
Mayura Pavone
El Pavo Real del Oceano
20-12-2024, 03:43 AM
(Última modificación: 20-12-2024, 03:51 AM por Mayura Pavone.)
Tus palabras flotaron en el aire, Arthur, pesadas pero llenas de esperanza, dejando una impresión que incluso estos dos cabezotas no pudieron ignorar. Por un momento, el silencio volvió a llenar el claro, escuchándose solo el leve cacareo del pollo, ahora más tranquilo en las manos de Lirio, y el crujir de las hojas bajo el viento que comenzaba a soplar de nuevo, casi como si la naturaleza misma quisiera aportar su parte para suavizar el ambiente y traer una paz esclarecedora en la mente de los niños.
Lirio miró al pollo, luego a ti, por un segundo, sus ojos brillaron con algo que parecía una mezcla de confusión y gratitud. Aunque no dijo nada, su forma de acurrucar al ave contra su pecho y la leve lagrima que bajó por su mejilla hablaban más fuerte que cualquier palabra que pudiera salir de su boca. Trébol, por otro lado, aún abrazaba el saco con fuerza, pero finalmente dejó escapar un largo suspiro. — No necesitamos ayuda... estamos bien. — Su voz era baja, casi un susurro, como si no estuviera seguro de creer sus propias palabras. Sin embargo, algo en su postura había cambiado, un leve relajamiento en sus hombros, una pequeña grieta en el muro de terquedad que solía mostrar.
Fue Lirio quien rompió finalmente el silencio. — El pollo... no íbamos a... — tragó saliva, como si las palabras fueran difíciles de formar. — No queríamos que lo lastimaran. Es el más grande de todos, y... no teníamos nada más que comer, pero... no pudimos dejar que Meriyein lo cocinara para nosotros. — Sus manos acariciaban las plumas del ave con más cuidado, como si cada movimiento fuera una disculpa silenciosa.
Trébol apretó los labios, su mirada fija en el suelo. — Robamos un poco de maíz y frutas del mercado para él. — Murmuró extendiendo el saco hacia ti, aunque aún lo sostenía con ambas manos como si todavía no estuviera listo para dejarlo ir por completo. — No queríamos devolverlo porque... porque nos daba vergüenza. El señor Tom ya nos odia. Todos nos odian. Pero no podíamos dejarlo morir de hambre. — Su voz temblaba con cada palabra, mostrando una vulnerabilidad que rara vez se dejaban ver.
El pollo levantó la cabeza y cacareó suavemente, como si entendiera que era el centro de toda esta situación. Lirio sonrió entre dientes, soltando un sonido débil pero genuino, mientras miraba al ave. — Se llama Tomás... lo llamamos así por el viejo Tom... es un buen pollo. Queríamos devolverlo escondido para que el viejo Tom no supiera que nosotros lo robamos y se molestara con nosotros. Pero Trébol y yo seguimos discutiendo porque quiero quedarme con Tomás, pero se que no puedo tenerlo en casa. — Confesó, su sonrisa pequeña pero honesta iluminando su rostro por un instante mientras la cantidad de lágrimas solo aumentaban a medida que sus ojos se ponían rojos.
— Es cierto lo que dice señor Soriz, hemos tratado de ser niños buenos pero nadie nos quiere. Tratamos de pintar los desastres que Tomas hacia en las paredes. Y lo poníamos de castigo cuando picoteaba a los niños que molestaban a Lirio. Y bueno los caballos del establo... eso no fuimos nosotros se lo juro. Por favor no nos haga daño, todos en el pueblo nos llaman monstruos. — La voz de Treból se quebraba con cada palabra, era una suplica de ayuda, una muestra de vulnerabilidad infantil y confianza absoluta hacia un señor mayor de tres metros.
Este era el momento, Arthur. Podías ver que los muchachos estaban en un punto crítico, completamente abiertos a ti pero aún temerosos de las repercusiones. ¿Qué harías ahora? Podías aprovechar su sinceridad para guiarlos hacia una reconciliación con el señor Tom, o tal vez decidir no presionar más y simplemente ayudarlos a encontrar un camino mejor para manejar este tipo de situaciones. Incluso podrías ofrecer llevar el pollo de vuelta tú mismo, asegurándoles que no habría represalias.
La decisión estaba en tus manos, Arthur. Este era tu momento para ser el mentor que ellos necesitaban, el puente que pudiera conectar su mundo lleno de caos con una comunidad que les ofreciera algo más que rechazo. Las palabras y acciones que eligieras ahora serían el cierre perfecto para esta historia, y quizás, el comienzo de un cambio en la vida de estos dos Herdman.
Lirio miró al pollo, luego a ti, por un segundo, sus ojos brillaron con algo que parecía una mezcla de confusión y gratitud. Aunque no dijo nada, su forma de acurrucar al ave contra su pecho y la leve lagrima que bajó por su mejilla hablaban más fuerte que cualquier palabra que pudiera salir de su boca. Trébol, por otro lado, aún abrazaba el saco con fuerza, pero finalmente dejó escapar un largo suspiro. — No necesitamos ayuda... estamos bien. — Su voz era baja, casi un susurro, como si no estuviera seguro de creer sus propias palabras. Sin embargo, algo en su postura había cambiado, un leve relajamiento en sus hombros, una pequeña grieta en el muro de terquedad que solía mostrar.
Fue Lirio quien rompió finalmente el silencio. — El pollo... no íbamos a... — tragó saliva, como si las palabras fueran difíciles de formar. — No queríamos que lo lastimaran. Es el más grande de todos, y... no teníamos nada más que comer, pero... no pudimos dejar que Meriyein lo cocinara para nosotros. — Sus manos acariciaban las plumas del ave con más cuidado, como si cada movimiento fuera una disculpa silenciosa.
Trébol apretó los labios, su mirada fija en el suelo. — Robamos un poco de maíz y frutas del mercado para él. — Murmuró extendiendo el saco hacia ti, aunque aún lo sostenía con ambas manos como si todavía no estuviera listo para dejarlo ir por completo. — No queríamos devolverlo porque... porque nos daba vergüenza. El señor Tom ya nos odia. Todos nos odian. Pero no podíamos dejarlo morir de hambre. — Su voz temblaba con cada palabra, mostrando una vulnerabilidad que rara vez se dejaban ver.
El pollo levantó la cabeza y cacareó suavemente, como si entendiera que era el centro de toda esta situación. Lirio sonrió entre dientes, soltando un sonido débil pero genuino, mientras miraba al ave. — Se llama Tomás... lo llamamos así por el viejo Tom... es un buen pollo. Queríamos devolverlo escondido para que el viejo Tom no supiera que nosotros lo robamos y se molestara con nosotros. Pero Trébol y yo seguimos discutiendo porque quiero quedarme con Tomás, pero se que no puedo tenerlo en casa. — Confesó, su sonrisa pequeña pero honesta iluminando su rostro por un instante mientras la cantidad de lágrimas solo aumentaban a medida que sus ojos se ponían rojos.
— Es cierto lo que dice señor Soriz, hemos tratado de ser niños buenos pero nadie nos quiere. Tratamos de pintar los desastres que Tomas hacia en las paredes. Y lo poníamos de castigo cuando picoteaba a los niños que molestaban a Lirio. Y bueno los caballos del establo... eso no fuimos nosotros se lo juro. Por favor no nos haga daño, todos en el pueblo nos llaman monstruos. — La voz de Treból se quebraba con cada palabra, era una suplica de ayuda, una muestra de vulnerabilidad infantil y confianza absoluta hacia un señor mayor de tres metros.
Este era el momento, Arthur. Podías ver que los muchachos estaban en un punto crítico, completamente abiertos a ti pero aún temerosos de las repercusiones. ¿Qué harías ahora? Podías aprovechar su sinceridad para guiarlos hacia una reconciliación con el señor Tom, o tal vez decidir no presionar más y simplemente ayudarlos a encontrar un camino mejor para manejar este tipo de situaciones. Incluso podrías ofrecer llevar el pollo de vuelta tú mismo, asegurándoles que no habría represalias.
La decisión estaba en tus manos, Arthur. Este era tu momento para ser el mentor que ellos necesitaban, el puente que pudiera conectar su mundo lleno de caos con una comunidad que les ofreciera algo más que rechazo. Las palabras y acciones que eligieras ahora serían el cierre perfecto para esta historia, y quizás, el comienzo de un cambio en la vida de estos dos Herdman.