Hay rumores sobre…
... que existe una isla del East Blue donde una tribu rinde culto a un volcán.
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[Común] [C-Pasado] El Marine y la Revolucionaria
Asradi
Völva
Asradi sonrió más ampliamente cuando Octojin mostró su interés en visitar Skjoldheim. Echaba de menos ese lugar y, sobre todo, sus aguas y toda la vida que se respiraba por allí. Sus costumbres a las que ella estaba tan arraigada. Acarició las manos del escualo, al menos una de ellas, y asintió con convencimiento.

Quizás, a futuro, podamos ir allí algún día. — Era un deseo sincero y de corazón, pero quizás todavía era algo lejano.

Y sí, definitivamente, estaba lo suficientemente cómoda en el regazo del tiburón, hasta el punto que se hizo incluso un poco la remolona cuando, a pesar de todo, sí aceptó ir hasta el mercado con él, volver a perderse con el marine por las calles de Loguetown como habían hecho muchas otras veces. Lo que no se esperó fue que Octojin hiciese eso precisamente, con lo recatado que era para con ella.

¿Octo? ¡Oye! — Le reclamó en cuanto, de repente, se vió alzada y acomodada sobre su hombro como un vil saco de verduras. O una captura recién hecha. Aún así, una risa clara y divertida pronto brotó de Asradi, mientras agitaba suavemente la cola, solo para molestarle un poco más.

Si, le gustaban eses momentos del gyojin. Cuando, simplemente, se soltaba y era él.

Pues no hay malas vistas desde aquí, las cosas como son. — Le dió una caricia en la espalda antes de que el grandullón, tras unos pocos pasos, la bajase. Por suerte, antes de salir del despacho del susodicho. Asradi se acomodó nuevamente la ropa y, sobre todo, la vaporosa falda que cubría su cola de tiburón.

La sonrisa que le dedicó ella, mientras se volvía a ocultar el cabello tras la pañoleta y recolocarse la misma, fue una esplendorosa y divertida. Más bien relajada, como si hubiese pasado tiempo desde ello. Con él sucedía así, aunque también estaba a gusto con el grupo de revolucionarios que se habiá encontrado. Eran amigos antes que revolucionarios, obviamente. Asradi siguió a Octojin, nuevamente, como quien es una clienta más del astillero cuando fueron abandonando el lugar. Mientras caminaban y tomaban dirección a la plaza central, ella iba mucho más curiosa. Volvió a echar unos cuantos vistazos, mientras avanzaban, hasta que dejaron el astillero atrás.

Y le iba dando conversación tranquilamente a Octojin, gesticulando de manera suave. Era bastante obvio que su estado de ánimo, cuando estaba con él, mejoraba mucho en consecuencia. No era tan tímida, no era tan cuidadosa. Sentía que toda esa carga la podía soltar o compartirla, de alguna manera, y no le pesaba tanto en los hombros o en la conciencia. O, al menos, no tanto como al principio.

La pregunta de Octojin, un rato después, la tomó un poco desprevenida, aunque terminó entendiendo el porqué lo preguntaba. La sonrisa de la sirena se suavizó solo para tranquilizarle a él.

Tienes razón, no es fácil. Nunca ha sido fácil tener que esconderse por ser como se es. — En este aspecto, se refería a su raza, algo que sabía que Octojin entendía a la perfección, y todo el “equipaje” que tenía detrás al respecto.

Ahora también tenía que tener bastante cuidado por ser una persona buscada. Era irónico porque no sentía que hubiesen hecho nada malo en Oykot, sino al contrario. Habían ayudado al pueblo a ser libres. A poder decidir por ellos mismos.

Pero ya estoy acostumbrada, así que lo tomo como algo natural. No vale la pena pensar en ello o darle muchas vueltas. — Para ella, a veces era mejor así antes que llegar a amargarse por algo como eso.

No valía la pena, eso era lo que siempre se decía también para autoconvencerse. Ahora, quizás, para no preocuparle demasiado a él.

Para cuando llegaron a la plaza, había gente, pero no tanta como aquella primera vez donde se había visto asaltada. Sin más, y con toda la confianza y naturalidad del mundo, tomó de la mano a Octojin para guiarle por los diferentes puestos comerciales. Era gracioso ver como esa chica menudita llevaba de un lado a otro a un grandullón como lo era el gyojin tiburón. Y con una soltura y suavidad que le salía sola.

Satisfecha, y a manos llenas, de todo lo que había comprado, decidió que era hora de darle un respiro al pobre hombre.

Me he dado de cuenta, que yo te he contado parte de lo que soy, pero sé poco de ti, de tu pasado. — Fue comentando, mientras luego tomaban asiento en una zona más tranquila de la plaza. — No te voy a negar que me encantaría saber, pero también respeto si decides guardártelo por algún motivo. — Comentó, con un tono comprensivo.
#31
Octojin
El terror blanco
Octojin sonrió al ver cómo Asradi se divertía y se relajaba en su compañía. Aquella estampa era una que le encantaba recordar, y poder vivirla en primera persona le resultaba sumamente placentero. Caminar juntos por los puestos del mercado era un placer sencillo, pero le llenaba el corazón. Mientras la sirena se detenía aquí y allá, mirando plantas medicinales y ungüentos con un entusiasmo sereno, el escualo la seguía sin quejarse, cargando con facilidad la bolsa que ella iba llenando. Su interés era similar al que él mostraba por la madera y sus tallajes, sintiendo así desde otra perspectiva cómo su amada sirena tenía una profesión con la que compartía su ímpetu.

Cada compra parecía importante para Asradi, y Octojin no podía evitar admirar su atención al detalle. La forma en que inspeccionaba las hierbas o preguntaba al vendedor por sus propiedades le hacía sonreír. Se interesaba mucho en cada cosa que, o bien no conocía, o no del todo. Aunque el escualo no entendía mucho de lo que ella seleccionaba, notaba cómo su entusiasmo era contagioso.

—Todo esto tiene pinta de ser importante —comentó mientras cargaba otra bolsita en la bolsa principal —. Vas a ser la mejor médica revolucionaria del mundo, ya lo veo venir. ¿Te imaginas salvar la vida de un sucio marine con una de estas hierbas? Sería increíble.

Dijo aquello último con una ligera carcajada y esbozando una pequeña sonrisa. Le encantaban esas pequeñas bromas de rivalidad entre facciones. Sobre todo porque le hacían gracia y en parte sentía que eran una burla crítica a cómo se veían unos a otros. Para él, los revolucionarios no eran un gran problema. Al final, el rival de éstos era el gobierno mundial, y el propio tiburón, pese a estar en la marina, tenía como objetivo erradicar algunas secciones del propio gobierno mundial. Pero claro, aquellos pensamientos e ideas no podían ver la luz aún. Ni siquiera estaban cerca de hacerlo.

Cuando decidieron que ya habían comprado suficiente, Asradi sugirió buscar un lugar tranquilo en la plaza para descansar. Octojin asintió, guiándola hasta un banco algo apartado que, por alguna razón, casi siempre estaba vacío. Allí se acomodaron, y el gyojin dejó las bolsas a un lado con cuidado antes de sentarse junto a ella. Esa sensación de tranquilidad era algo que no solía experimentar muy a menudo. El mercado se iba llenando poco a poco, aunque aún no había demasiado gente. Todavía tenían alguna que otra hora para pasear tranquilos antes de que la aglomeración de gente que solía visitar el mercadillo empezase a llegar. El sol de invierno iluminaba suavemente la plaza, y los sonidos del mercado quedaban como un murmullo de fondo que hacía incluso más agradable la charla.

La pregunta de Asradi le tomó por sorpresa. Su pasado no era algo de lo que hablara a menudo, pero al ver la sinceridad en sus ojos, supo que podía confiar en ella. Y cómo no. Después de lo que le había contado, no podía negarle ninguna historia. Su pasado, pese a no ser muy alegre, no tenía ni punto de comparación con la historia que la pobre sirena había vivido.

—No es una historia bonita, pero si quieres escucharla, puedo contártela —empezó, con un tono algo más grave de lo habitual —. Crecí en la Isla Gyojin, pero no tengo recuerdos de mis padres. No sé quiénes eran ni por qué no estuvieron conmigo. Desde pequeño tuve que buscarme la vida, y no fue fácil. Ya sabes, dicen que los niños son muy inocentes, pero a mi me tocó lidiar con unos... Cabroncetes, podríamos decir.

Hizo una pausa, recordando los días duros de su infancia.

—La mayoría del tiempo me peleaba con otros por un trozo de pan o un sitio donde dormir. Me llamaban problemático, y supongo que tenían razón. Siempre estaba metido en líos porque no sabía otra forma de sobrevivir —Suspiró, con la mirada perdida por un momento —. Eso fue hasta que un grupo de piratas atacó la isla. No sé si tenía ocho u once años. Perdimos a muchos de los nuestros... Fue entonces cuando decidí irme, buscar algo mejor fuera de allí. No podía quedarme y seguir siendo ese tipo al que todos miraban con desprecio. Pasé por muchas fases... La de odiar a los humanos, luego a la gente en general, después empecé a comprender que en todas las razas hay distintos tipos de seres, luego empecé a guiarme por mis primeras impresiones... Y así hasta ahora.

Mientras hablaba, sin darse cuenta iba acariciando suavemente la mano de Asradi, algo que hacía que se sintiese más reconfortado. Su gesto le ayudaba a continuar y lo hacía prácticamente por inercia.

—Desde entonces, he estado en muchas islas. He visto cosas buenas y cosas malas, conocido gente que me ha enseñado algo y otra que solo quería hacerme daño. Pero, de algún modo, todo eso me ha llevado hasta aquí, a este momento contigo. Y aunque no cambiaría nada de lo que soy ahora, a veces me pregunto…

Se giró hacia ella, con una mirada sincera y un poco melancólica.

—¿Crees que todo lo que nos pasa de pequeños nos marca tanto como parece? —preguntó, buscando respuestas en ella —Si hubiéramos nacido en otra familia o en otra raza, ¿habríamos sido distintos? ¿Más felices, quizá?

El silencio se hizo por un momento, interrumpido solo por el lejano bullicio del mercado. Octojin no esperaba respuestas concretas, pero hablar con Asradi le daba algo de paz.

—Aunque... —añadió después, sonriendo ligeramente— supongo que si algo hubiese sido diferente, quizás no estaríamos aquí ahora. Y eso sí que no querría cambiarlo por nada del mundo.

Le dio un suave apretón en la mano y la miró con ternura, esperando sus palabras y reflexiones, o de lo contrario empezaría a volverse loco dándole vueltas al mismo problema de siempre. El de pensar en qué hubiera podido ser pero, sin embargo, no terminó por ocurrir.
#32
Asradi
Völva
Quizás se había precipitado con la pregunta, quizás estaba siendo demasiado confiada al respecto y metiéndose donde no le llamaban. Pero sí tenía mucha curiosidad y muchas ganas de escucharle, de saber más de él. Por eso, tras la pregunta, Asradi se mantuvo en total y completo silencio, esperando a la decisión de Octojin. Fuese cual fuese, la iba a respetar sin más. Sus manos, mientras, permanecían unidas, y ella parecía también entretenida acariciándole los dedos palmeados. Solo cuando él empezó a hablar, fue que la sirena le prestó total y completa atención, apartando su mente distraída por eses segundos en los que él se abría ante ella. A medida que el relato se iba sucediendo y los sentimientos del gyojin iban también saliendo a la luz, la mirada aculada de la pelinegra se iba tornando más seria, más comprensiva también. Ella no se había visto, por fortuna, en la situación de él cuando era niña. Sí era cierto que había sufrido ese suceso con aquel Dragón Celestial, pero hasta ahí, su infancia y su preadolescencia habían sido alegres y tranquilas, dentro de lo que cabía. Había sido feliz, por lo que guardaba buenos recuerdos de ese tiempo, de eses años.

No todos los niños, por desgracia, son tan inocentes como pensamos. Realmente no es su culpa, sino que se ven influenciados, generalmente, por sus familia o por los ejemplos que tengan a su alrededor. Y no siempre son buenos... — Asradi suspiró de manera suave cuando Octojin mencionó a eses “cabroncetes”.

A veces, realmente, los niños podían ser muy crueles, se diesen de cuenta o no. Y si no había adultos para redirigirles, la cosa generalmente siempre iba a peor y terminaba escalando a medida que los años fuesen pasando. Tras ese comentario, continuó escuchando. Incluso algunas muecas de comprensión, o de pequeño enfado severo, se iban evidenciando en el rostro de la sirena a medida que Octojin continuaba con su relato. Lo dura que había sido su infancia, teniendo que sobrevivir él solo, sin el calor o el apoyo de unos padres o de una familia. Eso hizo que también notase como las manos de él acariciaban y buscaban las suyas propias, quizás a modo de consuelo o de una manera de distracción para ello. Asradi le concedió no solo eso, sino que le devolvió el gesto. Incluso se sentó un poquito más hacia él en calidad de cercanía, de que estaba ahí y le iba a apoyar en todo lo que sucediese.

Por desgracia, no podemos elegir el rumbo de ciertos sucesos de la vida. Pero sí podemos aprender y elegir los senderos y los trayectos que nos lleven a mejorar al respecto. — Un suspiro se escapó de entre los sonrosados labios de la sirena. — Entiendo que tanto tú, como muchos otros, tengáis o tuvieseis, reticencia e incluso odio hacia los humanos. Sé perfectamente lo que son capaces de hacer.

Ella lo había sufrido en carne propia, y no dudaba que, a pesar de todo, si algo sucedía, se pudiese volver a repetir la misma historia, por desgracia.

Pero por desgracia el odio está incluso entre los nuestros. Irónicamente, eso es algo que también compartimos con los humanos. El de dañar a nuestros semejantes. — Por fortuna, no todos eran así. — Pero por suerte, hay gente distinta, en ambos mundos. Gente que sí quiere esa conciliación o, simplemente, vivir en paz. Y tú has sabido continuar adelante y has dejado ese odio atrás, aunque a veces sí entiendo esa reticencia en ocasiones. Yo también la he tenido y a veces aún la tengo, aunque intente no meter a todos en el mismo saco.

Confesó, no con vergüenza, pero sí con un tono sincero y suave.

No sé si todo, Octo. Pero algo sí siempre marca, para bien o para mal. Lo importante de eso es que sepamos gestionarlo y no caer en los mismos errores. Que nos hayan hecho ciertas cosas, no nos da derecho a hacérselas a los demás. — Comentó al aire, mientras continuaba acariciando cálidamente la mano del gyojin tiburón.

Una sonrisa suave y comprensiva fue la que, nuevamente, apareció en el rostro de la pelinegra.

Eso creo que no lo sabremos nunca. Y no vale la pena darle demasiadas vueltas al respecto. — Explicó con franqueza, con la forma en la que ella pensaba. — Puede que sí hubiésemos sido más felices, o puede que no. Incluso puede que estuviésemos igual que ahora. Es algo que se va a quedar sin una respuesta concreta. Pero creo que hemos sabido superar, al menos hasta ahora, todas las piedras que se nos han puesto en el camino y seguimos aquí.

Le sonrió ahora con un toque dulce incluso.

Eso sí es lo importante, lo que hemos aprendido hasta ahora con todo lo que nos ha pasado y lo que queremos transmitirle a las generaciones futuras al respecto. No me arrepiento de ser quien soy, o de lo que soy. — Por el contrario, se mostraba muy orgullosa de su raza. — Eso me ha servido, también, para conocerte. Y ya solo por eso, todo ha valido la pena.

Fue un sonrojo suave el que cruzó por su rostro cuando confesó tal hecho, de manera tan directa. Pero era verdad, era lo que realmente sentía.

El pasado no nos define, pero es parte de nosotros al fin y al cabo. Lo importante, ahora, es el presente y el futuro que nos espera. — Asintió.
#33
Octojin
El terror blanco
Octojin escuchaba atentamente las palabras de Asradi, sintiendo una mezcla de emociones que revoloteaban en su pecho. Las caricias de la sirena sobre su mano lo tranquilizaban y le daban el valor para abrirse más, algo que no le resultaba sencillo con ella. Mucho más que con cualquier otra persona. Alzó la mirada y sonrió ligeramente, admirado por la profundidad de sus palabras.

—Da gusto hablar contigo, Asradi —Su voz era sincera, casi emocionada —. Sabes escuchar y dar tu opinión de una forma que me hace sentir… bien. Es como si, por primera vez, tuviera a alguien con quien puedo compartir todo esto sin sentirme juzgado. De verdad, gracias por eso.

El tiburón reflexionó unos segundos, dejando que el silencio entre ambos hablara. Luego, mientras miraba al cielo, su mente se trasladó a Skjoldheim, la tierra que Asradi había descrito con tanto cariño. Imaginaba las cosas que había mencionado. Desde sus aguas frías a los fiordos serpenteantes y esa sensación de libertad que parecía impregnar cada rincón de aquel lugar que únicamente podía imaginarse a raíz de la información que había recibido. No pudo evitar esbozar una sonrisa si compartía todos esos momentos con ella. ¿Le llevaría de excursión como él mismo había hecho en Loguetown? Estaba ansioso porque el momento llegase, la verdad. Aunque primero debían continuar su aventura en Loguetown.

—Espero que podamos ir algún día a Skjoldheim juntos. Suena como un sitio increíble. He oído historias sobre nobles guerreros de esas tierras, sus tradiciones y sus hazañas… Me encantaría ver eso con mis propios ojos. Y qué mejor que ir contigo. Siendo tu ciudad natal, debes conocértela muy bien. ¿Crees que habrá cambiado mucho en estos años?

Bajó la mirada hacia la sirena, encontrándola tan atenta y comprensiva como siempre. El pasado de ambos era complejo, marcado por cicatrices que, aunque sanadas, seguían recordándoles sus luchas. Octojin decidió abrirse aún más, invitándola a explorar otra parte de su vida.

—Tal vez, cuando el momento sea el adecuado, también puedas venir conmigo a la Isla Gyojin. No sé si sigue siendo como la recuerdo, pero es mi hogar, con todo lo bueno y malo que eso implica —Sus palabras salieron con un deje de melancolía. —. Es un sitio lleno de recuerdos… unos que me ayudaron a ser quien soy hoy, aunque no siempre fueran felices.

El tiburón hizo una pausa, dejando que sus pensamientos vagaran hacia los días en que la isla era su refugio y su prisión. ¿Habría cambiado mucho? ¿La gente allí seguía luchando por sobrevivir como él lo hacía en su niñez? Se sentía abrumado por la incertidumbre.

—A veces me pregunto si todo sigue igual o si ha cambiado tanto que ya no la reconocería. Pero supongo que eso es parte de crecer, ¿no? Aprender a aceptar que las cosas no permanecen como las dejamos. —Sacudió la cabeza suavemente, como para despejar esos pensamientos, y volvió a centrarse en el presente.

Cuando Asradi habló con tanta franqueza sobre sus propias reflexiones, Octojin no pudo evitar sentirse conmovido. Su fortaleza y perspectiva lo inspiraban. Acarició su mano suavemente, disfrutando del contacto cálido que compartían. Ese contacto que tanto tiempo había añorado y que ahora tenía tan cerca. Lo disfrutó cada segundo y esa sonrisa tonta que se le había puesto en el rostro lo evidenciaba.

—Tienes razón, el pasado no nos define, aunque sea parte de nosotros. Es verdad que es una parte importante de nosotros, tanto que puede moldear nuestro carácter o forma de ser. Y el hecho de que podamos hablar así, compartirlo… eso ya lo hace más llevadero —Sonrió, sincero —. Y sí, conocerte a ti hace que todo lo vivido haya valido la pena. Incluso todo lo que venga después, merecerá también la pena.

El sonrojo ante su confesión no pasó desapercibido, y el tiburón no pudo evitar devolverle una mirada cálida y agradecida.

—Creo que tienes un don, Asradi. Siempre sabes decir lo justo para calmarme y hacerme sentir que todo estará bien —Se inclinó un poco hacia ella, su frente casi rozando la suya —. Y sospecho que no es solo conmigo, que es con todo el mundo. Por eso eres tan especial. Gracias por ser como eres.

El tiburón se relajó, disfrutando del momento y pensando en cómo su vida había cambiado desde que la conoció. El pasado podía ser oscuro, pero momentos como este iluminaban su camino hacia adelante.
#34
Asradi
Völva
¿Volvería ella alguna vez a Skjoldheim? Asradi no lo tenía claro, tal y como estaban las cosas. Pero tampoco quería perder las esperanzas en su totalidad. Siempre se preguntaba como estarían los demás, ¿su abuela seguiría bien? ¿Y su madre? Una sonrisa suave se dibujó en los labios de la joven sirena mientras pensaba en ello, allí sentada en aquella banca en medio de Loguetown y con Octojin a su lado. Al mirar al susodicho, de reojo, y todavía metida en tales pensamientos no podía evitar emocionarse un poco. ¿Lo aceptarían? Sí, seguro que sí. En todo caso, ella le había elegido, así que era decisión enteramente suya. Octojin no solo era un buen guerrero, algo que en su clan era muy bien visto, sino que también era buena persona. Eso era lo más importante para la pelinegra.

Solo he estado, quizás un par de veces, en isla Gyojin y de pasada. — No había ahondado demasiado tampoco en el lugar. — Pero ya hace unos años, no creo que nos hubiésemos encontrado. — O no lo recordaba, al menos.

Eso la mantuvo pensativa, intentando acordarse, un poco más. Aunque pronto negó con la cabeza de manera sutil. Tampoco le iba a dar más vueltas al asunto. Fuese como fuese, le dió una palmadita un tanto juguetona a Octojin en el muslo.

No importa si Skjoldheim o la Isla Gyojin han cambiado, siempre y cuando sea para bien. — Comentó, más risueña de lo habitual. Ese era el poder que el gyojin tiburón tenía en ella. Darle unos momentos de paz y tranquilidad que, en otras ocasiones no tenía. — Siempre podemos volver a redescubrir juntos eses lugares.

Lo que no habian conocido o lo nuevo que pudiese haber aparecido, tanto en un lugar como en el otro. A medida que el tiempo pasaba, la gente iba yendo y viniendo por el mercado, cada vez en menor medida yéndose hacia sus casas o hacia otros puntos de la ciudad. El haber conocido donde Octojin trabajaba también le hacía sentirse especial, el hecho de que él confiase en ella para eso e incluso se arriesgase a meterla dentro de su propio despacho. Por fortuna, no la habían descubierto, o eso era lo que creía.

Cuando él le halagó de aquella manera e, inclusive, se agachó lo suficiente como para que sus frentes se rozasen, una suave sonrisa y una risa de la misma índole se le escapó de entre los labios a la sirena norteña.

Me ves con demasiados buenos ojos. No tengo un buen carácter siempre, Octo. — Le confesó, con un pequeño aire travieso. Era verdad, por mucho que pudiese parecer tranquila y comedida, de buenas a primeras.

Siempre había tenido un carácter fuerte que le había granjeado más de un problema. De hecho, la mayoría de las cicatrices de su espalda, sin contar la marca del Dragón Celestial, había sido porque no había sabido callarse, al principio, con respecto a ese sujeto.

Eso a veces me granjea más de un problema, aunque con los años he aprendido a morderme un poco la lengua. — Solo un poco, porque no solía tolerar cosas que ella consideraba como injustas o que, simplemente, no le gustaban.

No quería verse cohibida nuevamente por su forma de pensar o de ser. Y ahora que volvía a tener esa libertad al respecto, era algo que iba a continuar manteniendo, gustase o no. Siempre, claro, con un poco de más comedimiento dependiendo de las circunstancias.

Tras unos pocos minutos, Asradi se desperezó, notando que llevaban allí sentados ya un buen rato. Era agradable cuando el tiempo se le pasaba de esa manera.

¿Ya has terminado tu trabajo por hoy? Espero no haberte interrumpido. — Aunque, a decir verdad, ganaba más el sentimiento de verle que el de culpabilidad por haberle retrasado en algo. Miró unos instantes al cielo. — Y debería buscar una taberna donde quedarme. — Eso o ir a mirar si la cueva donde se había guarecido en las horas anteriores todavía seguía disponible y sin moros en la costa, como quien decía.

Airgid y los demás todavía tardarían uno o dos días más en llegar, probablemente, y si los vientos y las corrientes marinas eran propicias. Y si no se entretenían por el camino, por supuesto. Pensar en eso le hizo sonreír ligera y nuevamente, esta vez con algo de traviesa diversión.

Quizás todavía tengan alguna habitación disponible en donde hemos comido. Porque no me voy a colar en tu habitación del cuartel por la noche. — Le miró de reojo. — ¿O sí?

Lo decía en broma, o al menos esa era su intención. Pero siempre era divertido picar un poco al escualo con ese tema.
#35
Octojin
El terror blanco
El tiburón escuchó las palabras de Asradi mientras observaba cómo el cielo sobre Loguetown comenzaba a teñirse de tonos cálidos por el atardecer. La reflexión de la sirena sobre los cambios de los lugares que ambos atesoraban le dejó pensativo. Tenía razón: lo importante no era si habían cambiado, sino cómo se adaptaban ellos a esos cambios.

—Tienes razón, Asradi, hay que redescubrir los lugares con los ojos de quienes somos ahora, no de quienes fuimos —Su voz salió con un tono sereno y pensativo—. A veces, el pasado parece anclarnos a un sitio, pero con alguien como tú, me resulta más fácil imaginar un futuro diferente. Uno en el que cada isla sea única a pesar de haberla visto ya. Porque al final las islas son las mismas para todos, pero generan distintas sensaciones en cada uno.

Su sonrisa se ensanchó mientras miraba a la sirena, quien le daba una pequeña palmada juguetona en el muslo, y ese simple gesto bastó para aliviar cualquier tensión en su interior. Qué fácil era la vida con ella a su lado. ¿Cómo podía ser que un simple gesto le aliviase?

Cuando Asradi le preguntó si había terminado su trabajo, Octojin asintió con una pequeña risa.

—Sí, ya he terminado por hoy —Era mentira, pero no le importaba. Podría quedarse más horas otro día si era necesario. Lo importante era aprovechar ese tiempo con ella—. Los barcos pueden esperar, y los malhechores también, pero tú no estarás aquí siempre. Este momento vale más.

El gyojin se sacudió un poco el pantalón, tenía una especie de mancha que pronto se fue. Quizá de la comida anterior. Asradi mencionó que necesitaba buscar una taberna para pasar la noche, y Octojin rió con fuerza ante la broma de colarse en su habitación del cuartel.

—¡Ah, claro! Los calabozos del cuartel son de lo más cálidos, aunque dudo que te guste la compañía de los demás inquilinos. No suelen ser muy aseados y quizá son un poco violentos —El escualo soltó una carcajada antes de continuar con tono más tranquilo—. Pero si buscas un lugar cómodo, la posada cerca de donde comimos es buena opción. Tienen habitaciones agradables y está cerca del mercado.

Hizo una pausa, recordando la posada donde se vieron por primera vez. Aquella no era una mala opción tampoco.

—Aunque, si prefieres algo más económico, podrías ir a esa donde nos conocimos. El portero era un personaje, pero al menos tienen camas decentes —Su tono adquirió un matiz divertido mientras recordaba aquel peculiar primer encuentro.

Pese a las opciones ofrecidas, Octojin no pudo evitar sentir una punzada de tristeza. Sabía que no podía ofrecerle más ayuda por ahora, al menos no de la manera que él quisiera. Colarse en la base marina desde luego no era una opción, ya que si la descubrían la capturarían y él tendría que dar explicaciones. Pero una pequeña parte de él le instaba a hacerlo. Como si lo demás no importase. Solo el pasar la noche juntos.

—Lamento no poder hacer más por ti, Asradi. Quisiera darte un lugar mejor, algo más seguro... Pero por ahora esto es lo mejor que puedo ofrecer —Su voz adquirió un tono melancólico, pero enseguida lo disimuló con una sonrisa—. Aunque si eliges la posada, me aseguraré de que tengas la mejor habitación.

Mientras hablaba, el gyojin observó a la sirena desperezarse y mirar el cielo. La paz que sentía a su lado le era reconfortante, casi como si el bullicio de Loguetown se desvaneciera a su alrededor. Aquello era lo que se sentía cuando amabas a alguien. Cuando nada te importaba más que esa otra persona. Por unos momentos, el mundo era solo de ellos dos, y no importaba nada más. Solo el uno y el otro.

—¿Sabes? A veces pienso en lo sencillo que sería si no tuviéramos que preocuparnos por facciones, deberes o conflictos. Solo viajar juntos, descubrir islas como Skjoldheim o la Isla Gyojin —Se permitió fantasear con esa posibilidad antes de reír suavemente—. Pero bueno, por ahora tendremos que conformarnos con este atardecer en Loguetown, que tampoco está nada mal. Y oye, si decides colarte en mi habitación, no olvides llevar una llave de repuesto. Te estaré esperando...

Guiñándole un ojo, Octojin se levantó del banco y extendió su mano hacia ella, listo para acompañarla a buscar un lugar donde quedarse. En ella quedaba el decidir si quería ir a una posada o a otra. O incluso si realmente hablaba en serio en lo de colarse en la base.
#36
Asradi
Völva
Una sonrisa, acompañado de una melódica risa, se dibujó en los labios de la pelinegra cuando Octojin le ofreció, o sugirió, los calabozos con la característica compañía que solía haber en el interior de eses sitios. Fue una mirada animada, casi retadora, la que le dirigió al escualo al respecto. Incluso pareciese que había “hinchado” el pecho en un gesto de orgullo, para parecer más alta también, aunque eso era imposible y menos que se intentase comparar, en ese sentido, con Octojin.

¿Quieres apostar? A lo mejor los ponía yo más firmes que todos los marines juntos. — Bromeó al respecto. Tenía un carácter terrible cuando se lo proponía. Al fin y al cabo, había tenido que lidiar y aguantar a un Dragón Celestial, aunque eso había supuesto un trauma para ella. Pero antes de eso, siempre había sacado a relucir, y tenía, un fuerte carácter norteño.

Asradi provenía de aguas duras y de un clan más duro todavía en el sentido de normas y tradiciones. Aún así, la otra propuesta le pareció mucho mejor, hasta el punto que asintió pensativa. También estaba la opción de buscar otra posada más barata, pero... Tenía suficiente dinero. Era lo que sucedía cuando echabas a patadas a una monarquía y le saqueabas la sala del tesoro. Pero claro, eso Octojin no tenía porqué saberlo. También le daría para darse una buena comilona y comprar alguna cosilla en la ciudad en lo que iba haciendo tiempo. Pensar en eso le hizo sonreír para sí misma, con un aire de traviesa diversión.

Al menos, hasta que ese gesto se borró cuando escuchó la disculpa del gyojin. Asradi enarcó una ceja, y luego apoyó una mano en la contraria, comprensiva.

Escúchame. — Era una mezcla de petición y “regaño”, mirándole. — No tienes porqué pedir disculpas. No soy realmente tu responsabilidad. Lo que yo haga es solo responsabilidad mía. — Se refería, sobre todo, a lo que había sucedido con los revolucionarios y el desmadre en Oykot. Se había metido de cabeza, como quien dice, en todo aquel tinglado porque no soportaba la injusticia que estaba sucediendo en ese lugar.

Le dió un par de palmadas en la mano, tranquilizadoras.

Así que no te preocupes. Ahora bien, espero que las habitaciones de esa posada sean tan buenas como dices, o te acordarás de mi. — Le guiñó un ojo, ahora intentando destensar un poco la situación y que él no volviese a caer en eses pensamientos melancólicos.

Ahora bien, la siguiente reflexión del gyojin también le hizo pensar, y se puso en pie para acompañarle cuando él hizo lo mismo. Todavía las palabras de Octojin bailaban en su cabeza, haciendo que asintiese lentamente, como si aún estuviese asimilando varias cosas.

Te voy a ser sincera. — Comenzó a decir tras haber tomado la mano del escualo, cuando éste se la había ofrecido, y emprendió la caminata con él, a su lado. — Sería muy fácil dejar todas esas facciones de lado e irnos por nuestra cuenta. Es la única forma, más rápida actualmente, que tenemos de estar juntos como tal. — Su voz era reflexiva en estes momentos mirando hacia el frente. Aunque miraba hacia el camino, en realidad su mente parecía estar en otros lugares.

Pero era verdad, eso era la forma más rápida y fácil que tenían ahora mismo.

Pero los dos no queremos eso. Si hemos elegido una facción determinada cada uno, es precisamente por un motivo de peso. — Al menos ella quería creerlo así. — Quizás no podamos hacer mucho, pero si, al fin y al cabo, nadie hace nada, no habrá manera de cambiar las cosas. Sobre todo para los de nuestra especie.

Eso era lo que más le pesaba. Aún así, acto seguido miró de reojo al grandullón y esbozó una sonrisa suave de medio lado.

Pero, por el momento, disfrutemos como has dicho. No he visto el atardecer en Loguetown, así que quizás es un buen momento para regalarnos la vista con ello. — Añadió.

Este tema ha sido cerrado.

#37
Tema cerrado 


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