa facilidad en espacios abiertos, pero aquí cada movimiento debía ser calculado al metro. Aún así, su reacción no se vio comprometida. En cuanto su pie tocó suelo, su mano ya había alcanzado el mango de uno de sus cuchillos.

En un solo y fluido movimiento, Zirko desenfundó el cuchillo de su cinturón. Era un arma imponente, diseñada a su escala, con un filo resplandeciente y un mango rosado característico de todas sus armas. Su muñeca giró con destreza, y con un rápido movimiento de su brazo, lanzó la enorme hoja con un giro en el aire.

El cuchillo viajó en una trayectoria curva, recorriendo 56.5 metros en total tras su lanzamiento. Su intención no era herir al Mink, sino interceptarlo. Zirko apuntó más adelante, buscando que la hoja se clavara en el suelo justo frente a él. La imagen reflejada en la hoja metálica debía bastar para que el Mink se percatara de que no estaba seguro en su huida, pues, si el Mink llegaba a ver la hoja tras el lanzamiento, podría notar a la gigante en el reflejo de la hoja... Tal vez nadie se imaginaba a un Gigante actuar como lo hacia ella, pero este es el caso, y Zirko estaba tras él.

Cuerpo a Tierra
ART102
ARTILLERO
Ofensiva Mantenida
Tier 1
19/11/2024
19
Costo de Energía
14
Costo de Energía por Turno
1
Enfriamiento
Gracias a su talento con las armas el usuario comenzara una rafaga incansable de disparos a 10 metros extra, la cual podra sostener ininterrumpidamente recargando rapidamente sus armas, pudiendo ir altenando armas durante la acometida e añadir munición especial.
Golpe Básico + [FUEx2] de [Daño perforante]

Energia: 288 / 307


Aprovechando la conmoción del impacto, la gigante llevó su otra mano a su cinturón, asegurándose de que su segundo cuchillo estuviera listo. Con su voz potente, pero notoriamente inexperta en el arte de la persecución, habló con la mejor autoridad que pudo reunir - ¡Al Mink Leopardo que se encuentra a aproximadamente 70 metros a las 12 en punto de mi posición! Ha dejado caer sus posesiones y ha arrojado basura a la calle, además de tener una actitud sospechosa y aparentemente intenta huir. ¡Favor deténgase! - Su tono era firme, pero su elección de palabras delataba que no tenía experiencia en este tipo de situaciones. No estaba acusándolo directamente, ni tampoco lanzando una amenaza clara. Era simplemente una afirmación extraña, como si intentara seguir un protocolo que nunca había practicado.

Mientras su voz resonaba por la calle, la puerta de la tienda de costura se abrió de golpe. Desde el interior, Arthur salió al exterior. Aunque él intentó decir algo, la distancia y el frenesí del momento hicieron que sus palabras se perdieran en el bullicio. Zirko no lo escuchó. Su atención estaba fija en el Mink Leopardo y en lo que haría a continuación, pero justo en el momento, dijo las palabras que Arthur necesitaba escuchar.

Calculo Disparo
#24
Sirius Herald
Eleos
La balada que había estado entonando con mi violín fue perdiendo fuerza, y en su lugar empezó a imponerse el estrépito de risas y exclamaciones alrededor de Arthur. Desde mi posición, con el arco aún entre los dedos, pude verlo iniciar aquel inesperado “espectáculo” de fuerza que, por muy estrafalario que pareciera, estaba funcionando a la perfección para desviar las sospechas de las ancianas. Las mujeres se agolpaban a su alrededor, palpando con descaro sus brazos, su pecho y cada cicatriz. Por un segundo, me pregunté cómo podía mantenerse tan sereno mientras lo rodeaban como una bandada de gaviotas hambrientas. Me sentí casi aliviado de no tener que hacer lo mismo: la ternura de aquellas abuelas no me incomodaba tanto como sus miradas chispeantes, llenas de un entusiasmo que rozaba lo… peligroso.

Guardé mi violín y di un paso más cerca de la salida. Quería mantenerme listo por si algo explotaba en cualquier dirección: ya fuera la situación dentro de la tienda, o aquel grito que había escuchado venir de fuera que parecía venir de la voz característica de nuestra compañera Zirko. Era un timbre imposible de confundir, incluso amortiguado por las paredes de madera. Con el rabillo del ojo, vi como arthur se intentaba irse de las señoritas. dedos enguantados y piropos de un calibre que jamás habría esperado escuchar en un lugar como aquel. Casi me dieron ganas de soltar una risa, pero me aguanté. En lugar de ello, di un par de pasos laterales, ansioso porque Arthur terminase de atender a su “club de fans” y pudiera acompañarme.

Fue entonces cuando oí su voz grave y cortés poniéndole fin a aquella escena. Desde mi perspectiva, ver su porte imponente y la devoción con la que las ancianas lo contemplaban era casi surreal. Sentí que el ambiente entero se quedaba en suspenso un instante, como si hasta las agujas y los hilos se negaran a moverse, atrapados en esa promesa de volver. Por mi parte, me aferré al estuche de mi violín con una mano y cerré la otra en un leve puño, saliendo del interior de la tienda para ver como Arthur salía disparado en la dirección en la que supuestamente se encontraba la señorita Zirko.

-Confió en que Arthur y Zirko serán lo suficientemente capaces como para enfrentar lo que pase, por lo que me quedaré aquí con usted, señorita Donatella en lo que llegan las tropas. No soy demasiado rápido así que me es imposible seguirles el ritmo, la verdad. Y tenemos que asegurarnos de que todo salga bien, esas viejas tenían una especie de arma extraña... era como una metralleta de varios cañones, algo bastante peligroso.

Juntaría mis manos en un rezo, esperando que todo fuera bien tras terminar de explicarle todo a donatella
#25
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
El té estaba en su punto perfecto, la fragancia inundaba su nariz con una calidez placentera, un contraste marcado con el desastre de la escena que se desarrollaba frente a ella. Mientras las ancianas seguían embelesadas por la musculatura de Arthur, la Garra de Pavone era ignorada por las señoras. En adición, podemos sumar, el grito ensordecedor de la gigante resonando desde el exterior como una trompeta de guerra, sobre todo para alguien con el odio tan desarrollado, al menos Sirius había dejado el ruido. Sin embargo, ya era momento de centrarse en sí misma, Donatella suspiró suavemente mientras bajaba la taza con elegancia y soltaba un leve suspiro. La obra había terminado, aquel circo o más bien, como ella lo describiría; el espectáculo burdo dirigido por hombres.
 
Nuevamente, sus ojos ámbar recorrieron la escena con una mezcla de resignación y repugnancia. Arthur, con su exhibición bochornosa, había logrado mantener a las ancianas distraídas lo suficiente como para que Sirius se metiera en problemas con su absurda excusa de sobrino improvisado, simplemente patético, aunque efectivo. ¿Acaso era realmente tan difícil actuar con un mínimo de compostura? Mientras tanto, en el exterior, el descontrol seguía escalando; al parecer, la gigante había encontrado algo que la impulsó a actuar de manera abrupta.
 
Finalmente se retiraron del local, a lo que Arthur no dudó querer autodenominarse el líder del momento. ¿Un hombre, queriendo estar a la cabeza? Que sorpresa… Ella arqueó una ceja ante su solicitud, un hombre jamás le obligaría a mover un dedo. ¿Acaso le estaba ordenando que hiciera algo? ¿Un hombre osaba darle instrucciones a una Pavone así sin más? Simplemente imperdonable. — No me contrataron para seguir tus órdenes. — Fue su única respuesta, solo que para si misma, sin siquiera mirarle a la cara, solo tratando de componerse para no estallar, al menos ya se encontraban fuera. No era estúpida, no era momento de una confrontación innecesaria, así que simplemente lo dejó correr como el buen soldado que era. — Corre, perro de la justicia, quizás en cuatro patas llegues más rápido. Espero que sepas más que solo exhibirte. — Para ella, aquellas palabras llenas de un tono venenoso que deslizaban con suavidad de su boca y que ahora solo Sirius podría escuchar pues “el héroe” había decidido partir, no era insultos solo verdades objetivas e irrefutables.
 
Ahora, que solo quedaba con Sirius, no podía evitar que el sonido de la melodía aún flotara en su mente como una molestia persistente, como el eco de una nota mal afinada. Sirius, al menos, tuvo la decencia de entender que su papel en la persecución no era necesario, y en su lugar se quedó con ella. Aún con sus innecesarias manos en rezo y su tono habitual. — Eso es lo mínimo que podrías hacer. — Respondió con frialdad, aunque su tono no era abiertamente hostil, solo el de una mujer que sabe cuándo es superior.
 
Con la misma calma con la que había ignorado las ridiculeces de los demás, Donatella sacó el Den Den Mushi debajo de su capa, presionando el pequeño botón de activación con una delicadeza casi exagerada, era una princesa después de todo, había que cuidad esas uñas... o más bien garras. — Murray, aquí Pavone. El club de costura tiene un problema. Al parecer tienen armas escondidas y sospecho que estas mujeres no son tan inofensivas como parecen. Será mejor que envíes refuerzos para asegurarte de que no se deshagan de la evidencia. Sirius y yo esperaremos aquí. La gigante y el viejo pervertido andan persiguiendo algo. — Su tono no era urgente ni alarmado, no lo necesitaba, lo decía con la serenidad de quien dicta una sentencia ya confirmada. Una vez que terminó la transmisión, guardó el caracol y se acomodó en un banco con espacio para dos que había a unos metros de la entrada del club. — Ahora, Sirius. Ya que has decidido quedarte aquí conmigo, haz el favor de asegurarte de que nadie escape antes de que lleguen los marines. He tenido suficiente de los juegos de hombres por hoy. — Dijo con la misma delicadeza con la que se dirigía a un simple sirviente, después de todo, los hombres solo servían para seguir órdenes y si este no podía correr que al menos se encargase de la guardia.
#26
Eustass D. Punk
Jetto Gia

El Den Den Mushi de Donatella emitió el característico gotcha al activarse la transmisión, seguido de la voz firme de Murray resonando con autoridad.

Pavone, Sirius, detengan a esas ancianas. Voy en camino.

Sin embargo, antes de que siquiera pudieran moverse para actuar, el inconfundible estruendo del torpe avance y los gritos de Murray por el Den Den Mushi llegaron hasta la misma tienda, reverberando en el suelo de madera y sacudiendo los marcos de las ventanas. El sigilo era opcional, pero Murray pareció no entenderlo.

El sonido de su apresurado y nada sutil avance fue suficiente para alertar a las ancianas, quienes hasta el momento parecían seguir entretenidas con sus costuras y murmullos.

De repente, todas las agujas dejaron de moverse.

Alto ahí, jovencitos. — La voz de una de las ancianas sonó con una calma inquietante.

Sirius y Donatella vieron cómo, con una sincronización aterradoramente perfecta, varias de las abuelas sacaban armas de fuego ocultas entre sus ropas. Algunas eran antiguas pistolas de chispa, otras poseían revólveres más modernos, e incluso una de ellas sostenía una escopeta recortada con adornos florales en la culata.

Ahora mismo, dan media vuelta y salen de esta tienda. — Otra anciana, de cabello ensortijado, habló con un tono más serio. — O llamaremos a la Marina.

¿Era una broma? ¿Cómo que a la Marina? ELLOS ERAN LA MARINA.

Y Murray, quien venía a lo lejos con el sigilo de un elefante en una tienda de porcelana, también lo era.

El problema es que aquellas ancianas no lo sabían, o quizás no les importaba.

¡He dicho FUERA! — Su dedo apretó el gatillo con un clic seco, sin disparar aún, pero lo suficiente para dejar en claro que no dudarían en hacerlo.

Ahora que su stripboy favorito no estaba... ¿Cómo manejarán esta situación sin terminar llenos de agujeros?

[Imagen: xQKZhMN.jpeg]

Yayas Peligrosas



El cuchillo de Zirko cortó el aire con un silbido letal, girando con precisión antes de impactar el suelo con una fuerza brutal. La hoja se hundió en la tierra polvorienta a escasos centímetros del Mink Leopardo.

Chettony se detuvo en seco.

Sus ojos se abrieron con sorpresa, reflejando en sus pupilas la imponente hoja metálica que se había clavado frente a él. Su respiración se entrecortó por la sorpresa, su cuerpo aún inclinado en posición de carrera. No se atrevió a seguir avanzando de inmediato.

Su velocidad se redujo a la mitad.

En ese instante, Arthur recorrió 30 metros a toda velocidad.

El sonido de sus botas golpeando el suelo acompañó el eco del impacto de la hoja. Se aproximaba con rapidez a la posición de Zirko, pero aún le faltaba un tramo antes de llegar.

La decisión de capturar a Chettony debía tomarse en cuestión de segundos.

¡ZIRKO! ¡¿QUÉ VISTE?! ¡¿QUÉ PASÓ?! — gritó Arthur, acercándose con la adrenalina bombeando por sus venas.
La persecución estaba lejos de terminar.

¿Huir? ¿Atacar? ¿O quedarse quieto?

Información
#27
Arthur Soriz
Gramps
Al llegar hasta donde se encontraba la gigante, noté que a algún lugar en específico dirigía su mirada. Agarró una de sus armas y la arrojó con una precisión que podría llegar a ser incluso intimidante si no fuera que era una Marine. Eso sí... el peligro de causar daño colateral era un evidente problema del que parecía no preocuparse en absoluto. Aún así, ¿cómo culparle? Con su tamaño y probablemente incapacidad de controlar su fuerza, era más que claro que sería difícil para ella contener la emoción de detener a un malhechor de ese modo sin pensar siquiera un momento en los que estuvieran a su alrededor.

"¡Al Mink Leopardo que se encuentra a aproximadamente 70 metros a las 12 en punto de mi posición! Ha dejado caer sus posesiones y ha arrojado basura a la calle, además de tener una actitud sospechosa y aparentemente intenta huir. ¡Favor deténgase!"

Escuchar esas palabras con tal vozarrón de la payasa enorme obviamente que hizo que mis alarmas se dispararan de inmediato. De pensar que solamente había visto algo irrelevante... ahora sabía de qué se trataba. Un mink leopardo, ¡podía ser Chettony! Sin decir nada me incliné en una posición tal que obviamente comencé a correr lo más rápido que me era posible. Estaba seguro que no lo alcanzaría pero algo en mi cabeza me pedía a gritos que lo intentara... que no me diera por vencido. Independiente de lo que pudiera pasar, sin miedo al éxito como dicen algunos. ¿Qué hace una raya más al tigre?

Mi velocidad seguramente no sería suficiente como para ponerme hasta su altura, y de hecho cuanto más avanzaba tenía que guiarme nada más por el trayecto que tomó aquella arma que lanzó Zirko. Si no fuera por ello seguramente me sería imposible seguirle el rastro... y a pesar de eso, algo dentro de mi me decía que la oportunidad de capturarlo ya se había ido lamentablemente. Aún y con eso, mi corazón latía a mil por hora, como si fuese el motor de un tren a vapor a toda marcha.

Para acortar distancias a sabiendas de dónde estaba la cuchilla, incluso llegaba a meterme por puertas, por ventanas abiertas, lo que fuera necesario con tal de que la distancia entre el posible Chettony y yo se acortara lo más posible. Esperaba que mi suerte obviamente me permitiera que todo saliera a mi favor... que no hubiera gente por medio, que los caminos que decidiera tomar no estuvieran cerrados ni nada por el estilo. En pocas palabras, que fuese un trayecto de lo más ininterrumpido.

[Imagen: r7DUegv.gif]

Fue entonces que tensé mis piernas, las flexioné y di un brinco tan fuerte que incluso hizo reverberar el suelo con las ondas del Hasshoken, logrando así saltar 18 metros de altura sin problema alguno, buscando desde lo alto a ver si divisaba la ubicación del mink leopardo que se escapaba.

En un intento de intimidar a quien era nuestro próximo objetivo por más que aún quizás no pudiera verlo, exclamé a todo pulmón esperando tener un golpe de suerte y al menos lograr de cierto dejar en claro que no descansaríamos hasta detenerlo... Si no era hoy, pues sería otro día.

¡¡ALTO AHÍ, CHESTER CHETTONY!!

resumen

datos
#28
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
Zirko, tras haber realizado su lanzamiento, observó a su alrededor con atención. Fue entonces cuando notó una figura moviéndose apresuradamente entre la multitud y los edificios. A primera vista, parecía un ladrón entrando y saliendo de las casas, zigzagueando lo más minimo con agilidad entre los espacios abiertos. Pero al fijarse mejor, lo reconoció de inmediato. Era Arthur.

No entendía qué estaba haciendo ni por qué se movía con tanta prisa. Su comportamiento era errático, casi desesperado. Zirko frunció el ceño, tratando de darle sentido. ¿Acaso estaba huyendo de alguien? ¿O simplemente había caído en uno de sus arranques impredecibles por la edad? De cualquier forma, no era su prioridad en ese momento. Volvió la mirada hacia donde estaba el mink.

El misterioso individuo se había detenido frente a su hoja, inmóvil, sin realizar ninguna acción. Zirko mantuvo la calma y aprovechó la oportunidad para acercarse a las pertenencias que habían sido arrojadas al suelo. Lo hizo con sumo cuidado, midiendo cada paso para no pisar ni dañar nada. Su sigilo era impecable.

Al inclinarse para recoger los objetos, tuvo la precaución de evitar cualquier movimiento brusco que pudiera exponer más de lo necesario. Con una mano, sujetó su pantalón estratégicamente para que su traje no revelara nada indeseado, mientras que con la otra tomaba los artículos dispersos en el suelo. Su mirada se clavó en lo que tenía en las manos y, por un instante, su expresión se transformó en un gesto de desconcierto.

Entre los objetos recogidos, un disfraz de abuelita destacaba de manera absurda. Zirko entrecerró los ojos, intentando comprender la utilidad de algo así en una situación como aquella. ¿Quién demonios andaba cargando con un disfraz de abuelita y para que? Su mente procesaba lo visto, dándose cuenta que era la misma ancianita que recién hace poco le había hablado, cuando, de repente, el estruendoso grito de Arthur resonó en el lugar.

El sonido rompió el ambiente tenso de la escena, pero Zirko no lo escuchó. Para cuando el grito se dejó oír, ella ya se había incorporado por completo, sumida en sus propios pensamientos. Se quedó quieta, observando los objetos con curiosidad y escepticismo. Nada en aquella situación tenía sentido.

Sin embargo, su instinto le decía que algo más estaba por ocurrir. Arthur corriendo como un loco, el mink detenido frente a la hoja, y ahora aquel extraño disfraz en sus manos… Todo indicaba que la calma no duraría mucho.
#29
Sirius Herald
Eleos
Por fin habíamos salido de la tienda, la actitud de Donatella no era la mejor, la verdad, pero bueno, no pasaba nada realmente, simplemente era doble o primero que sentí fue un latigazo de incredulidad: ¿de verdad esas señoras con sus chalecos de lana y sus estambres acababan de desenfundar pistolas y escopetas? Era como una escena sacada de un mal sueño. Un par de puntadas antes estaban bordando flores en servilletas de lino, y ahora empuñaban armas como si fueran viejas piratas retiradas. El Den Den Mushi de Donatella, aún entre sus manos, seguía con la voz de Murray retumbando al fondo, pero aquella amenaza cercana era imposible de ignorar. Tragándome las ganas de soltar un improperio, me moví con lentitud, alzando ligeramente las manos en señal de no agresión. Podía sentir la tensión danzando en el aire, y el eco de mis propias pulsaciones retumbando en mis oídos.

-Señoras… -musité con la voz más suave que me fue posible, tratando de sonar conciliador-. No quisiéramos molestarlas. pero.. 

Me callé al ver que una de ellas, daba un paso hacia adelante apuntándonos aun mas con su arma. Su dedo temblaba sobre el gatillo, y aunque tenía la mano algo arrugada por los años, podía jurar que esa tembladera no era fruto de los nervios, sino de pura determinación. La palabra “escuadra de bordado” adquiría un nuevo significado en mi cabeza.

-Escuchen, no queremos problemas -dije con mi tono más paciente-. De hecho, no hace falta que llamen a la marina, pues yo mismo soy miembro de la marina, Suboficial Sirius Herald, a su servicio.

En mi mente, miles de pensamientos se superponían: ¿Intentar desarmarlas con rapidez? ¿Tratar de razonar un poco más? Con Murray acercándose y ellas apuntando a quemarropa, nada parecía seguro. Por no mencionar la gatling que seguía oculta en la parte trasera del establecimiento. Inspiré hondo. Tenía que ganar tiempo, como fuera. Con cuidado, di un paso atrás, extendiendo las manos en un gesto de paz, esperando que Donatella captase mi señal de “colaboremos, pero no nos vayamos aún”. Aun así, sentía que la situación pendía de un hilo. Un solo disparo bastaría para desencadenar el caos.
#30


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