¿Sabías que…?
... Eiichiro Oda empezó la serie con la idea de terminarla en 5 años, pero se dio cuenta de que en esos 5 años que la trama ni siquiera llegaba al 50%.
[Aventura] [T3] La Queso Nostra Parte I
Dan Kinro
[...]

El club de costura seguía igual de peculiar que al entrar. Las ancianas seguían trabajando en sus bordados, pero había algo raro en la manera en que parecían moverse. No era que se apuraran, más bien parecía que todo seguía un ritmo que solo ellas conocían. Una de las señoras, con el cabello blanco recogido en un moño alto, alzó la vista hacia Arthur cuando él habló sobre arreglar su ropa.

Ah, mi niño, claro que podemos ayudarte — respondió con una sonrisa que, aunque cálida, parecía esconder algo más — Siempre es bueno ver a un caballero preocupado por su apariencia. A veces hasta los soldados tan curtidos como tú necesitan un buen remiendo, ¿verdad?

Las demás ancianas rieron bajito, como si compartieran un chiste privado. Mientras tanto, una mujer bajita y robusta, con un chal verde y unas gafas demasiado grandes para su cara, pasó detrás de Donatella, cargando un cesto que parecía demasiado pesado para alguien de su tamaño. Se detuvo al oír el comentario sobre el calor.

Oh, querida, siempre es mejor estar preparados, ¿no? Nunca se sabe cuándo el clima puede cambiar. Además, estas capas ayudan a mantener el frío de los huesos, aunque sea verano, el reuma es muy puñetero.

La mujer dio un pequeño tirón al chal como para demostrárselo.

Sirius, mientras tanto, había captado la atención de otra anciana que, al parecer, encontraba fascinantes las alas plegadas del joven. Se inclinó hacia él mientras seguía bordando.

Tienes un aspecto muy interesante, jovencito. Esas alas… ¿son de adorno o realmente te llevan a algún lugar? — preguntó con una mezcla de curiosidad y burla.

De repente, el sonido de un golpe ligero se escuchó desde el fondo de la tienda, donde una puerta pequeña de madera parecía llevar a un cuarto trasero. Las ancianas apenas reaccionaron, pero cualquiera observador habría notado cómo sus ojos se desviaron por un instante hacia la puerta antes de volver a sus labores.

¡Oh, qué torpe soy! — dijo una de las señoras más jóvenes del grupo, que aparentaba fácil 75 años, levantándose apresuradamente de su asiento para ir hacia la puerta. Su paso era lento, pero parecía estar muy decidida a llegar allí.

La tienda seguía oliendo a té y pasteles, pero ahora también se percibía un leve aroma metálico, algo que desentonaba con el resto del lugar. Las risas y los comentarios casuales de las ancianas seguían llenando el espacio, pero había algo en la forma en que evitaban mirar directamente hacia la puerta trasera que resultaba difícil de ignorar.

Desde su posición afuera, Zirko, que había seguido observando desde la esquina, notó cómo varias de las ancianas que salían del club tomaban caminos distintos, pero siempre se aseguraban de mirar hacia atrás como si quisieran confirmar que no estaban siendo seguidas.

 Una de ellas incluso hizo un movimiento rápido, metiendo algo en su abrigo antes de girar por una calle lateral.

Por ahora, el equipo dentro del club seguía jugando sus cartas con cautela. Pero el "Hilo Mágico" parecía ser mucho más que un simple club de costura, y las abuelitas, aunque sonrientes y aparentemente inofensivas, daban la sensación de que estaban vigilando más de lo que parecía.
#11
Arthur Soriz
Gramps
Escuché el leve golpe proveniente del fondo de la tienda y mi atención se desvió tan solo por un segundo o dos hacia el origen de dicho ruido. Escuché cómo una de las ancianas parecía excusarse, diciendo que era su torpeza o algo similar. Sin dudarlo ni un segundo, alcé mi voz con una claridad rimbombante mientras comienzo a sacarme la chaqueta, mis compañeros podían ver cómo la escena se volvía rápidamente más... ¿cómo decirlo? Extraña como mínimo.

¡Un momento, señoritas! ¡Un momento! —exclamé con una amplia sonrisa plasmada en el rostro, sin atisbo de vergüenza. — Si quiero que me arreglen la ropa, voy a tener que dárselas... ¿verdad? —agregué. Con una serie de movimientos lentos terminé de sacarme la chaqueta revelando mi gran torso musculoso, lleno de cicatrices de una vida luchando por proteger Kilombo. Luego, mi pantalón también cayó al suelo, viéndose que vestía tan solo un fundoshi bien puesto que cubría mitad de mi abdomen y mis partes más privadas. Mi actitud e incluso mi porte ahora mismo parecían más propios de un héroe que de un hombre de mi ya avanzada edad.

Agarré mis prendas y continué hablando sin perder mi tono jovial. — Estoy verdaderamente agradecido si pueden arreglarme la ropa, señoritas. Si no fuera por su ayuda, no sé cómo podría mantener inmaculados mis trajes y uniformes. — con una carcajada ruidosa, hice una pequeña referencia hacia la anciana con la que había estado conversando, mi mano extendida y mis dedos tocando suavemente los suyos, como si estrechara esta en señal de agradecimiento mientras le entregaba mis prendas, quedándome puesto nada más esa gabardina que usaba desde el día en que me uní a la Marina; la que perteneció a mi padre.

Con un giro lento comencé a recorrer la habitación, deteniéndome frente a cada una de las otras cuatro mujeres presentes en la habitación. Sin importar lo que pensaran, me incliné con una reverencia marcada. A cada una de las ancianas les estreché sus manos o al menos un tacto ligero, suave de piel a piel estrechando sus manos muy suavemente. Nunca demasiado invasivo, pero lo suficiente como para que las cinco pudieran sentir el calor de mi tacto.

Me moví entonces casi al centro de la sala, mi cuerpo impúdicamente visible ante todos incluso mis compañeros. Me crucé de brazos y lancé otra carcajada sonora. — Señoritas, son ustedes tan modestas y prácticas —dije con un tono cómplice, una sonrisa grande y genuina—. Pero si alguna de ustedes necesita que un hombre de verdad las ayude, no tienen más que pedírmelo. Soy fuerte, capaz, y sobre todo... estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario. —de nuevo, sin inmutarme, mis músculos se tensaron mientras adoptaba una postura imponente, como si estuviera posando para una competencia de culturismo.

Solté un gruñido cuando adoptaba una nueva pose, variando ocasionalmente y notándose cada vena de mi cuerpo hincharse al fluir sangre a estas zonas. Incluso se veían pequeñas gotas de sudor escapar de mi cuerpo ante cada tensión muscular pareciendo destellos en el aire debido al calor veraniego. Pero esta demostración tampoco podía durar demasiado o se comenzaría a ver sospechoso. Así que una vez culminé aquel espectáculo fugaz, volví a dirigirles la palabra, manteniendo esa sonrisa amplia en mi rostro.

Creo que algo ha sucedido allá atrás, ¿no? Si alguna necesita que eche una mano o busque algo, por favor... con gusto me haré cargo mientras ustedes tan amablemente arreglan mi ropa, ¿qué les parece?

No insistí, pero guiñé uno de mis ojos dirigido a la señora a la que le había hablado inicialmente cuando entramos a esa tiendita. Estaba aprovechando la situación para probar cuánto podía extender la capacidad de mi Akuma no Mi, algo que de momento solamente yo sabía porque siquiera a mis compañeros del Kaigekitai les había dicho sobre la fruta que había consumido. Además, mi acto tan pomposo buscaba justamente llamar la atención de las señoras, mientras que mis compañeros tal vez... podían aprovechar este momento para adentrarse un poco más a la tiendita y averiguar qué tanto estaban ocultando con sus miradas 'bonitas' y actitud tan aduladora.

Fuego se combate con fuego; y este viejo había traído un Infierno consigo.

poses

resumen
#12
Sirius Herald
Eleos
No podía creer lo que estaba viendo. De todas las estrategias posibles que hubiera imaginado para distraer a estas costureras (Tenia entendido que las ancianas eran lujuriosas), jamás se me habría pasado por la cabeza que Arthur fuera a… desnudarse casi por completo. Sentí una punzada entre la sorpresa y la risa ahogada mientras lo observaba con ese porte heroico, mostrando orgullosamente sus cicatrices y músculos. Sin duda, su idea de “pasar desapercibido” era muy diferente a la mía, pero bueno, no podía juzgarlo, supongo. -Las alas son de verdad, por supuesto.- 

Me detuve un instante, observando la reacción de las ancianas, las cuales, parecían cautivadas, aunque no supe bien si por la osadía de Arthur o por la confirmación de que, bajo ese uniforme, había un cuerpo que había sido tallado en batalla, como diría una compañera de hace mucho tiempo: Es un papucho, tallado por los mismitos ángeles.. Algunas se tapaban la boca, otras se reían como si fuera la cosa más graciosa del mundo, y alguna llegó incluso a echarse aire con la mano, como si necesitara refrescarse tras tanta exhibición. Pero bueno, aquel “espectáculo” era perfecto para mis propósitos. Mientras Arthur se convertía en el centro de todas las miradas, yo aprovecharía para investigar un poco más la trastienda. Giré la cabeza un par de veces con aire distraído y me acerqué a la pequeña puerta de madera desde donde había provenido el sonido. La anciana que se había puesto en marcha para revisar qué ocurrió parecía seguía caminando, para no levantar muchas sospechas miraría a Arthur de nuevo. -Pero bueno, no sabía que los ancianos podían llegar a hacer modelaje tan bien.- Diría en alto, lo bastante alto para que escucharan pero sin perder esa calma que solía caracterizarme.

Esbocé una sonrisa y, fingiendo curiosidad por las telas expuestas en una mesita cercana, me coloqué en una posición estratégica: medio agachado, tocando un rollo de lino y acercándome cada vez más a la puerta trasera. Mi intención era evidente. si la atención seguía en Arthur, yo podría colar al menos un ojo, o tal vez la cabeza, por esa puerta entreabierta. Entonces pude ver como obviamente la señora se acercó -Disculpe señora, pero...- Dije, con una amabilidad rebosante. -¿Necesita que le ayude? si algo se ha caido... lo mas probable es que necesite ayuda de una mano mas firme que la suya, sin ofender.. pero como medico puedo notar cuando alguien necesita ayuda...

Off
#13
No Name
Miku
Error de pj
#14
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
Las ancianas se dispersaron por toda la ciudad, moviéndose en diferentes direcciones como si cada una tuviera un propósito específico. Zirko las observaba desde su posición elevada sin mayores complicaciones. Los edificios apenas llegaban a sus tobillos, y unos pocos lograban superar su rodilla. Esa ventaja natural le permitía rastrear a las personas sin necesidad de abandonar su puesto actual.

Desde las alturas, sus ojos seguían los movimientos de las mujeres, intentando descifrar algún patrón en su comportamiento. Cada una parecía ir a su propio ritmo, pero Zirko no perdía de vista el detalle de sus atuendos extraños y sus bolsos, que oscilaban con cada paso. Sin embargo, la ancianita del bolso gatuno seguía sin aparecer. Esa mujer, con su caminar particular, le resultaba difícil de ignorar, y su ausencia comenzaba a inquietarla.

Sin distraerse de su tarea, Zirko decidió quitarse las botas. Se inclinó con calma y desató las correas una a una, dejando que el cuero cayera con suavidad. Últimamente, prefería ir descalza o incluso usar tacones antes de usar botas gruesas como esas, pero en ese momento, la sensación de sus pies desnudos contra el suelo le resultaba más práctica. Además, le permitía moverse con mayor comodidad mientras seguía vigilando la ciudad.

Con las botas a un lado, sus pies descansaron sobre el suelo, sintiendo la textura fría y rugosa de las piedras bajo ellos. Zirko se mantuvo alerta, sus ojos recorriendo cada rincón, cada callejuela, buscando algún indicio de la anciana que se le había escapado.

A pesar de la dispersión, su posición elevada le daba una perspectiva privilegiada. Las diminutas figuras de los habitantes se movían entre las sombras y la luz, ajenos a la presencia de la gigante que los observaba con detenimiento. Zirko, sin moverse de su lugar, continuó buscando a la ancianita del bolso gatuno, segura de que tarde o temprano volvería a aparecer, o al menos, hasta encontrar algún patrón o algo incriminator de parte de cualquiera de las otras ancianas. Solo debía seguir actuando como si solo estuviese perdiendo el tiempo, como si realmente no las estuviese observando directamente. No tenían porque saber ellas de la vista privilegiada de esta joven gigante.
#15
Donatella Pavone
La Garra de Pavone
La mirada de la Garra de Pavone no podía evitar posarse, aunque solo fuese por unos segundos, en la inusitada escena que Arthur estaba protagonizando en el centro de la sala. El marine sin vergüenza había decidido despojarse de gran parte de su vestimenta, exhibiendo su viejo cuerpo musculoso ante las ancianas y ellos… sus compañeros de misión. Aquella demostración la tomó completamente por sorpresa, sintiendo por un instante una punzada de asco que se reflejó fugazmente en la expresión que claramente trató de contener, aunque enseguida recuperando la compostura. "¿Es esto una estrategia para distraerlas? Espero que tenga un propósito válido… que anciano tan vulgar y pervertido." Pensó mientras desviaba rápidamente la mirada hacia las señoras y evaluar tanto sus reacciones como el ambiente ante el espectáculo improvisado.
 
Donatella simplemente decidió respirar profundamente a fin de enfocarse nuevamente en lo que importaba. Su agudo oído captó el sonido metálico, algo que desentonaba con el ambiente supuestamente acogedor del lugar, al menos con lo que podían percibir visual y olfativamente. Aunque no podía determinar el origen exacto ni qué lo causaba, la peculiaridad del ruido la mantenía alerta, si bien pudiera ser la cubertería de los posibles pasteles, también podía ser lo que Murray les había advertido que podrían ocultar. Fue entonces cuando sus ojos se desviaron hacia la puerta trasera, justo en el momento en que una anciana que parecía particularmente apurada, a su propio ritmo, vociferaba sobre su torpeza mientras se dirigía hacia el curioso portal.
 
Con movimientos calculados, Donatella se adelantó, levantando ligeramente una mano en un gesto de ofrecimiento. — Permítame, señora, puedo asistirla. Tal vez se ha caído algo pesado y necesite ayuda. — Su tono era calmado, casi indiferente, aunque en realidad su mente evaluaba cada detalle. Había algo en la prisa de la anciana que despertaba su curiosidad, y esta parecía una buena oportunidad para acercarse. Al estar cerca no perdería la oportunidad de activar sus poderes, buscando evitar cualquier reacción hostil gracias a los poderes de su fruta.

Habilidad de Fruta

 
Mientras esperaba la reacción de la mujer, Donatella dejó que su mirada vagara por la sala. Había algo fuera de lugar en el aroma que impregnaba el ambiente. El té y los pasteles recién horneados intentaban enmascarar lo que ahora se percibía no solo como un sonido, sino también como un leve olor metálico, un detalle incapaz de pasar desapercibido por cualquiera. — Por cierto, el aroma de esta tienda es... único y agradable. — Continuó con un tono gentil, lleno de paz y serenidad, regresando su atención a las ancianas que seguían trabajando en sus proyectos de costura con aparente tranquilidad. — Ese té y los pasteles que percibo... ¿los venden aquí? Huelen deliciosos y quisiera probar un poco. — Fingiendo un interés genuino, Donatella sonrió con amabilidad hacia la señora que estaba frente a frente de ella, no solo esperando respuesta de la ayuda con la puerta, sino también esperando la respuesta sobre los pasteles y el té.

El verdadero propósito de Donatella era claro, ganar tiempo, observar de cerca y reunir cualquier pista que pudiera delatar lo que estas mujeres realmente ocultaban. Mientras tanto, sus sentidos permanecían alerta, esperando cualquier indicio que la acercara más a desentrañar los secretos de aquel peculiar club de costura y justificar la razón por la cual la marina le había contratado como soporte para este encargo contra Chester Chettony y sus movimientos en Kilombo.

stats y datos
#16
Dan Kinro
[...]
El club de costura "El Hilo Mágico" seguía envuelto en ese aire de té caliente, pasteles recién horneados y algo más denso y metálico que parecía impregnar cada rincón.    Arthur Soriz, con su despliegue de confianza y su físico digno de una escultura, había conseguido captar la atención de varias de las ancianas. La señora de gafas gruesas, que apenas podía disimular su interés, lo miraba como si fuera un joven galán en sus mejores días. 

La del chal verde parecía atrapada entre un abanico de pensamientos que la hacían sonrojar, mientras que una tercera, que intentaba mantener la compostura mientras tejía, terminaba perdiendo más puntadas de las que daba. En un acto involuntario, una de las ancianas encendió un Den Den radio de fondo. La canción acompañaba el momento.


Cuando Arthur comentó sobre el ruido de la puerta trasera, las señoras intentaron recuperar algo de dignidad y salieron de su ensoñación con respuestas rápidas.

¡Oh, nada, nada! — exclamó la del chal verde, agitando las manos con nerviosismo. — Seguro que algo se cayó, pero no pasa nada, cariño. Nada de qué preocuparse.

La de gafas gruesas le siguió, riendo con una voz que parecía más tensa de lo necesario. 

Sí, tesoro, no te preocupes. Todo está en orden, de verdad.

Mientras tanto, Sirius Herald, con movimientos tan sigilosos como calculados, aprovechó la distracción de Arthur para acercarse a la puerta trasera. Con cuidado, se deslizó a través de la abertura y echó un vistazo al interior. Ahí, entre un revoltijo de abrigos de invierno y mantas pesadas, sus ojos se toparon con algo completamente inesperado: una ametralladora gatling. El arma, inmensa y claramente fuera de lugar, estaba escondida bajo capas de tela, como si fuera lo más natural del mundo en un club de costura.

[Imagen: arm0pam.jpeg]

En otra parte del salón, Donatella Pavone observaba con detenimiento mientras el aroma metálico seguía persistiendo en el aire. Aunque intentaba mantener una conversación casual con las ancianas, estaba claro que gran parte de su atención estaba dirigida a Arthur. La anciana que se dirigía hacia la puerta trasera trató de calmarla con gestos pacíficos, casi cariñosos.

No te preocupes, querida. Solo fue algo que se cayó. No es nada importante — dijo con una sonrisa tranquilizadora. — No quiero molestarte, sigue disfrutando.

El efecto de la fruta de Donatella Pavone hacía que la anciana respondiera con una calma casi excesiva, dejando claro que no veía ninguna amenaza en su ofrecimiento.

En el exterior, Kuro D. Zirko seguía vigilante. Había localizado a la anciana del bolso gatuno tras una esquina y estaba lista para seguirla cuando algo completamente inesperado ocurrió. Dos perros callejeros, en plena demostración de "afecto", se cruzaron en su campo de visión, chocando torpemente y rodando por el suelo. Zirko, con el rostro encendido de vergüenza, apartó la mirada por un instante, lo suficiente para perder de vista a la mujer.

Cuando volvió a mirar hacia la esquina, la escena que vio parecía sacada de un delirio: un gato, con el mismo bolso gatuno en la espalda, parecía estar llevando a una anciana colgada como si de un saco de papas se tratara. Zirko parpadeó varias veces, su mente luchando por procesar lo absurdo de lo que acababa de ver. ¿Había sido real? ¿O estaba empezando a imaginar cosas?

Desde su posición elevada, se quedó observando la escena, con la duda de si debía informar a los demás o tomarse un momento para asegurarse de que sus ojos no le jugaban una mala pasada.

El club de costura mantenía ese aire extraño, entre lo acogedor y lo inquietante. Las ancianas seguían con sus costuras, pero algo en el ambiente no terminaba de encajar. Poco a poco, las piezas empezaban a salir a la luz, aunque nadie tenía claro aún qué forma iba a tomar este enredo.

Resumen
#17
Arthur Soriz
Gramps
Como un pilar de confianza en medio del extraño ambiente que envolvía el club de costura, me movía con soltura, con mi carisma natural y una pizca de teatralidad que había perfeccionado a lo largo de mis años. Afortunadamente mi cuerpo musculoso y lleno de cicatrices parecía captar la atención de las ancianas como un imán irresistible. Cada movimiento era un espectáculo... una demostración tanto de fuerza como de astucia, diseñada para mantenerlas entretenidas y, sobre todo, distraídas.

Mientras posaba con una postura que marcaba mis biceps, permití que las ancianas si así lo deseaban, tocasen mi musculatura.
Adelante, adelante, señoritas. —decía con un tono entretenido, esbozando una sonrisa que era mitad jovial y mitad resignación velada. — Los años no vienen solos y uno debe mantenerse en buena forma incluso a esta edad. —lo decía de una forma casi hasta juguetona, pero en mi interior me sentía un tanto incómodo. El tacto ajeno, especialmente de gente que no conozco no era algo que disfrutara, pero hay que hacer sacrificios por el bien del grupo a estas alturas... no importa las consecuencias de mis actos mientras no dañaran a nadie más que a mi mismo.

Me acercaba a ellas, y les agarraba de las manos a las que parecían las más interesadas, en secreto usurpándoles de su suerte cuando divisé que, no muy a lo lejos, Sirius ya había aprovechado la distracción para escabullirse e intentar ver lo que había tras esa pequeña puerta, esperaba ... de verdad, que no fuera nada incriminatorio. En el fondo, prefería que estas señoras fueran inocentes, pero ya saben lo que dicen... lo que uno quiere no siempre es lo que uno recibe.

A pesar de todo este despliegue, mantenía un ojo alerta hacia el entorno. No había perdido de vista el hecho de que este grupo de ancianas aunque aparentemente inofensivas, podría estar ocultando algo más detrás de sus risas y amabilidad, impulsadas aparte por ese pacifismo que se había levantado en toda la sala tan de repente. Aunque el tono de la interacción era ligero, mi mente trabajaba con rapidez calculando cada posible desenlace una vez el secreto que ocultaban fuera revelado. De vez en cuando esperaba la señal de alguno de mis compañeros, pero confiaba en que me harían saber si las cosas tomaban un giro más complicado. Mientras tanto mi deber era mantener a las ancianas distraídas, una tarea que a pesar de mi incomodidad interna, parecía de momento estar logrando con creces.

Señoritas, ¿les parece si me muestran cómo trabajan? Me encantaría ver lo que son capaces de hacer con sus maravillosas manos.

Raki Raki no Mi

gastos
#18
Sirius Herald
Eleos
Jamás hubiera imaginado que en un club de costura encontraría una... de esas cosas, eran armas sofisticadas, de ésas que uno solo solía ver en los cuentos sobre mafias y Gangsters de esos, letales y totalmente fuera de lugar en medio de hilos y retazos de tela. Y, sin embargo, allí estaba... la intentaban ocultar entre prendas, telas y distintas cosas. la verdad es que no era demasiado buen escondite.. pero bueno.

Solo tenía un segundo para mirar, por lo que de la misma forma que me asomé, retrocedería un paso, mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi cavidad torácica, una parte de mí quería alertar a Arthur y Donatella inmediatamente, pero no podía arriesgarme a llamar la atención de las ancianas.... Necesitaba una forma discreta de advertirles de lo que había descubierto: “¡Atención, hay un arma enorme aquí atrás!” definitivamente no era la mejor frase para soltar en ese momento, la verdad... Mientras pensaba, juntaría mis manos en un rezo silencioso, entonces, se me ocurriría. Mi mirada se tropezaría con mi violín, apoyado en mi espalda y que podía sentir por mis alas. siempre lo llevaba encima... así que no era sospechoso, no es como si guardara algún tipo de metralleta dentro de la funda. Pensé que, si actuaba con la suficiente calma, cantar podría convertirse en un modo perfecto de transmitirles un mensaje a mis compañeros: podía convertir las notas y la letra en un código... si. estoy seguro de que ellos serían capaces de entenderlo.

Di un par de pasos hacia el salón principal y, con cuidado de no mostrar la agitación que sentía, alcé la voz lo suficiente para llamar la atención de las costureras:
-Con su permiso, señoras. He notado que mi tío Arthur las está entreteniendo con… -lancé una mirada divertida en dirección a Arthur, que seguía medio desnudo, luciendo sus cicatrices y músculos- …cierto despliegue de fuerza, la verdad es que siempre ha sido así desde que me adoptaron. ¿Qué tal si equilibramos la atmósfera con un poco de música suave? el ambiente tranquilo para coser claramente se ha ido, dejenme que les deleite. La canción se llama.. el Hilo y la tempestad.

Sentía las miradas de algunas ancianas posarse con curiosidad sobre mí, mientras otras parecían más interesadas en seguir admirando a Arthur. Pero una vez hube tomado el violín y posé el arco sobre las cuerdas, poco a poco, se fueron girando hacia mí. Comencé con unas notas suaves, casi tristes, dejando que la melodía flotara por la habitación. Después de un par de compases, cerré los ojos y dejé que mi voz emergiera. Tenía que inventarme una canción en tiempo recordad, “El Hilo y la Tempestad”... a ver que tal era capaz de hacerlo.
Cuentan mares, viejas historias
del telar en la tempestad,
donde hilos ocultan rumores
y el metal empieza a cantar.
Dicen labios secos de invierno
que una sombra se quiso alzar;
tras un muro oculto, su aliento
es un trueno a punto de estallar.
Basta un paso en falso, un traspié,
para hundirnos en la oscuridad;
mas la fe es un faro en el viento
y su luz nos guiará…

Si un disparo cubre la noche,
que la mano firme esté;
juntos, uniremos las piezas,
pues la verdad florecerá.
No hay cadena que el valor no rompa,
ni mentira que no caiga al fin;
cuando el hilo mágico se quiebre,
otro rumbo habrá que seguir.
En cada estrofa, iba introduciendo ligeros matices y acentos que solo Arthur y Donatella comprenderían, o eso esperaba, ya que ellos también sospechaban. 1. acelerando cuando cantaba “el metal empieza a cantar”, señal de que había encontrado algo grande y peligroso. 2. Un marcado forte en “es un trueno a punto de estallar”, reforzando la idea de un peligro inminente.
En la sala, agujas cantando,
entre té, abrigos y control,
susurrando a la luna un secreto
que ocultan con risa y temblor.
Pero hay ojos que ven en penumbra,
y un arco que traza el compás;
la balada grita advertencias,
y la calma se puede esfumar.
Si la sombra al fin se revela,
cuidarás de no titubear;
el destino gira y anhela
la verdad que has de encontrar.
Si un disparo cubre la noche,
que la mano firme esté;
juntos, uniremos las piezas,
pues la verdad florecerá.
No hay cadena que el valor no rompa,
ni mentira que no caiga al fin;
cuando el hilo mágico se quiebre,
otro rumbo habrá que seguir.
En esta parte, puse especial énfasis en “agujas cantando” para hacer alusión directa al club de costura y su atmósfera, y reforcé “la calma se puede esfumar” con un acorde dramático en la cuerda de sol, que simbolizaba que no podíamos confiarnos. Cuando terminé,. Alcé los hombros como disculpándome:

-He viajado mucho y recogido historias de marineros y bucaneros. Algunas no son precisamente alegres -murmuré con una sonrisa que pretendía ser inocente.

De reojo, busqué la mirada de Donatella y Arthur, esperanzado en que hubiesen captado la señal. Aquellos versos aludían al peligro de ¨un muro oculto¨ y ¨el metal que empieza a cantar¨, una forma de decir ¨arma oculta, ¡cuidado!¨ sin delatarme ante las ancianas. El ambiente seguía con ese aroma a té, pasteles y un trasfondo metálico. Sabía que no disponíamos de mucho tiempo. Necesitábamos movernos con cautela o todo podía irse al traste. Sin embargo, me reconfortaba sentir que no estaba solo, confiaba en que mis compañeros al menos supieran que algo grave se escondía tras la puerta y que había que actuar con astucia.

Giré hacia la trastienda con la misma serenidad, como si la canción me hubiera embriagado de un aura mística, y pensé: -Ahora es su turno, amigos. Hemos de tejer la próxima puntada con precisión.-


Off
#19
Kuro D. Zirko
Payaza D. Zirko
Kuro D. Zirko, oh sí, ¿qué más se le podía pedir a alguien en su situación actual? Una inocente mujer de apenas 34 años, edad que para humanos ya sería suficiente para considerarla una señora, pero para los gigantes, apenas estaba comenzando en la adultez. Una joven que había visto y vivido muchas locuras y tonterías en su infancia, rodeada de un ambiente extraño y poco prolijo, viviendo alegre entre payasos y trapecistas, entre la alegría del mundo como tal. Sin embargo, nunca había vivido directamente lo que era la sexualidad. O sea, no era ajena a ella, sabía de su existencia, sabía que las personas y animales se apareaban, pero siempre le resultaba un acto a veces reprochable y otras que le ruborizaban a montón, tratando de evitar el tema como tal, no era capaz de evitar que sucediera, pero trataba de no verlo o de reprochar a quienes actuaban de esas maneras tan poco condecoradas.

En esta ocasión, con su impresionante porte, Zirko estaba vigilando las afueras de la tienda de costura. Había muchas ancianitas dando vueltas por ahí, moviéndose en todas direcciones con ropa muy abrigada, aunque hacía calor. Zirko no podía evitar fijarse en ese detalle mientras trataba de concentrarse en su tarea. Su mirada escaneaba a todos y cada uno de los presentes, buscando una aguja en un pajar. Sin embargo, todo esto fue presa de la distracción cuando notó a aquellos dos perritos que estaban en pleno acto copulativo, indecoroso e inmoral, en plena calle y a plena luz del día. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué iba a pasar con algo así? ¡Nooo, no podía ser! ¡Había que echarles agua!

Pero, ¿de dónde sacaría agua a esta hora del día? No tenía una cantimplora o algo a mano. Solo estaba ella ahí... y... su... saliva. ¡Oh, claro! Eso podría funcionar. En un acto de estupidez tal vez, algo de indecencia y mucha falta de educación, esta joven simplemente se abalanzó hacia adelante, con mucho cuidado de no pisar a nadie ni nada, a pies descalzos para poder tener movimiento totalmente correcto y preciso, sintiendo entre sus dedos y la planta de su pie todo lo que podría tocar al momento de avanzar. Pero solo requería dar un único paso, uno solo, para poder extender su cuerpo y así lograr hacer, en conjunto con su boca, un lanzamiento de aquello que nadie esperaría que hiciera un marine así como así, un lanzamiento de escupitajo. Pero no de cualquiera, sino de una gigante de 37,5 metros de altura a un par de perros malvados que estaban profanando las calles. Cegada por la indecencia y totalmente fuera de sí, tras lanzar su escupitajo, gritó a todo pulmón, con una voz más chillona y un poco autoritaria, avergonzada y totalmente roja - ¡ALTO AHÍ! - les gritó a esos perros.

Claro, sus palabras y puntería eran precisas. Su objetivo era atinarles directamente a los perros o al menos lo bastante cerca como para asustarlos. Y sus palabras eran para detener a esos perros en dicha indecencia. Pero fácilmente, aquel Mink con bolso de señora podría sentirse identificado con la actuación de Zirko, quien solo actuaba por vergüenza. Dentro de su campo de visión, algo cegado por la actitud de los perros, no paraba de ver a ese Mink en específico. Pero, ¿qué podría significar ese Mink en esta situación? Realmente, para ella, un Mink gatuno con un bolso de señora no era para nada algo sospechoso, pues ella buscaba un zorro Mink, con una descripción mental totalmente diferente a las que veía de ese otro Mink gatuno que tenía en frente, todo gracias a la confusión dentro de aquella oficina donde se llevo a cabo la Reunión. Ya en parte hasta se había olvidado de todo lo que pasaba con las ancianitas a su alrededor, solo se estaba enfocando en eso... esos perros malcriados.

virtudes y defectos
#20


Salto de foro:


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