
Arthur Soriz
Gramps
10-01-2025, 05:50 AM
(Última modificación: 10-01-2025, 05:52 AM por Arthur Soriz.)
La Diablos te guía con pasos ligeros y seguros a través de un corredor que se va estrechando. La luz de las antorchas se va apagando detrás de ustedes hasta que llegan a una sala más pequeña resguardada de las miradas ajenas. Las paredes hechas de piedra antigua parecen absorber el sonido, dándote la sensación de que al menos aquí no serán escuchados por los demás. La joven lagarto te observa con una sonrisa tenue pero no burlona. Hay algo en sus ojos, como si cada paso que has dado hasta aquí hubiera sido planeado de antemano.
Se sienta en una plataforma de piedra, ofreciéndote un asiento con un gesto de la mano. La bandeja de carne cruda descansa entre ambos, el aroma metálico llenando el aire mientras su mirada se encuentra con la tuya.
— Llevamos más de dos décadas aquí en Loguetown —comienza, su voz es suave, tranquila—. Nos hemos ocultado... es cierto, pero no por miedo. Hemos esperado el momento adecuado para salir a la luz, para mostrarle al mundo lo que realmente somos.
Hace una pausa, sus dedos rozan un trozo de la carne en la bandeja, pero no lo levanta aún. Su mirada sigue clavada en ti, evaluando tu reacción, buscando quizás algún signo de comprensión o aceptación.
— Queremos un futuro en el que nadie deba ocultarse. Nuestra sangre, nuestra naturaleza, no debe ser motivo de vergüenza. Padre Heracles nos enseñó eso. Él cree que nuestra existencia es un regalo, un recordatorio de la fuerza y el poder que llevamos dentro.
Sus palabras son medidas, casi seductoras en su sinceridad. Hay un fervor en su voz cuando menciona a Heracles, como si estuviera hablando de una deidad en lugar de un líder.
— La leyenda de las mariposas doradas —prosigue— es el núcleo de nuestra fe. Dicen que cada quinientos años estas mariposas aparecen anunciando una gran calamidad. Pero también son un símbolo de cambio inevitable. Padre Heracles cree que la calamidad es nuestra oportunidad. Su plan es transformar esa calamidad en un renacimiento para nosotros, para todos los que llevamos esta bendición en las venas. Quiere asegurarse de que cuando llegue ese momento estemos preparados para tomar nuestro lugar en el nuevo mundo.
Sus palabras fluyen con una seguridad inquietante, como si cada frase estuviera cargada de una verdad que ha repetido muchas veces, no solo para convencerte a ti sino para reforzar su propia convicción.
— Las ofrendas que hemos hecho... —dice dejando la frase en el aire por un momento—. Han sido necesarias. Y han funcionado. Tú eres la prueba de ello. Has llegado a nosotros, tal como estaba previsto.
Toma un trozo de carne y con una gracia voraz se lo lleva a la boca. Mastica con un deleite casi animal, la sangre resbalando por sus labios antes de que se los lama con una gula meticulosa. El contraste entre su apariencia pulcra y su voraz acción es chocante, pero no puedes apartar la vista. Hay algo hipnótico en la forma en que combina brutalidad y refinamiento.
— De hecho... tenemos planeada otra ofrenda esta noche, así que llegaste justo a tiempo —dice después de tragar. Su voz más baja, más íntima—. Pero sé que primero quieres que responda tus preguntas... estoy aquí para responderlas todas. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Se recuesta ligeramente hacia atrás, su mirada fija en ti esperando. Hay calma en su postura, una paciencia que contradice el hambre que mostró hace un momento. Su atención está fija únicamente en ti, como si nada más en este mundo importara que aclarar tus dudas, darte la bienvenida y hacerte sentir cómodo en el proceso.
Se sienta en una plataforma de piedra, ofreciéndote un asiento con un gesto de la mano. La bandeja de carne cruda descansa entre ambos, el aroma metálico llenando el aire mientras su mirada se encuentra con la tuya.
— Llevamos más de dos décadas aquí en Loguetown —comienza, su voz es suave, tranquila—. Nos hemos ocultado... es cierto, pero no por miedo. Hemos esperado el momento adecuado para salir a la luz, para mostrarle al mundo lo que realmente somos.
Hace una pausa, sus dedos rozan un trozo de la carne en la bandeja, pero no lo levanta aún. Su mirada sigue clavada en ti, evaluando tu reacción, buscando quizás algún signo de comprensión o aceptación.
— Queremos un futuro en el que nadie deba ocultarse. Nuestra sangre, nuestra naturaleza, no debe ser motivo de vergüenza. Padre Heracles nos enseñó eso. Él cree que nuestra existencia es un regalo, un recordatorio de la fuerza y el poder que llevamos dentro.
Sus palabras son medidas, casi seductoras en su sinceridad. Hay un fervor en su voz cuando menciona a Heracles, como si estuviera hablando de una deidad en lugar de un líder.
— La leyenda de las mariposas doradas —prosigue— es el núcleo de nuestra fe. Dicen que cada quinientos años estas mariposas aparecen anunciando una gran calamidad. Pero también son un símbolo de cambio inevitable. Padre Heracles cree que la calamidad es nuestra oportunidad. Su plan es transformar esa calamidad en un renacimiento para nosotros, para todos los que llevamos esta bendición en las venas. Quiere asegurarse de que cuando llegue ese momento estemos preparados para tomar nuestro lugar en el nuevo mundo.
Sus palabras fluyen con una seguridad inquietante, como si cada frase estuviera cargada de una verdad que ha repetido muchas veces, no solo para convencerte a ti sino para reforzar su propia convicción.
— Las ofrendas que hemos hecho... —dice dejando la frase en el aire por un momento—. Han sido necesarias. Y han funcionado. Tú eres la prueba de ello. Has llegado a nosotros, tal como estaba previsto.
Toma un trozo de carne y con una gracia voraz se lo lleva a la boca. Mastica con un deleite casi animal, la sangre resbalando por sus labios antes de que se los lama con una gula meticulosa. El contraste entre su apariencia pulcra y su voraz acción es chocante, pero no puedes apartar la vista. Hay algo hipnótico en la forma en que combina brutalidad y refinamiento.
— De hecho... tenemos planeada otra ofrenda esta noche, así que llegaste justo a tiempo —dice después de tragar. Su voz más baja, más íntima—. Pero sé que primero quieres que responda tus preguntas... estoy aquí para responderlas todas. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Se recuesta ligeramente hacia atrás, su mirada fija en ti esperando. Hay calma en su postura, una paciencia que contradice el hambre que mostró hace un momento. Su atención está fija únicamente en ti, como si nada más en este mundo importara que aclarar tus dudas, darte la bienvenida y hacerte sentir cómodo en el proceso.