¿Sabías que…?
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Tema cerrado 
[Aventura] [T4] Save Yourself
Arthur Soriz
Gramps
La Diablos te guía con pasos ligeros y seguros a través de un corredor que se va estrechando. La luz de las antorchas se va apagando detrás de ustedes hasta que llegan a una sala más pequeña resguardada de las miradas ajenas. Las paredes hechas de piedra antigua parecen absorber el sonido, dándote la sensación de que al menos aquí no serán escuchados por los demás. La joven lagarto te observa con una sonrisa tenue pero no burlona. Hay algo en sus ojos, como si cada paso que has dado hasta aquí hubiera sido planeado de antemano.

Se sienta en una plataforma de piedra, ofreciéndote un asiento con un gesto de la mano. La bandeja de carne cruda descansa entre ambos, el aroma metálico llenando el aire mientras su mirada se encuentra con la tuya.

Llevamos más de dos décadas aquí en Loguetown —comienza, su voz es suave, tranquila—. Nos hemos ocultado... es cierto, pero no por miedo. Hemos esperado el momento adecuado para salir a la luz, para mostrarle al mundo lo que realmente somos.

Hace una pausa, sus dedos rozan un trozo de la carne en la bandeja, pero no lo levanta aún. Su mirada sigue clavada en ti, evaluando tu reacción, buscando quizás algún signo de comprensión o aceptación.

Queremos un futuro en el que nadie deba ocultarse. Nuestra sangre, nuestra naturaleza, no debe ser motivo de vergüenza. Padre Heracles nos enseñó eso. Él cree que nuestra existencia es un regalo, un recordatorio de la fuerza y el poder que llevamos dentro.

Sus palabras son medidas, casi seductoras en su sinceridad. Hay un fervor en su voz cuando menciona a Heracles, como si estuviera hablando de una deidad en lugar de un líder.

La leyenda de las mariposas doradas —prosigue— es el núcleo de nuestra fe. Dicen que cada quinientos años estas mariposas aparecen anunciando una gran calamidad. Pero también son un símbolo de cambio inevitable. Padre Heracles cree que la calamidad es nuestra oportunidad. Su plan es transformar esa calamidad en un renacimiento para nosotros, para todos los que llevamos esta bendición en las venas. Quiere asegurarse de que cuando llegue ese momento estemos preparados para tomar nuestro lugar en el nuevo mundo.

Sus palabras fluyen con una seguridad inquietante, como si cada frase estuviera cargada de una verdad que ha repetido muchas veces, no solo para convencerte a ti sino para reforzar su propia convicción.

Las ofrendas que hemos hecho... —dice dejando la frase en el aire por un momento—. Han sido necesarias. Y han funcionado. Tú eres la prueba de ello. Has llegado a nosotros, tal como estaba previsto.

Toma un trozo de carne y con una gracia voraz se lo lleva a la boca. Mastica con un deleite casi animal, la sangre resbalando por sus labios antes de que se los lama con una gula meticulosa. El contraste entre su apariencia pulcra y su voraz acción es chocante, pero no puedes apartar la vista. Hay algo hipnótico en la forma en que combina brutalidad y refinamiento.

De hecho... tenemos planeada otra ofrenda esta noche, así que llegaste justo a tiempo —dice después de tragar. Su voz más baja, más íntima—. Pero sé que primero quieres que responda tus preguntas... estoy aquí para responderlas todas. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Se recuesta ligeramente hacia atrás, su mirada fija en ti esperando. Hay calma en su postura, una paciencia que contradice el hambre que mostró hace un momento. Su atención está fija únicamente en ti, como si nada más en este mundo importara que aclarar tus dudas, darte la bienvenida y hacerte sentir cómodo en el proceso.
#11
Ares Brotoloigos
Había algo en ella que le hacía estar en guardia y, al mismo tiempo, una extraña sensación de como si se “encontrase en casa”. No la conocía de nada y Ares estaba completamente seguro de que no había estado en ese lugar en toda su vida. No recordaba, tampoco, que en Arabasta hubiese un lugar similar, al menos que él supiese o pudiese haber escuchado. Para cuando llegaron a la plataforma, el diablos varón no se sentó de inmediato, tal y como ella le indicó, sino que dió un par de vueltas alrededor, inspeccionando el terreno, ignorando por ahora la jugosa carne cruda y sanguinolenta que es ofrecida para ambos en una bandeja.

Dos décadas. Llevaban dos décadas ahí debajo, sin que nadie más lo hubiese notado. O hubiesen dicho nada. Los ojos rojizos de Ares se fueron posando hasta terminar de nuevo en los celestes de la fémina. Era más menuda que él, pero atractiva dentro de los estándares de su raza. Y peligrosa. Se movía y hablaba con seguridad, con quien sabe que tiene el control de la situación.

Todavía no sé tu nombre. — Fue lo primero que dijo mientras, ahora, sí acortaba distancias para sentarse en el asiento de piedra que estaba al lado de ella. — Y que tengo que ver yo con todo esto.

Le miró de reojo mientras escuchaba. El tema de la mariposa dorada. Tenía sentido en cierta manera. Al menos en la de él, en el hecho de que había visto esa mariposa desde que aquel anciano mercader se lo había mencionado y le había dado aquella nota. Ese recuerdo hizo que Ares frunciese un poco el morro. ¿Estaría ese hombre implicado con todo aquello de alguna manera? ¿O sería, simplemente, una víctima más de todo aquel juego?

Si no sentís vergüenza de vuestra sangre, entonces no debéis ocultaros. Yo no me oculto a ello. — Nunca había sentido necesidad de hacerlo. Se mostraba orgulloso tal y como era, con ese apetito ávido incluso por la carne. Arrancada o sin arrancar todavía del cuerpo, como quien dice. — Ese tal Padre Heracles... — Murmuró, ladeando la cabeza hacia su contraparte femenina. — … Dices que no se encuentra todavía aquí, ¿qué papel tiene él en todo este asunto? Aparte de vuestro líder, al parecer.

Vuestro, efectivamente. De momento Ares no se incluía en esa ecuación por mucho que pareciesen pertenecer todos a la misma raza. Todavía era desconfiado, era algo que llevaba intrínseco también en la sangre. Y no le gustaba que le engatusasen con demasiadas florituras. Aún así, todavía tenía demasiada curiosidad por todo aquello.

En cuanto a las ofrendas... — Se inclinó ligeramente hacia la diablos, y una sonrisa afilada fue dibujándose en sus fauces, mostrándolas abiertamente. ¿Había, quizás, un peligroso coqueteo? Quizás, le gustaba la sensación de peligro. — … Espero no ser yo una de ellas. Os iba a salir un poco correoso. — Dijo, medio en broma y medio en serio.

Tras eso, volvió a enderezarse en el asiento, con la holgura y seguridad de quien lo pudiese haber hecho toda su vida.

Si son de piratas o de gente desdeñable, no tengo problema alguno en que terminen como ofrenda o ganado. — Dijo sin demasiados aspavientos o remordimientos al respecto. — Pero espero que a la gente decente y que no tiene nada que ver, los estéis dejando en paz.

Una nueva mirada de reojo, una amenaza silenciosa e implícita.
#12
Arthur Soriz
Gramps
La fémina no se apresura en responder a tus preguntas. En lugar de eso mantiene su mirada fija en tus ojos... como si buscara leerte, tratando de despojarte de cada capa de desconfianza que llevabas encima. La suavidad de sus ojos se convierte en una mezcla de serenidad y algo más... un brillo que podría pasar por inocente si no fuera por la insistencia con la que te observa. Pero tendrá que tarde o temprano responderte, no puede dejarte esperando más porque nota tu paciencia terminándose, volviéndose más difícil mantener el control de la situación.

Finalmente, pronuncia su nombre.

Eos... — cae como un susurro, lo suficientemente fuerte como para que tú pudieras escucharlo.

Una ligera sonrisa se dibuja en sus labios mientras lo dice, pero no hay arrogancia ni burla en su gesto. Solo una curiosa calma como si este momento estuviera perfectamente alineado con su propósito... para el que fue concebida años atrás. En todo momento, sigue mirándote. Casi con una insatisfacción sutil, como si buscara más que una simple reacción de tu parte. De vez en cuando su mirada se desliza, como si no pudiera evitarlo, recorriendo tu cuerpo de forma disimulada... de pies a cabeza, pero siempre volviendo a tus ojos. Ese es su centro de atención.

Con cada mordisco que da a la carne, sus labios se tiñen de rojo y su lengua pasa lentamente por sus dientes filosos, un gesto que podría parecer seductor a los ojos ajenos, pero que Eos ejecuta de forma tan natural y sin intenciones claras que se convierte en un simple movimiento de hambre; degustando la comida. No hay dulzura en ella, solo una constante necesidad de satisfacer un instinto primario, algo tan visceral que ni el rostro más pulido puede ocultar.

Hambre.

De pronto una pequeña risotada escapa de sus labios. Cálida y tranquila, como si hubiera captado algo en tus palabras que obviamente no puede darse el gusto de ignorar. Se endereza en su asiento y habla con tranquilidad. Sabe que lo que escucharás es lo que llevas sintiendo por mucho tiempo. Eso es lo más desagradable de todo, esta gente parece conocerte más que tú mismo, lo sentiste con el joven Diablos que sirvió de guía hasta aquí anteriormente. Solo que Eos lo disimula mejor... y no lo hace de forma burlona con intenciones de hacerte enojar.

Seguramente habrás notado... —comienza diciendo, mirándote con una ligera complicidad, mientras toma otro trozo de carne y lo lleva a sus labios dándole un mordisco. Mastica una, dos o tres veces antes de tragar y luego continúa— que la gente te mira raro, ¿verdad? Cuando te ven devorar carne fresca, carne como la que te ofrecemos... Sé que te han mirado con asco, con desdén. Me imagino que soportas todo eso... te o guardas, lo embotellas y tarde o temprano va a explotar... ¿Crees que la gente aceptará algo como lo que nosotros vemos tan naturalmente?

Su tono es directo, mientras sus ojos brillan con un conocimiento frío y absoluto de la situación que tú has tenido que vivir en silencio por muchos años. No necesita que compartas lo que sabes o sientas; la expresión en los rostros de los demás, el rechazo que sentiste toda tu vida. Es más que una simple comida... es una declaración. De identidad. De resistencia. De supervivencia.

Cuando mencionas de nuevo al Padre Heracles, su voz cae en silencio, un aire más pesado invade la habitación. Sin embargo, Eos sigue sin mostrar apuro por responderte. No tiene miedo. En lugar de hablar más, señala con un gesto lento y firme a una de las paredes, y cuando sigues su dedo... tus ojos caen sobre un retrato en particular. Difícil no verlo. Imposible pasarlo por alto. Te ves atraído por la imagen casi de forma involuntaria, como si tu mirada no pudiera encontrar otro lugar donde posarse.

El retrato es... intimidante. Una figura humanoide que transmite una fuerza imponente. Su rostro de facciones cuadradas, firmes, con líneas de dureza marcando cada uno de sus rasgos. Sus ojos rojos, como la mismísima sangre. Un par de cuernos, enormes y retorcidos, sobresalen de su frente inclinándose hacia los lados. Marca una apariencia tan poderosa como aterradora. La piel de esta figura es albina, tan pálida que casi brilla bajo la luz tenue de la sala. Una marca roja atraviesa su cara, cruzando su ojo izquierdo. Y en el hombreo del mismo lado justo se posa con gracia una mariposa dorada, que resalta en contraste con la frialdad y severidad del ser.

Eos se pone de pie rápidamente. Avanza hacia el cuadro con una elegancia que contrasta con el retrato que están observando. Se detiene a un lado de este, volteando su rostro hacia ti esperando que comprendieras lo que ahora te estaba mostrando.

Este es Padre Heracles. —su voz, tan tranquila como siempre, retumba en la habitación con un ligero eco. — No es solo nuestro líder... es nuestro padre. No le llamamos así solo por fe. Él realmente es nuestro progenitor.

Lo que Eos acaba de decir podría ser irrelevante para muchos y sin embargo, algo en esas palabras se clavan en tu pecho. Un peso que vas acumulando con cada segundo que pasa. Aquello que hasta hace poco había sido un juego de desconcierto y especulaciones empieza a tomar forma. Los ojos de Eos no se apartan de los tuyos. Sabe lo que te está diciendo, la importancia de lo que está dejando caer. Y ahora, el silencio se extiende que se extiende en la sala es sepulcral.

Que te hayan llamado hermano, que haya tantos como tú. Lo que aún no has comprendido, lo que tu mente todavía se niega a aceptar está a punto de caerte de golpe.

Bienvenido, hermano...

Padre Heracles
#13
Ares Brotoloigos
Tenía que reconocer una cosa. Eos tenía su encanto, a su manera. Era atractivamente peligrosa, y una hembra de su raza. No le importaba nada más. Había algo en el ambiente que era hipnótico, cómodo e intoxicante para él. Ya fuese el aroma penetrante de la sangre fresca rezumando de la carne, de las silenciosas promesas o de encontrarse con más de los suyos, aunque no los conociese de nada. Los ojos carmesíes y profundos de Ares se posaron unos segundos en los claros de la fémina mientras ésta disfrutaa de los pequeños bocados que le daba a la carne. Ares todavía no había probado ni un solo pedazo. Era como si la tan sola visión que tenía delante de sus propias narices le colmase lo suficiente. Lentamente, una breve sonrisa afilada fue dibujándose en sus fauces, casi relamiéndose las mismas. Hasta que se decidió y se inclinó ligeramente hacia el frente, estirando una garra. Con ella arrancó un pedazo consistente, sintiendo de inmediato la calidez y frescura de la misma. Sanguinolenta, caliente. Deliciosa. Un hilo de saliva, hambriento, se vislumbró cuando abrió la boca y se mostraron la hilera de dientes afilados, dispuestos a desgarrar para cuando se llevó el trozo de carne a la boca. Con naturalidad también, masticó con deleite. Con cierta ansia aún así.

Ares también la inspeccionaba cuando Eos lo hacía consigo mismo. Estaban los dos tanteándose de alguna manera, algo que consideraba normal. Al fin y al cabo, el varón no pertenecía a ese lugar. O, más bien, todavía no terminaba de confiar en la situación. Nada le aseguraba que, si no era como aquellos querían, no se volviesen contra él de alguna manera. Y Ares confiaba en sus posibilidades, pero tampoco era un imbécil descerebrado por muy bruto que pudiese ser en ocasiones.

Te preocupas demasiado de lo que piensen los demás. — Fue una mirada severa la que, ahora, Ares dirigió hacia la hembra diablos. Acto seguido, se acomodó en ese mismo asiento de piedra, haciéndolo suyo. Lo hacía de manera tan natural como si hubiese estado toda la vida ahí sentado, aunque fuese la primera vez.

Y claro que él mismo había notado lo que Eos describía. Desde que tenía uso de razón. Cuando era un niño, todo aquello le había afectado mucho más. Había formulado un montón de preguntas que nunca habían tenido respuesta. O, más bien, respuesta más allá de desprecios y ofensas. Pero a estas alturas, se había curtido. Tenía ya las escamas endurecidas, como quien dice, y poco y nada le importaban lo que los demás pensasen al respecto de él. O como le mirasen.

La gente siempre hablará. Sea de otras especies o incluso de ellos mismos o de sus propios iguales. — Era lo que solía suceder con los seres un tanto racionales. Sobre todo los humanos. Apoyó el codo en el apoyabrazos pétreo y, acto seguido, la mejilla en un puño mientras la miraba de manera directa.

No había miedo o temor en la mirada de Ares, sino más bien una mezcla de dominancia y seguridad en lo que expresaba.

La culpa es vuestra simplemente por ocultaros. Les dáis más que hablar en el momento en el que salgáis a la luz. — No lo habían normalizado, era eso lo que quería decir. Y sí era verdad que, en ocasiones, a él mismo le molestaba el cómo lo mirasen. Pero no iba a ir arrancando ojos por doquier o por mucho que lo desease. Sabía controlar, por el momento, parte de esas ansias que en ocasiones le asolaban.

Por otro lado, había quizás un tono más severo al respecto de tales palabras. Uno que se acalló cuando la atención de Ares también se percató en el silencio de Eos en el momento en el que había mencionado al Padre Heracles. La mirada de Ares fue dirigiéndose, ahora, hacia donde ella señalaba.

Y entonces le vió.

. . . — De manera instintiva, casi un siseo gutural brotó de lo más profundo de su garganta cuando sus ojos recorrieron aquel retrato.

El de un tipo humanoide de cuernos enroscados y una piel tan pálida como la suya. Como la de ellos. Tenía esa mariposa dorada posada en el hombro. Esa señal tan característica y que, para bien o para mal, le había guiado hasta ahí. Pero eran los ojos del retrato lo que le llamaban la atención. Sentía como si lo hubiese visto aunque en verdad eso nunca hubiese sucedido antes. No, al menos, que él recordase. Y, poco a poco, las palabras de Eos iban cobrando sentido no solo en su cabeza, sino en casi todas las preguntas que, cuando era un mocoso, se había hecho al respecto.

El bombeo de su sangre pareció hacerse más intenso, en lo que sus pupilas se afilaban durante unos instantes. El silencio se volvió espeso, de repente. Tan espeso como la sangre que todavía rezumaba de los trozos de carne faltantes. La mirada de Ares permaneció fija en aquel retrato.

Así que era él.

Ahora todo iba cobrando sentido, al menos de manera parcial.

Así que era eso... — Murmuró, al fin, tras varios segundos de incómodo silencio. Hubo un brillo desafiante en los ojos carmesíes del diablos, antes de volver a posar dicha mirada sobre su contraparte femenina.

Su hermana, al parecer.

Pero no te equivoques, hermana... — No lo había dicho con aprecio, ni tampoco con cercanía. Había un retintín cínico en cómo había pronunciado la última palabra. — No pienso ser parte de un rebaño que sigue a un hombre con el que no considero que sea nada mío. No he nacido para servir.

Por mucho que compartiesen la sangre.
#14
Arthur Soriz
Gramps
La carne que pruebas es suave, se nota joven... que se deshace con una facilidad casi absurda bajo la presión de tus dientes afilados. Su sabor intenso estalla en tu lengua, un festín de notas metálicas a medida que desgarras las fibras musculares, sin lugar a dudas esta carne no debe tener más de una hora o dos de frescura. La sangre, aún fresca, mancha ligeramente tus labios incluso al relamerte; es honestamente un festín digno para saciar tu apetito voraz.

Eos sigue mirándote, sabe que tus palabras van con ese cinismo calculado que tendría cualquiera al que le quieren presentar algo que suena muy bueno para ser verdad. El conocer a tu padre, a pesar de no mostrar interés, podría aclarar muchas más dudas de las que crees. ¿Por qué se fue, por qué abandonó a tu madre incluso al saber de que llevaría a su hijo en su vientre? Eos a todo esto, sin embargo, no se muestra ofendida. En lugar de eso, emite un siseo suave y controlado, una respuesta que refleja tanto comprensión a tu rechazo como también un ligero reproche. El sonido sale menos gutural que el tuyo, pero no menos intenso.

Sé que a diferencia de nosotros, tú nunca conociste a nuestro padre, Heracles —hace una pausa en su hablar, suspirando suavemente antes de continuar hablando—. Lamento no poder ofrecerte mayor explicación que esa, Ares... El resto tendrás que hablarlo con él.

Eos comprende y percibe el vacío en tu corazón, el no haber conocido a Heracles, no ser capaz de considerarlo nada más que el que brindó su material genético para engendrarte y nada más. La fémina te mira con lástima, pero también aceptación. No es que te compadezca de una manera condescendiente, sino que ve tu resistencia una reacción natural al peso de una herencia no solicitada; una familia que nunca esperabas tener.

Me imaginé que dirías eso... — murmura Eos ante tu insistencia de no considerarle una hermana a pesar de serlo. Su voz fue un susurro. No hay sorpresa en su tono de voz, solo una aceptación tranquila de la realidad que ya se imaginaba sería tu postura en todo esto. Con un movimiento lento y deliberado se aproxima más a ti. Sus ojos fijos en los tuyos, buscando una conexión más allá de las palabras. Pero no se aguanta las ganas de aclarar incluso más las dudas que deben estar corriendo en ti... incluso aquellas que siquiera sabías necesitaban respuestas.

Tu nombre, Ares... también fue elegido por él —dice, sonriendo de forma leve—. Heracles tiene un propósito para cada uno de sus hijos. Tú no eres la excepción... Por alguna razón estás aquí y ahora.

Sin embargo, tras decir esto, Eos no presiona más al respecto. En lugar de eso, permite que el silencio se instale entre los dos. Por primera vez en la noche, notas que Eos titubea. La tranquilidad y seguridad que la ha caracterizado hasta ahora se quiebra ligeramente, vacila. Un destello de vulnerabilidad que la hace parecer más... ¿humana? Más accesible. Se inclina ligeramente hacia ti, cerrando la distancia entre los dos hasta que sus cuerpos casi se tocan. Aunque los une el linaje sanguíneo, en ese momento Eos no te ve como un pariente. Te ve como un igual, un macho de su especie... una presencia nueva que despierta algo primitivo dentro de ella.

Hay algo palpable entre los dos, una corriente eléctrica que sería capaz de recorrer ambos cuerpos. Pero antes de que esta sensación pueda resolverse, la puerta de la habitación se abre de golpe y la figura imponente de otro Diablos albino hace acto de presencia.

Hermana Eos, es hora de la ofrenda. —anuncia el recién llegado. Su voz es grave, gutural. Su presencia física es intimidante. Es más alto que tu, su cuerpo es musculoso y marcado por cicatrices que cuentan historias de batallas pasadas. Su mera presencia llena la habitación, destrozando la intimidad que había comenzado a formarse entre ustedes dos. Eos se endereza volviendo a su compostura habitual. Asiente al recién llegado, respondiendo con una calma que oculta cualquier emoción interna.

Enseguida iremos, Hermano Hefesto.

La mirada de Hefesto se posa brevemente en ti, Ares. Una evaluación silenciosa que no oculta su desconfianza. Pero no dice más, y tras un momento de silencio se da vuelta y sale de la habitación.

Eos vuelve su atención hacia ti, su expresión vuelve a ser serena. — Acompáñame —te pide suavemente—. Es momento de la ofrenda... y para ti de tomar una decisión.

Antes de salir, Eos se acerca a ti, envolviéndote en un abrazo inesperado. El gesto es firme, y sientes la urgencia en la forma en que Eos se aferra a ti. Es un abrazo que dura solo unos segundos, pero en ese breve contacto que tienen Eos comunica más de lo que las palabras podrían expresar. Es un abrazo cargado de necesidad, de un deseo de conectar con algo más allá de las circunstancias que los rodean. Cuando se separa de ti, da media vuelta y comienza a caminar hacia la salida, guiándote a través de los pasillos hasta una recámara más amplia.

En el centro de la nueva habitación hay un brasero enorme, su estructura se nota es antigua. Dentro de ella hay muchas prendas de vestir. Las ropas, de diversos tamaños y estados, son puestas una a una dentro. Eos e detiene a un lado del brasero, volviendo su mirada hacia ti. — Estas son las prendas de aquellos que han servido de sustento para la familia, para los Hijos de Heracles... para ti.

Uno de los Diablos se acerca a ti, entregándote una antorcha encendida. La llama parpadea, iluminando ligeramente a todos en la habitación. Todos los presentes te observan en silencio, esperando tu decisión. El peso de la elección es palpable, el momento cargado de significado. Sabes que, en este instante, tu acción definirá no solo tu relación con los Hijos de Heracles, sino también el curso de tu percepción con los demás. Eos te pone una mano en uno de los hombros, su tacto ligero.

Quema esta ofrenda... y serás parte de nosotros, hermano —hace una pausa, desviando su mirar hacia lo que fue entrada a este lugar y ahora será tu única salida—. De lo contrario, Hermano Adonis te espera para guiarte al exterior nuevamente.

Por alguna razón sientes que independientemente de lo que hagas, aceptará tu decisión. Tal vez los demás no lo vean así, pero en su ver notas que, en un grito silencioso, está diciendo que te vayas. ¿Miedo, quizás? ¿Miedo a qué, exactamente? Detrás de ti se encuentra el umbral que te trajo hasta aquí, el pasillo por el que caminaste cuando el Diablos joven se burló de ti tan descaradamente. La decisión es tuya, Ares.

¿Aceptarás a tu nueva familia?

Contenido Oculto
#15
Ares Brotoloigos
Por supuesto, todo aquello era demasiado bueno para ser verdad. Para confiar de buenas a primeras. Aunque la mención de Heracles no decía demasiado para Ares, por no decir nada, y a pesar del desinterés que el diablos reciés llegado parecía mostrar por el mismo, desentendiéndose de sus lazos con ese hombre, en apariencia, Ares sabía que era el único que le podía dar respuestas concretas y directas a muchas de las preguntas que siempre había tenido. Notó, también, la mirada de Eos, inquisitiva, sobre él, a pesar de no demostrar muchas reacciones más allá de la neutralidad y, quizás, algo de curiosidad. La notaba cautelosa por algo. ¿Pero por qué concretamente?

El aproximar de la hembra, tan medido y calculado, pero tan suave y flexible, hicieron que los ojos de Ares se posasen de inmediato sobre ella, siguiéndola con la mirada, embebiéndose de todos y cada uno de sus gestos. ¿Era su hermana, decía? No podía importarle menos. No le importaba el que, simplemente, pudiesen compartir material genético. El hombre que había participado en su procreación era, para él, un completo desconocido. ¿Tenía interés de conocerlo más allá de aquello? No. Pero aún de todas maneras, algo dentro de sí se removía. Como si ese ansia, ese hambre se hiciese cada vez más y más voraz a medida que pasaba más tiempo en aquel lugar.

Así que, según él y según tú... Estoy aquí por un propósito. — Siseó de manera lenta y cuidada. Por su parte, no se movió del sitio, sino que permaneció sentado, casi de manera dominante, sobre el lugar en el que se había acomodado desde el primer momento en el que llegó a esa estancia, guiado por la diablos. — Es posible que eso sea verdad.

Algo oscuro comenzaba a gestarse en lo más profundo de la cabeza del marine, en lo más hondo de su psique a medida que el silencio se va haciendo cada vez más y más espeso. Es entonces que ella hace su movimiento. Lo primero que sale de la garganta de él es un breve gruñido. Corto, seco, de advertencia. Y, aún así, el gesto de Eos le pilla un tanto por sorpresa, hasta tal punto que cuando es rodeado en aquel abrazo, los ojos rojizos de él se afilan de manera desconfiada. Ares no devuelve el abrazo tras ese par de segundos. No de la manera convencional, por supuesto. Porque acto seguido, sus manos se alzan hasta tomarla por las caderas, recorriendo aquella zona curveada y exótica con sus garras, clavando ligeramente las mismas en las preciosas y más delicadas escamas albinas. Aunque el lazo de sangre pudiese estar ahí, ninguno de los dos se ve como tal. Y eso se demuestra en como el morro de él se hunde ligeramente en el hueco que forma el hombro y el cuello de ella, dejando un rastro con su lengua en la suave piel plagada de escamas blancas, suaves, deliciosas, antes de prodigarle un mordisco ahí. No doloroso, no penetrante, pero sí firme, autoritario. Marcándola.

Lentamente sus manos van deslizándose hacia arriba, arrugando y llevándose en su camino parte de las prendas de ella mientras... Y continuaría si no fuese porque la puerta terminó abriéndose. Ni un solo sonido brotó de la garganta de Ares cuando fue interrumpido de esa manera, pero sí que dirigió una mirada tensa, de un claro “Piérdete”, cuando la nueva presencia emergió.

Otro como él. Un macho todavía más alto y más fornido de lo que el mismo Ares era. Pero eso no pareció intimidarle. Tenía ambas manos todavía puestas en la fémina, como si se tratase de su propiedad. La mirada del mencionado Hermano Hefesto se clavó sobre él, y Ares le dedicó una media sonrisa rayando en la burla más obscena y afilada. ¿Le temía? Claramente no. ¿Valiente o inconsciente? Quizás ambas cosas, no le importaba ahora en lo absoluto. Pero Eos aprovechó ese breve instante para separarse de él. Ares se lo permitió sin quitarle la mirada de encima al otro. Con parsimonia y con seguridad, Ares se pone finalmente en pie, permitiendo ser guiado por ella a través de un nuevo pasillo donde el único sonido es el crepitar incesante de las antorchas a medida que avanzan.

El lugar al que llegan es otro, distinto. Se trata de una zona más amplia, casi circular incluso donde, en el centro la fuente de luz y de protagonismo es un brasero enorme, apagado, pero donde yacen una buena cantidad de prendas de ropa de distintos tamaños y calidades. Ropas de las víctimas. De aquellos de los que aquella “familia” se había alimentado. Probablemente él también. Fue Eos quien tomó, inicialmente, la palabra. Ofreciéndole dos opciones: unirse a ellos o irse, sin aparentes consecuencia.

¿Quién iba a creer tal cosa? Él no, por supuesto. No creía que dejasen ir a alguien que había descubierto su secreto y su localización, por mucho que fuese uno de ellos, al menos física y racialmente hablando. Entonces, solo le quedaba una opción.

Y Ares ya había tomado su decisión.

Aceptó la antorcha que se le estaba siendo entregada, dejando que la llama de la misma crepitase cerca de su rostro, pero a una distancia prudencial y fantasmagórica incluso.

Me temo que el Hermano Adonis tendrá que esperar un poco más. — Fue la primera resolución que se escuchó de entre sus fauces, al mismo tiempo que dirigía su rojiza y penetrante mirada hacia el susodicho.

Acto seguido, fue acercando el fuego poco a poco hacia el brasero, hacia la ofrenda.

Que esta ofrenda sirva no solo para mi integración y llegada a la familia. — La voz de Ares se alzó apenas, profunda y dominante. Sus ojos viajaban por todos y cada uno de los otros que tenían puesta la total atención sobre él. Con mas devoción o menos. Con más desconfianza o menos. — ¡Sino también para un nuevo comienzo!

Las palabras retumbaron en el eco de aquel lugar.

¡Pues en ausencia de Heracles, yo, Ares, tomaré su lugar en Loguetown! — No solo se estaba uniendo a la familia, sino que estaba reclamándola para sí. — Vuestro Padre no se encuentra aquí. Os ha dejado solos, sin un guía propicio... — Lentamente continuó mirándoles, barriéndoles con la mirada hasta que, finalmente, su atención y sus ojos se posaron, precisamente, sobre Eos. Pudo notar esa zozobra en su mirada.

No. Ares no iba a huir. Ya se lo había dicho con anterioridad: Él no iba a servir a nadie.

A partir de ahora reclamo a esta familia como mía. — Sus palabras y sus intenciones pudieron caer, seguramente, como losas para algunos.Y era consciente de que no todos aceptarían eso. — Y si hay alguien que no esté de acuerdo...

La voz del diablos fue mutándose más gutural, más siseante. En una clara y muda amenaza...

Está a tiempo de dar un paso para servir como ofrenda. — Fue la última sentencia que hizo.
#16
Arthur Soriz
Gramps
Eos se tensó de inmediato al escuchar tus palabras. No era lo que ella había anticipado, siquiera lo que deseaba. Tu declaración no solo te posicionaba como un miembro más del clan, de ese culto que había fundado tu padre, sino también como líder ipso facto. Reclamando un lugar que, hasta entonces, había permanecido vacío en la ausencia de Heracles. La conmoción fue palpable y la mirada que te dedicaba Eos era una de desesperación.

Los murmullos empezaron a emerger, creciendo en protesta. Los más jóvenes del grupo siseaban entre dientes, sus voces guturales llenando la sala con un aire de descontento. Hefesto, más alto y fornido que cualquiera de la habitación se destacó entre ellos. Su mirada dura y fría como el acero marcaba su desacuerdo con una expresión que hablaba de un profundo desprecio hacia ti. Para él, esto no era solo una falta de respeto... era una blasfemia contra el orden que Heracles había dejado atrás.

Eos te observaba en silencio, sus ojos reflejando preocupación y súplica. Te imploraba sin decir nada que reconsideraras, que abandonaras aquel lugar si no deseabas formar parte de la familia, pero que no asumieras un riesgo tan innecesario. Su cuerpo aún así permanecía firme, sus labios sellados en un juramento de lealtad que le impedía hablar. Apretó los dientes, incapaz de expresar su conflicto interno, y permaneció a tu lado... ofreciendo un apoyo mudo, aunque su corazón actualmente estaba dividido.

Uno a uno, los presentes comenzaron a moverse. Lentamente se acercaron a ti. Sus rostros parecían mostrar descontento, incluso rabia contenida... pero finalmente, cada uno inclinó su cabeza en una ligera reverencia antes de unirse a tu lado. Aceptando, aunque a regañadientes, tu proclamación. Entre ellos, un Diablos que, días antes, te habías cruzado y perseguido en la superficie. Aquel que con una advertencia de gesto silencioso, ahora se movía con calma calculada. Hizo unas señas con las manos, y Eos, interpretando sus gestos, tradujo.

"Tomaste la decisión correcta." —su aprobación fue tan inesperada como significativa para el resto de Diablos allí presentes, como si su opinion valiera más que mil palabras. Te dio un par de suaves palmadas en un hombro, y se puso a tu lado como los demás.

Así fue, uno tras otro, hasta que solo un grupo de cinco quedó al otro lado de la sala. Entre ellos estaba Hefesto. Su figura se alzó como una sombra sobre el resto que se quedaban atrás y, al dar un paso adelante, todos los ojos se centraron en él. No parece que ninguno más de los que están en tu contra se pudieran meter, o quisieran... Hefesto te quería para él, y que nadie más osara entrometerse. En silencio, metió la mano entre las prendas del brasero, extrayendo una bufanda larga, de tejido reciente y cuidadosamente elaborado. La reconocías al instante. Sabías a quién pertenecía. La bufanda era idéntica a la de uno de los adolescentes que habías conocido días atrás. Un chico con una sonrisa radiante cuando estuvo ayudando a decorar con ustedes la plaza junto con Dan y Alaric.

Hefesto se acercó a ti, sus ojos fijos en los tuyos manteniendo el contacto visual mientras colocaba la bufanda alrededor de tu cuello, como símbolo macabro de lo que había sido y lo que ahora era. La sonrisa de Hefesto se torció en algo oscuro. Su morro adoptando un brillo oscuro metálico.

Espero que te haya gustado su carne, hermano... — dijo, enfatizando la última palabra con un disgusto que perforaba el aire. Entonces, en un movimiento abrupto y feroz, lanzó un cabezazo directo a tu rostro agarrando aún con fuerza la bufanda. Una declaración de guerra en un espacio reducido.

Ya no había vuelta atrás.

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#17
Ares Brotoloigos
Virtudes y Defectos

Inventario


Los siseos de sorpresa y de desagrado, así como de desconfianza, no calaron ni tampoco sorprendieron a Ares. Había sido un movimiento, el que había hecho, osado e incluso quizás hasta ofensivo para algunos. O valiente para otros, dependía mucho del punto de vista. Pero la mirada que el diablos de la superficie les dedicó solo clamaba una cosa: No iba a dar un paso atrás. Heracles no estaba ahí para impedírselo y el mismo Ares había lanzado el reto para quien osase tan siquiera intentarlo.

La mirada del recién llegado barrió a los allí presentes. Eos incluída, a la cual notó toda esa vorágine de sentimientos que, ahora, reflejaban los ojos claros de la hembra. Conmoción, desesperación, sorpresa. Un amalgama en conjunto de los que Ares parecía disfrutar y alimentarse con ese mismo disfrute. Se relamió ligeramente, mientras un inicio de sonrisa afilada se formó en sus fauces. Era obvio que no tenía miedo de ellos. Y mucho menos de Hefesto. La mirada de ambos se cruzaron. En la de Hefesto había desconfianza, desagrado y seguramente algo más. Algo que a Ares no le importó en lo absoluto. Y, por el contrario, le devolvió una sonrisa burlona, plagada de intenciones.

Heracles no estaba ahí para impedírselo.

Eos permanecía a su lado, en un mudo, pero preocupado apoyo. Pero la atención de Ares no estaba puesta en ella, sino en los que tenia delante y alrededor. Demasiadas muecas de descontento. Algunos incluso hasta desviaron la mirada cuando la de Ares se posaba sobre ellos, intensa, penetrante.

Autoritaria.

Sus ojos se toparon también con un diablos en particular. En concreto aquel que había visto aquella vez en aquel callejón. Y el que le había hecho aquel gesto de silencio. Ares le miró con una mezcla de interés, y satisfacción sobre todo, cuando se inclinó aceptando su proclamación. Pero también se fijó en el hecho de que, con dicho gesto, los demás (o al menos la mayoría), también habían aceptado. Anotó aquello mentalmente. En la influencia que ese diablos podía tener. Ares le miró de reojo tras el par de palmadas y como se ponía detrás suya con los demás, aceptándole. ¿Todos? No. No todos.

Delante suya todavía quedaba un grupito, liderado por Hefesto.

No esperaba que fuese fácil. — Esbozó una sonrisa abierta, afilada. Hefesto le estaba retando pública y en su cara. Y eso solo le hacía hervir la sangre de emoción.

Sangre que hirvió todavía más, pero con un sentimiento más oscuro en cuanto el grandullón se adelantó para meter la mano entre las prendas del brasero, revolviendo hasta sacar una en concreto. Una que Ares reconoció en los recovecos de sus recuerdos. Era la bufanda del mocoso ese. Eso, y las palabras pronunciadas por Hefesto...

A cualquier otro se le habría revuelto el estómago. A Ares no. La carne había estado tierna, no era eso lo que le molestaba. Sino el hecho de que alguien hubiese tocado algo que era suyo. O más que suyo, alguien a quien el diablos había defendido y reconducido. Podía ser un descarnado la mayoría de las veces. Pero detestaba ese tipo de acciones contra gente que no tenía nada que ver. Mucho menos siendo unos mocosos.

Más me va a gustar la tuya cuando te la arranque... — Siseó en respuesta a Hefesto.

Como un depredador al acecho, los ojos rojizos de Ares se afilaron en cuanto vió aquella coloración oscura cubrir parte del morro de Hefesto. El otro diablos era casi el doble que él o, al menos, mucho más alto y fornido. Y, aún así, Ares no retrocedió. Se encogió un poco sobre sí mismo en el momento del impacto. Un impacto que chocó con una de las garras del recién proclamado líder de aquel grupo. Los músculos de ese mismo brazo se le tensaron, pero Ares no cedió ni un solo paso. Solo había tomado una mejor postura para amortiguar el golpe. El silencio se hizo espeso y el ambiente se tensó todavía más.

Casi podía cortarse con un cuchillo.

La lengua violácea de Ares apenas asomó para relamerse y una risa casi demencial, siseante, se le escapó de entre las fauces. Había resistido el golpe sin “despeinarse”.

¿Eso es todo lo que tienes? — Musitó, mientras ahora su mirada, brillante por la adrenalina de la posible matanza, se clavaba como dagas sobre la de Hefesto. — Voy a enseñarte a no tocar lo que es mío.

¿Sentía pena por el muchacho? Era una lástima, sí. Pero ahora ya no se podía hacer nada al respecto. Por el contrario, ahora tenía algo mucho más interesante entre las zarpas, de forma literal. Mantuvo ahí a Hefesto, mientras su mano libre iba, tranquilamente, hacia su cinturón, donde simplemente se puso unas nudilleras que cubrieron sus garras y, al mismo tiempo, esa misma extremidad, con arma incluída, comenzó a tomar una coloración oscura. Tan o más oscura como la que había cubierto, segundos atrás, el morro de Hefesto.

Hermano. — Fue la única sentencia, envenenada, que le hizo.

Antes de, con un movimiento brutal y veloz, lanzar un golpe directo al rostro de Hefesto, con las garras por delante y hacia la garganta contraria. Ares iba directamente a por los puntos débiles y blandos del contrario, buscando desgarrar y aniquilar.

Cositas bélicas
#18
Arthur Soriz
Gramps
Hefesto con cada fibra de su ser no solo buscaba reclamar el puesto que consideraba suyo por derecho. Había sido el pilar silencioso, el guardián constante en Loguetown durante las ausencias de Heracles. Para él el mero hecho de que alguien como tú, un recién llegado, un forastero con un ego desmesurado se atreviera a desafiar su autoridad era un insulto directo. No solo a su posición sino a todo lo que representaba la familia que habían forjado con sudor y sangre. Tu presencia allí desafiaba la unidad, la lealtad... la devoción a las enseñanzas de Heracles. Para él aquellos que se habían posicionado a tu lado eran poco menos que traidores, personas que nunca creyeron realmente en los valores que habían defendido durante tanto tiempo. Este desprecio hería profundamente su orgullo y no pensaba dejarlo pasar.

Cuando lanzaste tu ataque Hefesto se vio momentáneamente sorprendido por la velocidad y ferocidad del golpe. Sin embargo años de instinto y disciplina se activaron al instante. Levantó una mano, endurecida por Haki, intentando interceptar la trayectoria de las garras que se dirigían hacia su cuello. Aunque el impacto resonó en su brazo, lo que más lo mantenía en pie era la furia que lo alimentaba. Una furia tan antigua y profunda como el odio mismo.

Aún así, se veían gotas de sangre brotar de su cuello, respirando de una forma gutural, casi rugiendo de manera constante. Hefesto dirigió una mirada cargada de desprecio hacia Eos. Sus ojos llenos de una ira ardiente que se posaron en ella con un juicio que hablaba de traición. No necesitaba palabras para expresar lo que sentía... su mirada era suficiente para comunicar el odio y el desprecio hacia aquellos que en su opinión le habían fallado a la familia.

Finalmente, Hefesto volvió su mirar hacia ti, su voz resonando con un eco gutural que parecía burbujear desde lo más profundo de su ser.

Eres una peste —espetó—. Un intruso que no entiende lo que significa ser un Hijo de Heracles. No tienes idea del sacrificio, del sudor, de la sangre que hemos derramado por esto. Y ahora vienes aquí, con tu arrogancia... ¿¡Crees que puedes tomar lo que no es tuyo!?

En una explosión de fuerza bruta, apretó uno de sus puños y dio un golpe tan potente al suelo que este no solamente crujió y se resquebrajó bajo su puño imbuido en Haki, sino que también creó una onda expansiva que tumbó a todos los presentes. Y sin dar tregua, siguió actuando.

El cuerpo de Hefesto se tensó como un arco a punto de disparar. Sus músculos se contrajeron mientras flexionaba ligeramente las piernas, preparándose para el contraataque. Giró su cuerpo con precisión calculada, como si fuera un látigo listo para azotar. Con un rugido de esfuerzo y furia lanzó una patada dirigida a uno de tus brazos. La pierna de Hefesto brillaba oscura por la energía el Haki aumentando la potencia y el impacto del ataque, apuntando a descolocarte o someterte por completo.

¡No voy a dejar que destruyas lo que hemos construido! —gritó con su voz resonando en la sala.

Cada movimiento, cada palabra... eran una violenta declaración de su rechazo a ceder ante lo que él consideraba como una amenaza a la estabilidad de su familia. No solo estaba en juego el liderazgo... para Hefesto era una cuestión de honor, de proteger todo lo que habían logrado contra un enemigo que amenazaba con desmoronar su mundo desde dentro. Se negaba a aceptar que alguien como tú osara meterse en el camino del padre Heracles.

Dolor Bélico
#19
Ares Brotoloigos
Virtudes y Defectos

Inventario


Hubo apenas un momento de impás tras los primeros golpes. Ares se mantenía estable y sin haber sufrido ni tan solo un rasguño por parte del iracundo Hefesto, el cual parecía que lo fuese a desgarrar con tan solo mirarle si pudiese. Eso arrancó una carcajada abierta, casi demencial, de los ojos del recién llegado. De aquel que había osado, efectivamente, poner aquel mundo patas arriba según acababa de llegar. Por supuesto, su mirada se posó unos momentos en la sangr que había logrado derramar de Hefesto y que, al mismo tiempo, ahora manchaba parcialmente las garras con las que había golpeado. En un gesto claramente provocador, se lamió dicha vitae, sin dejar de mirar de reojo al diablos más grande.

Lo único que veo es a un mastodonte llorando por lo que no ha podido ser. — Fue Ares quien ahora espetó tales palabras en la misma cara de Hefesto.

Y supuso que eso debió dolerle, porque aparte de insultarle, el grandullón no se quedó quieto al respecto. Lanzando un puñetazo al suelo, Hefesto logró que éste comenzase no solo a temblar, tumbando o casi tumbando al resto de los que allí estaban, sino resquebrajando parte del pavimento de roca que, durante siglos, seguramente había protegido ese lugar.

Ares trastabilló un poco al principio, pero no por eso se amilanó. Una vez que se equilibró, sus garras se contrajeron al igual que los músculos de sus brazos. Y no solo eso. Su respiración comenzó a acelerarse de manera voluntaria, dejando que su corazón bombease más rápidamente y, con ello, permitir que sus músculos no solo se tensasen, sino acumular más fuerza y tensión de esta manera. Y tomando la postura de la garra del dragón, se arrodilló con tal fuerza y velocidad que terminó clavando ambas garras en el suelo. En la misma piedra que Hefesto estaba amenazando. No solo para amortiguar el golpe del contrario, sino para transmitir, a través de la roca el suyo propio hacia el mismo Hefesto, creando una notoria brecha que, debido a esto, viajó directamente hacia el devoto seguidor de Heracles.

Tras la creación de la fisura, Ares se puso lentamente en pie. No por cansancio, aunque el combate era desgastante, lo estaba administrando bastante bien. Sino por autoridad y un porte orgulloso y de supremacía.

Sus ojos, puestos directamente sobre Hefesto, le miraban ahora con una mezcla de burla y condescendencia. Pero también con liderazgo.

¿No te has parado a pensarlo, acaso? Hablas de Heracles y no sabes nada de él. Quizás esto es lo que él habría querido. ¿Por qué si no han salido a buscarme y él se ha marchado a otro lugar? — Se estaba tirando, claramente, un farol. Pero ese tipo de personas tan sectarias, como Hefesto, no solían pensar demasiado. O, al menos, ese era el patrón general.

Entonces sonrió de forma siniestra.

Quizás... El traidor seas tú. — Siseó.

Y de nuevo, lanzó un puñetazo directo, con las garras por delante, cuando Hefesto lanzó su ofensiva a modo de patada. Oscura, imbuída por el Haki. De la misma tonalidad que, desde hacía un rato, también surcaban las blancas escamas de Ares, que se habían tornado de una tonalidad negra acerada, a causa del mismo Haki de Armadura.

Fue un rugido el que acompañó alpotente golpe que, sin miramientos, dirigió a la pierna de Hefesto, aprovechando la misma trayectoria de esta. El choque entre ambos Hakis golpeándose mutuamente sonó, ominoso, en toda la estancia. Pero Ares se mantuvo en el lugar, quieto, sin un solo rasguño desde que había comenzado aquel enfrentamiento, y con sus garras clavadas, directamente, sobre la pierna contraria.

Sométete. No tienes oportunidad alguna. — Por sobre su brazo, la mirada refulgente y autoritaria de Ares se posaba sobre Hefesto, en un siseo amenazante.


Cositas bélicas
#20
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