
Victarion Nightwing
Dr Nightwing
03-02-2025, 11:48 AM
Invierno — Año 720.
Aunque en sus manos llevaba el símbolo que le recordaba cada día lo que era, la verdad era que Victarion gozaba de una realidad totalmente diferente a la del resto de los esclavos en la mansión de aquel Tenryūbito que, por capricho de su hija, había decidido comprarlo en una subasta por una cuantiosa cantidad de berries. A pesar de las libertades que ella le otorgaba, no era más que un juguete para ella, alguien que debía cumplir sus órdenes cuando lo quisiera, por más que estas fueran en contra de su voluntad. Sin embargo, Victarion sabía que el destino había sido amable con él. No era maltratado como muchos otros esclavos allí, al menos no por Victoria, la hija del señor de la mansión, quien sí parecía disfrutar de la violencia y el poder que conllevaba su título de noble mundial sobre los demás. No estaba encadenado y podía vagar por los pasillos y salones, siempre y cuando no fuera visto por el mandamás o sus guardias.
Aquel día, los gritos y golpes provenientes de una habitación adyacente rompieron la calma del lugar. Durante varias horas, aquel hombre descargó con desdén toda su furia. Victarion solo podía imaginar los horrores que estaba sufriendo la víctima de sus acciones. Pero no pudo hacer nada. Se encontraba completamente congelado, aterrorizado, a pesar de que su cuerpo intentaba moverse para intervenir. No era para menos, el más mínimo error podía costarle la vida, y lo sabía. En aquel lugar, incluso las buenas acciones eran castigadas de la manera más cruel posible. Las marcas en sus manos daban prueba de ello.
—Es inútil. No puedes hacer nada para ayudarla —dijo una voz, interrumpiendo sus pensamientos desde el otro lado de la sala.
Victoria se encontraba recostada sobre su cama, boca abajo, leyendo un libro.
—¿No te afecta en lo más mínimo? ¿Cómo puedes ignorarlo? —inquirió Victarion, su voz cargada de incredulidad y desesperación.
—El fuerte domina. El débil se somete. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo —respondió Victoria, cerrando la tapa del libro y levantándose—. No hay restricciones ni castigos para quienes tienen poder. Solo existe la voluntad de los que gobiernan… y el silencio de los que sufren.
Su mano se posó sobre el pecho del hombre, que le llevaba al menos medio metro de altura, y su cuerpo se inclinó sobre él.
—Pero conmigo no has de temer, Victarion. —su voz cambió a un tono dulce, amable—. Yo jamás te haría algo así... Siempre estaré a tu lado y te cuidaré.
Quiso creerle. Muy en el fondo, se sintió reconfortado por los sentimientos de aquella mujer. No era mala, al menos, no era como su padre. Pero, tal y como le había dicho, el fuerte se imponía sobre el débil, y poco podía hacer ella una vez que su padre tomaba una decisión. Sus ojos recorrieron el aire hasta posarse en sus marcadas manos. Victoria lo notó.
—Mi padre no debió haberte hecho eso. —una lágrima recorrió su rostro hasta caer al suelo—. Fue mi culpa —dijo, con verdadero arrepentimiento.
—No fue tu culpa. —Victarion secó las lágrimas que aún caían por sus ojos—. Pero si realmente te sientes culpable, demuéstralo. Ayúdame a ayudar. Es la única forma en que podrás redimirte. Te juro que te sentirás mejor después de esto.
Tomó su mano y, suavemente, la llevó hacia la puerta. Del otro lado, el azote de una puerta se escuchó. Era el momento, debían salir en ese instante. Lo hicieron y lograron entrar a la habitación, que extrañamente se encontraba sin llave. Victarion y Victoria entraron en la habitación. El caos era absoluto: sillas derribadas, libros esparcidos por el suelo y una estantería volcada. Victoria se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par. Sabía lo que su padre hacía... pero nunca antes había visto con sus propios ojos las secuelas de su ira.
Entonces, la vio. Acurrucada en un rincón, con cortes en los brazos, moretones y algo de sangre en el rostro. Una hermosa joven de cabello negro y ojos azules. Pero, más allá de esos rasgos, era evidente por qué la habían tomado. Al igual que él, aquellos que eran diferentes estaban destinados a ser perseguidos, ya sea por odio o por deseo, era el precio de vivir siendo diferentes. En su caso, sus alas negras. En el caso de ella, una cola de escamas plateadas, características de la especie de las sirenas, una de las razas más codiciadas por aquellos perversos con poder.
Victarion se agachó frente a ella, intentando acercarse con cautela. Su mirada expresaba compasión y tristeza, no solo por ella y todo lo que había sufrido, sino por todos los que a diario debían soportar el mismo infierno, una y otra vez, hasta el día de sus muertes.
—Lamento no haber podido ayudarte. Por favor, déjame ver tus heridas.