
Arthur Soriz
Gramps
06-02-2025, 09:26 PM
Era inevitable un encuentro entre voces. La gente del salón estaba confundida en un principio, ya que habían sido embelesados por el canto inicial que se escuchaban en lontananza. Torfi que era un hombre mucho más robusto y de corazón noble logró taparse las orejas pero otros no fueron tan afortunados. No es que detestara tu cantar porque sabía con qué propósito lo hacías, los demás tan solo miraban embobados en un vaivén casi constante... entre tu presencia y aquella que los llamaba al mar. Sentías en su cantar un dejo de desdén, de instinto asesino... era como si las sirenas de antaño, aquellas de las leyendas de pescadores que con promesas de una hermosa mujer que les canta en noches de luna llena los atraen al borde del barco para hundirlos en el mar y asesinarlos para así servir de sustento.
Mil y un rumores corrían por el mundo de las sirenas, pero nunca una mala sobre las de tu gente, sabían que no eran así, que sus intenciones nunca fueron hostiles con los de la superficie... entonces, ¿por qué ahora lo estaban haciendo? Era como si no solamente tú hubieras cambiado en estos años, pero también tu gente. Fue una batalla ardua, algunos incluso caminaban a tu lado... avanzando pasando el umbral, como si la voz en el mar fuese incluso más potente que la tuya.
Fueron largos minutos, en los que tu temple fue puesto a prueba, tu habilidad para cantar y sanar en evidente lucha contra lo que fuera estaba haciendo lo mismo con los demás. La voz provenía en dirección hacia donde sabías estaba tu antiguo hogar... en el Fiordo de Jörmungandr.
Era una batalla entre tu voz y la ajena, una que se sintió eterna pero... tarde o temprano, tuvo que parar. En una frustración que iba más allá de lo lógico, tu cantar y por ende el suyo propio fue interrumpido por lo que podía ser comparado nada más con un grito desgarrador de furia y frustración. Un grito que resonó tanto que incluso hizo temblar las paredes del edificio en el que estabas, tumbando nieve de los tejados. El viento que entraba por las puertas que tu misma abriste habían apagado las antorchas y fuegos en el interior, dejando todo en penumbras.
Visiblemente agotados la mayoría que no tuvieron tiempo de taparse los oídos o concentrarse en su voz se desplomaron en el suelo, algunos llegando a sentarse en el suelo y otros en las bancas. Torfi, con sudor perlándole la frente se acercó a ti, agarrando las puertas y cerrándolas de inmediato.
Lo único bueno... es que habías sido capaz de escuchar de dónde provenía la voz. Era tu gente, o al menos, eso podías inquirir por la dirección.
— Esa... es la voz que hemos oído cada vez que se aproximaba un barco, pero nunca fue tan fuerte como ahora... Por las barbas de Odin, sentí que se me iba a salir el corazón por la boca.
El oso cariñoso te puso una mano en un hombro, con lágrimas de orgullo en sus ojos a pesar de la baja luz que ahora había. Estaba a punto de estallar en llanto pero ahora porque se daba cuenta que ya no eras la niña pequeña que venía a jugar y escuchar historias, te habías vuelto una auténtica mujer. Su pecho se hinchaba de felicidad, de orgullo, y de nostalgia. Inhaló profundo y asintió con la cabeza en aprobación, para luego comenzar con los demás que aún se mantenían de pie a encender las antorchas, el fuego de la chimenea... para iluminar de nuevo el salón y restaurar el calor que había sido usurpado por la ventisca que entró. La nieve pronto empezando a derretirse humedeciendo la madera del suelo.
Torfi en el proceso también ató de forma cómoda unas correas en el cuerno, para que fueras capaz de llevarlo cómodamente. Correas de cuero y cuerda para que así no te hicieran daño con el roce constante si es que llegabas a ir nadando.
— Sé muy bien... que vas a querer encargarte de esto tu sola, pero de verdad... si necesitas ayuda, ahí estaremos. Solo sopla el cuerno de Tanngrisnir y nosotros responderemos a su llamado —hizo una pausa, poniéndote las correas sobre uno de tus hombros, acomodando tu ropa y sacándote la nieve que había quedado sobre tu cabellera oscura con mucho cariño, antes de hablar de nuevo—. Espero que nos estemos equivocando, y que tu gente de verdad esté bien...
Mil y un rumores corrían por el mundo de las sirenas, pero nunca una mala sobre las de tu gente, sabían que no eran así, que sus intenciones nunca fueron hostiles con los de la superficie... entonces, ¿por qué ahora lo estaban haciendo? Era como si no solamente tú hubieras cambiado en estos años, pero también tu gente. Fue una batalla ardua, algunos incluso caminaban a tu lado... avanzando pasando el umbral, como si la voz en el mar fuese incluso más potente que la tuya.
Fueron largos minutos, en los que tu temple fue puesto a prueba, tu habilidad para cantar y sanar en evidente lucha contra lo que fuera estaba haciendo lo mismo con los demás. La voz provenía en dirección hacia donde sabías estaba tu antiguo hogar... en el Fiordo de Jörmungandr.
Era una batalla entre tu voz y la ajena, una que se sintió eterna pero... tarde o temprano, tuvo que parar. En una frustración que iba más allá de lo lógico, tu cantar y por ende el suyo propio fue interrumpido por lo que podía ser comparado nada más con un grito desgarrador de furia y frustración. Un grito que resonó tanto que incluso hizo temblar las paredes del edificio en el que estabas, tumbando nieve de los tejados. El viento que entraba por las puertas que tu misma abriste habían apagado las antorchas y fuegos en el interior, dejando todo en penumbras.
Visiblemente agotados la mayoría que no tuvieron tiempo de taparse los oídos o concentrarse en su voz se desplomaron en el suelo, algunos llegando a sentarse en el suelo y otros en las bancas. Torfi, con sudor perlándole la frente se acercó a ti, agarrando las puertas y cerrándolas de inmediato.
Lo único bueno... es que habías sido capaz de escuchar de dónde provenía la voz. Era tu gente, o al menos, eso podías inquirir por la dirección.
— Esa... es la voz que hemos oído cada vez que se aproximaba un barco, pero nunca fue tan fuerte como ahora... Por las barbas de Odin, sentí que se me iba a salir el corazón por la boca.
El oso cariñoso te puso una mano en un hombro, con lágrimas de orgullo en sus ojos a pesar de la baja luz que ahora había. Estaba a punto de estallar en llanto pero ahora porque se daba cuenta que ya no eras la niña pequeña que venía a jugar y escuchar historias, te habías vuelto una auténtica mujer. Su pecho se hinchaba de felicidad, de orgullo, y de nostalgia. Inhaló profundo y asintió con la cabeza en aprobación, para luego comenzar con los demás que aún se mantenían de pie a encender las antorchas, el fuego de la chimenea... para iluminar de nuevo el salón y restaurar el calor que había sido usurpado por la ventisca que entró. La nieve pronto empezando a derretirse humedeciendo la madera del suelo.
Torfi en el proceso también ató de forma cómoda unas correas en el cuerno, para que fueras capaz de llevarlo cómodamente. Correas de cuero y cuerda para que así no te hicieran daño con el roce constante si es que llegabas a ir nadando.
— Sé muy bien... que vas a querer encargarte de esto tu sola, pero de verdad... si necesitas ayuda, ahí estaremos. Solo sopla el cuerno de Tanngrisnir y nosotros responderemos a su llamado —hizo una pausa, poniéndote las correas sobre uno de tus hombros, acomodando tu ropa y sacándote la nieve que había quedado sobre tu cabellera oscura con mucho cariño, antes de hablar de nuevo—. Espero que nos estemos equivocando, y que tu gente de verdad esté bien...