
Asradi
Völva
03-02-2025, 01:24 PM
No fue consciente de cuánto tiempo estuvieron así. Ella intentando protegerse, a veces devolver los golpes (aunque sabía que le iba a ir peor), y él ensañándose de mala manera con ella. Solo cuando el portazo que hizo caer, incluso, algunos libros más de la estantería volcada, dió paso al terrible silencio, se percató de que estaba sola en aquel lugar. De nuevo. Ese era el único alivio que tenía después de momentos como ese. La sangre bajaba de los arañazos y cortes de sus brazos y torso. Tenía una brecha ligera y sangrante en la sien, producto de que su cabeza hubiese sido golpeada, a conciencia, contra uno de los muebles caídos. Todavía se encontraba mareada y en estado de shock. Lo que Shaitán había hecho con ella... Era mejor no nombrarlo.
Irónicamente, iba vestida con las mejores ropas. Ese desgraciado la “mimaba” de esa forma tan hiriente, como si fuese una princesita. Pero Asradi solo quería recuperar su libertad. Su orgullo le impedía doblegarse totalmente a ese hombre, a pesar del terror que, a esas alturas, ya le tenía. Las cuentas de uno de los collares que había portado se encontraban totalmente desperdigadas por el suelo de la estancia, mientras ella permanecía acurrucada en una esquina, abrazándose la cola como si con ello pudiese protegerse del mundo exterior, de él, de alguna manera. No se permitió llorar, no lo tenía permitido. No por él, sino por sí misma. No iba a darle ese gusto. Era una orgullosa habitante de los mares. Si las corrientes gélidas del North Blue no la habian doblegado, él no iba a hacerlo tampoco.
Pero era complicado, era difícil. Y doloroso.
Se llevó una mano a los labios, a la boca, cuando se le escapó un irremediable gemido de dolor. Pero cuando la puerta se abrió, con el sonido característico y semi iluminando la habitación a través de la rendija que las hojas de madera habían proporcionado al separarse, toda la espalda de Asradi se envaró, en guardia. Los ojos ahora abiertos de par en par, afilados, agresivos y esperando cualquier cosa.
¿Había vuelto? ¿Por qué? ¿Iba a continuar con aquello? Por inercia pura, su cuerpo comenzó a temblar, y no reconoció a quien llegó en ese momento. ¿Era otro como ellos?
— No... V-Vete. ¡Vete! — Se revolvió, furiosa, como un tiburón acorralado que buscaba una salida con desespero. La petición era desgarradora y solo pareció calmarse cuando la luz iluminó parcialmente a aquel hombre.
No era él.
Se fijó, con la respiración todavía agitada, en las enormes alas negras que nacían en la espalda de aquel hombre. ¿No era un humano? ¿Era... Era como ella? Otro esclavo, ¿o un sirviente? Daba igual. Por inercia la sirena se acurrucó todavía más. Estaba aterrada y claramente en guardia, no parecía confiar ni en su propia sombra.
Y eso solo empeoró cuando miró hacia el umbral de la puerta, más allá del recién llegado. Había visto a Victoria. La reconoció como la hija del Dragón Celestial. Ya la había visto en su día, y los dientes de la sirena rechinaron al rozarse unos contra los otros. Sus ojos se afilaron y su pupila se alargó como si fuese a saltar a la ofensiva de un momento a otro. Pero su cuerpo estaba tan magullado y dolorido, que solo moverse un poco le costaba todavía.
— Ella... ¿Qué hace ella aquí? ¿Habéis venido a terminar el trabajo? ¿¡No es suficiente con lo que tu padre ha hecho!? — Reclamó.
Sabía que estaba cometiendo una locura, que podría recibir otro castigo igual o peor solo por encararse a la hija de su captor. Otra “noble”. Solo cuando fue consciente de eso, se mordió el labio inferior tan fuerte, con los afilados colmillos que volvió a hacerse sangre, entremezclándose con la que el padre de Victoria ya había hecho rezumar momentos antes. La respiración de la pelinegra era agitada, estaba claramente aterrada y a la defensiva. Pero no tenía fuerzas, en ese momento, para negarse a nada.
Irónicamente, iba vestida con las mejores ropas. Ese desgraciado la “mimaba” de esa forma tan hiriente, como si fuese una princesita. Pero Asradi solo quería recuperar su libertad. Su orgullo le impedía doblegarse totalmente a ese hombre, a pesar del terror que, a esas alturas, ya le tenía. Las cuentas de uno de los collares que había portado se encontraban totalmente desperdigadas por el suelo de la estancia, mientras ella permanecía acurrucada en una esquina, abrazándose la cola como si con ello pudiese protegerse del mundo exterior, de él, de alguna manera. No se permitió llorar, no lo tenía permitido. No por él, sino por sí misma. No iba a darle ese gusto. Era una orgullosa habitante de los mares. Si las corrientes gélidas del North Blue no la habian doblegado, él no iba a hacerlo tampoco.
Pero era complicado, era difícil. Y doloroso.
Se llevó una mano a los labios, a la boca, cuando se le escapó un irremediable gemido de dolor. Pero cuando la puerta se abrió, con el sonido característico y semi iluminando la habitación a través de la rendija que las hojas de madera habían proporcionado al separarse, toda la espalda de Asradi se envaró, en guardia. Los ojos ahora abiertos de par en par, afilados, agresivos y esperando cualquier cosa.
¿Había vuelto? ¿Por qué? ¿Iba a continuar con aquello? Por inercia pura, su cuerpo comenzó a temblar, y no reconoció a quien llegó en ese momento. ¿Era otro como ellos?
— No... V-Vete. ¡Vete! — Se revolvió, furiosa, como un tiburón acorralado que buscaba una salida con desespero. La petición era desgarradora y solo pareció calmarse cuando la luz iluminó parcialmente a aquel hombre.
No era él.
Se fijó, con la respiración todavía agitada, en las enormes alas negras que nacían en la espalda de aquel hombre. ¿No era un humano? ¿Era... Era como ella? Otro esclavo, ¿o un sirviente? Daba igual. Por inercia la sirena se acurrucó todavía más. Estaba aterrada y claramente en guardia, no parecía confiar ni en su propia sombra.
Y eso solo empeoró cuando miró hacia el umbral de la puerta, más allá del recién llegado. Había visto a Victoria. La reconoció como la hija del Dragón Celestial. Ya la había visto en su día, y los dientes de la sirena rechinaron al rozarse unos contra los otros. Sus ojos se afilaron y su pupila se alargó como si fuese a saltar a la ofensiva de un momento a otro. Pero su cuerpo estaba tan magullado y dolorido, que solo moverse un poco le costaba todavía.
— Ella... ¿Qué hace ella aquí? ¿Habéis venido a terminar el trabajo? ¿¡No es suficiente con lo que tu padre ha hecho!? — Reclamó.
Sabía que estaba cometiendo una locura, que podría recibir otro castigo igual o peor solo por encararse a la hija de su captor. Otra “noble”. Solo cuando fue consciente de eso, se mordió el labio inferior tan fuerte, con los afilados colmillos que volvió a hacerse sangre, entremezclándose con la que el padre de Victoria ya había hecho rezumar momentos antes. La respiración de la pelinegra era agitada, estaba claramente aterrada y a la defensiva. Pero no tenía fuerzas, en ese momento, para negarse a nada.