Hay rumores sobre…
... que en cierta isla del East Blue, hubo hasta hace poco tiempo un reino muy prospero y poderoso, pero que desapareció de la faz de la tierra en apenas un día.
Tema cerrado 
[Aventura] [T4] Save Yourself
Arthur Soriz
Gramps
Todos observaban claramente cómo con satisfacción y arrogancia detenías sin esfuerzo cada uno de los ataques que Hefesto lanzaba. Los golpes de Hefesto, antes considerados imparables por la gran mayoría de la familia ahora parecían poco más que un intento desesperado de aferrarse a un poder que se deslizaba entre sus dedos. Los pocos Diablos que habían permanecido a su lado observaban la confrontación con un nerviosismo creciente, comenzando a intercambiar miradas entre ellos. El eco de cada fracaso de Hefesto reverberaba en sus corazones, disminuyendo en cada choque su confianza en él.

Lo que al principio pensaron era una victoria asegurada, una reafirmación de la fortaleza de Hefesto como heredero legítimo al 'trono' comenzaba a desmoronarse frente a tu incuestionable superioridad. La imagen de Hefesto como protector de la familia se resquebrajaba y con cada bloqueo impecable, con cada paso firme que dabas, la fe que tenían en su hermano mayor se desvanecía... sintiéndose que sin lugar a dudas estaban parados en el lado de los perdedores.

El orgullo de Hefesto, normalmente un baluarte de su personalidad, lo llevó a intentar erguirse una vez más, buscando quizás en las palabras el poder que sus puños no habían podido proporcionar. Sus labios se separaron para iniciar un monólogo que podría haber sido su última declaración de lealtad y deber, una defensa desesperada de su lugar en la familia buscando convencer a los demás de que estaban equivocados y que tenían que apoyarlo. Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra un frío y punzante dolor en su espalda lo atravesó y dejó sin voz.

La sorpresa lo paralizó. Una tras otra sintió las puñaladas de aquellos que hasta ese momento consideraba sus aliados más leales. El acero de los puñales se hundía en su carne, cada puñalada una traición tangible y dolorosa, el abandono que ahora lo comenzaba a invadir y la cruda realidad de la situación. Los ojos de Hefesto se abrieron con incredulidad mientras su cuerpo se debilitaba, su fuerza escapando con cada puñal que se enterraba en su espalda. Intentó girar, enfrentar a sus agresores pero sus piernas flaquearon y se desplomó de rodillas.

El silencio en la sala fue absoluto roto solamente por el jadeo entrecortado de Hefesto y el tenue sonido del goteo de su sangre en el suelo. Su mirada cargada de dolor y asombro permaneció fija en ti, Ares. Apenas capaz de mantenerse consciente luchó por reunir las últimas fuerzas que le quedaban.

Podrán creer... —murmuró, entrecortado por el mareo que ahora se apoderaba de él— que son libres, que pueden traicionar a nuestro padre... —la sangre se acumulaba en la comisura de sus labios, tosiendo grandes cantidades de esta pero se obligó a continuar—. A quien tendrán que pedirle perdón es a él, no a mi... Hagan conmigo lo que quieran, el final seguirá siendo el mismo. Él los creó... él los matará.

Las palabras resonaron en la sala cargadas de una certeza que parecía desafiar incluso la inevitable sombra de la muerte que se cernía sobre él. Hefesto, pese a la traición, pese al dolor y la derrota se mantenía fiel a sus creencias, a su lealtad a Heracles... hasta su último aliento.
#21
Ares Brotoloigos
Al final, había acontecido algo tan inesperado como dantescamente maravilloso. El momento en el que, pareciese, que Hefesto se iba a lanzar una vez más contra él, fue interrumpido abruptamente por el sonido de varios puñales atravesando escamas y clavándose en la tierna carne de debajo. La sangre comenzó a mandar del diablos más grande, más fornido. Mientras, Ares permanecía justo al frente de él, contemplándole con una mueca que rayaba la seriedad y un oscuro sentimiento de autoridad y burla. La sangre manaba, ahora, del cuerpo de Hefesto, quien, por supuesto, no podía quedarse callado.

Las palabras del susodicho solo hicieron que una mueca afilada, una sonrisa, se mostrase en las fauces de Ares.

Abandonado por los tuyos, ¿cómo se siente eso? Heracles no está aquí para protegerte. Es Heracles quien os ha traicionado con su ausencia, con su dejadez. — Alzó una garra con la que, simplemente, acarició la mejilla de Hefesto. Una muestra de falsa condescendencia. — Y por eso mismo, tú ahora te encuentras así. Tendrías que haber sido más listo.

Mientras deslizaba la mano por las escamas contrarias, Ares iba dejando un ligero surco de sangre con una de sus garras. Una pequeña marca de vergüenza. Sin más, se separó de Hefesto y le dió la espalda unos momentos. Los justos como para, ahora, posicionarse al lado de Eos, el lugar en el que había estado antes, ante el brasero.

Los ojos rojizos de Ares se posaron no en el cuerpo de Hefesto, no en los que se habían quedado de su lado. Ni tan siquiera, ahora mismo, su atención se posó en Eos. Barrió el lugar con la mirada, intercaló una con el pequeño Adonis y también con aquel diablos del cual no conocía su nombre, pero que había sido el primero en posicionarse de su lado. Pero dicha atención y dicha mirada siguió su curso. Y se detuvo, concretamente, en aquel pequeño grupo disidente que había terminado por traicionar a Hefesto. Les mantuvo la mirada unos segundos, antes de ladearla hacia el grupo que, ahora, él comandaba.

Matadlos. Y que sus cuerpos, junto con el de Hefesto, sirvan de combustible para el brasero. Ellos serán las ofrendas. — La voz del diablos recién llegado, recién proclamado, resonaron como un funesto eco en el interior de aquella estancia. — No podemos permitirnos eslabones débiles o disidentes. Si han podido traicionar a Hefesto de manera tan volátil, dice mucho de ellos. — Y no para bien.

Miró de reojo a Eos, antes de mantenerse ahí, firme. Esperando que sus órdenes fuesen cumplidas. Aquella situación, en la que todo se había dado la vuelta. Estaba jugando con fuego, era consciente de eso. Pero era mejor que él tuviese el control de esa secta y usarlo para limpiar Loguetown de otras alimañas peores, a que lo tuviese alguna especie de fanático como Hefesto. O peor aún, el mismo Heracles.

Ahora, él era el que mandaba en ese lugar. Y si alguien más osaba desafiarlo, terminaría como Hefesto. Como leña para el brasero de las ofrendas.
#22
Arthur Soriz
Gramps
Hefesto, aunque al borde de la muerte, soltó una carcajada gutural y amarga, una última muestra de su oscura ironía ante el giro inesperado de loa acontecimientos. La risa, aunque débil, resonó en el silencio sepulcral que se había puesto en la sala. El momento en el que proclamaste la sentencia de muerte a los traidores que habían cambiado tan repentinamente de bando sorprendió a algunos... en especial a Eos la cual te miró de reojo algo... ¿preocupada? Pero no rechistó. Los Diablos que se habían aliado con Hefesto y luego lo traicionaron no ofrecieron resistencia alguna. Aceptaron su destino con una calma inquietante, sus rostros serenos en su camino hacia la muerte. Cada uno se despojó de sus ropajes antes de ser liquidados por sus propios hermanos. Fueron arrojados al brasero junto con sus prendas, convirtiéndose en otra ofrenda más.

El aire se volvió espeso con el olor de carne quemada y tela incinerada. Los ojos de Eos observaban la escena con sentimientos encontrados... El dolor de ver a sus hermanos ser sacrificados, y la desaprobación velada hacia ti por tomar una decisión tan extrema. Sin embargo no expresó su oposición, pues sabía que Heracles habría actuado de manera similar, si no es que peor. El ethos de su padre aún pesaba sobre ellos, y Eos aunque perturbada, permanecía leal a ese legado. Incapaz de escapar del círculo vicioso que parecía volver a repetirse.

Hefesto ahora el único superviviente, yacía desplomado en el suelo apenas aferrándose a la vida. Su respiración era con esfuerzo, el inhalar se hacía más dificultoso que antes mientras la sangre seguía fluyendo de sus heridas. Sus ojos, ahora opacos, luchaban por mantenerse abiertos, pero la conciencia lo abandonaba lentamente. Sin fuerzas ni palabras, un vestigio de lo que alguna vez fue.

Aprovechando las sombras que se habían creado gracias a la luz del brasero encendido, Adonis desapareció como un espectro, su figura desvaneciéndose entre las penumbras para no volver jamás. La repentina calma que siguió a la masacre dejó un aire de normalidad forzada, una quietud que intentaba asimilar el caos. El culto había cambiado de manos, a ti... su nuevo líder, alzándote como el comandante de un grupo que originalmente debías detener. Tanto tiempo escapando de un destino que no querías fuera tuyo, para caer justo en el lugar que tu padre había pretendido desde un principio.

Inevitable.

Eos se acercó a ti, colocando una mano en tu espalda. El tacto era ligero, casi imperceptible, pero con intención emocional. Sus ojos reflejaban una tristeza que no podía esconder, un duelo interno por los hermanos que habían caído aunque fueran una amenaza para la familia según lo que tú considerabas. Aún así, eran parte de su vida, recuerdos de una infancia compartida. Quería captar tu atención, encontrar en tu mirada algún indicio de remordimiento. Suspiró. y luego, una tenue sonrisa cruzó su rostro.

No imaginé que este sería tu destino... —dijo en un susurro que casi se pierde entre el crepitar del fuego—. Pero este mundo está lleno de sorpresas. Esto es solo el comienzo...

Eos no pudo seguir hablando, pues fue interrumpida por la presencia del Diablos mudo que se acercaba. Incapaz de hablar, hizo algunas señas más y Eos rápidamente interpretó el mensaje para ti.

¿Qué harás ahora, Marine? Eres el nuevo líder de un grupo al que te enviaron a detener tiempo atrás.

Tras traducir sus palabras, Eos se excusó y salió de la sala, quizás sobrepasada de emociones queriendo un momento para ella y así procesar todo lo que había pasado. A juzgar por la forma en la que Eos lo había dicho, y las expresiones del Diablos encapuchado, su pregunta no iba con ánimos de ofensa ni burla, sino de curiosidad genuina. Una expectativa sobre tu próximo movimiento. Todo recaía sobre ti. Tu decisión definiría no solamente tu futuro, sino también el de todos los que ahora te seguían.

Curiosamente... entre uno de tus bolsillos, sentiste la ligera dureza de un papel que estás seguro no estaba allí antes. Si entre la multitud te tomabas un momento de soledad para procesar también todo lo sucedido, podrías leer una carta pequeña...

Carta de Eos

El corazón te sube hasta el cuello, esas miradas desesperadas que Eos te dedicaba antes de que tomaras la decisión de declararte líder de esta familia... Eran miradas de un deseo genuino de terminar con este ciclo que tú mismo optaste por continuar. La sangre se te hiela incluso más de lo normal, y tienes la sensación de que no sería adecuado dejarla sola ahora mismo. Sabes bien de lo que es capaz un ser que ha deseado por muchos años escapar de la vida que le han impuesto, y al creer que tendrá la oportunidad de salir... la empujan a la fuerza de nuevo a la oscuridad, a repetir lo vivido... una vez más. Se fue a estar sola luego de haber traducido el mensaje para su hermano mudo.

Eos no está...

off
#23
Ares Brotoloigos
Los ojos de Ares refulgían con el crepitar del brasero mientras los que habian permanecido del lado de Hefesto se ofrecían al fuego purificador. Era inevitable. Los traidores siempre debían pagar, los corruptos también, no importaba a qué facción perteneciesen. Fuesen piratas, marines o sectarios. La corrupción y las alimañas afines a ella debían ser arrancadas de raíz y purificadas en el mismo fuego si era necesario. Como estaba sucediendo ahora mismo. Mientras el aroma de la carne quemada iba subiendo y cubriendo el ambiente cercano, Ares miró de reojo a Eos y cuando ésta le puso una mano en la espalda y le intercambió un par de palabras. Ares no respondió de inmediato, solo para fijar ahora su mirada en el, todavía, vivo Hefesto. Fue él mismo quien se separó de Eos con unos pasos seguros y poderosos, habiendo escuchado también la pregunta que la hembra le traducía a través de los mudos gestos del otro diablos.

Agarró, sin miramiento alguno, a Hefesto por las prendas, ayudándose de las mismas para levantarlo. El peso del otro era considerable y se percibió fácilmente en como los músculos de los brazos de Ares se marcaron en consecuencia. Sin más, lo arrastró y lo terminó lanzando al mismo brasero. No estaba teniendo piedad para con ninguno de los que habían osado levantarse contra él.

Mientras el aroma de la carne quemada se acrecentaba con este nuevo hecho, Ares volvió a alzar la mirada hacia ambos diablos. O hacia el diablo aparentemente mudo, puesto que Eos se había disculpado marchándose de ahí. Podía entender, parcialmente, que todo aquello fuese demasiado duro para ella, si se había criado con ellos y en esas condiciones. Pero Ares no, y era más pragmáticoque sentimental en ese sentido.

Esta familia tomará un nuevo rumbo a partir de ahora. — Anunció a todos aquellos que pudiesen estar escuchando, de los que se habían quedado a su lado. — Demasiado tiempo os habéis movido entre las sombras sometidos por un líder que, por lo que veo, os ha mantenido recluidos aquí de alguna manera.

Su voz resonaba como un eco por la estancia, con el crepitar del fuego como testigo.

Quienes quieran irse y buscar su propia vida, son libres de hacerlo. — Aquella sentencia era sincera, aunque había una implícita amenaza que no tardó en mencionar. — Ahora bien, los que decidan por seguir delinquiendo o matando inocentes, no les tendré piedad.

Él había sufrido todo eso debido a su dura infancia en Arabasta. Y, definitivamente, no iba a seguir los mismos pasos por los que Heracles había guiado a ese grupo de diablos.

Quienes quieran quedarse, comenzaremos de cero. Loguetown está llena de alimañas, de gente indeseable que pone en peligro no solo a civiles. — Mientras hablaba, una de sus manos se metió en uno de sus bolsillos. Y fue ahí donde notó el pedazo de papel que, estaba seguro, antes no estaba. Miró de reojo hacia el lugar por donde Eos se había ido. — Yo os enseñaré a cazarlos, a que os hagáis un nombre no solo entre la Marina, sino también entre el pueblo. Podréis seguir disfrutando de la carne de sus cuerpo. Y sin necesidad de esconderos.

Ares creía en la Justicia Absoluta. Era verdad, había sido enviado allí para investigar y, en todo caso, detener a esa secta. Pero si lograba volver las tornas a su favor, ganárselos y utilizarlos para el bien de la ciudad, la Marina no podría ponerle demasiadas pegas al respecto. Echó una visual seria al grupo.

Tenéis tiempo para pensarlo y decidir. — Les estaba ofreciendo otro camino. Tras decir eso, Ares se retiró de allí, siguiendo el camino que la misma Eos había tomado. Durante el transcurso, sacó el trozo de papel y lo extendió, leyéndolo minuciosamente.

Un fruncimiento de las escamas de su ceño tuvo lugar, deteniéndose unos segundos. Así que ella tenía la esperanza de que, con él, aquello cambiase. Y, al parecer, había malinterpretado sus intenciones. Ares no podía culparla. No se conocían, al fin y al cabo, como para saber cómo actuaba el uno o la otra.

Con una garra, hizo bola aquel papel que volvió a meter en su bolsillo. Debían hablar, así que, cuando llegó a la habitación donde ella se había refugiado, petó con un puño en el marco de la puerta.

Esperando.

OFF
#24
Arthur Soriz
Gramps
La mayoría de los Diablos de la familia te observaban con respeto, y tal vez un poco de resignación. A pesar de que la palabra "Marina" provocaba algo de miedo e inquietud en ellos, lo que seguía en cambio era un gran alivio al entender que tú, al que habían enviado para apresarlos y llevarlos ante la justicia ahora se erigía como su nuevo líder. Sin embargo, temían que no tuvieran otra opción... habías dejado en claro que de no ser así enfrentarían la misma suerte que aquellos que ahora alimentaban las llamas del brasero para futuras ofrendas.

A pesar de eso no era miedo lo que los guiaba y hacía seguirte, sino un instinto primario de supervivencia... el mismo que también corría por tus venas. Sabían cuándo luchar y cuando someterse, y en ese momento claramente demandaba lo segundo. Habías demostrado que la rebelión no era una opción viable, y tu liderazgo... por drástico que fuera, ofrecía una promesa de orden y propósito que hasta ahora había faltado no solamente ante la ausencia de Heracles, pero también por la presencia de Hefestos.

Mientras los Diablos comenzaban a dispersarse cada uno digiriendo la nueva realidad a su manera, tú decidiste buscar a Eos. Tu instinto te llevó a la misma habitación donde habían hablado, antes de que Hefesto los interrumpiera. A medida que te acercabas a la puerta la sensación de inquietud crecía. La carta que te dejó en uno de tus bolsillos, el tono desesperado de sus palabras... pintaban un cuadro de desolación que podía tener consecuencias imprevisibles.

Sujetaste el pestillo y la puerta crujió ligeramente al abrirse, revelando un espacio sumido en sombras. El aroma metálico de la sangre aún fresco en el aire. El sonido de una respiración agitada rasgaba el silencio. Al entrar, tus ojos se posaron sobre Eos, quien... en un frenesí de rabia, se abalanzaba sobre una pintura colgada en la pared. La figura imponente de Heracles, su padre y la personificación de todo lo que ella deseaba olvidar estaba siendo desgarrada por la hoja de una daga ceremonial.

El rostro de Eos mostraba furia, desesperación. Las lágrimas surcaban sus mejillas mientras su cuerpo temblaba con cada movimiento. Las palmas de sus manos sangraban, mostrando la intensidad con la que apretaba los puños. Al darse cuenta de tu presencia se giró bruscamente. Su mirada, desbordada de emoción se fijó en ti antes de que su cuerpo se lanzara hacia adelante en tu dirección. Sin embargo no había hostilidad en su carga, solo una tristeza profunda e incontenible.

Tropezando con sus propios pasos llegó hasta ti y se aferró a tu cuerpo, rodeándote con sus brazos en un abrazo desesperado. La fuerza de su agarre hizo que tus huesos crujieran un poco, pero el dolor era inexistente comparado con el dolor emocional que Eos estaba liberando. Su llanto resonó en la habitación, un sonido desgarrador... casi infantil, que encapsulaba años de sufrimiento reprimido.

Las lágrimas empapaban tus prendas y escamas. Sus pequeños puños golpeaban suavemente tu pecho como si tratara de liberarse de una carga que ya no podía soportar. La daga, olvidada, cayó al suelo con un suave tintineo. En ese momento todo lo que quedaba era el vínculo entre ustedes dos. Eos levantó la mirada, sus ojos aún húmedos en lágrimas. Sin previo aviso, lamió suavemente tu morro, siseó ligeramente mientras remarcaba el borde de tus labios, seguido de lo mismo pero en tu cuello. El gesto era íntimo, cargado de necesidad y deseo. Su cuerpo se presionó contra el tuyo y de un empujón firme te guió hasta la mesa de piedra donde las carnes crudas aún esperaban,

Eos se subió a tu regazo, de manera lenta y pausada comenzó a desabrochar su capa negra. Botón a botón, con una calma que contradecía la intensidad con la que había devorado tu morro y cuello a lamidas segundos atrás. Finalmente se despojó de la capa, revelando su cuerpo totalmente desnudo. Sus escamas blancas notándose entre la poca luz que entraba por la puerta. Sin más preámbulos se inclinó hacia ti, cerrando la distancia que quedaba entre sus cuerpos.

Y así... por el resto del tiempo que pudieran estar juntos.
#25
Moderador y señor Pink
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Recompensa entregada!
#26
Tema cerrado 


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