
Arthur Soriz
Gramps
16-01-2025, 08:16 PM
Todos observaban claramente cómo con satisfacción y arrogancia detenías sin esfuerzo cada uno de los ataques que Hefesto lanzaba. Los golpes de Hefesto, antes considerados imparables por la gran mayoría de la familia ahora parecían poco más que un intento desesperado de aferrarse a un poder que se deslizaba entre sus dedos. Los pocos Diablos que habían permanecido a su lado observaban la confrontación con un nerviosismo creciente, comenzando a intercambiar miradas entre ellos. El eco de cada fracaso de Hefesto reverberaba en sus corazones, disminuyendo en cada choque su confianza en él.
Lo que al principio pensaron era una victoria asegurada, una reafirmación de la fortaleza de Hefesto como heredero legítimo al 'trono' comenzaba a desmoronarse frente a tu incuestionable superioridad. La imagen de Hefesto como protector de la familia se resquebrajaba y con cada bloqueo impecable, con cada paso firme que dabas, la fe que tenían en su hermano mayor se desvanecía... sintiéndose que sin lugar a dudas estaban parados en el lado de los perdedores.
El orgullo de Hefesto, normalmente un baluarte de su personalidad, lo llevó a intentar erguirse una vez más, buscando quizás en las palabras el poder que sus puños no habían podido proporcionar. Sus labios se separaron para iniciar un monólogo que podría haber sido su última declaración de lealtad y deber, una defensa desesperada de su lugar en la familia buscando convencer a los demás de que estaban equivocados y que tenían que apoyarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra un frío y punzante dolor en su espalda lo atravesó y dejó sin voz.
La sorpresa lo paralizó. Una tras otra sintió las puñaladas de aquellos que hasta ese momento consideraba sus aliados más leales. El acero de los puñales se hundía en su carne, cada puñalada una traición tangible y dolorosa, el abandono que ahora lo comenzaba a invadir y la cruda realidad de la situación. Los ojos de Hefesto se abrieron con incredulidad mientras su cuerpo se debilitaba, su fuerza escapando con cada puñal que se enterraba en su espalda. Intentó girar, enfrentar a sus agresores pero sus piernas flaquearon y se desplomó de rodillas.
El silencio en la sala fue absoluto roto solamente por el jadeo entrecortado de Hefesto y el tenue sonido del goteo de su sangre en el suelo. Su mirada cargada de dolor y asombro permaneció fija en ti, Ares. Apenas capaz de mantenerse consciente luchó por reunir las últimas fuerzas que le quedaban.
— Podrán creer... —murmuró, entrecortado por el mareo que ahora se apoderaba de él— que son libres, que pueden traicionar a nuestro padre... —la sangre se acumulaba en la comisura de sus labios, tosiendo grandes cantidades de esta pero se obligó a continuar—. A quien tendrán que pedirle perdón es a él, no a mi... Hagan conmigo lo que quieran, el final seguirá siendo el mismo. Él los creó... él los matará.
Las palabras resonaron en la sala cargadas de una certeza que parecía desafiar incluso la inevitable sombra de la muerte que se cernía sobre él. Hefesto, pese a la traición, pese al dolor y la derrota se mantenía fiel a sus creencias, a su lealtad a Heracles... hasta su último aliento.
Lo que al principio pensaron era una victoria asegurada, una reafirmación de la fortaleza de Hefesto como heredero legítimo al 'trono' comenzaba a desmoronarse frente a tu incuestionable superioridad. La imagen de Hefesto como protector de la familia se resquebrajaba y con cada bloqueo impecable, con cada paso firme que dabas, la fe que tenían en su hermano mayor se desvanecía... sintiéndose que sin lugar a dudas estaban parados en el lado de los perdedores.
El orgullo de Hefesto, normalmente un baluarte de su personalidad, lo llevó a intentar erguirse una vez más, buscando quizás en las palabras el poder que sus puños no habían podido proporcionar. Sus labios se separaron para iniciar un monólogo que podría haber sido su última declaración de lealtad y deber, una defensa desesperada de su lugar en la familia buscando convencer a los demás de que estaban equivocados y que tenían que apoyarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra un frío y punzante dolor en su espalda lo atravesó y dejó sin voz.
La sorpresa lo paralizó. Una tras otra sintió las puñaladas de aquellos que hasta ese momento consideraba sus aliados más leales. El acero de los puñales se hundía en su carne, cada puñalada una traición tangible y dolorosa, el abandono que ahora lo comenzaba a invadir y la cruda realidad de la situación. Los ojos de Hefesto se abrieron con incredulidad mientras su cuerpo se debilitaba, su fuerza escapando con cada puñal que se enterraba en su espalda. Intentó girar, enfrentar a sus agresores pero sus piernas flaquearon y se desplomó de rodillas.
El silencio en la sala fue absoluto roto solamente por el jadeo entrecortado de Hefesto y el tenue sonido del goteo de su sangre en el suelo. Su mirada cargada de dolor y asombro permaneció fija en ti, Ares. Apenas capaz de mantenerse consciente luchó por reunir las últimas fuerzas que le quedaban.
— Podrán creer... —murmuró, entrecortado por el mareo que ahora se apoderaba de él— que son libres, que pueden traicionar a nuestro padre... —la sangre se acumulaba en la comisura de sus labios, tosiendo grandes cantidades de esta pero se obligó a continuar—. A quien tendrán que pedirle perdón es a él, no a mi... Hagan conmigo lo que quieran, el final seguirá siendo el mismo. Él los creó... él los matará.
Las palabras resonaron en la sala cargadas de una certeza que parecía desafiar incluso la inevitable sombra de la muerte que se cernía sobre él. Hefesto, pese a la traición, pese al dolor y la derrota se mantenía fiel a sus creencias, a su lealtad a Heracles... hasta su último aliento.