Alguien dijo una vez...
Rajoy D. Mariano
"Es el Gorosei el que elige al Moderador, y es el Moderador el que quiere que sean los Gorosei el Moderador"
[Común] Trabajos pequeños para un gran gremio
Agyo Nisshoku
Sol del Ocaso
Ungyo transformo su mano delante de mi y me paso un papel donde decia “Fure Fure no mi: Modelo Huron de la miel” QUE MIERDA!, el idiota se había comido una fruta tambien JAJAJAJAJA, esto tenia que ser el puto destino… Despues de mis quien sabe cuantos minutos con la boca abierta, empece a reírme, como un maniaco y me alegre.
De manera instintiva abrace a Ungyo, yo sabia que mis poderes contra el son inútiles, porque somos casi la misma persona, aunque ahora no había manera de negar que yo era el más lindo.
Al soltarlo lo miré sonriente y le dije.
-Imbecil de mierda, ¿cómo no me habíamos dicho esto antes?... Y le di un golpecito en el hombro. ¡JA! Un maldito Huron con alas jajajajajaja ME TIENES QUE ESTAR JODIENDO!!!.
Bueno ya dejando las estupideces de lado, me alegro sinceramente de que esto haya pasado hermanito, era obvio que íbamos a tomar la misma decisión, tenemos que probar nuestros poderes contra algunos idiotas, te quiero mucho imbecil.
Me levante y Sali del cuarto de Ungyo tranquilo y me dirigí directamente al mío, me quite la ropa y me coloque mi pillama negra con llamas naranjas y me acosté.
No podía evitar sonreír, era gratificante saber que a pesar de las situaciones y de que Ungyo no aceptara que yo sea el hermano mayor, sabíamos realmente cuales eran las convicciones y capacidades del otro.
Ahora solo debíamos combinar el poder de la Mero Mero no mi con la Fure Fure no mi, para que el mundo entendiera que los hermanos Nisshoku son un verdadero peligro.
#21
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
La habitación quedó vacía tras la salida de Agyo, pero su risa seguía resonando en mi mente como un eco. Era casi molesto, esa forma en la que siempre lograba tomar cualquier cosa con ligereza, incluso algo tan monumental como el poder de una fruta del diablo. La diferencia entre nosotros nunca había sido más evidente que ahora: él reía, yo reflexionaba.

Me quedé sentado en la cama, observando mi mano mientras volvía a adoptar su forma original, dejando atrás la transformación parcial que le había mostrado. Las marcas del hurón desaparecieron, pero el leve zumbido que sentía en mi cuerpo, la sensación de algo latente bajo la piel, permanecía. Este poder no era un regalo; era una responsabilidad, un peso que había aceptado por elección propia. Un hurón con alas. Agyo tenía razón, la idea era absurda. Pero también era práctica. El hurón de la miel, una criatura pequeña, ágil y feroz. Y ahora, con el añadido de la habilidad de volar, era más que un depredador eficiente. Había imaginado muchas veces qué haría si alguna vez me encontraba con una fruta del diablo. Nunca pensé que sería algo tan peculiar. Pero así eran las cosas. El destino, como siempre, tenía un sentido del humor cruel.

La Fure Fure no Mi no era solo una herramienta de combate. Cada vez que usaba sus habilidades, sentía una conexión instintiva con algo más profundo, como si el espíritu del hurón guiara mis movimientos. Podía escalar, saltar y esquivar con una agilidad que nunca antes había poseído. Pero lo más impactante era el vuelo. Las alas, aún extrañas para mí, se desplegaban como extensiones de mi propia voluntad, otorgándome una libertad que jamás había experimentado.

Era irónico que la libertad, algo que había anhelado desde que era un niño esclavo, ahora viniera con cadenas invisibles. Porque estos poderes, aunque impresionantes, no estaban libres de consecuencias. Cada transformación requería energía, y cada vez que las usaba, sentía que me hundía más en el abismo de ser algo distinto, algo menos humano. Agyo lo tomaba como un juego, como una broma que compartiríamos con el mundo. Pero yo sabía que nuestros poderes no eran solo para demostrar superioridad o divertirnos. Habíamos hecho un pacto, un juramento silencioso, de cambiar el curso de nuestras vidas y forjar un destino propio. Estos poderes eran una herramienta, y como todas las herramientas, debían ser usadas con propósito.

Me levanté de la cama y caminé hacia la ventana. Afuera, la ciudad de Kalab dormía bajo un manto de estrellas, su arena plateada reflejando la luz de la luna. A lo lejos, podía distinguir las sombras de los cazadores nocturnos, bandidos y criaturas que rondaban las dunas en busca de víctimas. Este lugar nunca descansaba, igual que nosotros. Mientras contemplaba la ciudad, pensé en cómo usar este poder de manera efectiva. La combinación de la Mero Mero no Mi de Agyo con la Fure Fure no Mi era, sin duda, peligrosa. Él tenía el carisma y la capacidad de detener incluso a los enemigos más fuertes con su habilidad, mientras que yo podía moverme con velocidad y precisión. Juntos, éramos una fuerza que pocos podrían enfrentar.

Pero más allá del poder bruto, lo que importaba era la estrategia. Había visto cómo otros usuarios de frutas del diablo se volvían arrogantes, confiando demasiado en sus habilidades y olvidando que incluso ellos tenían límites. No iba a cometer ese error. Estos poderes eran un medio para un fin, no el fin en sí mismo.La tranquilidad de la noche fue interrumpida por un sonido distante: un grito ahogado, seguido de un rugido. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, instintivamente volviendo a la forma híbrida. Mis piernas se encogieron, mis garras se alargaron, y sentí cómo mi cuerpo se volvía más liviano. Sin dudarlo, salté por la ventana y desplegué las alas.
El vuelo era algo que aún estaba aprendiendo a dominar, pero en ese momento no me importaba. Cada aleteo me llevaba más cerca del origen del ruido, una callejuela oscura donde un grupo de hombres rodeaba a una figura caída. Las sombras jugaban con las formas, pero la intención era clara: un robo, quizás algo peor.
Mi aterrizaje fue silencioso, mis patas amortiguando el impacto en el tejado de un edificio cercano. Observé desde las alturas, analizando la situación. Eran cinco hombres, todos armados, y uno de ellos ya tenía un cuchillo apuntando al cuello de la víctima.

No había tiempo para planear. La adrenalina me impulsó, y me lancé hacia ellos como un proyectil, derribando al primero con un golpe preciso en la cabeza. La sorpresa fue mi aliada; los otros cuatro no tuvieron tiempo de reaccionar antes de que estuviera sobre ellos. Usé mi velocidad para desarmarlos, mis garras para mantenerlos a raya. La criatura en la que me había convertido era un huracán de movimientos, un torbellino de instintos y técnica. En cuestión de minutos, los hombres estaban incapacitados, algunos inconscientes, otros huyendo en pánico. Cuando la calma regresó, volví mi atención a la víctima. Era un joven, apenas un niño, que me miraba con ojos aterrados. No intenté calmarlo; sabía que mi apariencia híbrida era suficiente para asustar a cualquiera. En lugar de eso, me aseguré de que estuviera a salvo y desaparecí en las sombras antes de que pudiera hacer demasiadas preguntas.

De regreso al gremio, me sentía agotado pero satisfecho. Esta era la primera vez que usaba mi poder fuera de un entorno controlado, y aunque aún tenía mucho que aprender, sabía que estaba en el camino correcto. Agyo y yo habíamos dado un paso más hacia nuestro propósito. La combinación de nuestras habilidades no era solo una amenaza para nuestros enemigos; era una promesa para nosotros mismos. Una promesa de que nunca volveríamos a ser víctimas, de que siempre estaríamos un paso adelante en este mundo despiadado.

El poder de las frutas del diablo no era algo que se pudiera tomar a la ligera. Pero con la convicción y el propósito adecuados, era algo que podía cambiar el curso de nuestra historia. Mientras me deslizaba en la cama, volviendo lentamente a mi forma humana, cerré los ojos con una sola certeza en mente: el mundo aún no sabía lo que se avecinaba. Los hermanos Nisshoku estaban apenas comenzando.
#22
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
La mañana siguiente llegó con una tormenta de arena que cubría la ciudad de Kalab. El viento aullaba entre las calles, levantando cortinas de polvo que convertían el horizonte en un borrón amarillento. Dentro del gremio, el ambiente era más tranquilo de lo que cabría esperar. La mayoría de los cazadores habían optado por no salir hasta que el clima mejorara. Sin embargo, yo sabía que la calma nunca duraba.

Estaba en el salón principal, afilando las cuchillas de una de las dagas que llevaba conmigo. El filo era impecable, pero siempre encontraba un pequeño defecto que necesitaba corregir. En parte era mi manera de mantenerme ocupado; el tedio me hacía pensar demasiado, y pensar demasiado siempre me llevaba a rincones oscuros de mi mente.

El sonido de pasos en el pasillo me hizo alzar la mirada. Uno de los encargados del gremio dejó un paquete sobre la mesa, asintiendo con la cabeza antes de marcharse. No necesitaba abrirlo para saber qué contenía: un encargo. Lo recogí y lo llevé conmigo a una de las habitaciones privadas, lejos de los ojos curiosos.
Dentro del paquete había un pergamino enrollado con un sello de cera roja. Lo rompí con cuidado y desenrollé el mensaje.

"Una caravana de suministros ha desaparecido en el desierto. Última localización conocida: el Valle de las Agujas. Se sospecha de bandidos, pero no se descartan criaturas. Recuperar los suministros es prioridad. Recompensa a convenir."

El Valle de las Agujas era conocido por su geografía traicionera. Formaciones de roca puntiagudas se alzaban como dientes contra el cielo, creando un laberinto natural donde los depredadores acechaban y los bandidos se ocultaban. No era un lugar que alguien eligiera atravesar sin motivo.

Decidí que esta misión no requería compañía. Agyo tenía sus propios planes ese día, y yo prefería la soledad cuando se trataba de trabajos delicados. Además, el clima hacía imposible el uso de transporte convencional, así que confié en mis habilidades recién adquiridas. Fuera de la ciudad, el desierto se extendía como un océano de arena interminable. Me transformé en mi forma híbrida, dejando que las alas de hurón se desplegaran. Era un desafío volar con la tormenta azotando, pero la velocidad que ofrecía compensaba los riesgos. El viaje fue agotador. El viento golpeaba mi rostro y las partículas de arena se incrustaban en mi piel como agujas diminutas. Pero finalmente, después de horas de lucha, llegué al borde del Valle de las Agujas.

Desde el aire, el lugar parecía un laberinto de pesadilla. Rocas afiladas se alzaban en todas direcciones, proyectando sombras irregulares sobre el suelo. Descendí con cuidado, aterrizando en una formación rocosa que me ofrecía una buena vista del área.

El suelo estaba marcado por las ruedas de una caravana, pero las huellas estaban desordenadas, como si los conductores hubieran perdido el control. Seguí el rastro hasta encontrar los restos de uno de los carros. La madera estaba destrozada, las mercancías esparcidas por el suelo. No había señales de los bandidos ni de las criaturas responsables, solo un silencio inquietante que hacía que los pelos de mi nuca se erizaran.

Avancé con cautela, moviéndome entre las sombras. Mi forma híbrida me permitía trepar por las rocas con facilidad, usando las garras para anclarme en los bordes. Cada paso era calculado, cada movimiento silencioso. Finalmente, encontré lo que buscaba. Un grupo de bandidos estaba acampado en un claro, rodeado por los suministros robados. Había al menos una docena de ellos, todos armados y confiados, riendo y bebiendo como si no tuvieran nada que temer.

El combate frontal era una opción, pero no la mejor. Decidí aprovechar mi tamaño reducido y mi agilidad. Volví a mi forma animal, reduciéndome al tamaño de un hurón de miel. La transformación era extraña, casi incómoda, pero efectiva. Me deslicé entre las sombras, acercándome al campamento sin ser visto. Mi pequeño tamaño me permitió pasar desapercibido mientras inspeccionaba el área. Los bandidos habían dejado su guardia baja, confiados en que la tormenta de arena los protegería de cualquier amenaza externa.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, volví a mi forma híbrida y comencé a actuar. Derribé a los primeros dos hombres con rapidez, usando mis garras para dejarlos fuera de combate antes de que pudieran dar la alarma. El resto reaccionó con confusión, sus gritos resonando en el valle mientras intentaban localizarme. Salté entre las rocas, atacando desde las alturas y desapareciendo antes de que pudieran contraatacar. Mi agilidad y velocidad eran mis mayores ventajas, y las usé al máximo. Uno a uno, los bandidos cayeron, incapaces de hacer frente a un enemigo que nunca podían ver venir.

Cuando todo terminó, el campamento estaba en silencio. Los bandidos estaban inmovilizados, algunos inconscientes, otros simplemente aterrorizados. Recuperé los suministros y los cargué en uno de los carros que aún estaba en buen estado. El regreso a Kalab fue lento y agotador, pero satisfactorio. La tormenta de arena había disminuido, y el viaje de vuelta me permitió reflexionar sobre lo que había aprendido. Mis poderes eran útiles, sí, pero también exigían un alto nivel de control y estrategia. Cada batalla era una oportunidad para entender mejor mis límites y cómo superarlos.

Llegué al gremio al caer la noche, dejando los suministros en el depósito designado. El encargado me ofreció una mirada de aprobación antes de marcharse, pero no necesitaba palabras. Mi trabajo hablaba por sí solo. De vuelta en mi habitación, me senté junto a la ventana, observando las luces de la ciudad. El desierto había probado una vez más ser un enemigo formidable, pero también un maestro implacable. Cada misión, cada enfrentamiento, era un paso más en el camino que Agyo y yo habíamos elegido.

Habíamos tomado nuestras decisiones, y no había vuelta atrás.
#23
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
Explorar Meruem, el corazón latente de Kalab, siempre había sido una experiencia ambigua para mí. La ciudad era un caleidoscopio de culturas, un lugar donde comerciantes, bandidos y cazadores de tesoros se cruzaban en un incesante flujo de oportunidades y riesgos. Sus mercados bullían de actividad, con gritos de vendedores ofreciendo desde especias raras hasta armas exóticas. Pero mi interés nunca estaba en lo evidente; siempre buscaba los rincones oscuros, los callejones olvidados donde los objetos verdaderamente únicos yacían esperando ser encontrados.

Ese día, mi exploración comenzó temprano, al amanecer. La luz del sol, velada por una capa de polvo, daba a las calles un tono rojizo. Mientras atravesaba los bulliciosos pasillos del mercado, mis ojos escudriñaban cada puesto en busca de algo que capturara mi atención. Mi instinto me llevó a una zona más apartada, donde los comerciantes solían ofrecer artículos que no estaban destinados al público general.

Fue allí donde lo vi. Entre montones de chatarra y objetos aparentemente inútiles, un pequeño artefacto llamó mi atención. Era un disco aparentemente metálico, con la forma de una caracola, con inscripciones apenas visibles y una estructura que me resultaba inquietantemente familiar. Lo reconocí de inmediato: un dial, similar a los que había oído que existían en las legendarias islas del cielo.

El vendedor, un anciano con una barba enmarañada y ojos que brillaban con astucia, me observó mientras recogía el objeto con cuidado. El dial tenía un diseño simple, pero eficiente. Era ligero al tacto, con una superficie lisa que parecía hecha de un material extraño, similar al coral pero más denso.
El anciano me observó en silencio por un momento antes de hablar.

-"Un hallazgo raro, ¿no es así? Esto llegó aquí con una de esas caravanas que cruzan desde el Grand Line. Me dijeron que lo encontraron en un naufragio."

Su voz era grave, casi susurrante, como si cada palabra estuviera impregnada de un secreto que no quería revelar del todo. No le respondí; no era necesario. Ya había decidido que ese dial sería mío. Tras un breve regateo, pagué al anciano y guardé el objeto en una bolsa de cuero que llevaba conmigo. El artefacto era intrigante, pero necesitaba confirmar si funcionaba. Salí del mercado y me dirigí a las afueras de la ciudad, donde los muros de Kalab daban paso al desierto abierto. Allí, en la soledad del páramo, podría experimentar sin llamar la atención.

El dial tenía un mecanismo de activación sencillo. Presioné ligeramente su centro, y de inmediato, una corriente de aire salió disparada con fuerza, levantando una nube de polvo. Era un dial de viento, un artefacto diseñado para almacenar aire y liberarlo con gran potencia. Aunque su aplicación principal era evidente —impulsar barcos o crear corrientes de viento controladas—, mi mente ya estaba considerando formas más creativas de usarlo. Volví a probarlo, esta vez apuntándolo hacia una roca cercana. La explosión de viento fue suficiente para arrancar fragmentos del suelo y dejar una marca en la piedra. No cabía duda: este pequeño artefacto tenía un gran potencial.

Mientras examinaba el dial, no podía evitar preguntarme cómo había llegado a Kalab. Las islas del cielo eran un mito para muchos, y pocos habían tenido el privilegio de visitarlas. Si este dial había llegado aquí, ¿cuántos más podrían estar ocultos en las profundidades de Meruem o incluso en el desierto que la rodeaba? ¿Quién lo había encontrado originalmente, y por qué lo habían dejado en manos de un comerciante cualquiera?

Había algo casi poético en el hecho de que un artefacto tan pequeño pudiera contener un poder tan impresionante. Me recordó que incluso las cosas más insignificantes podían marcar una gran diferencia en el momento adecuado. Guardé el dial con cuidado antes de regresar al gremio. Sabía que este artefacto sería útil en mis futuras misiones, ya fuera como una herramienta para el combate o como un medio para superar obstáculos inesperados. Sin embargo, también sabía que debía usarlo con cautela. Los objetos como este siempre atraían atención no deseada, y en un lugar como Kalab, la atención no deseada podía ser mortal.
Al llegar al gremio, me dirigí a mi habitación y dejé el dial en un lugar seguro. No pude evitar sonreír ante la ironía de la situación. Había salido a explorar sin un objetivo claro, y había regresado con un artefacto que podría cambiar el curso de mis días venideros.

Meruem había vuelto a demostrar que incluso en los rincones más oscuros y olvidados, siempre había algo esperando ser descubierto. Y en este caso, había encontrado un tesoro que podría convertirse en una de mis mayores ventajas en el desierto de Kalab y más allá. Al dejar el dial en mi habitación, me senté en el borde de la cama. A pesar de que mi mente estaba llena de preguntas, no podía evitar sentir una ligera inquietud. ¿Por qué este dial había terminado en Meruem? Los náufragos de la Grand Line siempre traían consigo historias llenas de tragedias y enigmas, pero algo en este objeto parecía más intencional, como si hubiera llegado hasta mí por diseño y no por casualidad.

Me levanté, impulsado por un impulso que no podía ignorar, y volví a tomar el dial. Su superficie extrañamente lisa parecía vibrar ligeramente al tacto, como si la energía contenida en su interior nunca se disipara por completo. Era un recordatorio constante de que este no era un objeto ordinario. Sabía que debía probarlo en un contexto más desafiante. Si este dial realmente tenía el poder que imaginaba, podría convertirse en una pieza fundamental en nuestras próximas misiones.

Decidí salir de nuevo, esta vez más allá de los límites de la ciudad, hacia las dunas del desierto de Kalab. El sol del mediodía castigaba la tierra con su calor implacable, pero era un entorno perfecto para experimentar. La arena sería un obstáculo menos peligroso que las paredes de piedra en la ciudad, y aquí nadie estaría cerca para hacerse preguntas incómodas.

Caminé durante casi una hora hasta encontrar una formación rocosa parcialmente cubierta de arena, ideal para mis pruebas. Me acerqué y sostuve el dial frente a mí, concentrándome en cómo dirigir su poder. Lo activé con cuidado, apuntándolo hacia una roca más pequeña. El chorro de viento salió con una fuerza tremenda, suficiente para levantar una nube de polvo que cubrió mi visión durante varios segundos. Cuando el polvo se asentó, vi que la roca había sido desplazada unos metros.
Esto confirmaba lo que ya sospechaba: el dial no solo era funcional, sino que tenía una capacidad de almacenamiento impresionante. Volví a probarlo, esta vez apuntándolo hacia el suelo a mis pies. El resultado fue una ráfaga que me impulsó hacia atrás unos metros, haciéndome caer de espaldas en la arena. Aunque incómodo, la idea de usarlo como propulsor o incluso como una forma de esquivar ataques comenzó a tomar forma en mi mente.

A medida que continuaba experimentando, no podía evitar reflexionar sobre cómo este objeto encajaba en mi camino. No era solo un artefacto útil; era un símbolo. Mi hermano y yo habíamos pasado toda nuestra vida buscando formas de ser más fuertes, de superar el pasado que nos marcó como esclavos y de construir un futuro que fuera realmente nuestro. Este dial representaba una nueva herramienta en esa lucha, una que debía usar con inteligencia y propósito.

Pensé en cómo podría combinarlo con mi habilidad de la Fure Fure no Mi. Podría usar el viento para potenciar mi velocidad en forma animal, o incluso como una distracción estratégica en combate. Las posibilidades eran muchas, y todas ellas eran emocionantes. Pero también sabía que este dial no sería suficiente por sí solo. En un lugar como este, donde la supervivencia dependía de la astucia y la fuerza en igual medida, cada herramienta debía ser parte de un arsenal más grande. Esto no era más que el comienzo.

Con el sol ya comenzando a descender, regresé al gremio. El calor sofocante del día había comenzado a ceder, pero la arena aún retenía suficiente calor como para que cada paso fuera una prueba de resistencia. Llegar a la puerta principal del edificio fue un alivio.

Entré y fui directamente a mi habitación, ignorando las miradas de curiosidad que algunos miembros del gremio me lanzaron. Era obvio que mi aspecto -cubierto de polvo y con el rostro parcialmente quemado por el sol- no pasaba desapercibido, pero no tenía interés en explicar nada. Cerré la puerta detrás de mí y dejé el dial en la mesa junto a mi cama.

Mientras me despojaba de mis ropas empapadas en sudor, un pensamiento cruzó mi mente. Este dial, tan pequeño y aparentemente insignificante, había abierto una puerta a nuevas posibilidades. Pero también representaba un riesgo. En Meruem, cualquier cosa de valor podía convertirse en un motivo de traición o enfrentamiento.
Me tumbé en la cama, con los ojos fijos en el techo. Aunque el cansancio físico comenzaba a arrastrarme al sueño, mi mente seguía trabajando. Este hallazgo era importante, sí, pero era solo un paso más en un camino que aún no terminaba de definirse. Había algo más grande esperándome, algo que aún no podía ver con claridad.

Y con ese pensamiento, dejé que el agotamiento finalmente me venciera.
#24
Ungyo Nisshoku
Luna del Alba
La luz del amanecer filtrándose por la pequeña ventana de mi habitación me despertó antes de lo habitual. El dial descansaba donde lo había dejado, sobre la mesa junto a la cama, reflejando los primeros rayos del sol como si estuviera invitándome a desentrañar sus misterios. Me levanté, dejando que el aire fresco de la mañana disipara la somnolencia. Mi cuerpo aún sentía el cansancio de la jornada anterior, pero mi mente estaba alerta. Había algo en ese artefacto que no dejaba de intrigarme, como si tuviera una voz propia que susurraba posibilidades infinitas.

Tomé el dial en mis manos y me senté frente a la ventana. Lo giré lentamente, observando cada detalle de su superficie. Las grabaciones delicadas, los bordes pulidos, el extraño pero armonioso diseño… cada aspecto parecía calculado con precisión. Sabía que los habitantes de las islas del cielo habían dominado el arte de crear diales para diferentes propósitos, pero este me resultaba diferente. Había algo casi experimental en su fabricación, como si quien lo hubiera creado hubiera intentado empujar los límites de lo que los diales podían hacer. Lo accioné con cuidado, permitiendo que una ligera ráfaga de viento escapara. La fuerza contenida en ese pequeño chorro era impresionante, pero no era solo cuestión de potencia. El viento parecía dirigir su flujo con precisión, casi como si respondiera a mi intención. ¿Podría manipular su fuerza o dirección? ¿O era un diseño fijo, con una funcionalidad limitada?

Decidí probar un experimento. Coloqué el dial sobre la mesa y me transformé parcialmente en mi forma híbrida, dejando que mis sentidos mejorados percibieran detalles que en mi forma humana se me escaparían. El sonido del aire comprimido dentro del artefacto era sutil, un murmullo apenas audible. Pero lo más interesante era el calor que emanaba de su núcleo, una leve pero perceptible vibración que sugería que aún tenía energía almacenada.

Mi mente comenzó a divagar sobre las posibilidades. Un dial de viento era más que una herramienta para ataques directos; podía ser una ventaja táctica en situaciones específicas o variadas en muchos sentidos, pero nada en concreto. A medida que exploraba estas ideas, no podía evitar considerar las implicaciones más amplias. Un dial como este en las manos equivocadas podría causar estragos. No era un arma definitiva, pero su versatilidad lo hacía peligroso. Debía ser cauteloso sobre cómo y cuándo lo usaba.

Pensé en los demás miembros del gremio. Cada uno tenía habilidades que complementaban sus roles, y aunque éramos un grupo diverso, nuestras capacidades estaban alineadas con un propósito común: sobrevivir y prosperar en Kalab. Este dial era mi responsabilidad, un recurso que podía inclinar la balanza en nuestro favor si lo utilizaba sabiamente. Con estas ideas en mente, decidí que la mejor manera de entender completamente el dial era ponerlo a prueba en un entorno real. Pero no podía permitirme ser descuidado. Si bien las dunas ofrecían un campo de pruebas adecuado, necesitaba un plan más estructurado.

Primero, debía aprender a controlar la fuerza y la dirección del viento con precisión. Esto significaba practicar en áreas abiertas y estableciendo objetivos específicos. La segunda fase sería integrarlo en mi estilo de combate, experimentando con diferentes formas de usarlo junto con mis habilidades de la fruta. Finalmente, consideré las implicaciones de llevar el dial a una misión. Si lo usaba frente a un enemigo o aliado, revelaría su existencia. Esto podría atraer preguntas, sospechas o incluso intentos de arrebatármelo. Debía decidir si estaba dispuesto a correr ese riesgo.

Mientras el sol ascendía más alto en el cielo, iluminando la habitación con su luz cálida, me recosté en la silla y cerré los ojos. Este dial era más que un objeto; era un recordatorio de que el mundo estaba lleno de secretos y posibilidades inesperadas. Sabía que este descubrimiento no era una coincidencia. En Meruem, nada lo era. Este artefacto había llegado a mis manos por una razón, y aunque aún no comprendía completamente su propósito, estaba decidido a descubrirlo.

La vida en Kalab no era sencilla, pero los desafíos que enfrentábamos eran los que nos definían. Este dial era un nuevo capítulo en mi historia, una herramienta que, como yo, llevaba el potencial de ser algo más grande de lo que parecía a simple vista.
#25


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