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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
16-12-2024, 05:56 AM
Mis pies no dejaban de moverse sobre el muelle mientras miraba el barco. Era imposible quedarme quieto, como si toda la energía del mundo me estuviera atravesando. ¿Cómo podría no sentirme así? Ese barco... ¡era perfecto! Cada tabla, cada costura, cada detalle gritaba que estábamos listos para zarpar y reclamar nuestro lugar en los mares. Era más que un barco; era una declaración. Una promesa. Nuestra promesa.
Mientras daba vueltas, lanzaba nombres al aire sin detenerme a pensar demasiado. Porque claro, eso era lo que hacía Ungyo: pensar. Él miraba el barco como si estuviera descifrando un mensaje secreto en la madera, mientras yo... bueno, yo solo quería gritar al mundo lo increíble que era todo esto.
-"¿Llama Negra? ¿Viento Carmesí? ¿El Huracán Divino?"- dije al azar, agitando los brazos para acompañar mis palabras. No podía evitarlo. ¿Cómo elegir un solo nombre cuando había tanto significado detrás de todo esto?
Pero entonces escuché su voz.
-"Eclipse Rojo."-
Me detuve en seco, tan sorprendido que por un momento pensé que había imaginado las palabras. Ungyo no hablaba mucho, y cuando lo hacía, siempre era algo que valía la pena escuchar. Giré hacia él, y ahí estaba, tan tranquilo como siempre, pero con ese brillo en los ojos que sólo yo sabía leer.
-"¡Eclipse Rojo!"- repetí, dejando que el nombre llenara el aire. Me golpeó como una ola gigante. Era perfecto. Reflejaba todo lo que éramos: el fuego de nuestra herencia, las sombras de nuestro pasado, y esa determinación ardiente que nos llevaba siempre hacia adelante.
Corrí hacia el barco, colocando las manos en el costado de la madera como si pudiera transmitirle mi emoción directamente.
-"¡Es increíble, hermano! ¡Es perfecto! Este barco... este barco llevará ese nombre con orgullo, te lo prometo."-
No podía evitar sonreír mientras las palabras salían de mi boca casi sin pensar. Ya no era solo un barco. Era nuestro barco. Una extensión de nosotros mismos. El Eclipse Rojo surcaría los mares como una señal para todos: no importa cuán oscuro sea el mundo, siempre llevaremos nuestra propia luz.
-"¡Ey, Fon Due!"- grité hacia el carpintero, señalando el mástil con una sonrisa de oreja a oreja. -"¡Prepárate, porque este barco va a hacer historia!"-
Luego, me giré hacia Ungyo, que seguía observando todo con esa calma inquebrantable. Lo conocía lo suficiente como para saber lo que estaba pensando, incluso cuando no decía nada. Estaba orgulloso, aunque nunca lo admitiría en voz alta. Me acerqué y le di una palmada en el hombro, con fuerza, como siempre.
-"Lo logramos, hermano. Este es el inicio. El Eclipse Rojo no será sólo un barco; será una leyenda. ¡Nuestra leyenda!"-
Mientras el sol pintaba el cielo de rojo, grité el nombre del barco una y otra vez, dejando que mi voz se mezclara con el viento. Los trabajadores y curiosos nos miraban, algunos con sonrisas, otros probablemente pensando que estaba loco. No me importaba. Todo lo que importaba era que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que todo estaba en su lugar.
El Eclipse Rojo sería el hogar que nunca tuvimos, el refugio que nos construiríamos con nuestras propias manos. Y mientras corriera por la cubierta, asegurándome de que todo estuviera perfecto, no pude evitar reírme.
Este era el principio de nuestra aventura, y ya podía sentir cómo el mundo entero temblaría al escuchar nuestro nombre.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
24-12-2024, 03:58 AM
Al día siguiente...
El sol despuntó temprano, como siempre en Kalab, llenando el cielo con un ardor dorado que prometía otro día sofocante en el desierto. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no sentí el peso del calor como una carga. En cambio, fue un recordatorio de lo que habíamos logrado. Desperté antes que Agyo, algo raro considerando su costumbre de levantarse al amanecer con la energía de un huracán. Había algo diferente en la atmósfera, un peso leve pero inconfundible que me arrastraba a reflexionar. Me levanté en silencio, evitando los crujidos del suelo bajo mis pies, y salí al balcón que daba hacia las calles. La ciudad todavía estaba medio dormida, con algunos comerciantes ya abriendo sus puestos y otros limpiando las huellas de la actividad nocturna. Desde ese lugar, el mundo parecía tan inmenso como siempre, pero menos opresivo. Quizás porque, por primera vez, no estaba viendo solo desierto y calles angostas. Estaba viendo el horizonte.
El Eclipse Rojo esperaba en el astillero, anclado con paciencia, como un depredador que aguarda el momento perfecto para moverse. No pude evitar pensar en él como una extensión de nosotros: algo que había sido creado con un propósito, que había sobrevivido a los golpes de la vida para transformarse en algo más fuerte.
Sin perder tiempo, decidí que debía empezar el día útilmente. Si íbamos a zarpar en ese barco, debía asegurarme de que todo estuviera en orden. El gremio seguía dormido, así que me moví por los pasillos como un fantasma, recogiendo algunas provisiones básicas que sabía que necesitaríamos: un mapa desgastado, tinta y pergamino, una bolsa con herramientas simples que podrían salvarnos en un apuro. No necesitaba mucho. Agyo y yo habíamos aprendido hace años que no se necesita acumular para sobrevivir. Pero esto ya no era solo sobrevivir, ¿verdad? Esto era algo más. Llené una cantimplora con agua fresca y coloqué todo en un saco que cargué sobre mi hombro antes de salir del gremio. No tenía intención de despertar a nadie; este era un día para mis propios pasos.
Caminé hacia el astillero a un ritmo constante, dejando que la rutina de la ciudad pasara a mi alrededor sin prestarle demasiada atención. Los mercaderes, los niños jugando, los olores del desayuno en las calles. Todo se mezclaba en un cuadro familiar que, por algún motivo, parecía más brillante que de costumbre. Cuando llegué al astillero, el Eclipse Rojo estaba justo como lo habíamos dejado. Subí a bordo con un movimiento ágil, recorriendo cada rincón con la mirada, asegurándome de que todo estuviera tal como debía estar. El silencio en la cubierta era casi sagrado. Aquí, lejos del ruido de la ciudad, podía escuchar el crujido de la madera bajo mis pies, el suave murmullo del agua golpeando contra el casco, y el viento que acariciaba las velas. Este era nuestro espacio ahora. Nuestro refugio y nuestra arma.
Mientras exploraba el interior del barco, mi mano se detuvo sobre una inscripción tallada en el timón. Era un detalle que no había notado el día anterior, probablemente porque Agyo y su bullicio habían acaparado toda mi atención.
La inscripción era sencilla: "Fuerza en el fuego."
No sabía si había sido obra de Fon Due o simplemente un detalle del artesano que trabajó la madera, pero esas palabras resonaron profundamente en mí. Había algo en ellas que capturaba nuestra esencia: la fortaleza que habíamos encontrado no a pesar del fuego que nos había marcado, sino gracias a él. Dejé que mis dedos trazaran las palabras, sintiendo la textura de cada letra. Ese pequeño detalle era un recordatorio de que este barco no era solo madera y clavos. Era uno más de nosotros y parte de lo que a partir de ahora buscábamos construir.
Subí nuevamente a la cubierta, dejando que el sol me golpeara el rostro. Desde aquí, el horizonte parecía más claro, más cercano. Mi mente, por instinto, comenzó a trazar rutas, a calcular distancias. Sabía que Agyo y yo tendríamos que hablar sobre los próximos pasos, pero por ahora, este momento era mío. De pie sobre la cubierta del Eclipse Rojo, dejé que mi mente viajara más allá de Kalab, imaginando los mares que cruzaríamos, las islas que visitaríamos, y los enemigos que enfrentaríamos. Había algo emocionante en no saber exactamente a dónde iríamos, pero estar absolutamente seguro de que el camino valdría la pena.
Un suave murmullo en el agua me devolvió al presente. Bajé la mirada y vi mi reflejo en el agua, distorsionado por las pequeñas olas que se formaban alrededor del casco del barco. Por un momento, casi no me reconocí. Pero no era algo malo. Este era un nuevo comienzo, y yo estaba listo para afrontarlo. Con una última mirada al horizonte, bajé del barco, asegurándome de que todo estuviera en orden antes de regresar al gremio. Sabía que Agyo ya estaría despierto, probablemente planeando nuestro próximo movimiento con su habitual entusiasmo. Y aunque prefería el silencio, no podía negar que esperaba con ansias lo que vendría.
El camino de vuelta al gremio se sintió más ligero, como si el peso invisible que siempre había cargado se hubiese aligerado un poco. Los ruidos de la ciudad ya no eran un eco distante; ahora, cada sonido parecía un recordatorio de que el mundo seguía girando y que nosotros finalmente nos movíamos con él. Al llegar al gremio, el sol ya estaba alto y el calor del desierto comenzaba a instalarse con fuerza. Empujé la puerta con cuidado, manteniendo mi andar sigiloso, y encontré a Agyo en el comedor, devorando un desayuno como si no hubiese comido en días. Su cabello desordenado y la energía desbordante en sus gestos me arrancaron una leve sonrisa interna. Era como si no tuviera fin, una fuente infinita de vitalidad que no podía más que admirar. Aunque Agyo notó mi entrada, no dijo nada al principio. Simplemente levantó una mano como un saludo rápido mientras continuaba con su comida. Me senté en una esquina de la habitación, lejos del bullicio, observando cómo la luz del sol se colaba por las ventanas, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Por ahora necesitaba pensar un poco y estar solo por un instante.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
28-12-2024, 12:01 AM
El cansancio me atrapó antes de que pudiera darme cuenta. Apoyado en la silla del comedor, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ligeramente inclinada, cerré los ojos mientras el calor del desierto impregnaba el ambiente. No planeaba quedarme dormido, pero mi cuerpo tuvo otros planes.
En la penumbra del sueño, no había un inicio claro, solo una sensación de vacío que poco a poco se llenó de formas y colores. Me vi de pie en un espacio indefinido, un terreno que parecía extenderse hasta el infinito. El suelo, de un negro profundo, reflejaba un cielo carmesí donde dos soles ardían con furia, enfrentándose como si uno fuera a consumir al otro.
A cada paso que daba, el terreno bajo mis pies se fragmentaba, pequeñas grietas que no llegaban a desmoronarse pero que resonaban como truenos en el aire inmóvil. Era un eco familiar, un recordatorio constante de algo que prefería mantener enterrado.
De pronto, las sombras comenzaron a moverse. A lo lejos, figuras emergían del horizonte, difusas al principio, pero cada vez más definidas. Reconocí a algunas de ellas: rostros que no quería recordar, miradas vacías de seres que alguna vez habían compartido mi prisión. Avanzaban hacia mí, pero sus movimientos no eran naturales; sus cuerpos parecían arrastrarse, como si el peso de su sufrimiento fuera demasiado.
No podía moverme, aunque lo intentara. Las sombras se detuvieron justo frente a mí, y entonces el cielo se tornó más oscuro. Uno de los soles comenzó a apagarse, devorado por su gemelo. El rojo del firmamento se intensificó hasta volverse casi cegador, pero mis ojos no podían apartarse de las figuras.El suelo comenzó a cambiar bajo mis pies. Las grietas se convirtieron en surcos profundos, y de ellos brotó arena, roja como la sangre. Pronto, el terreno entero era un vasto desierto de un rojo intenso, y yo estaba en el centro de todo, rodeado por un mar interminable de arena que parecía moverse, como si estuviera viva.
El viento comenzó a soplar, llevando consigo un silbido agudo que cortaba el aire. Podía sentir la arena golpeándome la piel, arañando cada parte de mí, como si quisiera despojarme de algo más que mi carne. Las sombras ya no estaban, pero su presencia seguía siendo palpable. Miré hacia el horizonte y vi una figura solitaria de pie en la distancia. Era alta, imponente, y aunque no podía distinguir sus rasgos, sabía que me estaba observando. Sentí una atracción inexplicable hacia ella, como si mis pies estuvieran siendo guiados por una fuerza que no podía controlar.
Cuando estuve lo suficientemente cerca de la figura, la arena dejó de moverse, como si el mundo entero contuviera el aliento. El colgante que la figura sostenía brillaba con una intensidad que no podía ignorar, una luz plateada que parecía danzar en la penumbra del paisaje. A medida que la luz aumentaba, las grietas del suelo comenzaron a resplandecer también, delineando formas que parecían constelaciones desconocidas. Era como si la tierra misma estuviera reclamando un lenguaje olvidado, una verdad oculta que me pedía escuchar.
El calor en mi espalda, que hasta entonces había sido una llama tranquila, se intensificó, convirtiéndose en un ardor que sentí recorrer todo mi cuerpo. Pero no era doloroso; era una fuerza ancestral, una energía que me conectaba con algo mucho más grande que yo. Sin embargo, junto a esa fuerza, vino un peso. Una sensación aplastante, como si el mismo aire se hubiera vuelto demasiado denso para respirar.
Miré a la figura, buscando respuestas, pero no ofreció ninguna. Sus manos, delicadas pero firmes, extendieron el colgante hacia mí. No lo tomé, no podía. Algo en mí sabía que no debía tocarlo todavía. Pero en el reflejo de la plata vi algo que me heló hasta los huesos: una versión de mí mismo, encadenado, con la llama de mi espalda apagada, arrastrando una sombra que no era suya.
El reflejo no me miraba directamente; en su lugar, sus ojos estaban fijos en el cielo. Instintivamente, seguí su mirada, y lo que vi me dejó sin palabras. El cielo ya no era el carmesí de antes, sino un mosaico en constante cambio: fragmentos de azul profundo, negro estrellado, y un blanco cegador que se entremezclaban como un remolino. En el centro de todo, dos orbes brillaban con fuerza, uno rojo y otro blanco, orbitándose el uno al otro en un equilibrio precario. Cada giro de esos orbes parecía alterar el paisaje. La arena bajo mis pies comenzó a ascender, formándose en columnas que se alzaban hacia el cielo, como si intentaran alcanzarlos. Las columnas se quebraron al poco tiempo, desmoronándose en cascadas de polvo que flotaban en el aire. Me encontré rodeado de partículas suspendidas, cada una conteniendo un destello de luz, como pequeñas llamas que no terminaban de extinguirse.
La figura permaneció inmóvil, pero sus manos comenzaron a desintegrarse, como si estuvieran hechas del mismo polvo que caía a mi alrededor. El colgante flotó en el aire, girando lentamente, y su luz plateada se transformó en un resplandor escarlata que iluminó todo a mi alrededor. El calor en mi espalda aumentó, esta vez acompañado de un pulso, como un latido que no era mío. Entonces, el desierto desapareció. Me vi de pie en el centro de un vasto océano negro. No había olas ni corrientes, solo una superficie completamente inmóvil que reflejaba el cielo de arriba con una claridad perturbadora. Cada estrella era más brillante que la última, pero ninguna tan intensa como las dos luces que seguían orbitando en el firmamento.
A medida que las luces se acercaban, el agua bajo mis pies comenzó a ondular. No era un movimiento caótico, sino un patrón rítmico, como si respondiera al latido de mi espalda. Las ondas crecieron, formándose en espirales que se extendían hacia el horizonte, y dentro de esas espirales, vi fragmentos de mi pasado. Un fragmento mostró la celda donde había pasado tanto tiempo, el sonido de cadenas resonando en el aire frío. Otro mostró una noche bajo un cielo estrellado, junto a Agyo, cuando habíamos escapado por primera vez. Vi nuestras manos ensangrentadas y nuestros rostros marcados por el agotamiento, pero también por la determinación.
Cada espiral parecía contener un recuerdo, una pieza de un rompecabezas que nunca había querido ensamblar. Intenté apartar la mirada, pero el agua me forzó a seguir viendo. Una imagen particularmente vívida se alzó frente a mí: un niño de cabello corto y mirada vacía, sentado en una esquina oscura, mientras la llama en su espalda apenas titilaba. El niño me miró por un momento y luego desapareció, tragado por la oscuridad. La visión dejó una sensación de vacío en mi pecho, pero antes de que pudiera procesarla, las dos luces en el cielo finalmente chocaron.
El choque de las luces desató un resplandor que cubrió todo. No era una explosión violenta, sino un estallido silencioso que me envolvió completamente. Sentí que la llama en mi espalda se intensificaba, como si respondiera a la energía que ahora me rodeaba. El agua bajo mis pies comenzó a evaporarse, reemplazada por un terreno que no podía reconocer. Era como si estuviera de vuelta en el desierto, pero este era diferente: los granos de arena brillaban como si estuvieran hechos de polvo de estrellas, y el aire estaba cargado de una energía que me resultaba familiar.
Cerré los ojos por un momento, dejándome llevar por la calidez de esa luz. Cuando los abrí, la figura ya no estaba, y el colgante había desaparecido. Lo único que quedaba era el eco de un latido que no era mío, resonando en la inmensidad del paisaje.
El impacto del choque resonó en todo mi cuerpo, como si el sueño mismo me expulsara de su dominio. Abrí los ojos de golpe, con la sensación de que algo importante había ocurrido, aunque no podía recordar exactamente qué. El comedor estaba vacío, la luz del sol entrando por las ventanas me recordó dónde estaba. Mi espalda seguía apoyada contra la silla, pero había un leve calor en ella, un recordatorio de que la llama que alguna vez me marcó como algo menos que un ser humano no estaba tan dormida como yo había creído. Inspiré profundamente, dejando que el aire caliente del desierto llenara mis pulmones. No sabía qué significaba todo aquello, pero una certeza permanecía en mi mente: debía seguir adelante. Siempre.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
29-12-2024, 09:15 PM
Al despertar, el comedor del gremio parecía un mundo ajeno, distante del paisaje onírico que acababa de abandonar. La silla seguía siendo dura bajo mi peso, pero ofrecía una estabilidad que contrastaba con la inestabilidad del sueño. La llama en mi espalda brillaba débilmente, apenas perceptible, como si también estuviera recuperándose de lo que acabábamos de atravesar.
El sol estaba ya alto en el cielo, lanzando sus rayos dorados a través de las ventanas. Los destellos de luz bailaban sobre las mesas de madera y los utensilios de metal abandonados por los demás. El gremio estaba silencioso, en un letargo que parecía no querer romperse, salvo por el crujido ocasional de la estructura al asentarse. Me puse de pie con cierta pesadez, el sueño aún aferrándose a los rincones de mi mente, como una niebla que se resistía a disiparse. Caminé hacia una de las ventanas, dejando que la luz del desierto tocara mi rostro. El calor del sol era familiar, pero no reconfortante. Me recordaba que aún había mucho por hacer, que el barco, el "Eclipse Rojo", no era más que el primer paso en un sendero que no tenía fin visible.
Mis ojos recorrieron el horizonte. Desde esa altura, podía ver las arenas interminables del desierto de Kalab extendiéndose en todas direcciones, un mar de oro y polvo. En la distancia, las dunas parecían olas inmóviles, y las montañas lejanas eran como islas que nunca se podían alcanzar. Era un paisaje que inspiraba tanto temor como reverencia, un recordatorio constante de la fragilidad humana frente a la inmensidad del mundo. Tomé un momento para reflexionar, mis pensamientos regresando al sueño. Las luces, el colgante, el agua… cada símbolo parecía gritarme algo que no podía descifrar del todo. ¿Eran recuerdos? ¿Advertencias? O quizás simplemente ecos de mi propio subconsciente, manifestaciones de miedos y esperanzas que no me atrevía a enfrentar de frente.
Volví a moverme, caminando por el salón vacío. El suelo crujía bajo mis pasos, un sonido pequeño pero presente que rompía el silencio. En el aire flotaba un leve aroma a especias y madera, restos de las actividades de la noche anterior. No era un lugar acogedor, pero era un refugio, y en este momento, eso era suficiente.
Decidí salir del gremio, buscando el aire fresco y la claridad que a menudo traía el desierto. Mis pies me llevaron a una pequeña terraza que daba a las calles de Kalab. La ciudad estaba viva, como siempre, con el bullicio de comerciantes, viajeros y cazadores que llenaban sus calles estrechas. Era un caos ordenado, un lugar donde la vida continuaba a pesar de las dificultades. Desde mi posición elevada, observé a la gente ir y venir. Los vendedores gritaban sus ofertas, los niños corrían entre las multitudes, y los mercenarios discutían sus próximos contratos. Cada uno tenía un propósito, un motivo que los impulsaba a seguir adelante. Era un recordatorio de que, a pesar de todo, la lucha nunca cesaba.
El calor del sol era abrasador, pero no insoportable. Me quité el manto que llevaba sobre los hombros, dejando que el aire seco tocara mi piel. La llama en mi espalda pareció reaccionar, volviéndose un poco más fuerte, como si el contacto directo con el sol le diera nueva energía. Me quedé allí un tiempo, sin moverme, dejando que el ruido de la ciudad y la vastedad del desierto llenaran mis sentidos. Había algo hipnótico en esa dualidad: la actividad frenética de la vida urbana frente a la inmovilidad eterna de las arenas. Era un recordatorio constante de que ambos mundos coexistían, y de que yo, de alguna manera, pertenecía a ambos.
Cuando finalmente regresé al interior, el sueño seguía resonando en mi mente. Aunque las imágenes eran confusas, había una claridad emergente en mi propósito. El "Eclipse Rojo" no era solo un medio de transporte; era un símbolo de algo más grande, de lo que Agyo y yo estábamos construyendo juntos. No era solo nuestro pasado lo que debía impulsarnos, sino la posibilidad de un futuro que aún no habíamos definido. Caminé hacia el cuarto donde guardaba mis pertenencias. Era un espacio pequeño y austero, apenas lo suficiente para lo necesario. Abrí una bolsa de cuero desgastado y saqué algunos de los mapas que habíamos recolectado en los últimos meses. La mayoría eran antiguos y estaban maltratados, pero contenían información valiosa sobre rutas, islas y lugares que aún no habíamos explorado.
Extendí uno de los mapas sobre la mesa y lo estudié en silencio. Las líneas y símbolos dibujados a mano eran crudos, pero efectivos. Cada trazo representaba un riesgo, un desafío que tendríamos que enfrentar. Pero también representaban posibilidades: tesoros olvidados, conocimientos perdidos, y quizás incluso respuestas a preguntas que no había sabido formular.
Mi mano se movió lentamente sobre el papel, siguiendo una ruta que cruzaba varias islas pequeñas antes de llegar a una región marcada con un símbolo desconocido. No sabía exactamente qué significaba, pero algo en mi interior me decía que era importante. Tal vez era solo instinto, o tal vez era algo más. Guardé los mapas de nuevo y me aseguré de que todo estuviera en orden. Agyo y yo tendríamos que discutir nuestro próximo movimiento pronto, pero por ahora, necesitaba centrarme en lo que podía controlar. Cada paso, por pequeño que fuera, era un paso hacia adelante.
El sol había comenzado a descender cuando finalmente me dejé caer en una silla en la sala común del gremio. El lugar estaba empezando a llenarse de nuevo, con cazadores regresando de sus misiones y otros preparándose para salir. El ruido se intensificaba, pero no me molestaba. Era un recordatorio de que no estaba solo, aunque a menudo lo pareciera. Mientras me sentaba allí, mis pensamientos volvieron al sueño una vez más. Había algo en esa luz, en esas aguas, que no podía ignorar. No sabía qué significaba todavía, pero estaba seguro de que eventualmente lo descubriría. Por ahora, solo podía seguir avanzando, un paso a la vez, hacia lo desconocido.
A medida que la tarde avanzaba, el gremio cobró vida en una vibrante cacofonía de voces y movimientos. Mercenarios intercambiaban historias de sus cacerías, compartiendo triunfos y tragedias bajo la tenue luz de las lámparas de aceite. Los olores de comida especiada empezaron a llenar el aire, provenientes de una cocina improvisada en un rincón del salón. No participé en esas conversaciones ni me acerqué a la comida; simplemente observé, inmóvil, dejando que el bullicio fluyera a mi alrededor.
Mis pensamientos regresaban una y otra vez al mapa y al sueño. Había algo que conectaba ambos elementos, algo intangible pero innegable. Las rutas marcadas en el papel, las aguas del sueño, las luces distantes… eran piezas de un rompecabezas cuya imagen completa aún no podía ver. Decidí que no podía quedarme inmóvil por más tiempo. La quietud tenía su propósito, pero ahora sentía la necesidad de acción, aunque fuera pequeña. Me levanté de la silla y salí al patio trasero del gremio, un espacio abierto donde los cazadores a menudo practicaban o ajustaban su equipo.
El aire fresco del atardecer era un alivio, menos abrasador que el del mediodía. Mis pasos me llevaron hacia una pila de maderas apiladas contra la pared. Algunas eran restos de proyectos de construcción, otras eran simplemente descartes. Entre ellas, encontré un trozo de madera oscuro, del tamaño de una tablilla. Su textura era áspera, pero sólida, y su color me recordó al casco del "Eclipse Rojo". Sin pensarlo demasiado, me senté en el suelo con la madera en las manos. Sacando un pequeño cuchillo que llevaba conmigo, comencé a trabajar en ella. No tenía un propósito definido en mente, solo dejaba que las manos se movieran, tallando líneas y formas con movimientos precisos.
A medida que el cuchillo cortaba la madera, mi mente se calmaba. El acto de crear algo tangible, de dar forma a un material bruto, era un contraste absoluto con las abstracciones que me habían estado rondando. Era un recordatorio de que, aunque el futuro estuviera lleno de incertidumbres, había cosas que podía controlar aquí y ahora. Poco a poco, la madera comenzó a transformarse. No era un trabajo perfecto ni particularmente detallado, pero la forma emergente era clara: un pequeño colgante en forma de luna creciente, una representación de algo que, aunque incompleto, seguía siendo poderoso en su simbolismo.
Cuando terminé, levanté el colgante y lo sostuve contra la luz del atardecer. La madera brillaba suavemente bajo los rayos dorados, y las imperfecciones en su superficie parecían agregarle carácter en lugar de restarle valor. Era algo pequeño, insignificante en comparación con el barco o los mapas, pero para mí, era un recordatorio de lo que representábamos Agyo y yo: partes de un todo que aún se estaba construyendo.
Me até el colgante a una cuerda sencilla y lo llevé al cuello, donde descansó contra mi pecho. No era necesario explicarlo a nadie; era suficiente que yo entendiera su significado. El cielo comenzaba a oscurecer, los tonos cálidos del día cediendo paso al azul profundo de la noche. Las primeras estrellas aparecieron, tímidas pero constantes, como si vigilaran desde las alturas. Sentí un extraño consuelo en su presencia, un recordatorio de que, incluso en la vastedad del universo, había un orden, un propósito, aunque a menudo estuviera oculto a nuestros ojos.
Regresé al interior del gremio cuando las sombras comenzaron a alargarse. El ruido seguía presente, pero ahora tenía un tono más relajado, menos frenético. Algunos cazadores ya habían comenzado a retirarse a sus habitaciones, mientras otros se reunían en grupos pequeños alrededor de mesas llenas de comida y bebida.
Subí las escaleras hacia la habitación que compartía con Agyo. El espacio era sencillo, con dos camas, una mesa y poco más. Aunque habíamos vivido en condiciones mucho peores, este lugar aún se sentía temporal, como si solo estuviéramos de paso. Me acerqué a mi lado de la habitación y revisé mi equipo: un par de armas sencillas, algunas provisiones y los mapas que había guardado anteriormente. Todo estaba en orden, listo para el momento en que decidiéramos nuestro próximo movimiento.
Miré hacia la cama, pero no me sentía cansado. En lugar de acostarme, me senté en el suelo, con la espalda contra la pared y los ojos cerrados. Mi respiración era lenta y constante, sincronizándose con el ritmo de la llama en mi espalda. El día había sido largo, lleno de emociones y reflexiones, pero también de pequeños progresos. Aunque el futuro seguía siendo incierto, sabía que estábamos avanzando, un paso a la vez. Y eso, por ahora, era suficiente.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
02-01-2025, 11:08 PM
El silencio de la noche tenía una cualidad distinta en este lugar del carajo. No era el tipo de calma total que se encontraba en el desierto abierto, sino una pausa medida, rota solo por el ocasional crujido de madera o el ulular distante de un animal nocturno. Desde mi posición en el suelo, con la espalda contra la pared, dejé que esos sonidos me alcanzaran como ecos de un mundo que seguía girando, indiferente a los dilemas que cargaba. No intentaba dormir. No había lugar para el descanso inmediato, no después de un sueño tan lleno de significados y preguntas. En cambio, permití que mis pensamientos vagaran. Visualicé el "Eclipse Rojo", anclado en los astilleros. Me pregunté cuánto tiempo más permanecería ahí antes de que lo lleváramos al agua, antes de que su casco enfrentara las corrientes y los vientos que nos esperaban.
Los mapas volvieron a mi mente, especialmente las líneas trazadas hacia lo desconocido. Sabía que el destino que elegiríamos no sería una simple aventura; sería el primer paso hacia algo más grande, algo que ni siquiera yo podía definir todavía.
Sentí el peso del colgante de madera en mi pecho. Levanté una mano para tocarlo, pasando los dedos por su superficie rugosa. Aunque había tallado su forma en un momento de calma, ahora me preguntaba si su existencia era más que un acto casual. Las cosas más simples a menudo llevaban significados más profundos cuando se las dejaba reposar en la mente. Agyo y yo habíamos recorrido un largo camino desde los días en que éramos esclavos. Sin embargo, esa distancia física y temporal no había eliminado las cicatrices que llevábamos, visibles e invisibles. El "Eclipse Rojo" no solo era un barco; era una declaración, una promesa de que el pasado no dictaría nuestro futuro. Pero con esa promesa también venía un peso.
Pensé en Agyo, su entusiasmo contagioso, su energía que parecía interminable. Mientras yo era calculador y reservado, él cargaba con la parte de la esperanza y la vitalidad que nos mantenía en movimiento. Pero incluso él, con toda su fuerza, necesitaba algo sólido a lo que aferrarse, algo que lo anclara. Y ese algo era yo.
No podía permitir que la duda me consumiera. El viaje que habíamos elegido no sería fácil, pero eso nunca había sido un problema. No buscábamos facilidad; buscábamos propósito. Y ahora ese propósito se materializaba, no solo en el barco, sino en cada decisión que tomábamos, en cada paso que nos alejaba de lo que fuimos hacia lo que seríamos. La noche avanzaba, y mi mente se desvió hacia recuerdos que prefería evitar. Los rostros de los Dragones Celestiales, con su arrogancia insidiosa y su crueldad casual, aparecieron brevemente en mi visión. Sentí la opresión de los collares que alguna vez llevamos, el metal frío contra la piel, el recordatorio constante de nuestra condición de propiedad.
Apreté los puños, dejando que esas imágenes se desvanecieran. Ya no éramos esclavos. Cada día que pasaba era una victoria contra aquellos que intentaron quebrarnos. Pero sabía que el eco de ese pasado nunca desaparecería por completo. Era un recordatorio constante de por qué luchábamos, de por qué seguíamos avanzando incluso cuando parecía más fácil detenerse. No podía permitir que esas sombras definieran mi presente. Levanté la mirada hacia la ventana de la habitación, donde una franja del cielo nocturno se mostraba clara y abierta. Las estrellas brillaban como pequeños faros en la inmensidad, y sentí una extraña conexión con ellas. Eran constantes, inalcanzables, pero siempre presentes, como un mapa cósmico que guiaba incluso a los más perdidos.
El frío del suelo comenzó a filtrarse a través de mi ropa, pero no me moví. Sentía que había algo en esa quietud que necesitaba absorber completamente antes de volver a la acción. Agyo regresaría pronto, y con él vendría la energía que inevitablemente me empujaría hacia adelante. Pero en este momento, estaba solo con mis pensamientos, y esa soledad era un lujo que rara vez me permitía. El cansancio finalmente comenzó a hacer mella en mí, pero no de una manera opresiva. Era un agotamiento tranquilo, uno que venía no solo del cuerpo, sino de la mente. Cerré los ojos por un momento, dejando que el peso del día se deslizara lentamente.
Los primeros rayos del amanecer comenzaron a asomar por el horizonte, bañando el desierto de Kalab en tonos cálidos. El cielo pasaba de un negro profundo a un azul suave, y las sombras de la noche retrocedían poco a poco. En ese cambio de luz, sentí algo parecido a la esperanza, no como una emoción explosiva, sino como un calor sutil que se asentaba en lo más profundo de mi ser. Sabía que este día traería nuevas decisiones, nuevos pasos hacia lo desconocido. Pero por ahora, simplemente dejé que la luz del amanecer me alcanzara, un recordatorio de que incluso en las noches más largas, el sol siempre regresa.
El amanecer tenía una cualidad que las estrellas no podían ofrecer. Las estrellas, fijas e inmutables, eran un recordatorio de lo eterno, de lo inalcanzable. Pero el amanecer... el amanecer era un fenómeno que traía consigo una promesa renovada. Cada rayo de luz era un recordatorio de que el ciclo continuaba, de que el tiempo no se detenía por nadie, y que cada nuevo día era una oportunidad para rehacer lo que había quedado roto. Mientras el calor del sol comenzaba a desvanecer el frío de la noche, sentí algo dentro de mí que, aunque tenue, había comenzado a arder. Una llama interna, no de ira ni de venganza, sino de propósito. Habíamos llegado lejos, Agyo y yo, pero este era solo el inicio. El "Eclipse Rojo" no era un destino; era un medio, un catalizador para algo más grande. Algo que todavía no podía definir con claridad, pero que se sentía tan inevitable como el amanecer mismo.
El nombre del barco, escogido con tanto cuidado, resonaba en mi mente. "Eclipse Rojo". ¿Por qué ese nombre? Tal vez porque un eclipse no era simplemente un fenómeno natural. Era un evento que demandaba atención, que trastocaba el orden de las cosas por un breve instante. Un recordatorio de que incluso las constantes del mundo podían ser alteradas, moldeadas por fuerzas mayores. Era eso lo que queríamos, ¿no? No simplemente vivir, sino dejar una marca, una interrupción en el flujo natural de las cosas. Hacer que nuestras existencias significaran algo más que sobrevivir a un pasado oscuro.
En mi mente, las palabras siempre habían sido innecesarias. Crecí en un entorno donde hablar podía ser un riesgo, donde el silencio era a menudo la única forma de preservar una pequeña medida de control sobre tu propia existencia. Pero el silencio no era vacío. Era un espacio donde los pensamientos podían formarse sin interrupción, donde las ideas podían crecer sin ser apresuradas. A veces me preguntaba si mi mutismo elegido era una forma de rebeldía. No contra Agyo ni contra los demás, sino contra el mundo que intentaba constantemente etiquetar, moldear y controlar. Cada palabra no dicha era un acto de resistencia, una afirmación de que mi esencia no sería definida por nadie más.
Pero el silencio también tenía su peso. Había momentos, como este, en los que deseaba poder compartir todo lo que pasaba por mi mente. Mostrar a Agyo no solo mi aprobación o apoyo, sino también el torrente de emociones y pensamientos que se agitaban debajo de la superficie. Pero sabía que, incluso sin palabras, él entendía. Siempre lo había hecho. El mundo allá afuera era vasto y, en muchos sentidos, indiferente. No tenía piedad ni justicia intrínseca, solo una naturaleza cruda que cada individuo debía enfrentar a su manera. El "Eclipse Rojo" sería nuestra herramienta para navegar ese mundo, pero también sería nuestra declaración de independencia, de libertad.
Pensé en las islas que podíamos visitar, en los cielos que podíamos cruzar. Pensé en los desafíos que encontraríamos y en las alianzas que quizás tendríamos que formar. Pero, sobre todo, pensé en la inevitable confrontación con nuestro pasado. No podíamos ignorarlo para siempre. Los Dragones Celestiales y su arrogancia no desaparecerían simplemente porque lo deseáramos. Y, de alguna manera, sabía que nuestro camino nos llevaría de regreso a ellos, no como esclavos, sino como iguales, o quizás como algo más. Pero eso era para el futuro. Por ahora, lo que importaba era el próximo paso, el próximo día, el próximo desafío.
A pesar de la fuerza que sentía creciendo dentro de mí, también reconocía la fragilidad del momento. La luz del amanecer, aunque poderosa, era fugaz. Pronto sería reemplazada por el calor abrasador del día, y la quietud sería sustituida por el bullicio de la ciudad y las demandas del presente. Pero eso no era algo malo. La fragilidad era parte de la belleza. Era lo que hacía que estos momentos de reflexión fueran tan valiosos. Sabía que no podía permanecer aquí para siempre, atrapado en mis pensamientos. La acción era necesaria, y el mundo no esperaría por mí. Me levanté lentamente, sintiendo el peso de mi cuerpo y de mis responsabilidades. Afuera, el día comenzaba a tomar forma. Podía escuchar los primeros movimientos del gremio, los pasos cautelosos de los madrugadores y el murmullo distante de la vida que se reanudaba.
Sabía que Agyo estaría cerca, listo para embarcarse en la siguiente etapa de nuestro viaje. Y sabía que yo también lo estaba, incluso si el camino por delante era incierto. El "Eclipse Rojo" nos esperaba, anclado como un símbolo de lo que estábamos construyendo. Y aunque el destino final seguía siendo un misterio, por primera vez en mucho tiempo, sentí que estábamos avanzando, no huyendo.
Con esa certeza en mi mente, salí al día, dejando que la luz del sol me guiara hacia lo que vendría.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
03-01-2025, 11:35 PM
Sueños de Tormenta: La Visión de Agyo Nisshoku
La brisa salada del mar llenaba sus pulmones, pero no era una brisa común. Tenía un peso extraño, como si los propios cielos le advirtieran del peligro que se avecinaba. Agyo Nisshoku estaba al timón de un barco desconocido, una nave imponente con velas negras que relucían bajo los destellos esporádicos de los relámpagos. El horizonte, oscuro como la tinta, parecía un abismo que lo llamaba con un murmullo sordo.
No sabía cómo había llegado allí, pero en el sueño no importaba. El tacto del timón era firme y familiar, aunque no recordaba haber navegado nunca con una tormenta de semejante ferocidad sobre su cabeza.
Las olas eran gigantescas, verdaderas montañas líquidas que amenazaban con tragarse el barco en cada embate. Agyo ajustaba el timón, sus alas negras destellaban con un brillo ígneo, proyectando una luz cálida y casi tranquilizadora que contrastaba con la furia de la tormenta. El rugido del viento mezclado con los truenos era ensordecedor, pero aun así podía escuchar el crujir de la madera bajo sus pies, como si el barco mismo sufriera al resistir.
Cada ola era una batalla, y Agyo luchaba con todas sus fuerzas por mantener el rumbo. El agua fría salpicaba su rostro, pero no era eso lo que lo inquietaba. Había algo en el aire, algo más que la tormenta. Una presencia.
De pronto, una risa melódica resonó sobre el estruendo. Agyo giró la cabeza, buscando el origen del sonido. En el extremo del mástil principal, una figura femenina danzaba con gracia imposible. Su piel era de un blanco perlado, y sus ojos brillaban como estrellas. Era hermosa, pero había algo inquietante en su sonrisa. Agyo la reconoció al instante: era una manifestación de la Mero Mero no Mi, la fruta que había comido y que le daba su extraño poder.
—¿Crees que puedes domar esta tormenta, Agyo? —preguntó la figura, su voz un susurro que se coló entre los truenos.
—No tengo otra opción —respondió él, apretando el timón con más fuerza.
La figura rió nuevamente y desapareció entre un destello de luz. En su lugar, una ola descomunal se alzó frente a él, oscureciendo todo lo demás. Agyo sintió un nudo en el estómago, pero no soltó el timón. En un movimiento instintivo, extendió sus alas al máximo y las encendió, proyectando un destello de calor que atravesó la oscuridad. La ola lo golpeó con fuerza, lanzándolo hacia atrás. Por un momento, sintió que el barco iba a partirse en dos, pero milagrosamente resistió.
Cuando se levantó, jadeando, vio que no estaba solo. Su compañero, el enorme gato antropomorfo, había aparecido en la cubierta. Su imponente figura destacaba incluso en la tempestad. Con un rugido que parecía rivalizar con el trueno, el gato clavó sus garras en el mástil para estabilizarse.
—¡Agyo! ¡La tormenta no es lo único que nos amenaza! —gritó, señalando al horizonte.
Agyo siguió la dirección de su garra y lo vio: un remolino colosal giraba en la distancia, devorando todo a su paso. En su centro, un ojo brillante lo observaba, como si la propia tormenta estuviera viva y consciente. Una voz profunda resonó en su mente, incomprensible pero llena de intención. El remolino se acercaba rápido, demasiado rápido.
El gato desenvainó sus garras y miró a Agyo con determinación.
—Tú maneja el timón. Yo me ocuparé de lo que venga.
Agyo asintió, aunque no estaba seguro de qué significaban esas palabras. Ajustó el rumbo del barco, dirigiéndolo hacia el borde del remolino. Sabía que era una locura, pero su instinto le decía que la única forma de sobrevivir era enfrentarlo de frente.
El remolino rugía con una fuerza aterradora, y mientras se acercaban, Agyo notó que las aguas comenzaban a arremolinarse a su alrededor. La figura femenina volvió a aparecer, esta vez más cerca, flotando sobre la cubierta como un espectro.
—¿Por qué luchas? —preguntó, inclinando la cabeza con curiosidad—. Este mar es eterno. Siempre habrá tormentas. Siempre habrá caos.
—Porque soy más que esta tormenta —respondió Agyo, sus ojos brillando con una intensidad que igualaba a los relámpagos. Extendió sus alas y las encendió con toda su fuerza, iluminando el barco como un faro. La figura femenina lo observó, sorprendida, antes de desvanecerse una vez más.
El barco llegó al borde del remolino, y el mundo pareció ralentizarse. Agyo sintió cada latido de su corazón, cada gota de agua en su piel, cada fibra de su ser gritando por sobrevivir. Gritó con todas sus fuerzas, canalizando su energía en una explosión de luz que envolvió el barco. Por un momento, el remolino pareció detenerse, y el ojo brillante se cerró.
Cuando el silencio reemplazó al estruendo, Agyo abrió los ojos. Estaba en su camarote, empapado en sudor. El sonido del océano real era tranquilo, apenas un murmullo bajo las tablas del barco. Respiró profundamente, intentando calmar su corazón acelerado.
El sueño había terminado, pero algo de él persistía. Miró por la ventana hacia el mar oscuro y susurró para sí mismo:
—Las tormentas siempre regresan... pero yo también.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
06-01-2025, 11:42 PM
El gremio no era solo un refugio; era también un campo de pruebas, un lugar donde se forjaban habilidades y donde las decisiones podían cambiar el curso de las vidas de quienes confiaban en él. Al llegar al vestíbulo esa mañana, con los primeros rayos del sol iluminando la arena del desierto que siempre encontraba su camino hasta las grietas del edificio, sabía que era hora de tomar un nuevo trabajo. Los tablones de anuncios estaban llenos de solicitudes, algunas más extravagantes que otras. Desde cazas de bandidos hasta búsquedas de artefactos perdidos, el gremio de los Crimson Crusaders ofrecía su fuerza y experiencia a quien pudiera pagar. La mayoría de los trabajos eran riesgos calculados, pero había algunos encargos que ni siquiera los más desesperados consideraban. Eran los trabajos marcados con tinta roja, los que llevaban consigo una advertencia implícita: si lo aceptabas, estabas dispuesto a enfrentarte a lo desconocido.
Mis ojos se posaron en uno de esos. Era un encargo extraño, diferente de lo habitual. La descripción era breve, apenas unas pocas líneas escritas con una caligrafía descuidada:
Cita:“Se busca recuperación de una criatura perdida en el Laberinto de Zárabe. Recompensa sustancial. Precaución: la criatura es peligrosa.”
No había más detalles. No un nombre, no un remitente claro. Solo la promesa de una recompensa y una vaga advertencia. Podía sentir las miradas curiosas de algunos miembros del gremio, pero nadie se atrevía a tocar el aviso. Los rumores sobre el Laberinto de Zárabe eran suficientes para disuadir incluso a los más audaces.
Yo no necesitaba más información. Arranqué la hoja del tablón y me dirigí al encargado de los registros. No fue necesario decir una palabra; el simple gesto de entregar el aviso fue suficiente para que anotaran mi nombre.
El Laberinto de Zárabe no era un lugar al que uno se aventurara a la ligera. Se encontraba al borde del desierto, una red de cañones naturales que se decía estaba llena de trampas naturales, fauna peligrosa y, según algunos, fuerzas que desafiaban la lógica. Para los locales, era un lugar que inspiraba superstición. Para mí, era un desafío como cualquier otro. Revisé mi equipo con meticulosidad. Las hojas de mis armas estaban afiladas, mis provisiones empaquetadas de manera eficiente, y llevaba suficiente agua para al menos dos días. No planeaba quedarme tanto tiempo, pero el desierto tenía su propia voluntad, y cualquier plan podía desmoronarse con facilidad.
Antes de partir, me detuve frente al "Eclipse Rojo". La embarcación descansaba en el puerto como el día anterior. Me permití un momento para apreciar su presencia, una reafirmación de que cada decisión que tomábamos ahora tenía un peso mayor. Pude notar algo de movimiento dentro del barco, pero el ruido que provenía del estómago del Eclipse me daba a entender que era Agyo quien se encontraba allí. Seguramente estuviera organizando algunas cosas o haciendo preparativos.
Con todo listo, emprendí mi camino hacia el Laberinto. El desierto era despiadado durante el día. El sol caía como una hoguera celestial, y cada paso sobre la arena parecía absorber parte de mi fuerza. Pero era un entorno al que me había acostumbrado. Mi piel, aunque resistente, sentía el calor; mi cuerpo, aunque fuerte, notaba la deshidratación. Pero seguí adelante, guiándome por las instrucciones rudimentarias que habían llegado con el encargo. El Laberinto apareció como una ruptura en el horizonte, un corte profundo en la tierra que parecía consumir todo a su alrededor. Las paredes de roca rojiza se alzaban como gigantes dormidos, y la entrada era una grieta angosta que prometía poco más que oscuridad. Respiré hondo y avancé.
El interior del Laberinto era un mundo completamente diferente. El calor abrasador del desierto daba paso a un aire más fresco, pero también más pesado. La luz del sol apenas alcanzaba los pasillos más profundos, y los sonidos eran extraños, como si las paredes mismas murmuraran entre sí. La primera hora fue relativamente tranquila. Las rutas eran confusas, pero el instinto y la experiencia me ayudaban a encontrar el camino. Era evidente que pocas personas se aventuraban aquí. Las marcas en las paredes, las señales de tránsito humano, eran escasas.
A medida que me adentraba, comencé a notar señales de actividad reciente. Rasguños en las paredes, huellas desiguales en el suelo, y en algunos casos, trozos de tela que parecían haber sido arrancados con violencia. La criatura que buscaba no solo estaba perdida; estaba causando estragos. El tiempo parecía perder significado en ese lugar. El sol, invisible desde el interior, ya no era una guía. Solo los ecos de mis propios pasos y el ocasional ruido distante rompían el silencio.
Fue en una cámara más amplia donde lo sentí por primera vez. No lo vi, pero lo sentí. Una presencia, algo que me observaba desde las sombras. Mi cuerpo se tensó de inmediato, mis sentidos agudizándose mientras intentaba localizar su origen. El aire se volvió más denso, cargado de algo que no podía identificar. Entonces, un movimiento. Una sombra se deslizó entre las rocas, rápida y ágil, pero lo suficientemente grande como para sugerir algo más que un simple animal. Me moví con cautela, manteniéndome al margen de la cámara mientras escaneaba el terreno. La criatura estaba cerca, y podía sentir su atención fija en mí. No era hostil, al menos no todavía, pero tampoco era dócil.
Avancé lentamente, cada paso calculado. Finalmente, mis ojos captaron un destello de movimiento, una figura encorvada que se escondía detrás de una formación rocosa. La criatura era imponente, mucho más grande de lo que esperaba. Su cuerpo estaba cubierto de un pelaje oscuro y áspero, y sus ojos brillaban con una inteligencia que resultaba inquietante.
La criatura no esperó mucho para actuar. Con un rugido bajo que resonó por todo el Laberinto, cargó hacia mí, rápida y letal. No era una bestia cualquiera; cada movimiento demostraba que estaba acostumbrada a luchar, a sobrevivir. Mis movimientos eran igual de precisos. Las primeras embestidas fueron esquivadas con facilidad, pero sabía que no podía mantener ese ritmo para siempre. La criatura era incansable, y el entorno jugaba a su favor.
El enfrentamiento continuó durante varios minutos, una danza de ataques y evasiones. Cada movimiento mío estaba diseñado para evaluar su comportamiento, para buscar un punto débil. Finalmente, noté algo: la criatura protegía su flanco izquierdo, moviéndose de manera más torpe cuando intentaba atacar desde ese ángulo.
Esperé mi oportunidad y, cuando llegó, ataqué con precisión quirúrgica. No busqué matarla; ese no era el objetivo. Mi golpe fue suficiente para desorientarla, para demostrar que no era una amenaza indefensa. La criatura retrocedió, emitiendo un gruñido bajo que parecía más frustración que ira. Entonces, algo inesperado ocurrió. En lugar de volver a cargar, se quedó inmóvil, sus ojos brillantes estudiándome con una intensidad casi humana.
El camino de regreso al gremio fue más tranquilo de lo que esperaba. La criatura, aunque claramente peligrosa, parecía haber entendido que yo no representaba una amenaza inmediata. Caminar detrás de mí, manteniendo una distancia prudente, era suficiente para que ambos llegáramos al exterior sin incidentes. Al llegar a las afueras del Laberinto, vi la luz del día nuevamente. La criatura, al igual que yo, parecía aliviada de estar fuera de ese lugar opresivo.
El trabajo aún no estaba terminado. Había preguntas que responder, detalles que aclarar. Pero por ahora, había cumplido con mi parte: había encontrado lo que buscaban, y lo había llevado de regreso. De pie en la arena del desierto, con la criatura observándome desde la distancia, sabía que este trabajo era solo uno más en una serie de desafíos que apenas comenzaba. Pero, como siempre, cada paso era un recordatorio de que estábamos avanzando, no retrocediendo.
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Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
09-01-2025, 04:11 AM
Ya habían pasado unos dias desde que consumí la extraña fruta que encontre en el desierto, aun no se lo contaba a Ungyo y sinceramente sentía que le estaba mintiendo, más allá del hecho de ser mi hermano menor, el idiota toda la vida me había acompañado, en las buenas y en las malas.
La Mero Mero no mi estaba empezando a ser problemática, yo ya era un tipo bastante agraciado (No como Ungyo), pero estaba seguro de que uno de los poderes de la fruta era potenciar eso, ahora sentía una especie de Aura que emanaba de mí, que hacia que las personas se sintieran atraídas a mí, sabía que esto sucedía por mi nula experiencia controlando la fruta.
Así pues, tenía que buscar apoyo en la única persona que me conocía tanto como lo hago yo, Ungyo… Asi que una noche lo espere sentado en su cama, hasta que volvio de hacer quien sabe qué.
Mi hermano gemelo entro a su cuarto y me miro con su cara de “Sal de aquí” a lo que le dije.
-Tenemos que hablar, esto es serio Ungyo, por favor toma asiento y escucha atentamente lo que tengo que decir.
Mi hermano menor obediente, se sentó en la cama y me miro atento, yo respiré hondo y comencé.
-Bueno, a sucedido algo, el tema es asi… Hace unos dias, decidi buscar mas poder, por lo que siguiendo rumores que se escuchaban en la ciudad, di con una akuma no mi… y me la comi.
La mirada de Ungyo no cambio, como siempre no hablo, pero yo sabia que estaba esperando que terminara mi relato para decirme sus 3 palabras.
-Ahora no puedo nadar, lo sé, lo siento….. Pero Ungyo creo que me comi la Mero Mero no mi, me volvi absurdamente irresistible para la gente común, las personas se me tiran encima, no se como controlar esto, el otro dia transforme a una chica en piedra, EN PIEDRA UNGYO maldita sea… no se que hacer, ¿Acaso hice mal?
Me quede alli a la espera de la respuesta de mi hermano y de que este terminara de pensar que decirme para que yo pudiera usar el lazo que nos une y leerle el pensamiento.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
09-01-2025, 04:26 PM
Luego de un día de trabajo bastante jodido, cobré mi paga y me dispuse a cenar. Imaginé que Agyo estaría por allí, ya que siempre está ocupado llenando el tanque. Me sorprendió no verle allí. ¿No será que estaba haciendo un trabajo o algo, no? no se le vayan a lastimar las manos al joven por trabajar. En fin, continué con mi ritual nocturno de cenar y luego iba a subir a darme una ducha, pero primero debía pasar por mi habitación a buscar mis cosas. Así que subo por las escaleras hacia las habitaciones y ¿qué me encuentro al abrir la puerta? Al señorito calenturas sentado en mi cama lloriqueando como una adolescente. Ya iba yo a decirle sus 4 cosas, cuando me miró serio y me pidió que le escuchara. Pocas veces teníamos conversaciones realmente serias, pero cuando sucedían, allí estábamos para el otro, y ¿cómo no iba yo a estar para mi hermano pequeño?.
Lo que salió de su boca entonces me dejó sin palabras. Resulta que mi hermano se había ido en busca de una Akuma no mi para hacerse más fuerte y se había comido nada más y nada menos que la Mero Mero no Mi. Me había explicado cómo todo su entorno comenzaba a sentir una extraña atracción hacia él y cómo sin saberlo había convertido a una chica en piedra (no pregunté por las condiciones en que eso pasó, porque la verdad si mi hermano había llegado a tener suerte con una chica, bien por él, mal por ella)
Cuando hubo terminado de hablar, intenté procesar todo lo que había escuchado. No solo estaba sorprendido por lo que había oído, sino porque ese mismo día yo también había tenido la misma idea (Quizás como parte de esa conexión entre gemelos que suele decir la gente que existe) Y me adentré al desierto, consiguiendo el poder que ahora había dentro de mi. Había intentado evitar usarlo por miedo a no controlarlo y lastimas gente, pero siendo mi hermano la persona en quien más confiaba, creo que era hora de tener un poco de honestidad con él.
Chasqueando la lengua dos veces, tomé lapiz y papel y garabateé algunas palabras y le pegué el papel en el pecho a mi hermano. Entonces intenté concentrarme y enfocar mi poder en mi mano derecha, la cual lentamente comenzó a crecer. Mis huesos tronaban y se reajustaban a su nueva configuración, mientras unas enormes garras salían de sus puntas. Al final mi brazo era la enorme garra afilada de una bestia. Pude ver los ojos de Agyo redondos como platos, mientras simplemente le dije
"También tengo poderes-Um"
Con la mandíbula casi tocando el suelo, mi hermano miró el papel y pudo leer:
Cita:Fure Fure no Mi: Modelo Hurón de la miel
Había pasado las últimas noches leyendo e indagando sobre el animal en que me había convertido y no me había tomado mucho llegar a aquella conclusión. La reacción de Agyo no se haría esperar.
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Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
12-01-2025, 01:49 AM
Durante los instantes que siguieron a mi más que directa demostración de poderes ante mi hermano, si algo me sorprendió fue su silencio. Nunca había cerrado el pico tanto tiempo como para estar en la misma habitación 5 segundos y que no se escuchara palabra alguna. Aquello era un evento indescriptible. Tal vez mi verdadero poder fuera en realidad el de poder ahcer que Agyo cerrara finalmente el hocico, aunque espero que no sea el caso, la verdad, porque si algo necesito en este instante es precisamente saber su reacción y su opinión. Ambos habíamos hecho algo a espaldas del otro que era increíble, sí, pero al mismo tiempo era algo grave y que si no lo trabajábamos con el cuidado necesario, podría acarrearnos problemas graves.
Estas nuevas habilidades sin duda eran impresionantes, pero podrían ser tanto buenas como malas. Podían ser una ventaja excepcional en nuestro futuro, o llevarnos a la más completa y absoluta perdición. Si no pensábamos bien las cosas, nuestras nuevas habilidades podrían causarnos más dolores de huevos que beneficios. Me detuve a pensar por un momento, mientras vi que la mirada de Agyo empezaba a volver. El tipo estaba haciendo sus propios cálculos mentales y ya estaría listo en unos instantes para darme su respuesta.
En lo que a mi respecta, pensé por un instante y aunque era algo sorprendente, recordé que yo ahora mismo ya era un maestro del manejo de armas cortantes y de filo. Tener ahora 5 garras en cada mano y pie (o pata) que fueran tan filosas y mortales como las dagas que solía usar, solo podía ser una noticia increíble. Tenía 20 cuchillas incorporadas a mi cuerpo, sin contar los enormes colmillos a mi favor. Ahora que lo pensaba, era una completa máquina de rebanar, picar, lacerar y descuartizar a lo que fuera que se me cruzaba. No sé si esto era malo, pero sin duda sería algo increíble.
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